Un grito de ayuda - Capítulo 4
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4: Capitulo 4: Cambios 4: Capitulo 4: Cambios El amanecer llegó con timidez a la gran ciudad, filtrándose a través de un cielo plomizo y nublado que prometía más lluvia.
Los primeros y pálidos haces de luz se colaron por la ventana del pequeño departamento, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire y bañando todo con una tonalidad grisácea que parecía sacada de un cuadro melancólico de un pintor amateur.
Isaac ya estaba listo, vestido y con la mochila al hombro.
El silencio en el departamento era absoluto, roto solo por el murmullo bajo de un noticiero en la televisión que hablaba de una mejora climática para el mediodía—una predicción que sonaba más a un deseo que a una realidad.
María aún no daba señales de estar despierta.
La puerta de su habitación—su habitación ahora—permanecía cerrada.
Con un suspiro, Isaac agarró un cuaderno y un bolígrafo.
Escribió rápido una nota, con una letra apresurada pero clara, y la pegó con un imán en la puerta del refrigerador, justo a la altura de los ojos.
Antes de salir, dudó un instante frente a esa puerta cerrada, una parte de él queriendo despedirse, la otra, aliviada de evitar otra situación incómoda.
Finalmente, giró la llave y salió, sumergiéndose en el vientre de la ciudad que nunca dormía.
En la nota decía: “María, Tuve que salir a la universidad.
No estaré de vuelta hasta tarde.
Hay comida en el refri, y puedes ver la TV.
Lamento no tener una computadora mejor, solo esta laptop del gobierno, pero tiene internet.
Por favor, NO SALGAS.
No abras la puerta a nadie.
No hables con extraños.
Cuídate.
– Isaac.” El metro era su cápsula de transición habitual, el lugar donde Isaac dejaba atrás al granjero y se preparaba para ser el estudiante.
Pero hoy su mente no estaba en los apuntes ni en las clases por venir.
Iba ensimismado, la mirada perdida en el reflejo distorsionado de su propio rostro en la ventana oscura del vagón.
¿En qué me he metido?, era el pensamiento recurrente.
La imagen de María, primero temblorosa bajo la lluvia, luego vulnerable envuelta en su ropa, y finalmente confundida y herida por su rechazo, se repetía en su cabeza como un eco torturador.
Recordó sus palabras de la noche anterior, dichas con una naturalidad que le partía el alma: “¿Te incomoda que me vaya a dormir a tu lado?”.
Un calor vergonzoso le subió al rostro, y tuvo que sacudir la cabeza para despejar el recuerdo y concentrarse en la clase.
Las horas en la universidad pasaron como un lento desfile de sombras.
Los profesores hablaban, Isaac tomaba apuntes de forma mecánica, pero su conciencia estaba a kilómetros de distancia, en un pequeño departamento de los barrios bajos.
Al finalizar las clases, se dirigió al club de ajedrez con la esperanza de que la lógica fría de los 64 escaques le diera tregua a su caos mental.
Pero la puerta estaba cerrada.
En ese momento, su teléfono—un modelo antiguo pero funcional—vibró en su bolsillo.
Era un mensaje de Robert: “Isaac, se me olvidó decirte.
No hay sesión hoy.
Disculpa la tardanza.
Nos vemos mañana.
:c” Isaac resopló.
“Está bien, lo entiendo”, respondió tecleando con rapidez.
Sin el club, el camino directo era hacia “El Buen Hombre de Nieve”.
Mientras caminaba, una sensación extraña comenzó a apoderarse de él.
No era paranoia, era instinto.
La ciudad olía a huida.
Y cuando su teléfono vibró de nuevo con un mensaje de su jefe—’¡Ven rápido!’—, supo que su presentimiento era correcto.
Su teléfono vibró de nuevo.
Un mensaje de su jefe: “¡Ven rápido!” Isaac apretó el paso, la inquietud creciendo en su pecho.
Al llegar a la heladería, la encontró semi-vacía.
Su jefe, un hombre normalmente jovial, tenía el rostro pálido y marcado por la preocupación.
—¡Chico!
¡Al fin!— lo recibió, agarrándolo del brazo con urgencia.
