Un grito de ayuda - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 Capitulo 28 Familiares
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28: Capitulo 28: Familiares 28: Capitulo 28: Familiares La decisión de Isaac cayó sobre María como una losa.
Él la dejó en el barracón, su figura alejándose con una determinación que era un muro infranqueable.
Las lágrimas de ella no fueron de tristeza, sino de una súplica desgarradora, un murmullo entrecortado dirigido a cualquier deidad que escuchara: “Por favor, no lo dejen morir”.
Isaac se plantó frente al comandante húngaro, la misma figura que días antes le había desgarrado su pasado.
Ahora estaba listo para ser un soldado más, una pieza en el tablero de los Libertadores.
El comandante esbozó una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos.
Sacó el collar con el símbolo de la serpiente mordiendo la tierra y una pequeña placa de identificación, fría y impersonal.
—Bien dicen que para llegar al cielo, hay que bajar a lo más profundo del averno —comentó el húngaro, con un dejo de sarcasmo—.
O al menos eso dice la Divina Comedia —Una carcajada seca, carente de verdadera alegría, resonó en la estancia.
Isaac no se inmutó.
Su mente ya estaba en otro lugar, en un campo de batalla imaginario, empuñando un arma, siguiendo los pasos de su padre pero hacia un enemigo diferente.
Mientras María permanecería en reposo, convaleciente y crucial para los Libertadores por razones que aún se le ocultaban, Isaac se sumergió en un infierno personal.
Su entrenamiento fue una brutal descarga de realidad.
El tiempo era un lujo que no tenían, y el comandante ordenó un régimen intensivo.
Mientras otros reclutas novatos se doblaban por la náusea después del primer circuito de combate o fallaban estrepitosamente en los ejercicios de precisión, Isaac aguantaba.
No era que no sintiera el dolor o el agotamiento; era que tenía una capacidad feroz para ignorarlos, para empujar su cuerpo más allá del punto de quiebre que derrotaba a los demás.
El comandante observaba, impasible, pero con un destello de interés al notar esa resiliencia inusual.
En un ejercicio de combate cerrado, Isaac se enfrentó a un veterano del pelotón.
Recibió golpes que le hicieron ver estrellas, pero no cayó.
Se tambaleaba, escupía sangre, y se reincorporaba.
Hasta que, en un arranque de instinto puro, conectó un gancho y aplicó una llave de lucha grecorromana, derribando al soldado.
Desde la línea lateral, un par de veteranos observaban.
“Este chico no pelea como un civil”, murmuró uno, limpiándose el sudor de la barbilla.
“No”, respondió el otro, con una mirada clínica.
“Pelea como alguien que ya ha tenido que matar.” Sus conocimientos de química se volvieron armas.
Bajo supervisión, transformó ingredientes simples en potenciales dispositivos explosivos.
El vinagre y el bicarbonato se medían con la precisión de un relojero, calculando presiones y reacciones.
No era magia; era la aplicación fría de una mente analítica a la tarea de la destrucción.
La semana pasó en un torbellino de sudor y adrenalina.
Cuando el comandante lo llamó a su oficina un viernes, Isaac entraba con la espalda más recta y la mirada más dura.
La orden del análisis médico pendía sobre él como una sombra, una pregunta sin respuesta que añadía una capa más de inquietud a su entrenamiento.
¿Qué buscarían realmente en él?
—Siéntate, chico.
Cierra la puerta —ordenó el húngaro.
Isaac obedeció—.
Sé que fui rudo al principio.
Pero has demostrado una resiliencia…
inusual.
Has aprendido rápido.
Demasiado rápido.
Peleas con una base sólida, entiendes de química aplicada a la demolición, y tu instinto para escapar de situaciones de presión es envidiable.
—El comandante se inclinó sobre el escritorio—.
¿Cómo mierda lo haces?
Isaac se quedó perplejo.
—B-bueno, no lo sé…
Solo…
lo hago.
No siento que sea gran cosa.
¿No es lo que todos hacen?
—No —la negativa del húngaro fue seca, contundente—.
No, no lo es.
Antes de que Isaac pudiera procesarlo, el hombre continuó.
—Antes de que descanses este fin de semana, ve al barracón médico.
Un análisis detallado.
Obligatorio.
—Hizo una pausa estratégica—.
Y respecto a tu chica…
Isaac se quedó inmóvil, toda su atención puesta en el comandante.
—Creo que ya eres alguien de confianza.
—El húngaro suspiró, como si cargara con un peso—.
Esa chica…
nos trajo la información clave para iniciar los ataques que planeamos.
Pero hay algo más en su cerebro.
Algo que necesitas saber.
Deslizó un expediente sobre el escritorio.
—Te hará falta leerlo.
Un presentimiento gélido recorrió la espina de Isaac.
Con manos que apenas podía controlar, tomó la carpeta.
Al abrirla, el mundo se le vino encima.
No eran diagramas del chip, ni datos técnicos.
Era una fotografía.
La imagen de un hombre con un parecido a Isaac tan asombroso que resultaba obsceno.
Su tío.
El golpe fue tan físico que palideció al instante, y tuvo que agarrarse del borde del escritorio para no tambalearse.
Por una fracción de segundo, un recuerdo feliz y doloroso lo atravesó: su tío poniéndole el fedora por primera vez en su cabeza, riendo.
“Para que parezcas un hombre de verdad, Isaac.” —¿Esto…?
¿Qué mierda es esto?
—gruñó, su voz un hilillo de rabia y horror.
—Es lo que es —respondió el comandante, implacable—.
An Scáil no es una organización abstracta.
Tiene caras.
Y esta es una de ellas.
—¡No te creo!
—La angustia le cerraba la garganta.
