Un grito de ayuda - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Capitulo 8 Revelaciones en la lluvia
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8: Capitulo 8: Revelaciones en la lluvia 8: Capitulo 8: Revelaciones en la lluvia Isaac subió las escaleras de dos en dos, ignorando el dolor punzante en sus pulmones.
El ascensor, como era típico en los Niveles Bajos, estaba fuera de servicio—una metáfora demasiado obvia de su vida actual.
No podía tomarse nada a la ligera.
Cada segundo que María pasaba sola era un riesgo calculado que se inclinaba peligrosamente hacia el desastre.
Al abrir la puerta de su departamento, lo hizo con tal fuerza que golpeó la pared.
Jadeante, pálido y con el corazón martilleándole el pecho, se desplomó en el sofá, incapaz de articular palabra.
—¡Isaac!— La voz de María, cargada de alarma, cortó el aire.
Dejó instantáneamente la sartén en la estufa y corrió hacia él, arrodillándose a su lado.
—¿Qué pasa?
¿Qué te ocurrió?— Él no respondía, solo respiraba con dificultad, sus ojos vidriosos fijos en el techo agrietado.
María, con una calma que no sabía que tenía, le acarició el hombro y le habló en un tono bajo y tranquilizador, como si estuviera domando a un animal asustado.
Poco a poco, la visión de Isaac se despejó.
El pánico cedió, reemplazado por una fría y pesada realidad.
Respiró hondo, un suspiro tembloroso, y se giró para mirarla.
—Las cosas…
se están poniendo mucho peor de lo que pensaba— logró decir, su voz ronca por el esfuerzo.
—¿A qué te refieres?— preguntó ella, sus ojos oscuros llenos de un miedo reflejado.
Isaac le contó todo.
El encuentro con Venancio, la “oferta” que era una orden disfrazada, la cacería de brujas contra la mafia asiática y el papel que querían que él jugara.
Cada palabra salía de su boca como una losa más sobre sus hombros.
Cuando terminó, un silencio espeso se instaló entre ellos.
Finalmente, Isaac formuló la pregunta que ardía en su mente: —María…
¿qué tanto sabes?
Venancio no movería un dedo por una simple…— no pudo terminar la frase, pero el significado flotó en el aire: por una simple esclava.
María se encogió, abrazándose los hombros como si sintiera frío.
—Bueno…— comenzó, evitando su mirada.
—Datos bancarios, extorsiones, nombres de políticos y jueces…
bastantes cosas.
¿Por qué me lo preguntas?
¿Acaso…?— —¡No te voy a abandonar!— la interrumpió Isaac, agarrándola de los hombros con una fuerza que la hizo sobresaltar.
Su mirada era intensa, feroz.
—Nunca.— Luego, su voz se suavizó, agotada.
—Es solo que…
esto es demasiado peligroso.
Venancio sabe dónde vivo.
Y lo peor es que nunca se lo dije.
Si hay informantes por todas partes, es posible que ya sepan que estás aquí.— María palideció.
—Dios…— susurró, llevándose una mano a la boca.
—Estamos incluso levantando la voz.
Los vecinos…— —Tienes razón— cedió Isaac, alejándose y pasándose una mano por el rostro.
—Hay que reorganizar todo.
Esto es…
abrumador.— —¿Y si comemos primero?— sugirió María, señalando débilmente hacia la cocina.
—El estómago vacío no piensa claro.— Isaac asintió, derrotado.
Se sentaron a la pequeña mesa frente a los platos de huevos revueltos, ahora fríos.
—Creo que no hay mucho para hacer de comer— se disculpó Isaac, con un deje de vergüenza.
María esbozó una sonrisa triste.
—Créeme, esto es más de lo que comía antes.— El comentario, dicho con tanta naturalidad, le partió el corazón a Isaac.
Bajó la mirada a su plato.
—¿En serio era tan malo?
La vida como…— —¿Esclava?— lo interrumpió ella, y por primera vez, Isaac notó un cambio en su tono.
La inocencia infantil se había esfumado, reemplazada por una amargura precoz y una claridad dolorosa.
—Ni lo menciones.
Fue lo peor.
Tuve que…
desconectarme para sobrevivir.— —Mencionaste que tus pad— —¡No los menciones!— lo cortó en seco, con un destello de ira en los ojos.
—Sigo creyendo que no me querían lo suficiente como para no venderme.
Da igual, es lo que suele pasar.— —¿Y por qué?— insistió Isaac, suavemente.
—¡Porque solo quiero escapar!— explotó ella, y luego, como si la explosión la hubiera vaciado, su voz se quebró.
—Creo que últimamente todos deseamos escapar de algo.— Se hizo un silencio incómodo.
La lluvia, que había comenzado a caer suavemente, ahora golpeaba con más fuerza contra la ventana, acompañando la tensión en la habitación.
—No es tu culpa— dijo María al fin, su voz más calmada.
—Gracias, Isaac, por darme cobijo.
Es solo que…
he tenido tiempo para pensar.
Necesito dejar mi inocencia atrás.
Hacía mucho que no pensaba; solo vivía el presente para sobrevivir.
