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Un grito de ayuda - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 Capitulo 20 Escape
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20: Capitulo 20: Escape 20: Capitulo 20: Escape La única salida visible era la puerta por la que habían entrado, y era una trampa segura.

Pero Isaac y Brianda sabían que lugares como este siempre tenían una salida oculta.

Con manos que temblaban levemente, recorrieron las paredes, buscando algo, cualquier cosa.

Fue Isaac quien, al mover un pesado cuadro de un barco mercante, encontró unos bordes sobresalidos en el panel.

Al empujar, un mecanismo oculto cedió con un clic suave, y una sección de la pared se deslizó hacia un lado, revelando un elevador de carga estrecho y oxidado.

No era espacioso.

Apenas había lugar para tres personas adultas, y eso si se apretujaban.

Dejar a alguien atrás no era una opción.

Con movimientos rápidos y silenciosos, se acomodaron.

María, la más pequeña, cupo a duras penas, con Isaac y Brianda haciendo de paredes humanas a su alrededor.

Mei se encogió lo más posible, y Isaac, desde su posición contra la pared, accionó los controles.

El mecanismo chirrió de forma alarmante y comenzaron a descender hacia la oscuridad.

Brianda aprovechó esos segundos para enviar un mensaje frenético a su padre.

“Nos movemos.

Bodega inferior.

Necesitamos salida.” La oscuridad los envolvió.

El aire se volvió frío y olía a aceite y humedad.

María comenzó a hiperventilar, sus manos se aferraron a la camisa de Isaac.

—No puedo…

no puedo respirar…

—jadeó, el pánico de la claustrofobia apoderándose de ella.

—Shhh, tranquila —murmuró Isaac, abrazándola contra su pecho y acariciando su cabello con una calma que no sentía—.

Estamos contigo.

Estás a salvo.

El descenso pareció durar una eternidad.

Finalmente, el elevador se detuvo con un golpe seco y las puertas se abrieron con un chirrido metálico.

Ante ellos se extendía una vasta bodega subterránea, iluminada tenuemente por luces de emergencia.

El aire vibraba con el zumbido de montacargas y el eco lejano de voces.

Era una ciudad subterránea del crimen.

Estantes de metal que se perdían en la penumbra estaban repletos de cajas marcadas con logotipos falsos, pero el contenido era claro para quien supiera mirar: armas, ladrillos de drogas empaquetados al vacío, y objetos de valor robados.

—Dios mío —susurró Brianda, sus ojos recorriendo la operación—.

¿Cómo tienen todo esto y no los han descubierto?

Se movieron como sombras entre los pasillos de contrabando, usando las cajas como cobertura.

Finalmente, llegaron al borde de la bodega, donde una serie de oficinas modulares con ventanas de vidrio esmerilado indicaban el centro logístico.

Al lado, las rampas de embarque y una flota de camiones esperaban.

—Miren, podemos escapar en uno de esos —señaló Mei en un susurro.

María, aún pálida y con la mirada vidriosa, se apoyaba en Mei, quien la sostenía con una determinación feroz.

—Solo hay que ver cuál no va a ser revisado a la salida —dijo Isaac—.

Quédense aquí.

Voy a investigar en la oficina.

Se escabulló hacia el edificio de oficinas.

El contraste era chocante: luz blanca y fría, aire acondicionado y el olor a café y comida de microondas.

Estaba casi vacío.

Siguiendo el sonido de voces y risas, llegó a una sala de juntas donde un grupo de oficinistas de traje compartía una comida.

—…y le dije que el cargamento va lo más rápido que les paguen.

Si pagan poco, obvio irán lento —dijo uno, provocando risas.

Isaaprovechó la distracción.

Se deslizó hacia una computadora encendida en un cubículo cercano.

El software de logística era familiar, uno similar al que usaba en la universidad.

Con movimientos rápidos, navegó hasta los planos de las cámaras de seguridad y las rutas de salida.

Marcó mentalmente los puntos ciegos.

Al levantarse, algo llamó su atención en el cubículo contiguo.

Una foto.

Se acercó, y el aire se le cortó.

Era una foto de él, editada torpemente con corazones alrededor.

Lo reconoció al instante: era de esta misma semana, jugando ajedrez con Robert en el club.

Un hundimiento frío se apoderó de su estómago.

Sintió una respiración caliente y acelerada en su nuca.

Al volverse, se encontró con una Vicky que no reconocía.

No tenía sus habituales trenzas, lentes redondos o aparatos.

Su cabello estaba suelto, llevaba lentes de contacto y una expresión de shock absoluto que rivalizaba con la suya.