—Ven, ayúdame con esto.— Lo guio a la trastienda, donde un camión de mudanzas estaba estacionado.
Varias cajas pesadas yacían en el suelo.
—Súbelas al camión, por favor.
Rápido.— Isaac obedeció sin cuestionar.
Las cajas eran sorprendentemente pesadas.
Demasiado pesadas para contener solo suministros de helado.
Mientras cargaba la decimoquinta, el sudor le corría por la frente y una sospecha helada se instaló en su mente.
Alguien más tenía que haber estado ayudando antes.
¿A dónde habría ido?
Si mostraba miedo ahora, las cosas podrían ponerse feas.
Finalmente, en la última caja, los músculos de sus brazos protestaron.
Este peso era familiar, metálico, no era de azúcar o vainilla.
No protesto y solo la subio.
Su jefe se secó la frente con un pañuelo y luego, con un movimiento solemne, sacó un fajo grueso de billetes de su bolsillo y se lo entregó a Isaac.
—Escucha, chico— dijo, su voz baja pero clara.
—Me largo.
Esta ciudad se está pudriendo demasiado rápido.
Me voy a Miami con mi mujer.
Esto es tu parte.— Isaac miró el dinero, luego a su jefe.
La cantidad era obscena para una paga normal.
—¿E-está seguro?— titubeó, la desconfianza palpitando en sus venas.
—Eras el último al que le faltaba darle su parte— afirmó el hombre, con una sonrisa cansada que no llegaba a sus ojos.
—Sabes, cuando te mandé el mensaje, pensé que no vendrías…— —Ya venía en camino— respondió Isaac, forzando una sonrisa que esperaba pareciera natural.
Una risa, tensa al principio pero que pronto se volvió genuina, estalló entre ellos, un breve destello de complicidad en medio del absurdo.
—Ay, chico, fuiste un buen trabajador— dijo el jefe, enjugándose una lágrima de emoción o de alivio.
—Sigue así.
Que este dinero te ayude con la escuela.
Encuentra algo mejor.— Se subió al camión, pero antes de cerrar la puerta, le lanzó a Isaac un último objeto: las llaves del local.
—¡El local no está vendido!— gritó sobre el ruido del motor.
—¡Por ser el mejor empleado, véndelo y quédate el dinero!
¡Yo ya tengo de sobra!— Isaac atrapó las llaves al aire, sintiendo su peso metálico y simbólico.
Su vida acababa de cambiar en cuestión de segundos.
—¡Y hay algo que siempre quise decirte!— añadió su jefe, con una sonrisa amplia y final.
—¡Estás despedido!— La carcajada del hombre se mezcló con el ronquido del motor al arrancar.
Isaac se quedó parado en la acera, viendo cómo el camión se perdía en el tráfico, llevándose consigo un pedazo de su rutina.
Una risa incredula escapó de sus labios.
Estaba en shock.
El cielo, como si reflejara su confusión interior, decidió abrirse de nuevo.
Comenzó a caer una lluvia fina pero persistente, pintando las calles de un gris brillante y melancólico.
Isaac empezó a caminar hacia casa, las llaves del local y el fajo de billetes pesando como ladrillos en sus bolsillos.
Al bajar a la estación George Washington, el mundo cambió.
El bullicio de la calle se apagó, reemplazado por el eco de pasos y el zumbido de la electricidad.
La estación era un mundo subterráneo de blancos deslumbrantes y pisos pulidos que reflejaban las luces como un espejo perfecto.
A pesar de su estado de ánimo, Isaac nunca dejaba de maravillarse con este lugar.
Se detuvo un momento, observando su propio reflejo distorsionado en el suelo.
¿Qué nos da la fuerza para estar aquí?, pensó, su mirada perdida en la infinidad blanca.
¿Realmente importa lo que hacemos?
¿O solo vagamos, buscando a tientas un poco de compasión, un pedazo de sentido para llenar el vacío?
Se sentó en uno de los bancos de plástico azul, esperando el tren hacia Asiatown, sumido en sus pensamientos existenciales.
Estaba tan absorto que no notó la aproximación hasta que una voz melodiosa y familiar cortó su introspección como un cuchillo.
