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Un grito de ayuda - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Capitulo 18 Sabores y sombras
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18: Capitulo 18: Sabores y sombras 18: Capitulo 18: Sabores y sombras Después de las compras para María, el grupo empezó a sentir hambre.

Ya marcando casi medio día era obvio que el olor a comida del distrito les daría hambre, por lo que se detuvieron en un pequeño restaurante que les llamó la atención.

El aire en el puesto “Latinoamérica Unida” era denso, cargado con el humo aromático de la plancha y una mezcla de especias que hablaban de un continente entero.

Para Isaac, Mei y Brianda, era un mosaico de sabores exóticos y fascinantes.

Pero para María, cada aroma era un puente directo a un pasado que le ardía en la memoria.

Les recomendó cada platillo con una sonrisa nostálgica, como si al describirlos pudiera tocar de nuevo el suelo de su tierra.

Brianda eligió pupusas, Mei se decidió por unos tacos al pastor, e Isaac, siguiendo la mirada anhelante de María, pidió empanadas.

Las mismas que, según susurró ella, le preparaba su familia los domingos.

Mientras esperaban, un grupo de hombres con trajes demasiado formales para el lugar y gafas de sol opacas se sentó a la mesa de atrás.

Isaac y Brianda intercambiaron una mirada instantánea, un destello de alerta que apagaron de inmediato.

Los fingieron ignorar, concentrándose en la comida que acababa de llegar.

—Debo admitir que tienes una buena elección— dijo Brianda, dirigiendo una sonrisa aprobatoria a María.

—Sí, chica, normalmente no pruebo cosas nuevas, pero esta vez sí me gustó el sabor latino— agregó Mei, con la boca medio llena.

Los hombres de atrás comenzaron a hablar en coreano.

Uno, con la voz demasiado alta, recibió un codazo y un susurro urgente de otro.

El primero lo ignoró con desdén, soltando una frase que hizo que los demás se tensaran.

Su conversación subió de tono, arrogantes, seguros de que nadie a su alrededor entendería una palabra.

—¿Me permiten?

Iré al baño tantito— anunció Isaac, levantándose.

Detrás de él, casi de inmediato, se levantó uno de los coreanos.

El baño era pequeño, sucio y olía a desinfectante barato.

Isaac se colocó frente a un urinario, sintiendo más que viendo la presencia del hombre a su lado.

—Amigo, es un buen lugar, ¿no crees?

—comenzó el coreano, su español con un acento marcado.

Isaac solo asintió, terminando su quehacer y yéndose a lavar las manos con una calma que era puro teatro.

El coreano se colocó a su lado en los lavabos, invadiendo su espacio personal.

—Por cierto, amigo, una de sus amigas se parece mucho a…

cierta chica que estamos buscando— soltó, sin preámbulos.

Isaac no se inmutó.

Arqueó una ceja con falsa curiosidad.

—¿Me lo juras?

— —Mira, amigo, odio este estúpido lugar y odio a los malditos latinos— escupió el coreano, su máscara de cordialidad resquebrajándose por completo —Me dan asco.

Lo único que me gusta de estos lugares son las mujeres vulgares y hermosas que hay para cogerme.

Llevamos tres días aquí y solo quiero saber si esa chica que está con ustedes es la chica de mi jefe.

— Isaac mantuvo una frialdad glacial, la misma que usaba para sellar los pactos más sucios.

—Ella no tiene nada que ver con el distrito asiático.

Toda la vida ha vivido aquí y va con nosotros a la universidad.

Así que más te vale que no la toques.

— El coreano no lo pensó dos veces.

Su mano se metió bajo la chaqueta y sacó una pistola compacta, apuntándole a las costillas de Isaac.

—Escucha, escoria…

— ¡CRAC!

El sonido de una cadena jalándose en uno de los cubículos los interrumpió.

La puerta se abrió y de allí salió un hombre alto, vestido con ropa vaquera excéntrica, cadenas de oro y un sombrero de ala ancha.

Su mirada era tan filosa como el cuchillo que colgaba de su cinturón.

El coreano, sobresaltado, escondió el arma al instante.

—¡Alto, mi chinito!— rugió el recién llegado, y su voz retumbó en los azulejos pequeños.

Hasta Isaac se estremeció.

—A mí me gustaría ayudarte a ti y a tus amiguitos chinitos a dar un paseo…— dijo el vaquero, con una sonrisa que no prometía nada bueno.

El coreano, en un acto de pánico y estupidez, intentó sacar de nuevo su pistola.

Fue demasiado lento.

¡Pum!

¡Pum!

Dos disparos secos, precisos.

El coreano cayó al suelo como un saco de piedras.

Afuera, el estruendo fue seguido por gritos y el sonido de sillas arrastrándose.

Brianda y Mei se abalanzaron sobre María, arrastrándola bajo la mesa.

Los otros coreanos se pusieron de pie, manos al interior de sus chaquetas.

La puerta del baño se abrió de golpe.

El sicario salió, usando el cuerpo inconsciente del coreano como escudo humano.

—¿¡Dónde putas están los pinches chinitos!?— vociferó, escaneando el local.

Su mirada se clavó en el grupo de coreanos, que ya tenían las manos en las empuñaduras de sus armas.

Brianda, con una sangre fría que helaba, señaló hacia ellos sin dudar.

—¡Choro!

¡Desármalos!

— ordenó el sicario.

Otro hombre, más joven y con una AK74U, emergió de la nada y se plantó frente a los asiáticos, apuntándoles con el rifle.

No hubo discusión.

Con maldiciones en coreano, fueron dejando sus armas en el suelo.

Isaac aprovechó para salir del baño y reunirse con las chicas.

Iban a escabullirse cuando la voz del sicario principal los detuvo en seco.

