Un grito de ayuda - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 Capitulo 5 Te y verdades a medias
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5: Capitulo 5: Te y verdades a medias 5: Capitulo 5: Te y verdades a medias Isaac y Sofía emergieron del metro hacia el bullicio sensorial de Asiatown.
El aire cambió de inmediato, impregnado por el aroma de especias exóticas y el sonido de una música híbrida: instrumentales tradicionales de cuerda y flauta entrelazados con beats electrónicos suaves que salían de los altavoces ocultos en la estación.
Era un lugar que existía en un limbo entre el pasado y el futuro, muy parecido al estado de ánimo de Isaac.
El silencio incómodo que los acompañaba desde el vagón del metro era palpable, un muro invisible de medio metro de ancho que se erguía entre ellos.
Sofía sentía el peso de su error.
Había tocado una fibra sensible, una herida que claramente aún sangraba en Isaac.
Sabía que presionar sería inútil; solo podía retroceder, darle espacio y esperar que, con el tiempo, él le permitiera ver detrás de la muralla.
Mientras caminaban por la calle principal, abarrotada de letreros en kanji y hangul, Sofía reconoció la fachada discreta del pequeño café de té al que habían ido la última vez.
Una campanita de viento sonó suavemente en la puerta.
Tomó valor y, con un gesto tímido que contrastaba con su anterior seguridad, agarró suavemente de la manga de la camisa de Isaac.
Él se detuvo y se volvió, una pregunta silenciosa en sus ojos cansados.
—¿Pasamos?— sugirió ella, con una voz más suave de lo usual.
Isaac miró el local, luego a ella, y asintió con una simple inclinación de cabeza.
No era un rechazo.
Era una tregua.
El interior era un oasis de calma.
El olor a incienso de sándalo y té de jazmin los envolvió al entrar.
Luces tenues colgaban del techo, iluminando mesas de madera oscura.
Un mesero con un delantal impecable los guió con una reverencia silenciosa a un rincón tranquilo.
Sofía comenzó —Sabes… Conozco muy bien este lugar, suele ser un lugar al que mi abuela aprueba venir a reunirme con amigos…— Acto seguido, un mesero los recibió.
Sofia le habló al oído en un cantón perfectamente pronunciado y fluido.
Acto que cautivo un poco a Isaac.
Este solo asintió esbozando una sonrisa hospitalaria y los guio.
Una mesa algo alejada de la gente, y con un bonito árbol sakura en miniatura artificial en la mesa.
Se sentaron frente a frente.
El silencio regresó, cargado ahora por el susurro de otras conversaciones y el leve clic de tazas.
Sofía jugueteaba con los dedos sobre la mesa, buscando las palabras correctas.
—Yo…— comenzó, alzando finalmente la mirada.
—Lo siento.
De verdad.
No debí indagar tanto.— Isaac la miró.
No había enfado en sus ojos, solo una profunda tristeza.
Con un movimiento calmado, extendió su mano y colocó la suya sobre la de ella.
El contacto fue breve pero eléctrico.
—Tranquila— dijo, su voz un susurro ronco.
—No es tu culpa.
Solo son… recuerdos que duelen.
Nada más.— Era una puerta cerrada con delicadeza.
Sofía asintió, aceptando la disculpa y el límite.
Una sonrisa leve, de alivio, se dibujó en sus labios.
La llegada del té—una hermosa tetera de cerámica negra con dos tazas sin asa—rompió el momento.
Sofía tomó la tetera con una elegancia innata.
—Permíteme— dijo suavemente.
Vertió el líquido ámbar primero en la taza de Isaac, luego en la suya, en un movimiento fluido y ceremonial.
—Primera infusión.
La más fuerte.
Para disipar las penas— explicó con una leve sonrisa, citando algo que probablemente había escuchado a su abuela decir mil veces.
Isaac sorbió el suyo, un té negro intenso.
No era un conocedor, pero el calor le recorrió el cuerpo, relajando sus músculos tensos.
