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Un grito de ayuda - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Capitulo 21 La mansion de Brianda
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21: Capitulo 21: La mansion de Brianda 21: Capitulo 21: La mansion de Brianda El traqueteo cesó.

El camión se detuvo y, tras unos minutos de tensa espera, sintieron cómo bajaban la caja con movimientos bruscos.

El grupo permaneció en un silencio absoluto, conteniendo la respiración.

El corazón les latía con fuerza cuando empezaron a oír el crujido de las herramientas rompiendo los sellos de madera.

La luz los cegó al abrir la caja, revelando no un almacén siniestro, sino la opulenta bodega de una mansión.

Los guardias, hombres de rostro impasible y trajes impecables, los miraron estupefactos al descubrir a la hija de su patrón entre los embalajes.

El anuncio fue rápido.

En cuestión de segundos, el señor Rutkovsky irrumpió en la bodega con una velocidad inusual para un hombre de su edad.

Su reencuentro con Brianda fue breve pero intenso, un abrazo cargado de un alivio palpable.

Los llevaron a una sala de recepción que parecía sacada de un palacio zarista.

Todo era mármol, oro y candelabros de cristal.

Una ostentación de poder calculada hasta el último detalle.

Brianda y sus padres se retiraron de inmediato a una sala contigua para hablar en privado, dejando a Isaac, María y Mei arropados con mantas de lana fina, bebiendo chocolate caliente de tazas de porcelana.

Una suave sonata de piano sonaba de un tocadiscos antiguo y valioso.

—Al parecer, el plan de llegar aquí fue antes —comentó Mei con una risa nerviosa.

Isaac asintió en silencio, su mirada perdida en las llamas de la chimenea.

María, por su parte, observaba cada detalle de la habitación con una intensidad casi febril, como si estuviera grabando cada esquina en su memoria.

Isaac le tocó el hombro y ella se sobresaltó, volviendo a la realidad con un parpadeo.

—¿Todo bien?

—preguntó él.

María asintió, pero bajó la mirada, una tristeza profunda en sus ojos.

Antes de que Isaac pudiera decir algo más, la puerta de la sala contigua se abrió de golpe.

Salió primero el señor Rutkovsky: un hombre alto, de cabello rubio plateado, complexión robusta y una presencia que llenaba la habitación.

A su lado, su esposa, una mujer cuya elegancia y rasgos delataban de inmediato que Brianda era su viva imagen, solo que con unas décadas menos.

—¡Isaac!

—exclamó el señor Rutkovsky con una calidez que sonaba genuina.

—Señor Rutkovsky —respondió Isaac, levantándose para recibir el abrazo del hombre, que incluía el característico beso en ambas mejillas.

El señor lo superaba por unos centímetros.

—¿No te hicieron daño esos malditos latinos, verdad?

—preguntó Rutkovsky, examinando a Isaac de arriba abajo con preocupación paternal.

—Estoy bien, señor.

Muy bien —respondió Isaac, dándole una palmada en el hombro—.

Quien me preocupó fueron las demás…

—Volteó a mirar a María, que se encogió un poco bajo su manta.

El señor Rutkovsky asintió, y su expresión se tornó más seria.

—Si nos permiten…

—dijo, poniendo un brazo amigable sobre los hombros de Isaac y guiándolo de vuelta hacia la sala privada.

En cuanto la pesada puerta de roble se cerró, la máscara de cordialidad se desvaneció.

Isaac apenas tuvo tiempo de esbozar una sonrisa antes de que la mano abierta del señor Rutkovsky lo golpeara en la mejilla con una fuerza brutal.

El impacto lo envió al suelo, aturdido y confundido.

El señor Rutkovsky respiró hondo, ajustándose los puños de la camisa con una calma aterradora.

Esperó a que Isaac, jadeante, se incorporara sobre sus rodillas.

—Maldita sea, Isaac —comenzó el hombre, su voz un rugido contenido mientras servía dos whiskys—.

