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Un grito de ayuda - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 Capitulo 7 Una oferta que no se puede rechazar
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7: Capitulo 7: Una oferta que no se puede rechazar 7: Capitulo 7: Una oferta que no se puede rechazar El sábado amaneció con una luz pálida y perezosa que se filtraba por las grietas de las persianas del departamento de Isaac.

No había despertador que sonara, ni la urgencia de un turno en la heladería.

Solo el silencio pesado de una rutina rota y la inquietante libertad de un día vacío.

El silencio era tan profundo que podía oír el zumbido de la nevera y el latido de su propia sangre en sus oídos.

Isaac yacía en el sofá, observando las intrincadas telarañas que se formaban en las esquinas del techo agrietado.

Su mente, sin embargo, estaba lejos de la paz.

¿Qué voy a hacer con ella?

El pensamiento giraba en su cabeza como un disco rayado.

María era una bomba de tiempo en su vida, un secreto que podía explotar en cualquier momento.

¿Realmente es buena idea mantenerla aquí, en esta casucha?

El departamento era un refugio precario, pero era su refugio precario.

Alejado de los ojos ávidos de las mafias…

por ahora.

Un segundo pensamiento, más práctico, surgió: Pero ya es hora de cambiar de aires.

Encontrar un trabajo decente…

aunque eso puede esperar hasta el lunes.

Se levantó con un gruñido, estirando los músculos adoloridos.

La prioridad inmediata era el dinero.

La colegiatura de la universidad era una espada de Damocles sobre su cabeza.

Recordó el fajo de billetes que le había dado su exjefe—dinero sucio de un trabajo limpio, o quizá al revés—y sintió una punzada de ansiedad.

¿Lo habría encontrado María?

Con movimientos rápidos, casi febriles, registró estantes, cajas y gabinetes.

La cocina, la sala…

nada.

El pánico comenzó a apretarle el estómago hasta que, de pronto, un recuerdo lo iluminó.

Se arrodilló junto a la esquina izquierda del televisor, frente al sofá.

Introdujo la mano en una grieta disimulada en la pared y sus dedos encontraron el familiar bulto de papel.

Lo sacó: un paquete grueso de billetes de cien dólares.

El pago de Venancio por robar y matar aquel cerdo.

Dinero manchado de sangre y miedo.

“Mientras me paguen…” pensó, el peso del fajo en sus manos sintiéndose a la vez como una salvación y una condena.

“Con que me paguen, no habrá problema.” Venancio le había perdonado la vida con una condición: que el “pajarito no cantara”.

Isaac había cumplido.

Vivir en los niveles bajos, lejos del lujo y el poder, era el precio de su silencio.

Y hasta ahora, había valido la pena.

—Me servirá para pagar la escuela— murmuró para sí mismo, contando rápidamente una parte del dinero.

Dejó una nota apresurada para María—”Vuelvo pronto.

Tengo que pagar la universidad.

Cuídate.

No abras a nadie.”—y salió, sintiendo el peso de los billetes en el bolsillo como un ladrillo caliente.

El viaje en metro a la Zona Alta fue un contraste brutal.

De la decadencia oxidada de los niveles bajos al mármol pulido y la luz blanca de George Washington.

Al llegar a las oficinas de cobranza de “La Real Academia del Estudio”, el silencio era casi eclesiástico.

Un sábado por la mañana, el templo del conocimiento estaba vacío.

Se acercó a la única caja abierta, donde una mujer de unos cuarenta años, con expresión de aburrimiento eterno, jugaba al solitario en su monitor.

—Buenos días.

Vengo a hacer un pago— dijo Isaac, su voz eco en la sala vacía.

La mujer lo miró con desdén.

—Nombre y carrera.— Isaac proporcionó los datos.

La mujer tecleó con desgana.

—Son $100.— Isaac parpadeó, incrédulo.

—¿Está bien?

Normalmente son…

más.— —Los datos son correctos— respondió ella, sin levantar la vista del monitor.

Confundido pero no lo suficiente como para cuestionar un milagro, Isaac pagó y tomó el recibo.

$100.

Una fracción de lo que debía.

¿Error del sistema?

No le importaba.

Era un respiro que aceptaba con gratitud culpable.

Al salir de la universidad, la luz del sol lo cegó por un momento.

Y entonces lo vio.