Sofía lo observaba, y al ver cómo cerraba los ojos un instante para saborearlo, sintió un calor diferente en el pecho.
Tal vez, solo tal vez, aún había esperanza.
—Entonces… ¿qué cuentas, Isaac?— preguntó, decidida a guiar la conversación a aguas más seguras.
Él exhaló, dejando la taza sobre la mesa.
—Pues que acabo de ser despedido.— —¿En serio?
Oh, lo lamento mucho— dijo ella, con genuina preocupación.
—No, no— se apresuró a aclarar él, con un atisbo de sonrisa.
—Fue lo mejor.
El dueño cerró el local.
Se fue a Miami con su familia.
Me dio un buen finiquito.— —Ah, menos mal— Sofía se relajó, aliviada de no haber pisado otro terreno minado.
—Pensé que estarías enfadado.— —Para nada.
Era un trabajo, no una vocación.— Encogió los hombros.
—Ahora tengo algo de dinero.
Podría mudarme, ese departamento en los bajos es… inseguro para mí y para mi inqui— Se cortó en seco, los ojos se le abrieron ligeramente.
Había estado a punto de decir inquilina.
Sofía captó el tropiezo al instante.
—¿Tu inqui…?— inclinó la cabeza, curiosa..
—Mi… mascota— corrigió Isaac, demasiado rápido.
—A veces le hablo como si fuera humana.
Es tonto, lo sé.— La mentira sonó forzada, incluso para sus propios oídos.
—¿Una mascota?— Sofía arqueó una ceja, un esbozo de sonrisa jugueteando en sus labios.
—¿Y cómo se llama?— La mente de Isaac se quedó en blanco.
Su mirada escaneó la habitación desesperadamente, buscando inspiración.
Se clavó en un póster pegado en la pared trasera: un anuncio colorido de una compañía de juguetes llamada “Rexie”, con un dinosaurio sonriente.
—Rexie— soltó, sintiendo cómo el rubor le subía por el cuello.
—¿Como la compañía de juguetes?— preguntó Sofía, incapaz de esconder su diversión.
—Sí… en mi mente sonaba mejor— murmuró él, derrotado.
—¡No, es lindo!— ella rió, decidida a salvarlo.
—Yo tengo una chihuahua que se llama Mary.
Es mi niña consentida.— —Sí, los animales son… geniales— farfulló Isaac, agradecido por el desvío.
—Son como humanos con mucho pelo.— —¿Y Rexie es un perro, un gato…?— —Un… ave— inventó Isaac, sintiendo que el hoyo se hacía más profundo.
—Un ave muy bonita.— —¿Un ave?
—Los ojos de Sofía brillaron con curiosidad.
—¿Qué tipo?
¿Un canario?
¿Un periquito?— —Más… exótica —Isaac tragó saliva, sintiendo que el hoyo se hacía más profundo.
Su mente, entrenada para el ajedrez pero completamente inepta para esto, buscó una salida.
—Es una… cacatúa.
Pero pequeña.
Muy pequeña.
Y silenciosa.
—Maldijo internamente la elección.
¿Las cacatúas no eran notoriamente ruidosas?
—¡Oh, qué lindo!
—Sofía parecía encantada con la idea.
—¿De qué color es?
Isaac en su desesperacion volvio a ver el cartel de la jugueteria, el poster de Rexy el dinosaurio, que es verde…
—Verde.
Con… algo de amarillo en las alas —improvisó, sintiendo que el sudor le perlaba la frente.
—¡Debe ser adorable!
¿Tienes fotos?— preguntó Sofía, con genuino interés.
—Las tenía…— Isaac señaló su teléfono viejo con desdén.
—Pero tuve que reiniciarlo.
Se puso terriblemente lento.— —¡Oh, te entiendo!— exclamó Sofía, sacando de su bolso un smartphone último modelo que brilló bajo la luz tenue.
—Este hace lo mismo.
Es exasperante.— Isaac miró el aparato reluciente y luego el suyo, con la pantalla llena de microfisuras.
