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Un grito de ayuda - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Capitulo 19 La carniceria
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19: Capitulo 19: La carniceria 19: Capitulo 19: La carniceria Dejar las compras de María no fue tan difícil como podría pensarse.

Para ella, era un mal necesario, un intercambio justo por la supervivencia.

Empacó solo lo indispensable en una mochila gastada, dejando el resto en la casa del primo de Brianda con una promesa: cuando todo se calmará, las pertenencias llegarían a sus manos.

Lo único que no se separaría de ella era el fedora, posado con firmeza sobre su cabello ahora negro, un talismán de Isaac que juró llevar a todos lados.

Caminaron por las calles de Maracaibo con un paso apresurado, la tensión palpable en el aire.

Eran apenas las 4 de la tarde, pero muchos locales comenzaban a cerrar sus puertas con premura.

La orden invisible de “arriba” se cumplía al pie de la letra.

En callejones y entradas traseras, hombres de mirada dura cargaban cajas pesadas que no contenían mercancía inofensiva, sino el metal frío de armas que pronto escupirían fuego.

La ciudad se preparaba para una guerra, y ellos eran peones intentando escapar del tablero.

El plan de Brianda sonaba simple en teoría: llegar a una carnicería sin nombre, solo anunciada con un letrero desgastado que rezaba “CARNICERÍA”.

Allí, un camión de carga los sacaría de Maracaibo a través de uno de los túneles privados que conectaban los distritos, usados normalmente para transporte de mercancías, servicios…

y, ocasionalmente, para movimientos discretos de personas.

Brianda guio al grupo con una seguridad que Isaac admiraba.

Al llegar a la carnicería, tuvieron que hacer una especie de “ritual” al elegir objetos específicos de la carnicería/tienda para poder hablar con el patrón cuando se tratan de negocios turbios o algo fuera del marco legal.

En la caja, colocó los objetos exactos como si recitara un conjuro: un chicle, un refresco sabor uva de marca barata, una rama de cilantro fresco y una manzana a la que le dio un mordisco decisivo antes de entregarla.

El cajero, un hombre de ojos cansados, apenas asintió y los condujo a un muelle de carga trasero, indicándoles que esperaran en la oficina del patrón.

La oficina era un oasis de lujo incongruente.

Alfombra gruesa, muebles de madera maciza y un escritorio pulido que hablaba de un poder que olía a sangre y dinero.

Tras él, un hombre delgado, pero con una barriga prominente y un bigote tupido les sonrió con los brazos abiertos, sin molestarse en levantarse.

—¡Ahhh…

con que ustedes son los amigos de mi patrón!

— exclamó, su voz un poco alta, demasiado forzada —Su autobús apenas va a llegar.

Tomen asiento, descansen.

— Sacó aguas y refrescos de un frigobar empotrado, ofreciéndolos con una cordialidad que no llegaba a sus ojos.

—Muchas gracias— dijo Isaac, aceptando una botella de agua —¿Y usted es…?

— —Me conocen como Juan Pérez —respondió el hombre, su sonrisa fija.

María palideció.

Sus dedos comenzaron a juguetear nerviosamente con el dobladillo de su camisa.

El nombre había activado algo en lo más profundo de su memoria.

—Debe saber que tiene un cargamento que vale su vida— desafió Brianda, su voz cortante como un cuchillo.

El hombre, “Juan Pérez”, palideció visiblemente.

Tragó saliva.

—V-vaya, no esperaba que fuese un “cargamento” tan importante— murmuró, refiriéndose a ellos con un dejo de nerviosismo.

Brianda no respondió, solo arqueó una ceja y dio un sorbo a su agua, manteniendo la mirada fija en él.

—Bueno, entiendo— se apresuró a decir el hombre, acomodándose la camisa —Como son gente VIP, los haré sentir cómodos con un camión especial…

— Se levantó y se dirigió al teléfono en su escritorio, marcando un número y hablando en voz baja, casi susurrante.

Mei se inclinó hacia Brianda, susurrándole al oído con urgencia.

Isaac notó la creciente incomodidad de María y la atrajo hacia un abrazo, sintiendo cómo su cuerpo tenso comenzaba a ceder levemente.

Ella apoyó la cabeza en su pecho, buscando refugio.

“Juan” colgó el teléfono.