Estacionado frente a la entrada principal, como un buitre negro esperando su carroña, había una limusina alargada, negra y impoluta, con vidrios polarizados que ocultaban su interior.

Era una presencia tan fuera de lugar en el campus académico como un tigre en una biblioteca.

Isaac intentó rodearla, instinto puro.

Pero entonces, el vidrio trasero se deslizó hacia abajo con un zumbido suave.

Y allí, en la penumbra fresca del interior, estaba él.

Venancio.

El corazón de Isaac se detuvo por un segundo.

“Mantén la calma.

Si te pones nervioso, pensarán que hiciste algo.” —Oh, Isaac— la voz de Venancio era un susurro sedoso, cargado de un acento italiano tan marcado que podría cortarse con un cuchillo.

—Justo la persona que quería ver.

Supongo que notaste que tu deuda universitaria…

se ha reducido considerablemente.— Venancio vestía un traje negro de corte impecable que costaba más que todo el edificio de Isaac.

Un sombrero fedora oscuro le sombreaba el rostro, pero no podía ocultar la sonrisa de depredador que se le dibujaba en los labios.

—¿Sucede algo, su majestad?— soltó Isaac, el sarcasmo surgiendo como un escudo automático.

Un movimiento brusco surgió a la izquierda de Venancio, un bulto grande de músculo y traje.

Pero Venancio alzó una mano enguantada de cuero y el movimiento se detuvo instantáneamente.

Su sonrisa no se inmutó.

—¿Te parece si damos un paseo?— No era una invitación.

Era una orden.

La puerta de la limusina se abrió sin que nadie la tocara, revelando un interior de cuero negro y madera pulida.

Isaac subió, sintiendo cómo el mundo exterior se desconectaba.

El aire olía a cigarillo caro y colonia amaderada.

Dos guardaespaldas gigantescos, posiblemente gemelos, lo flanquearon, apretándolo en el asiento.

Sus manos, enormes y callosas, descansaban sobre sus muslos como martillos listos para golpear.

Isaac mantuvo la respiración calmada, pero cada latido de su corazón era un tambor en sus oídos.

Venancio, sentado en la butaca opuesta como un rey en su trono, no perdió el tiempo.

—Seré directo, ragazzo.

Sé que quieres llegar a casa.— Hizo una pausa dramática, jugando con un anillo de oro en su dedo.

—Verás…

últimamente los negocios han ido muy mal.

La mercancía se retrasa, la policía nos presiona más de lo convenido—dijo, limpiando una mota de polvo imaginaria de su solapa—.

Todo porque la joya personal de cierto…

caballero…

de la Yakuza se escapó.

Una pieza muy valiosa, según entiendo.

Él ha perdido la cabeza.

Isaac sintió que el suelo de la limusina se abría bajo sus pies.

¿Lo sabía?

—No, señor Venancio— logró decir, manteniendo la voz lo más neutral posible.

—No he visto nada fuera de lo que dicen las noticias.— La sonrisa de Venancio no se movió.

Era la sonrisa de un jugador de póker que tiene un as en la manga.

—Te creo, muchacho.

Sé que contigo no puedo enfadarme.— La mentira era tan obvia que dolía.

—Pero por eso te busco.

Necesito que tú me ayudes.

Encuentra información sobre esa niña.

Cuando la tengamos, la usaremos como rehén para negociar y, con suerte, derribar a esos malditos asiáticos de una vez por todas.

Más ganancias para nosotros, un enemigo menos…

todos contentos.— Isaac se quedó helado.

Le estaba pidiendo que traicionara a María.

Que la entregara a su torturador.

—Veo el miedo en tus ojos— continuó Venancio, su voz bajando a un tono peligrosamente calmado.

—Y sé que no debería mezclar a mis mejores empleados en esto.

Pero ese figlio di puttana está provocando una guerra.

Abriendo tiroteos en mis calles como si fuera el dueño de esta ciudad.— Golpeó una mesita de madera con el puño, haciendo saltar las copas de cristal.

—¡Si lo que quiere es guerra, guerra le daremos!— Respiró hondo, conteniendo una furia que parecía a punto de desbordarse.

Cuando volvió a hablar, ya estaban detenidos frente al destartalado edificio de Isaac.

El viaje había pasado en un blur de terror.

—Esta es tu parada— dijo Venancio, la sonrisa regresando a su rostro como una máscara.

—Ayúdame con esto, y serás recompensado más de lo que puedes imaginar.

