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Un grito de ayuda - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 Capitulo 1 Ecos del ayer
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2: Capitulo 1: Ecos del ayer 2: Capitulo 1: Ecos del ayer El amanecer encontró a Isaac con los ojos abiertos, clavados en el techo agrietado de su habitación.

La noche había sido una batalla perdida contra la culpa y la imagen de una niña temblorosa vestida de rojo.

Cada vez que el sueño amenazaba con llevárselo, el sonido de sus sollozos lo devolvía a la vigilia, dejándolo más exhausto que antes.

Con un gruñido, se arrastró fuera de la cama.

La rutina era su ancla: una ducha fría para espantar los fantasmas y, hoy, una taza de café amargo que bebió en la quietud de su minúscula cocina, saboreando un raro momento de paz antes de sumergirse en el caos de la ciudad.

El metro, para su sorpresa, respiraba.

No estaba al límite de su capacidad, permitiendo que los pasajeros se distribuyeran con un espacio vital tolerable.

Isaac encontró su asiento junto a la ventana sin luchar.

El tambaleo rítmico del vagón sobre las vías oxidadas y el juego de luces y sombras en el túnel tenían algo casi hipnótico.

Sin el bullicio habitual, sólo el zumbido de fondo, por primera vez el viaje se sentía… normal.

Se colocó los audífonos y dejó que la música lo arrullara.

Pero su mente, en lugar de descansar, navegó hacia el pasado.

—¿Entonces tendré una hermana, mamá?— La voz de un Isaac de 16 años, llena de una emoción pura que ya no recordaba cómo sentir, resonó en su memoria.

Estaba en un consultorio médico, con el olor a desinfectante y la calidez de la mano de su madre.

Ella, con un vientre enorme y redondo que prometía un nuevo comienzo, tenía lágrimas de felicidad resbalando por sus mejillas.

—Así es mi dulce Isaac…

En unos meses serás el hermano mayor de una preciosa niña.— —Es increíble, mamá.

Después de todo lo que dijeron los médicos…

por un momento temí lo peor.— Su madre lo abrazó, riendo entre lágrimas.

—Todo estará bien, cariño.

Todo estará perfecto.— Era un recuerdo dorado, teñido de una esperanza que luego se quebraría.

Antes de que pudiera revivir más, la voz robótica del metro lo arrancó de su ensoñación.

—Estación George Washington.

Tengan un buen día.— El hechizo se rompió.

La realidad, fría y gris, lo recibió de nuevo.

Al bajar, se dio cuenta de que había llegado con un tiempo inusual.

Decidió invertir unos preciados dólares en un sándwich y otro café en la cafetería universitaria, buscando recuperar algo de energía.

—Buenos días, Isaac.— La voz serena y directa de Robert lo encontró antes de que pudiera dar el primer bocado.

Su amigo lo observaba desde su silla de ruedas, con una ceja ligeramente arqueada detrás de sus anteojos.

—Buenos días, Robert— respondió Isaac, concentrándose en devorar su emparedado en tres mordiscos voraces.

—Vaya.

¿Hambriento?— Robert parecía genuinamente impresionado.

—Podría decirse eso— murmuró Isaac entre sorbos de café caliente.

—¿Listo para la práctica de hoy?— preguntó Robert, con un destello de entusiasmo en sus ojos.

—Prometiste una apertura que valiera la pena.— —No podría estar más emocionado— dijo Isaac, con una sequedad que podría extinguir un incendio.

Robert esbozó una leve sonrisa.

—Perfecto.

Nos vemos en el salón.— Y con eso, se alejó, dejando a Isaac con su café y sus pensamientos intranquilos.

Las horas de clase fueron una tortura.

La de inglés, en particular, era un suplicio monótono.

El profesor, un hombre cuya aura de aburrimiento parecía un campo de fuerza visible, dictaba conjugaciones verbales con el entusiasmo de un robot con las baterías bajas.

“You are, they are, we are…” Isaac miraba por la ventana, anhelando el aire libre y la lógica silenciosa del tablero de ajedrez.

Finalmente, el timbre de salida sonó como una liberación.

Acompañó a Robert al club, donde la luz del atardecer teñía el salón de un dorado pacífico.

Jugaron, enseñando el Gambito de Budapest con maestría, y por un rato, Isaac logró olvidarse de todo.

Todos en el salón seguían sus indicaciones y parecían niños haciendo preguntas al experto Isaac.

Terminando el taller, a Isaac le tocaba limpieza y acomodo para el día siguiente.

