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Un grito de ayuda - Capítulo 27

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  4. Capítulo 27 - 27 Capitulo 27 Si vis Pacem
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27: Capitulo 27: Si vis Pacem 27: Capitulo 27: Si vis Pacem La noche se desvaneció en un lento goteo de sombras y silencio.

Isaac permaneció como una estatua incorpórea frente a la puerta del quirófano, su vigilia una ofrenda muda.

Su reloj, un artefacto bloqueado que solo marcaba el paso implacable del tiempo, fue testigo de cómo las manecillas arrastraban los segundos hasta las 3:00 de la mañana.

Fue entonces cuando la puerta se abrió, dejando escapar un río de cansancio vestido de blanco.

Técnicos, informáticos, cirujanos; una procesión de rostros pálidos que, sin embargo, esbozaban la misma sonrisa fatigada de un triunfo arduo.

El éxito olía a antiséptico y café rancio.

Isaac, con los músculos entumecidos y el corazón en un puño, interceptó a un técnico de gafas gruesas.

—¿La chica?

¿Está bien?

¿Qué le hicieron?

—Su voz sonó áspera, desgastada por la espera.

El técnico se zafó del agarre con fastidio.

—Sí, todo bien.

Ahora apártate.

—La indiferencia en su tono fue un golpe sordo.

Isaac se dejó resbalar contra la pared fría, el cuerpo exhausto y el alma en vilo.

El esfuerzo de mantenerse en pie durante horas lo derrumbó por fin en el suelo.

Fue entonces cuando una figura se detuvo frente a él.

Un hombre mayor, de cabello como la nieve y una sonrisa que parecía tallada en un rostro sereno, se agachó hasta quedar a su altura.

—Descuida, muchacho —dijo el doctor, su voz un bálsamo en la penumbra—.

Ella sabrá que estuviste esperándola.

—Hizo una pausa, observando la profunda inquietud en los ojos de Isaac—.

Las pruebas fueron un éxito.

No puedo darte detalles, pero, por ser familiar, te diré que estará sana y salva.

Solo necesita descansar.

Le contestaba un viejo de pelo blanco, mirada bondadosa y muy tranquilo.

Un suspiro escapó de lo más hondo de Isaac, un alivio tan vasto que por un segundo borró todo el peso de sus hombros.

—Muchas gracias, doctor…

El anciano asintió con una bondad genuina antes de perderse en el pasillo.

Isaac intentó mantenerse despierto, decidido a ser lo primero que María viera al despertar, pero el cuerpo, traicionero lo desplomó.

El agotamiento lo venció y cayó en un sueño profundo e inmediato.

El alba llegó con el murmullo de la actividad en los pasillos.

Isaac se incorporó de un salto, los instintos en alerta.

Su mirada buscó a través del vidrio de la habitación, pero la cama estaba vacía.

Un pánico frío lo recorrió.

Antes de que pudiera reaccionar, una voz firme lo detuvo.

—¡Isaac, muchacho!

Era Verne.

Sostenía una bolsa de la que emanaba un aroma cálido y grasiento a pollo frito.

El estómago de Isaac rugió con una violencia dolorosa, un recordatorio brutal de su ayuno.

Se dobló por la cintura, una punzada insoportable clavándosele en las entrañas.

—¡Auch…!

Verne soltó una risa grave y familiar.

—Vaya, chico, sí que tenías hambre.

Se dirigieron al comedor del búnker, un lugar austero iluminado con luces fluorescentes.

Isaac devoró la caja de pollo con una urgencia animal, sin aliento, casi sin masticar.

Verne lo observaba, no con impresión, sino con una nostalgia sombría.

La escena le trajo el recuerdo de otro Isaac, más joven, más vulnerable, hurgando en su basura una noche fría.

————————– El olor a podrido llenaba el aire.

Verne, cerrando su heladería, encontró a un Isaac demacrado, con el uniforme de la universidad manchado, revolviendo desesperadamente los contenedores.

—Chico, esa no es manera de encontrar nutrientes…

—La voz de Verne no tenía reproche, solo una lástima profunda.