No sé cómo mierda no pudiste dejar a esa chica tirada en la calle…

Le entregó un vaso a Isaac y una bolsa de hielo para la mejilla enrojecida.

Bebió un sorbo de su whisky.

—No te culpo.

Eres demasiado bueno para este mundo —dijo, con un dejo de genuina frustración—.

Te quiero mucho, muchacho.

Te veo como el hijo que nunca pude tener…

Pero pusiste en riesgo a mi niña por tus idioteces.

Isaac se sentó en un sillón de cuero, la cabeza gacha, escuchando.

Cada palabra era un martillazo.

—Llegará un momento en que la suerte se te acabe, y puede que la tengas difícil, muchacho.

No puedo permitir que mi familia salga perjudicada por protegerte —otro sorbo de whisky—.

La chica que está contigo…

esa niña…

es parte de un experimento mucho mayor de lo que crees.

Y quizás ya lo hayas visto.

Isaac alzó la vista, confundido.

—¿Experimento?

—Definitivamente no lo sabes —suspiró Rutkovsky—, y estoy seguro de que la misma chica no te ha contado todo.

Quizás porque ni ella lo recuerde.

Es un peligro, incluso para sí misma.

—Tomó su teléfono, envió un mensaje rápido y lo guardó—.

Es un proyecto con tecnología implantada en el cerebro.

Crean asistentes con inteligencia artificial integrada, pero dependientes de sus amos.

Lo probaron con esclavos.

La mayoría murió.

Hasta donde sé, solo tres sujetos sobrevivieron.

—Bebió otro trago, e Isaac lo imitó, el alcohol quemándole la garganta—.

Son como computadoras humanas, capaces de procesar información y guiar operaciones con una eficiencia sobrehumana.

Isaac sintió un asco frío recorrerle la espina dorsal.

—No puedo ayudarte más —concluyó Rutkovsky, vaciando su vaso—.

Solo con información y sacarte con vida de aquí.

Pero de ahora en adelante, estás solo, muchacho.

Y no creo que sobrevivas a esto.

Hay un grupo más peligroso, del que no sabemos nada.

Se hacen llamar ‘An Scáil’.

El nombre provocó un escalofrío instantáneo en Isaac.

—Y una cosa más —añadió Rutkovsky, de pie ya para despedirlo—.

El mismo gobierno está metido en esto.

Así que ellos tampoco son una opción.

La expulsión fue fría y terminante.

Isaac y María fueron escoltados hasta la salida.

Mei se quedó atrás, con Brianda, que observaba la escena desde lo alto de la escalera principal.

Su elegante postura era impecable, pero Isaac alcanzó a ver el brillo de lágrimas que se negaba a dejar caer antes de que las grandes puertas de la mansión se cerraran detrás de ellos.

La noche los envolvió.

Solos.

Isaac, con una vida que proteger y sin un plan, no tuvo más opción que guiar a María de vuelta a la única guarida que les quedaba: la heladería abandonada.

La caminata fue silenciosa, una procesión de derrota.

Una vez dentro, con la puerta cerrada y la oscuridad familiar envolviéndolos, la fachada de Isaac se quebró por completo.

Golpeó el suelo de concreto con los puños, una y otra vez, hasta que los nudillos sangraron.

La impotencia, la culpa y el miedo lo consumieron en un arrebato de furia y desesperación.

Luego, exhausto, se desplomó y lloró, sollozos secos que sacudieron su cuerpo.

María lo observó todo desde la penumbra, sin interferir.

Solo cuando el último eco de su rabia se apagó, se acercó.

Sin decir una palabra, se acurrucó a su lado en el frío suelo y lo abrazó.

No había consuelo que ofrecer, solo presencia.

Y en el silencio de la heladería abandonada, agotados por el peso de un mundo que se cerraba a su alrededor, ambos cayeron en un sueño profundo e incierto, completamente solos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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