Guardaba las piezas con cuidado, la paz se quebró.

—H-hola, I-i-isaac…— Una voz temblorosa lo hizo volverse.

Era Vicky, una compañera del club.

Con sus coletas cafés, lentes redondos, pecas y brackets, era la encarnación de la “chica nerd”.

Estaba tan rígida y nerviosa que parecía a punto de sufrir un cortocircuito.

—Hola, Vicky— respondió él, sin dejar de guardar los alfiles en su feltro.

Ella se sonrojó furiosamente, jugueteando con sus dedos.

—M-me preguntaba si… tú y yo… bueno… ¿q-quizá podríamos salir algún día?

¡S-si no puedes, no importa!— La frase salió como un torrente, seguida de un silencio cargado de pánico.

Isaac suspiró internamente.

Sabía que un “no” claro era lo más amable, pero la fatiga y la desesperación por evitar drama eligieron por él.

—No sé cuándo tendré tiempo… pero cuando tenga un día libre, te aviso.

— Sabía que era una promesa vacía.

El efecto en Vicky fue instantáneo e intenso.

La hiperventilación la alcanzó, su rostro se tornó escarlata.

Su cerebro, colapsando, buscó desesperadamente una salida.

—¡¡Me gusta el pollo frito!!— gritó, y acto seguido, salió corriendo del salón como si la persiguieran.

Isaac se quedó parado, con un caballo de ajedrez en la mano y una expresión de completo desconcierto.

Soltó un suspiro profundo.

“¿Qué acabo de hacer?” Al salir de la universidad, un nuevo golpe lo esperaba.

Pegado en la puerta de “El Buen Hombre de Nieve” había un letrero: “Cerrado por hoy por falta de insumos.

Abrimos mañana.

Disculpen las molestias.” Sin trabajo.

Sin dinero extra.

Solo un cansancio monumental.

Decidió que lo único sensato era rendirse e irse a casa a dormir.

Mientras Isaac se dirigía al metro, Vicky estaba encerrada en un cubículo del baño de mujeres, sentada en la tapa del inodoro, abrazando sus libros como si fueran un salvavidas.

—T-tendré una cita…— musitó para sí misma, incrédula.

—Debe ser un sueño.— Para comprobarlo, se pellizcó el brazo con fuerza.

El dolor fue real, y una extraña oleada de excitación la recorrió.

Rápidamente se dio una palmada en la cara para serenarse.

Desde que había conocido a Isaac, sus sentimientos se habían tornado intensos y confusos.

Lo observaba en secreto, enamorada hasta el punto de la obsesión, convencida de que él era “el indicado”.

Su timidez escondía un fuego interno que ni ella misma entendía del todo.

El viaje de regreso en metro comenzó en calma.

Isaac se dejó mecer por el traqueteo, hasta que un altercado rompió la paz.

Un grupo de jóvenes acosaba a una chica, arrinconándola contra la puerta.

Los demás pasajeros miraban hacia otro lado, practicando la ley del no te metas.

Isaac reconoció a la víctima.

Sofía.

Una estudiante elegante y popular de la universidad a la que siempre había visto de lejos.

Antes de pensarlo dos veces, se levantó.

—¡Oye!

¡Déjenla en paz!— Su voz fue firme, cortando como un cuchillo el aire cargado de tensión.

Los matones se giraron, soltando a Sofía.

El líder, con una navaja que apareció de la nada, se le acercó con una sonrisa torcida.

—¿Quién mierda eres tú, enclenque?— Isaac no se inmutó.

Los años en los barrios bajos le habían enseñado a no mostrar miedo.

—¿Buscas pelea?

Adelante, ven a bailar.— El forcejeo fue rápido y brutal.

Isaac esquivó dos estocadas con una calma aterradora, atrapó la muñeca del atacante y torció con un movimiento seco.

El crujido del hueso al quebrarse (o dislocarse) fue seguido por un grito de dolor.

En segundos, el matón estaba en el suelo y sus amigos, al ver que las puertas del metro se abrían en Asiatown, huyeron como ratas.

Isaac recogió la navaja y se la guardó.

Luego, se acercó a Sofía, que seguía temblando contra la pared.

—¿Estás bien?— le preguntó, extendiendo una mano.

Ella asintió, sin poder hablar.

—Vamos— repuso él, con una calma que contrastaba con la adrenalina del momento.

—Te invito a un té.

Para que se te pase el susto.— En una pequeña tienda de té chino, el aroma a hierbas y especias los envolvió.