Isaac se había enderezado de golpe, la vergüenza pintada en su rostro.

—Disculpe, señor…

Yo…

yo me iré…

—murmuró, evitando su mirada.

—Ven —ofreció Verne, con una suavidad paternal—.

Pasa.

Hay algo de comer dentro.

Bajo la tenue luz de la heladería cerrada, Isaac le contó una historia tejida con medias verdades: un despido, la necesidad.

Omitió la sangre, los encargos de la mafia, la culpa que ya empezaba a carcomerlo.

Verne, compadecido, le tendió un salvavidas: un salario, un adelanto, un futuro.

En ese gesto nació una lealtad silenciosa, una relación de padre e hijo que ninguno se atrevía a nombrar.

————————– El recuerdo se desvaneció mientras Isaac daba el último bocado.

—Muchísimas gracias por todo, señor Verne —dijo, limpiándose las manos—.

La comida, el decirme que María se encuentra bien…

En serio…

en serio, gracias.

—Estoy seguro de que, si yo hubiese estado en tu situación, tú hubieras hecho lo mismo por mí —respondió Verne.

La sombra de una verdad no dicha, la de la familia perdida, se cernió brevemente entre ellos, un fantasma en la mesa.

Isaac la sintió, pero desvió la mirada.

—Sabe que sí, señor —continuó Isaac, con una vulnerabilidad inusual—.

Honestamente…

yo a usted lo quiero como un padre para mí.

Las palabras, simples y sinceras, conmovieron hasta el fondo al hombre curtido.

Una sonrisa genuina, desprovista de toda calculación, iluminó su rostro.

—Descansa un poco y después ve con la chica.

Hablé con ella…

Ya quiere verte para hablar contigo de muchas cosas…

Al oír eso, Isaac no pudo contenerse.

—¿Qué esperamos?

¡María está sola y necesita hablar conmigo!

La encontraron en una sala de barracones, un espacio amplio y frío de camas vacías, iluminado por la luz blanca y clínica de las lámparas.

María era la única ocupante, absorta en unos dibujos animados que parpadeaban en un televisor antiguo.

Al oír los pasos, giró la cabeza.

Su sonrisa fue instantánea, un faro de alegría pura que borró cualquier rastro de dolor.

Apagó la tele de un manotazo.

Isaac se acercó, el corazón latiéndole con fuerza.

La necesidad de abrazarla, de sentir que estaba real y a salvo, era un mandato físico.

Pero se detuvo, la respeto por encima de todo.

—¿Está bien si te abrazo?

¿No te lastimaron ni…

nada?

Fue María quien cerró la distancia, lanzándose a sus brazos con una fuerza que casi derriba el suero intravenoso.

Los enfermeros acudieron a ajustar los cables, pero por un momento, el mundo se redujo a ese abrazo.

Fue breve, intenso, y al separarse, sus miradas se encontraron, diciendo todo lo que las palabras no podían.

—Isaac…

Te ves muy bien con ese traje —dijo ella, con un coqueteo tímido que le devolvía un atisbo de normalidad.

Él se ruborizó.

—Basta…

Es un traje táctico, en realidad.

Al mostrarle el peso del chaleco, los ojos de María se abrieron con asombro genuino.

—¡Eso sí que es otra cosa!

La risa de Isaac llenó la sala, un sonido raro y precioso.

Verne, conmovido por la escena, se retiró en silencio, concediéndoles la intimidad que merecían.

—Me dijo un pajarito que te quedaste afuera de la sala de operación como un soldado…

Como una estatua…

Isaac esbozó una sonrisa de orgullo.

—Digamos que suelo ser MUY resiliente.

La risa los unió de nuevo, pero pronto un silencio cargado de preguntas se instaló entre ellos.

Isaac fue el primero en romperlo.

—Entonces…

¿estás bien ahora?

—preguntó, temiendo la respuesta.

María bajó la mirada.

—Digamos que para ellos, las pruebas, el abrirme el cráneo y acceder al chip, les funcionó bastante.

