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Un grito de ayuda - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 Capitulo 6 Refugio en la tormenta
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6: Capitulo 6: Refugio en la tormenta 6: Capitulo 6: Refugio en la tormenta El regreso a casa fue un laberinto de luces de neón y caracteres asiáticos incomprensibles.

Isaac confiaba en su memoria prodigiosa—la misma que memorizaba complejas aperturas de ajedrez—para retrazar los pasos que había dado con Sofía.

Sin embargo, la geometría caótica de Asiatown y la falta de puntos de referencia en un idioma que entendiera lo desorientaron por un momento.

Los anuncios brillantes, con sus kanjis y hanguls estridentes, eran solo ruido visual.

El olor a fritura profunda, incienso y alcantarilla se mezclaba en una niebla pesada que se le pegaba a la ropa.

Se sintió como un fantasma, invisible entre la multitud que hablaba en idiomas que eran solo música discordante para sus oídos.

Por un momento, una punzada de ansiedad lo atravesó: si Lee Geon lo estaba buscando, Asiatown era el lugar más peligroso para estar.

Se subió la capucha y apuró el paso, manteniendo la mirada baja.

Finalmente, tras tomar un callejón al azar guiado por pura intuición, encontró una estatua de un dragón que recordaba haber pasado.

Desde allí, el mapa mental en su cabeza se reensambló y pudo dirigirse hacia la estación de metro.

Mientras descendía las escaleras mecánicas chirriantes, una pregunta comenzó a rondar en su mente con insistencia: ¿Por qué?

¿Por qué María se estaba volviendo tan importante para él?

Al principio, había sido un acto de pura compasión, un impulso para enmendar el casi haberla atropellado.

Pero ahora… ahora la preocupación por regresar a tiempo, por asegurarse de que estuviera bien, sentía más profunda, casi visceral.

Era una responsabilidad que no había buscado, era el mismo nudo de angustia en el estómago que sentía cuando su padre se emborrachaba y él se encerraba en el armario con su hermana, prometiéndole en un susurro que todo estaría bien.

Una promesa que no siempre pudo cumplir.

Proteger a María era enmendar aquellas noches de impotencia.

Era una deuda consigo mismo.

Pero que ahora cargaba con un peso sorprendentemente familiar, casi como el que sentía por su hermana menor en la granja.

Al subir al vagón semi-vacío—nadie bajaba a “Niveles Bajos” por gusto—la pregunta evolucionó.

¿Qué hacer con ella?

Llevarla a la policía era una sentencia de muerte para ambos.

La corrupción era el cemento que mantenía unida a esta ciudad; los uniformes servían a los capos, no a la justicia.

La idea de entregarla era tan absurda como prender fuego al propio departamento.

“Será mejor que se quede conmigo por un tiempo”, concluyó, mirando su reflejo fantasmagórico en la ventana negra del túnel.

Era la única opción que no terminaba en una fosa clandestina.

La idea de devolverla a su hogar en Honduras era un sueño lejano y peligrosísimo.

¿Y si sus padres eran parte del problema?

¿Si ellos mismos la habían vendido?

El enigma era demasiado grande y los riesgos, incalculables.

Su departamento, por miserable que fuera, era el único refugio seguro en kilómetros a la redonda.

Un timbre interrumpió sus pensamientos, seguido de una voz robótica que recitó las noticias breves.

Isaac ignoró la subida del oro, pero el final de la transmisión lo hizo fruncir el ceño: “…y para finalizar, hubo un enfrentamiento en el distrito de Maracaibo por cuarta ocasión esta semana.

Se reportan dos bajas del crimen organizado.

Ahora, también se insta a los ciudadanos a reportar cualquier actividad sospechosa, especialmente relacionada con menores no acompañados.

Fin de las noticias.

Fin de las noticias.” Maracaibo.

La zona media donde la desesperación económica empujaba a la gente a vender su alma a las mafias por un plato de comida.

Un recordatorio sombrío de que la ciudad era una olla a presión a punto de explotar, y él acababa de meterse en el ojo del huracán al acoger a María.

La estación “Niveles Bajos” era un golpe de realidad cada vez que la veía.

Donde las otras estaciones brillaban con mármol pulido y luz blanca, aquí todo era óxido, baldosas agrietadas y una luz amarillenta y parpadeante que teñía todo de una palidez enfermiza.

El aire olía a humedad y desinfectante barato.

Isaac apuró el paso, la necesidad de ver a María sana y salva apretándole el pecho con más fuerza.

Al abrir la puerta de su departamento, no le dio tiempo ni a quitarse la mochila.

Una pequeña figura se abalanzó sobre él, envolviéndolo en un abrazo tan fuerte y desesperado que casi lo hace perder el equilibrio.

Isaac se quedó quieto por un segundo, sorprendido, sintiendo cómo su cuerpo rígido por la tensión del día se derretía bajo el calor desesperado del suyo.

—¡Te extrañé!— la voz de María era un susurro ahogado contra su pecho, repitiendo la frase una y otra vez como un mantra de alivio.

Isaac se quedó quieto por un segundo, sorprendido, antes de que sus instintos respondieran.

Dejó caer la mochila y rodeó sus hombros delgados con un brazo, acariciando su cabello con la otra mano.

—Aquí estoy— murmuró, y su propia voz sonó más suave de lo que recordaba.

—No sabía si prepararte comida— confessó ella, separándose lo justo para mirarlo, con los ojos brillantes.

—No sabía a qué hora volverías… así que mejor te esperé.— La simpleza de la preocupación, la domesticidad de la escena, le dio un vuelco al corazón a Isaac.

Le recordó a su madre esperándolo en la granja después de un largo día.