—Solo te muestro la realidad.
—El húngaro eligió sus palabras con cuidado—.
Estuvimos con ella, accediendo a recuerdos profundos, los que no estaban en el chip sino…
debajo.
Palabras clave, nombres…
y ese rostro surgió una y otra vez.
Es un operativo de alto nivel.
Tu tío trabaja para la misma organización que esclavizó a María.
Isaac dejó el expediente sobre el escritorio.
La verdad era un veneno que se expandía por sus venas.
—Supongo que es lo que es…
—murmuró, toda la lucha drenada de su cuerpo.
—Era mejor que te enteraras ahora, antes de que ese muro te derribara en pleno combate.
Con un movimiento súbito, Isaac cerró la carpeta y, con un gesto brusco, la partió por la mitad.
—Ya veremos lo que me depara —dijo, y le entregó los restos al comandante.
Mientras salía, el húngaro le gritó: —¡Mejor lo hubieras tirado a la basura!
Una vez que Isaac se perdió de vista, el comandante recogió los trozos de papel y los arrojó a una papelera.
—Igual tenemos la copia digital —murmuró para sí, con un tono de burla resignada.
Los dos días siguientes, Isaac se distanció de María, sumido en un silencio lúgubre.
Su entrenamiento se volvió aún más riguroso, casi autodestructivo.
La mirada de desdén de los otros soldados se transformó en un respeto cauteloso.
Ahora se medía en duelos libres, donde la teoría chocaba con la brutalidad del combate real.
En uno de esos enfrentamientos, se topó con “el Oso”, un hombre ancho como un refrigerador.
—Este tipo de enfrentamientos es muy común, chico —rugió el gigante, adoptando una postura que prometía dolor.
Isaac, en guardia de kickboxing, replicó: —Ya me he enfrentado a otros más grandes.
El Oso embistió.
Isaac intentó una proyección de judo, pero la masa y la experiencia del hombre fueron superiores.
Cayó al suelo con un golpe sordo, y una lluvia de golpes contundentes cayó sobre sus costillas.
El silbato sonó.
El Oso le tendió una mano para ayudarlo a levantarse.
—Me dicen el Oso.
—Isaac —respondió, aceptando el agarre con un apretón que aún transmitía fuerza.
—Normalmente, cuando intentan pelear contra mí, huyen —comentó el grandullón con una risa sorprendentemente cálida.
—Digamos que no todos —jadeó Isaac.
María, ya en una silla de ruedas y observando desde la distancia, notó la sombra que se cernía sobre él.
Cuando Isaac terminó y se acercó para empujarla por los pasillos, ella no tardó en confrontarlo.
—No creas que no lo he notado —dijo, su voz cargada de un enojo preocupado.
—¿Ah?
—Eso mismo.
Has estado distante.
Quiero saber qué pasó.
—Estoy concentrado en mi deber.
—Sabes que es mentira —lo reprendió María, sin dejarle escapatoria—.
La verdad, Isaac.
Cualquier cosa.
Prefiero que me digas lo que tienes, incluso si yo soy la causante…
Esa última frase lo atravesó.
—Yo…
—titubeó.
—Te escucho.
—Vamos a un lugar privado —cedió Isaac, finalmente.
En una sala vacía, lejos de miradas y oídos curiosos, Isaac se sentó frente a ella.
—Los Libertadores me dieron una información…
delicada.
María se tensó, su enojo disipándose para dar paso a la preocupación.
—Hay alguien en el otro bando que…
podría perjudicarnos a todos.
Alguien a quien conozco muy bien.
—Sus manos temblaban.
No podía mirarla a los ojos.
Ella lo observó, viendo los tics nerviosos, la lucha interna.
Esperó, en un silencio que era más elocuente que cualquier pregunta.
—Mi tío —confesó Isaac, la palabra sabiendo a hiel—.
Está con ellos.
Con An Scáil.
Los ojos de María se abrieron de par en par.
Un flashback repentino la golpeó: la silueta de un hombre con rasgos familiares en lujosos salones, en la cubierta de un yate, una presencia espectral en los márgenes de sus recuerdos más borrosos.
Al entrelazar ese recuerdo con el rostro de Isaac, la imagen se volvió nítida, terrorífica.
Se tapó la boca con la mano, un sollozo ahogado.
—L-lo descubrieron con…— Isaac asintió, sin dejarla terminar.
—L-lo siento…
—balbuceó ella, las lágrimas asomando.
Él le puso un dedo suavemente sobre los labios.
—No cargues culpas.
Tú no lo sabías.
Y ahorita…
no me interesa lo que sea de él.
Solo sé que estoy listo para dejar mi pasado atrás.
María bajó la mirada, un sollozo leve escapándose.
Isaac se arrodilló frente a su silla de ruedas y la abrazó.
Era el mismo abrazo que lo había salvado de desmoronarse en el barracón, pero ahora los roles se invertían.
Él era el acero, frío y decidido, y ella el fuego que lo templaba, derritiéndose en lágrimas contra su hombro.
No era un abrazo de pasión, sino de consuelo, de dos almas náufragas aferrándose mutuamente en la misma tormenta.
Cuando por fin se serenaron, María rompió el silencio, su voz aún temblorosa pero clara.
—Y-yo…
si me lo permites, puedo contarte un poco de ese señor…
de tu tío —se corrigió de inmediato—.
Lo que logro recordar.
Isaac asintió, con un cansancio que iba más allá de lo físico.
—No tengo mucho que perder.
Y supongo que me ayudaría a entender.
—Bien —dijo María, tomando aire—.
Entonces, déjame contarte lo que recuerdo del hombre que trabajaba para el que solía ser mi amo…
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