La brecha entre sus mundos nunca había sido tan tangible.
Forzó una sonrisa.
—Sí, es… un fastidio.— La charla fluyó desde allí, más ligera, encontrando terreno común en quejas universitarias y anécdotas triviales.
Cuando salieron del café, la incomodidad inicial se había disipado, reemplazada por la cómoda familiaridad de dos conocidos que están descubriéndose.
Caminaron por las calles de Asiatown, donde cada esquina era una explosión de cultura.
Isaac se sentía como un explorador en un territorio desconocido, rodeado de idiomas que no entendía y carteles de “idols” pop cuyos rostros perfectos sonreían desde cada poste de luz.
No era su mundo, pero caminar a lado de Sofía lo hacía interesante.
De pronto, ella se detuvo frente a una tienda antigua, cuya vitrina exhibía una colección de artesanías de madera tallada.
El aroma a cedro antiguo y barniz los atrajo como un imán.
En el interior, entre estantes repletos de relojes de cuco y figurillas desgastadas, Sofía encontró su tesoro: una cajita musical de madera oscura, intrincadamente tallada con dragones y flores de cerezo.
Pequeños detalles en metal bruñido centelleaban suavemente.
—Es hermosa…— susurró, casi para sí misma.
—A mi abuela le encantaría.— Isaac se acercó.
La pieza era una obra de arte.
—¿Por qué no la compras?— preguntó.
Sofía giró la etiqueta de precio.
Su expresión se congeló.
—Dios— respiró hondo.
—$200… No puedo.— Sin pensarlo dos veces, Isaac miró la expresión de anhelo genuino en el rostro de Sofía.
No era capricho; era el deseo de hacer feliz a alguien a quien amaba.
Algo en ese sentimiento, tan puro y ajeno a él, resonó en su interior.
La generosidad de su exjefe pesaba en el bolsillo, pidiendo ser usada para algo bueno, algo que no fuera huida o miedo.
Movido por un impulso que no pudo—ni quiso—analizar, Isaac tomó la caja.
—Yo puedo pagarlo.— —¿¡En serio!?— La exclamación de Sofía resonó en la tienda silenciosa, haciendo que un par de clientes voltearan.
Ella se ruborizó al instante y bajó la voz.
—D-digo… No tienes por qué hacer eso.— Pero Isaac ya se dirigía hacia la caja, pagando con una parte del dinero que aún sentía caliente y cargado de destino en su bolsillo.
Regresó con una bolsa elegante de papel craft y se la entregó a Sofía.
—Sí quiero— dijo, simplemente.
Al salir a la calle, la gratitud en los ojos de Sofía era más brillante que cualquier neón de Asiatown.
Caminaron un tramo más hasta que ella se detuvo al final de una calle residencial más tranquila.
—Gracias— dijo ella, dándose la vuelta.
Su voz era suave pero cargada de emoción.
—No solo por el regalo… sino por acompañarme.
Eres… increíblemente amable.— Antes de que Isaac pudiera responder, ella se cerró la distancia y lo abrazó.
No fue un abrazo casual o de despedida.
Fue un abrazo firme, sincero, que transmitía todo lo que las palabras aún no podían decir.
Isaac se quedó quieto por un segundo, sorprendido, antes de que sus brazos respondieran casi por instinto, rodeando su espalda.
Ella se separó después de un momento que se sintió eterno, sus mejillas teñidas de un rosa delicado.
—Mi abuela vive en esta calle.
Estaré bien desde aquí.
Deberías… ir a casa.— Isaac asintió, sin confiar en su voz.
Sofía dio unos pasos, pero luego se volvió una vez más.
La coqueta seguridad había regresado a su sonrisa, pero ahora era más cálida, más real.
—No tengo tu número, ¿verdad?— La pregunta flotó en el aire entre ellos, cargada de una promesa de futuras conversaciones, de un puente que recién comenzaba a construirse.
El muro de medio metro, por fin, empezaba a desmoronarse.
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