Una oleada de calidez, extraña y nueva, lo inundó.

María le preparó unos huevos revueltos con lo poco que quedaba en el refrigerador.

Isaac se sentó a la pequeña mesa junto a la ventana, que daba a un paisaje urbano de edificios bajos, tristes y apiñados, un mundo away de los rascacielos relucientes de la Zona Alta.

Mientras comía—cada bocado era una explosión de sabor simple pero perfecto—, no pudo evitar trazar mentalmente los distritos de la ciudad como si fueran casillas en un tablero de ajedrez gigante.

Maracaibo: Latinoamérica luchando por sobrevivir en un estatus medio inestable.

George Washington: La opulencia fría y distante de los poderosos.

Asiatown: Una fortaleza de tradición y crimen organizado tras una fachada exótica.

El Centro: El corazón comercial, indiferente a todo.

Y Niveles Bajos… el escaque olvidado, el peón sacrificable en el juego de los demás.

Su padre había ayudado a defender estas murallas, y ahora él estaba atrapado dentro de ellas.

—¡Esto está delicioso!— exclamó, limpiando el plato con un pedazo de pan.

La satisfacción en su rostro era genuina.

La sonrisa radiante que iluminó el rostro de María fue su recompensa.

La felicidad, simple y cruda, llenaba el pequeño departamento, creando una burbuja de paz improbable en medio del caos de la ciudad.

Era un momento tan perfecto que casi daba miedo.

Fue entonces cuando Isaac supo que tenía que hablar.

Romper el hechizo con la cruda realidad.

—María— comenzó, su tono serio hizo que su sonrisa se desvaneciera.

—Tenemos que hablar de… lo que sigue.— Ella lo miró, expectante, y él procedió a explicarle.

Le habló de la policía corrupta, de cómo entregarla sería firmar su sentencia de muerte.

Le habló de los aeropuertos vigilados, de cómo cada salida de la ciudad estaba controlada por los mismos tentáculos de la mafia que la buscaban.

Cada opción era una celda en un laberinto sin salida.

—…así que la única jugada segura— concluyó, con un suspiro de resignación— es que te quedes aquí.

Conmigo.

En este… cuchitril.— María lo miró, procesando la avalancha de información.

Al principio, pareció no entender la magnitud.

—¿P-pero por qué?— preguntó, confundida.

—Pensé que… la policía…— —La policía aquí no protege a gente como nosotros, María— dijo él, su voz grave.

—La manejan las mafias.

Llevarte allí sería como devolverte directamente a tu antiguo amo.

Y a mí me ejecutarían por interferir.— La comprensión final llegó a sus ojos, teñida de miedo, pero también de un extraño alivio.

—Entonces… tú serás mi cuidador.— No era una pregunta, era una afirmación.

Isaac asintió lentamente.

No era el plan, pero era la realidad.

La reacción de María fue instantánea y abrumadora.

Se lanzó sobre él en otro abrazo de koala, enterrando la cara en su cuello.

—¡Gracias!— lloriqueó, una y otra vez.

—¡Gracias, gracias, gracias!— Isaac la sostuvo, sintiendo la fragilidad de su cuerpo y el peso monumental de la decisión que acababa de tomar.

Cuando por fin se separó, María tenía una determinación nueva en la mirada.

—¡Yo limpiaré todo por ti!— anunció, y antes de que Isaac pudiera protestar, ya tenía una escoba en la mano y se movía por el departamento con una energía frenética y casi robótica, como si limpiar fuera su manera de ganarse el derecho a quedarse.

Isaac, atónito, intentó ayudar, pero ella lo rechazó con una firmeza inusual.

—¡Yo lo hago!

Es mi trabajo ahora.— Isaac la observó, y un dolor sordo se apoderó de su corazón.

Esto no era gratitud; era programación.

Era el miedo visceral de una chica a quien le habían enseñado que su único valor estaba en el trabajo que podía realizar, en la utilidad que podía proveer.

Limpiar no era su elección; era su instinto de supervivencia.

Por lo que a pesar de las insistencias, el decidió ayudar.

Terminaron agotados pero con el departamento impecable.

Isaac se dejó caer en el sofá, con los músculos doloridos.

María, casi por inercia, se acurrucó a su lado, apoyando la cabeza en su pecho.

La televisión murmuraba noticias de un mundo que suddenly seemed a million miles away.

La calidez de su cuerpo, la regularidad de su respiración, era extrañamente reconfortante.

Isaac no tuvo el corazón—ni las fuerzas—para moverla.

El cansancio lo venció, y sus párpados se cerraron.

Horas más tarde, se despertó sobresaltado por un ruido en la calle.

La TV seguía encendida, bañando la habitación en un resplandor azul intermitente.

María aún dormía profundamente contra su pecho, ajena al mundo.

Con un cuidado que no sabía que tenía, Isaac la levantó en brazos—era tan liviana que le partió el corazón—y la llevó a su cama.

La arropó hasta la barbilla, asegurándose de que estuviera cómoda.

Por un momento, se quedó mirándola dormir, una pequeña figura pacífica en medio del caos que él había invitado a su vida.

Apagó la luz, cerró la puerta con un clic suave y se desplomó en el sofá, vencido por el agotamiento físico y emocional.

Afuera, la ciudad seguía con su ritmo violento e indiferente.

Desde la calle, lejos, llegó el sonido de una sirena, luego el de unos cristales rompiéndose y risas agresivas.

Pero en el sofá, el suave susurro de la respiración de María, sincronizándose lentamente con la suya, fue el único ritmo que importó.

Dentro de esas cuatro paredes, por esa noche, habían encontrado un refugio.

Y Isaac, por primera vez desde que llegó a la metrópoli, no se sintió completamente solo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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