—Si me disculpan, voy a coordinar personalmente los camiones para que llegue el especial para ustedes— anunció, y salió de la oficina con una rapidez que rayaba en la fuga.

—Tengo un mal presentimiento de esto— confesó Mei, su pierna comenzando a tamborilear sobre el piso de manera incontrolable.

Brianda intentó calmarla, poniendo una mano sobre su rodilla, pero el temblor no cesaba.

—Mei, necesitas…

— —¡No puedo!

¿Okey?

— la interrumpió en un susurro estridente —No es normal que este señor nos quiera dar un “camión más bonito”.

Sabe algo y…

— —Papá tiene mi ubicación exacta y ya está moviendo sus conexiones —reveló Brianda, su voz baja pero clara—.

No quise decirlo antes para no asustarlos más, pero…

tienes razón.

Las cosas se están poniendo mucho más feas de lo que pensaba.

La confesión solo aumentó el pánico de Mei, que comenzó a morderse las uñas.

Pero fue María quien, de repente, rompió el silencio con una voz que no era del todo la suya.

Monótona, mecánica, como si leyera un archivo interno.

—Juan Pérez, alias Efraín “El Hierro” Mendoza.

La familia Mendoza controla todo lo que entra y sale del distrito latino de Maracaibo y el aeropuerto del este.

Cargos por corrupción, sobornos sistemáticos, prostitución, asesinato, trata de blancas, tráfico de personas, extorsión.

Sujeto que odia profundamente a la triada asiática Yakuza.

Busca invadir Asiatown para expandir su influencia hacia otras ciudades…

Las palabras salían de su boca a una velocidad aterradora, sus ojos moviéndose rápidamente como si escanearan texto invisible.

Cuando terminó, su cuerpo se desplomó hacia adelante, desmayándose por completo durante unos diez segundos que se sintieron como una eternidad.

Isaac y Brianda la agarraron, zarandeándola suavemente.

—¡María!

¡María!

— Ella volvió en sí con un gemido débil, llevándose la mano a la sien.

—Au…— murmuró, desorientada.

—Vaya, por un momento creí que no despertarías— dijo Isaac, aliviado, pero con el corazón aún en la garganta.

—Nos asustaste cuando empezaste a hablar toda esa información como un robot— añadió Brianda.

María parpadeó, confundida.

—¿Eh?

— Mei, con una determinación repentina, encendió la linterna de su teléfono y le revisó los ojos.

—Está lúcida.

Me quedaré a su lado para evitar que empeore— declaró, con una autoridad que no le conocían.

Isaac la miró, sorprendido.

—¿Desde cuándo sabes primeros auxilios?

— Mei se encogió de hombros.

—Nunca me lo preguntaron.

— —¿Y cómo íbamos a saberlo?

— objetó Brianda.

—Solo pregunten— replicó Mei, con otro encogimiento de hombros, tan elocuente como exasperante.

El ruido de la puerta al abrirse los silenció al instante.

Volvieron a sus asientos, fingiendo una calma que ninguno sentía.

Efraín “El Hierro” Mendoza entró, mirándolos con una expresión que intentaba ser despreocupada y no lo lograba.

Se acercó al escritorio, abrió un cajón, sacó algo pequeño y metálico que guardó en su bolsillo, y salió de nuevo sin decir palabra.

La curiosidad de Mei fue más fuerte que la prudencia.

Con un pañuelo para no dejar huellas, abrió el cajón que él había forcejeado.

Entre papeles y clips, encontró un pisapapeles de cristal.

Lo giró.

Un nombre estaba grabado en él: Federico Ramírez.

—¿Federico Ramírez?

— leyó en voz baja —¿Dueño de la carnicería?

La pieza final del rompecabezas encajó con un clic siniestro.

Efraín no era el dueño.

Federico Ramírez lo era, o lo había sido.

Y Dios sabía qué le había pasado al verdadero propietario.

Isaac se puso de pie de un salto, la decisión grabada en su rostro.

—Tenemos que irnos de aquí.

Ahora.

— —¡Rápido!

— secundó Brianda, agarrándole la mano a María.

El cómodo oasis de la oficina se había convertido de repente en la antesala de una trampa.

El “camión especial” no era un salvavidas.

Era su sentencia.

Y tenían que moverse antes de que llegara.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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