—¡Hola!— Isaac se estremeció, alzando la vista de golpe.
Allí estaba Sofía, tan elegante y fuera de lugar en la estación como un diamante en un basurero.
Llevaba un vestido claro y una sonrisa que podría derretir el hierro.
—Oh, hola…— logró balbucear, poniéndose de pie de un salto.
Antes de que pudiera extender la mano para un saludo formal, ella se abalanzó sobre él, envolviéndolo en un abrazo cálido y dejando un beso fugaz en su mejilla.
Isaac se paralizó, toda la sangre de su cuerpo pareció subir a su rostro de golpe.
—Ejem… Hola, Sofía— tosió, tratando de recuperar un ápice de dignidad.
—¿Qué te trae por aquí?— —Oh, ya sabes— dijo ella con una risa como campanillas, inclinando la cabeza con una coquetería estudiada.
—Voy a visitar a mi abuela…— Hizo una pausa dramática, y una sonrisa juguetona se dibujó en sus labios.
—Y deberías acompañarme.
Esta pobre caperucita podría ser atacada por un lobo feroz en cualquier momento.— Isaac se quedó completamente congelado, su mente en blanco.
Había caído en la red de seducción de Sofía sin oponer la más mínima resistencia.
Se sintió profundamente humillado y… extrañamente emocionado.
Ella soltó otra risa, viendo su turbación.
—Vamos, es broma.— Pero el daño—o el encanto—ya estaba hecho.
—B-bien— cedió Isaac, derrotado y sin poder disimular una sonrisa tonta.
—Puedo acompañarte.
Para asegurarme de que ningún lobo te moleste.— —Me parece perfecto— dijo Sofía, satisfecha.
Acto seguido, se sentó a su lado en el banco y se enlazó de su brazo, apoyando su cabeza en su hombro con una naturalidad pasmosa.
—Oh, qué caballero tan valiente.
Su damisela se siente mucho más segura en sus brazos.— Isaac contuvo la respiración, rezando para que su corazón no explotara en su pecho.
El viaje en metro prometía ser eterno.
Dentro del vagón, semi-vacío y mecido por el traqueteo de las ruedas, la atmósfera era íntima y cargada.
Isaac luchaba contra el cansancio que le pesaba los párpados, cada parpadeo era una batalla.
Sofía, sin embargo, parecía llena de energía.
—¿De dónde eres, Isaac?— preguntó, su voz suave rompiendo el silencio.
El sonido lo sacó de su modorra.
—Eh… de un pueblo pequeño, lejos de aquí.— —¿Y qué hacías allí?— insistió ella, con genuina curiosidad.
La pregunta abrió una compuerta en su mente.
Imágenes de campos verdes, aire limpio y risas llenaron su cabeza por un segundo.
—Mi familia tiene una granja— dijo, con un deje de nostalgia.
—Trabajábamos allí mi padre, mis hermanos y yo.— —¿Y tienes hermanos?— —Si, de hecho soy el mayor…— La sonrisa se le desvaneció un poco al recordarlos.
—¿Los extrañas?— —Extraño a mi familia… sí— admitió, mirando por la ventana a la oscuridad del túnel.
—¿Y a tu madre?— preguntó Sofía, con una dulzura que no podía prever el efecto de sus palabras.
El nombre actuó como un hechizo de congelación.
De pronto, el suave perfume de Sofía fue reemplazado en su memoria por el penetrante olor a pólvora y tierra mojada.
Todo el cuerpo de Isaac se tensó de inmediato.
Su rostro, que se había suavizado con los recuerdos, se selló herméticamente.
El vacío que siempre llevaba dentro se abrió de par en par.
Sofía lo notó al instante.
El cambio en su energía fue palpable.
—¿Sucede algo?— preguntó, su voz ahora llena de preocupación.
Isaac negó con la cabeza, desviando la mirada hacia sus propias manos.
—No es nada…— murmuró, pero el muro había caído entre ellos, más frío y tangible que el acero del vagón que los llevaba hacia Asiatown.
El viaje ya no se sentía para nada eterno.
Se sentía infinito.
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