Isaac pidió un Earl Grey frío para él y recomendó uno caliente para Sofía, conocido por sus propiedades relajantes.

—Gracias— dijo ella al fin, sosteniendo la taza con ambas manos.

—De verdad… nadie hizo nada.

Pensé que…— No terminó la frase.

—No hay de qué.

En esta ciudad, a veces hay que ser tu propio héroe— respondió Isaac con un deje de amargura.

—Pocos héroes son tan caballerosos después de salvar a la dama— bromeó ella, recuperando parte de su elegancia natural.

La conversación fluyó.

Se presentaron formalmente.

Isaac descubrió que Sofía estudiaba para ser maestra y que era la jefa de su carrera, una chica tan inteligente como amable.

La atmósfera era cálida, un oasis de normalidad en el día de Isaac.

Al terminar, Isaac insistió en pagar y la acompañó de regreso al metro.

—¿Seguro que estarás bien?— preguntó, genuinamente preocupado, cuando llegaron a su paradero.

—Estaré bien— aseguró Sofía con una sonrisa.

Y entonces, en un movimiento audaz y suave, se inclinó y le dejó un beso rápido en la mejilla.

—No vayas a perder tu metro, caballero.— Isaac se quedó un instante paralizado, el leve contacto quemándole más de lo que esperaba.

Asintió, aturdido, y se marchó mientras ella se perdía entre la multitud.

Sofía suspiró, intrigada por el chico de modales antiguos y mirada cargada de historias que no contaba.

El último tramo a su apartamento lo hizo con paso cansado pero un poco más ligero.

Hasta que lo vio.

Acurrucada en un portal, envuelta en una manta raída y temblando de frío bajo el cielo que rápidamente se volvía gélido, estaba la niña.

La misma del vestido rojo.

El remordimiento lo golpeó con la fuerza de un martillo.

Esta vez, no pudo seguir caminando.

Se acercó y la tocó suavemente con el pie.

—Despierta.— La niña se incorporó de un salto, sus ojos oscuros se abrieron llenos de pánico hasta que reconoció a Isaac.

—¿Es verdad?

¿No tienes a dónde ir?— preguntó él, su voz más suave de lo que había sido en días.

Ella asintió, muda, conteniendo el llanto.

Isaac cerró los ojos por un segundo.

Maldiciendo su suerte, su debilidad y toda la ciudad en general, tomó una decisión.

—Ven.

Sígueme.— La niña, sin otra opción, lo siguió como un pequeño espectro hasta la puerta de su departamento.

Al entrar, el miedo volvió a apoderarse de ella.

Se quedó paralizada en la minúscula sala, mirando con desconfianza el sofá desgastado y la TV antigua.

Isaac desapareció en su habitación y regresó con un grueso abrigo de lana, viejo y anticuado, pero increíblemente cálido.

—Toma— dijo, extendiéndose.

—Es prestado.— Ella dudó, pero el frío que tenía en los huesos pudo más.

Se lo puso y de inmediato una oleada de calor la reconfortó, haciendo que sus hombros se relajaron.

—¿Tus padres?— preguntó Isaac, cruzando los brazos.

La mirada de la niña se nubló.

—N-no tengo.

Me… me vendieron.

Como a un animal.— Isaac sintió un nudo en el estómago.

Conocía esas historias.

Eran moneda común en los préstamos de usura de las mafias.

—Lo siento…— murmuró, y luego, recordando la noche anterior: —¿De dónde huías ayer?— —De mi… amo— susurró ella, mirando al suelo.

—Un señor que… que me hacía cosas malas.

Cosas que no quiero contar.— Isaac no necesitó más detalles.

Asintió, comprendiendo el horror tácito en sus palabras.

—Está bien.

Puedes quedarte aquí esta noche.

Ya… ya veré qué hacer.— La gratitud en los ojos de la niña fue abrumadora.

Asintió, envolviéndose más en el abrigo.

—Necesito dormir— anunció Isaac, la fatiga venciéndolo por completo.

—El sofá es tuyo.— Sin esperar respuesta, se retiró a su habitación, cerró la puerta y se dejó caer en la cama, abrumado por el peso de las consecuencias de su acto de compasión.

Afuera, una extraña dormía en su sofá.

Y él tenía la vaga sensación de que su vida, ya complicada, estaba a punto de volverse infinitamente más peligrosa.

Antes de cerrar los ojos sintió algo en su bolsillo, era la navaja, la cual por puro agotamiento la intentó dejar en la mesa de noche, haciendo un escándalo para que al final caiga detrás de esta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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