—¡Hey!

— Isaac se paralizó, volviéndose lentamente.

El sicario le dedicó una sonrisa extrañamente cortés.

—Disculpen las molestias.

Normalmente no somos así, a menos que nos amenacen— dijo, lanzando una mirada cargada de significado a los coreanos, que ahora palidecían —Y los demás, ¡váyanse!

La comida yo la pago.

— De vuelta en la casa, la adrenalina aún zumbaba en el aire.

Mei, inusualmente pálida, rompió el silencio.

—¡Wow, eso fue emocionante!

— dijo, su voz un tono más agudo de lo normal, delatando su shock.

Brianda respiraba hondo, exhalando lentamente para calmar los nervios.

María era la que peor estaba, con tics nerviosos en las manos y la mirada perdida.

Isaac la abrazó con fuerza, anclándola a la realidad.

—Tranquila— murmuró contra su cabello, su voz un susurro firme —Esos tipos no te tocarán ni un pelo.

Y si lo intentan, tendrán que tumbarme a mí primero.

— Mei, al ver la profundidad del terror en María, bajó la mirada.

—L-lo siento…

Este tipo de situaciones…

me dan un subidón de energía— confesó, su tono ahora mucho más bajo y avergonzado.

Se retiró a la cocina, buscando algo que hacer.

Brianda se acercó a Isaac.

—¿D-deberíamos decirle?

— titubeó, refiriéndose a Mei.

—Esos coreanos ya dudaban de María.

Llevan aquí desde que desapareció— confirmó Isaac, su voz grave.

María se estremeció en sus brazos.

Él la apretó más fuerte.

Brianda iba a hablar, pero el estado de María la detuvo.

En la cocina, Mei encontró una tetera y bolsitas de té de manzanilla.

—Aj, es lo único que hay— se quejó, con asco.

—Pero el té de manzanilla está rico— intentó Brianda, con un humor forzado.

—Sí, pero es el más básico de todos— replicó Mei, sin filtro.

La tensión se rompió con una risa nerviosa de Brianda.

—Ay, cariño, siempre tan chistosa…

— Sirvieron el té y se sentaron a la mesa.

Un silencio incómodo se instaló entre ellos, roto solo por el tintineo de las tazas.

María, ya más calmada, se acurrucó contra Isaac.

—S-sabes…

Me gusta…— murmuró.

—¿Qué?

— preguntó Isaac, distraído.

—Tu contacto…— dijo ella, con un atisbo de su antigua picardía, antes de reírse y enterrar la cara en su hombro —G-gracias…

— Fue un momento de paz frágil, que Brianda rompió al revisar su teléfono.

Su expresión se congeló.

Mei se acercó a mirar y también palideció.

—Lo siento, Isaac, pero tengo que romper el silencio —anunció Brianda, su voz tensa.

Procedió a explicarle a Mei, a grandes rasgos, la verdad sobre María y los Yakuzas.

Mei se tapó la boca con ambas manos, sus ojos abriéndose como platos.

María comenzó a mover la pierna con nerviosismo, pero Isaac la sostuvo, anclándola.

Cuando Brianda terminó, Mei miró al suelo, abrumada.

—L-lo siento, chicos…

Tengo algunos conocidos que…

trabajan con los Yakuzas.

El aire se salió de la habitación.

Brianda palideció aún más, creyendo haber cometido un error catastrófico.

—¡N-no estoy relacionada con ellos!

— se apresuró a aclarar Mei —Pero estos conocidos…

querrán saber por qué estaba con ustedes aquí y…

— Tragó saliva —Dios, los ayudaré.

Brianda puso una mano en su hombro.

—Tranquila, Mei.

Sé que no nos expondrías.

— —Sí, pero tus papás son diferentes— argumentó Mei —Que yo sepa, ellos no están en malos pasos.

Pero la Yakuza…

y ahora que los carteles mataron a uno de ellos…

esto se va a calentar mucho.

— Isaac lo sabía demasiado bien.

Matar a un miembro era una declaración de guerra abierta.

Los carteles ya no eran neutrales.

—La noticia ya corrió— confirmó Brianda, mirando su teléfono —Todos saben que una guerra está por estallar en Maracaibo.

—Entonces no es un buen plan quedarnos aquí.

Tenemos que largarnos rápido— urgió Isaac.

—¿Crees que nos dejarán ir, así como así?— lo interrumpió Brianda —Tenemos que buscar una salida alterna.

El metro ya no es una opción.

— Mei, que había estado en silencio, hizo una mueca de disgusto.

—Es asqueroso lo que voy a decir, pero…

¿y los túneles?

— —¡Es asqueroso!

—rechazó Brianda de inmediato.

—¿Y crees que tu papá podrá venir por nosotros en sus camionetas?

— preguntó Mei, con una lógica aplastante.

Brianda se rascó la nuca, frustrada.

—Pensaba que sí, pero ahora que lo dices…

— —Si no salimos ahora, no sabremos nunca de otra salida— insistió Isaac.

Brianda levantó la mano, pidiendo silencio.

Sus ojos se clavaron en la pantalla de su teléfono, leyendo un mensaje nuevo.

De pronto, su expresión cambió por completo, iluminándose con un rayo de esperanza.

—Ay, papá, eres el mejor…— susurró, con una sonrisa genuina.

—¿Ya hay algún plan?

— preguntó Isaac.

Mei se acercó a mirar, pero el mensaje estaba en cirílico.

Brianda lo guardó y los miró a todos.

—Pues sí hay un plan…

Solo quiero que estén preparados para el frío que puedan llegar a sentir…

— La promesa sonó más a una advertencia.

El aire se volvió a cargar, pero esta vez, con la electricidad de lo desconocido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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