—¿I-Isaac?

—logró articular, su voz apenas un hilillo.

Él se pasó una mano por la cara.

—Hola, Vicky…

Ella estaba tan roja que parecía a punto de estallar.

Un portazo y gritos de hombres enfadados los hicieron saltar.

Isaac actuó por instinto: agarró a Vicky y la arrastró bajo el escritorio, apretándose contra ella en el espacio reducido.

Un grupo de hombres armados, de mirada dura, pasó junto al cubículo sin mirar.

Bajo el escritorio, Vicky estaba al borde de un ataque de pánico.

Isaac le tapó la boca suavemente, lo que solo intensificó su calor.

Sudaba, y su respiración era un jadeo rápido y superficial.

—Vicky, por favor, contrólate.

Esto es de vida o muerte —le susurró al oído, su voz firme y baja.

Ella asintió con desesperación, cerrando los ojos.

Forzó inhalaciones profundas, exhalando lentamente.

Tras un minuto que se sintió como una hora, logró calmarse lo suficiente.

Isaac retiró la mano.

—Dios, perdóname, Isaac, lo siento, es solo que no puedo controlarme y…

—comenzó a balbucear.

Él la miró fijamente.

—Necesito que me ayudes.

Es un favor enorme.

Haré lo que me pidas a cambio.

Vicky asintió enérgicamente, sus mejillas aún encendidas.

—Te voy a soltar y necesito que me escuches.

¿Entendiste?

Ella asintió de nuevo, más calmada.

Isaac se soltó y explicó rápido: —No hay tiempo.

Necesito salir de aquí.

Guarda este secreto.

¿Me oíste?

Vicky respiró hondo.

—Sí, Isaac —dijo, y luego, en un susurro rápido y claro—: Hay una salida trasera a la derecha de aquí, por donde entraron los guardias.

Yo puedo desconectar las cámaras del centro de seguridad.

Espera a que las luces se apaguen; esa será tu señal para escapar.

Isaac no lo pensó dos veces.

La abrazó brevemente.

—Te has ganado el cielo.

Se escabulló fuera del cubículo y se perdió entre los pasillos.

Detrás, Vicky se tapó la boca para ahogar un chillido de euforia, pellizcándose el brazo para asegurarse de que no era un sueño.

Luego, con una determinación nueva, se dirigió hacia la sala de seguridad, ideando un plan torpe pero lleno de buenas intenciones para distraer a los guardias.

Mientras tanto, Isaac encontró en un cubículo vacío una pila de hojas de envío.

Su mirada se clavó en una en particular: un envío a la Zona Alta, marcado como “Material Especial – Sin Destinatario Específico”.

Era sospechoso, pero era su mejor opción.

Anotó el número de localización de la caja y volvió con las chicas.

—Encontré una forma —anunció, mostrando el número—.

Tenemos que llegar a esta caja.

Nos llevará a la Zona Alta.

Con cautela, se dirigieron al estante indicado.

La caja era grande, lo suficientemente espaciosa para los cuatro si vaciaban parte de su contenido.

Trabajando en silencio, sacaron paquetes sellados (evitando mirar demasiado de cerca su contenido) y los escondieron en una caja vacía cercana.

Se metieron dentro, acurrucados y respirando entrecortadamente.

Vicky, por su parte, fracasó estrepitosamente en su intento de seducción en la sala de seguridad.

Su torpeza levantó sospechas, y un guardia corpulento y tatuado la echó con rudeza.

—L-lo intenté, Isaac —pensó, desolada, mientras regresaba a su cubículo.

Dentro de la caja, el mundo se redujo a la oscuridad y el sonido de su propia respiración.

Brianda abrazaba a María, Mei buscaba desesperadamente señal en su teléfono.

—Déjalo, Mei —susurró Brianda, resignada—.

Ya intenté avisar a mi padre.

—Tiene que haber algo de…

—empezó Mei, pero un golpe repentino los sacudió, callándolos al instante.

El mundo se movió.

Sentían las vibraciones de un montacargas que los levantaba y los transportaba.

Después, el traqueteo de un camión en movimiento.

La puerta trasera se cerró con un sonido metálico final, sumiéndolos en una oscuridad casi total, solo rota por las rendijas de la caja.

El camión arrancó.

Un suspiro colectivo de alivio escapó en la oscuridad.

Estaban en movimiento.

Habían escapado, por ahora.

Pero el viaje apenas comenzaba, y la incertidumbre era su único compañero en la oscuridad del camión que los llevaba a lo desconocido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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