Solo…— Pauso dramaticamente, mientras su dedo apuntaba hacia el —Piensa en tu futuro, ragazzo.

La universidad es cara, y la vida en estos agujeros…

es muy frágil.

Un accidente, un incendio…

qué lástima sería que algo le pasara a ese talento brillante.—Él no movió un músculo, pero sus ojos, fríos como el acero de una pistola, terminaron de sellar la amenaza.

—Nos vemos pronto, Isaac.— La puerta se abrió.

Isaac bajó mecánicamente, las piernas temblorosas.

La limusina se alejó silenciosamente, absorbiendose en el tráfico como una pesadilla.

Tan pronto como la puerta de su edificio se cerró a sus espaldas, la fachada de calma de Isaac se desmoronó.

Se desplomó contra la pared, resbalando hasta el suelo del vestíbulo sucio.

El mármol frío de la pared le quemaba a través de la camisa.

Las náuseas lo recorrieron en una oleada caliente; el mundo giraba como un tiovivo fuera de control.

Jadeaba, pero el aire era como algodón en sus pulmones, espeso e inútil.

El sudor frío le empapaba la espalda.

El pánico, contenido con tanto esfuerzo, lo había emboscado y le mordía la garganta.

—¡Isaac, por Dios!— Una voz femenina, cargada de preocupación, cortó a través de su neblina.

Una mujer, Heder, su vecina del primer piso, se arrodilló a su lado.

Era una mujer de una belleza madura y vibrante, con un cabello rojo que parecía un incendio controlado y un tatuaje de una flor de loto enredada en una daga que asomaba bajo la manga de su blusa de tirantes.

Sus ojos, de un verde esmeralda, lo escudriñaron con una preocupación que parecía genuina, pero había una astucia en su profundidad, como si estuviera calculando algo.

—¿Cariño?

¿Isaac?

¿Estás bien?— Le pasó un brazo alrededor de los hombros y, con una fuerza que no aparentaba, lo ayudó a levantarse y lo guió a su departamento.

El contraste fue abismal.

Su lugar era acogedor, limpio y olía a perfume y velas.

Lo sentó en un sofá mullido y le trajo un vaso de agua fría.

—Toma, bebe.— Isaac bebió a pequeños sorbos, la vista poco a poco enfocándose.

Vio a Heder de pie frente a él, su figura escultural recortada contra la luz de la ventana.

Llevaba un pantalón ajustado y una blusa blanca que dejaba poco a la imaginación.

En cualquier otro momento, habría sido una visión distractora.

Ahora, solo era un recordatorio de lo vulnerable que se sentía.

—¿Qué pasó, Heder?— preguntó, su voz aún débil.

—Te encontré blanco como el papel en el vestíbulo, cariño— respondió ella, sentándose a su lado.

Su voz era un susurro ronco y maternal que le erizó la piel.

—Pensé que te desmayabas.

¿Estás bien?— —Sí…

sí, gracias.

Solo…

un mareo.— Heder sonrió, aliviada, y en un gesto impulsivo y cariñoso, se inclinó y le dejó un beso suave en la mejilla.

—No hay de qué, tontito.

Para la próxima, no me asustes así.— El contacto, inocente pero íntimo, fue la chispa que encendió una reacción inesperada en el cuerpo adrenalizado de Isaac.

Era una respuesta biológica estúpida, un cortocircuito entre el miedo extremo y el instinto más básico.

Sintió un rubor ardiente subirle por el cuello y maldijo mentalmente su propia traición corporal.

—Eh…

yo…

tengo que irme— tartamudeó, poniéndose de pie de un salto.

—¡Gracias, Heder!— Y casi tropezando, salió corriendo del departamento, dejando atrás a la mujer ligeramente confundida pero con una sonrisa intrigada mordisqueando sus labios.

Isaac subió las escaleras a toda prisa, su corazón ahora latiendo por una razón completamente diferente.

Se encerró en su propio departamento, apoyando la espalda contra la puerta mientras jadeaba.

Tenía a la mafia más poderosa de la ciudad respirándole en la nuca, una niña fugitiva escondida en su habitación y una vecina sensual que parecía intentar seducirlo en su momento más vulnerable.

El sábado había comenzado en calma, pero ahora la ciudad, con sus garras afiladas, lo tenía firmemente atrapado de nuevo.

Y no había forma de escapar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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