—¿Un chip?

—La interrupción de Isaac fue un susurro incrédulo—.

¿En tu cerebro?

—Sí.

Ahora pueden rastrear sus transmisiones e incluso interferir en ellas.

Fue como…

desactivar un localizador que llevaba encendido toda mi vida —explicó María, tocándose instintivamente la nuca—.

Y que yo, de momento, solo necesito descansar…

—Malditos —masculló Isaac, la rabia brotando de nuevo—.

Me dijo su líder que no iban a abrirte el cráneo…

Ella tomó su mano, un gesto de confianza absoluta.

—Tranquilo.

Solo requiero reposo y no tener ningún golpe fuerte…

ni estresarme.

Por lo que lo mejor para mí, y lo que me dijeron, es que debo quedarme en su cuidado.

Al menos tres días como mínimo…

Isaac apretó su mano.

María notó la tormenta en sus ojos.

—Tengo miedo…

—confesó él, en un susurro que solo era para ella—.

Yo no sabía que había asesinado a la familia del hermano del señor Verne…

Solo fue por trabajo, y ahora muchas cosas de mi pasado están regresando a cobrarme…

Se desplomó, posando la cabeza sobre el regazo de María, y dejó que el llanto lo sacudiera.

Todos los muros se derrumbaron.

Sus lágrimas mancharon la sábana blanca, y por un instante de pura alucinación, Isaac vio en ellas no agua, sino la sangre seca que siempre creyó llevar en las manos.

—Tengo miedo de perderte, y no quiero…

No lo deseo.

Quiero tu bienestar porque eres lo único bueno que me ha pasado en mi vida…

Le contó todo.

La revelación sobre su madre, su hermana no nacida, la cruda disección de su vida por parte de los Libertadores.

María no dijo nada.

Solo lo abrazó, acariciando su cabello, siendo el ancla que impedía que se hundiera por completo en el abismo de su culpa.

Cuando por fin pudo componerse, Isaac alzó la mirada hacia ella.

Había una determinación feroz, nueva, en sus ojos.

—Incluso si nos quedamos aquí un tiempo y nos vamos, afuera ya nos están buscando…

—Hizo una pausa, buscando las palabras definitivas—.

Entonces, lo único que nos queda es enfrentarlos.

Y por eso…

me uniré a los Libertadores.

La cachetada sonó como un disparo seco en la sala estéril, un estallido de dolor y rabia que cortó el aire.

El sonido resonó entre las camas vacías.

La mano de María quedó temblando en el aire, la piel de la palma enrojeciendo.

Las lágrimas asomaron en sus ojos, mezclando la rabia y la desesperación.

—¿Y si algo te pasa, qué será de mi vida?

¿¡No piensas que no podré continuar sin ti!?

—Lo hago por ti —respondió él, con una calma que sonaba a despedida—.

Porque tienes una vida que continuar…

Ya has sufrido mucho y solo has sobrevivido.

Quiero que, de ahora en adelante, tú vivas.

Ella lo miró, y toda la rabia se desvaneció, dejando solo un miedo profundo y compartido.

—Yo también tengo miedo, Isaac.

No quiero perderte…

Él la abrazó de nuevo, pero en su corazón sabía que la decisión estaba tomada.

El camino estaba claro.

De pronto, la voz de su padre resonó en su memoria, tan clara como si estuviera en la habitación…

————— Un Isaac adolescente, los ojos hinchados de llorar, veía a su padre, alto y severo, equiparse con un rifle.

El hombre se detuvo en la puerta, y se volvió.

Su mirada no era de reproche, sino de una tristeza y una determinación profundas, idénticas a las que Isaac sentía ahora en su propio pecho.

—Si vis pacem…

—comenzó su padre, poniéndose a su altura—.

Para bellum.

—————– Isaac volvió al presente, su mirada clavada en María, sellando un pacto con el destino.

Sus palabras no fueron un susurro, sino una declaración tallada en acero.

—Si quieres la paz —dijo—, debes prepararte para la guerra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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