Y eso no es vida.— Isaac la miró, sorprendido por la lucidez repentina.
—Entiendo.— Terminaron de comer en silencio, el único sonido era el repiqueteo constante de la lluvia.
Fue María quien rompió el silencio final, volviéndose hacia él.
—No sé si te lo dije, ahora que soy más consciente…
Gracias.— —Creo que es lo correcto— respondió él, mecánicamente.
—¿Pero por qué lo hiciste?— insistió ella, clavándole la mirada.
—¿Fue solo culpa?— Isaac desvió la vista.
—Tengo mis motivos.— —Es solo que…
no eres como todos los hombres que llegué a conocer— presionó María.
—A pesar de mis…
contactos, y de haber vivido en los márgenes, no significa que sea como ellos— se defendió Isaac, con un resuello de frustración.
—En situaciones tensas, tuve que desconectar mi cerebro para dejar de pensar.
Como tú.— María soltó una risa amarga.
—Algo así.
Pero oye, no te conozco bien.
Deberíamos conocernos, al menos ahora que todo está…
tranquilo.
¿De dónde vienes?— Isaac apretó los puños.
—No me gusta hablar de mí.— María lo miró fijamente, y luego, tomando una decisión, comenzó a hablar, como si abriera una compuerta que ya no podía contener.
—Yo vivía en Honduras.
A los seis años, mis padres…
ya casi nunca estaban.
Me dejaban a cargo de mis dos hermanitos menores.— Su voz era plana, como si relatara la historia de otra persona.
—Un día, llegaron unos señores.
Me agarraron a la fuerza.
Y lo último que vi fue a mis padres aceptando un fajo de billetes.— Una lágrima solitaria recorrió su mejilla.
—Me vendieron.
¿Sabes lo que duele?— Isaac se quedó paralizado, el tenedor apretado con tanta fuerza en su mano que los nudillos se le pusieron blancos.
Una rabia fría y familiar se encendió en su pecho.
María continuó, su mirada perdida en el vacío, viendo escenas que Isaac solo podía imaginar.
—Me amarraron, me taparon la cabeza…
en la furgoneta solo olía a cigarro y a hombres sudorosos.
Risas.
Gritos.— Respiró hondo, temblorosa.
—Llegué con ese…
coreano.
No entendía su idioma.
Un niño traductor, otro como yo, me decía lo que quería.
No era nada nuevo.
Lo mismo que los otros “amos”: contacto, maltratos, limpiar su mansión…
ver cómo hacían lo mismo con otras niñas.— Se tocó el brazo instintivamente, donde Isaac sabía que había cicatrices ocultas bajo la manga.
Se secó las lágrimas con furia.
—No sé qué tan dura es tu historia— dijo, mirándolo directamente— pero me dijeron que hablar libera.
Y parece que tenían razón.— Se abalanzó sobre él, abrazándolo con una fuerza desesperada.
—Solo…
solo me preocupo por ti.— —¿Por qué?— preguntó él, su voz apenas un susurro.
—Porque veo en ti a la hermanita que nunca pude tener— confessó Isaac, la voz quebrada por una emoción cruda que ya no podía contener.
María se separó lentamente, dándole espacio.
Isaac respiró hondo, y las palabras comenzaron a salir, torrenciales, como si un dique se hubiera roto.
—Vivía en una granja, a las afueras.
Mi papá…
tenía estrés postraumático.
De la guerra por estas mismas murallas.
A veces se volvía violento.— Una risa nerviosa y amarga escapó de sus labios.
—Huíamos de la cabaña cada dos semanas…
pero en uno de sus ataques…— La voz se le quebró.
—Le disparó a mi mamá.
Yo, con 16 años, la vi desplomarse.
La sangre…
Había tanta sangre.
Tuve que…
fingir que fue un accidente, cargar con su cuerpo…— No pudo continuar.
Un sollozo seco le sacudió el cuerpo.
María se acercó de nuevo, abrazándolo fuerte, permitiéndole desmoronarse contra su hombro.
—Mi papá terminó en un psiquiátrico— continuó él, con la voz apagada contra su hombro.
—Las terapias, las pastillas…
Era todo un maldito placebo.— Golpeó el sofá con el puño, la rabia regresando.
—¡ERA PURO PLACEBO!— Un temblor incontrolable recorrió su cuerpo.
Un sollozo seco, áspero como el papel de lija, le sacudió el cuerpo.
Se dejó llevar, derrumbándose contra el hombro pequeño pero inquebrantable de María, mientras años de dolor contenida se desbordaba por fin.
María no se inmutó, solo lo sostuvo con más fuerza.
—Después…
tuve que vivir con mis tíos.
Y todo empeoró.
Me hicieron vivir en un cuchitril peor que este.
Solo me quedó la chamarra vieja de mi padre y una foto de mi mamá.— Se secó las lágrimas con la manga, tratando de recomponerse.
—Me hicieron trabajar como mula.
Recolectar frutos, preparar la tierra…
hasta cuidar a mi propia sobrina cuando ellos salían.— Soltó otra risa cargada de odio.
—Malditos miserables…
En cuanto pude, huí.
Sin mirar atrás.— —¿Y tu hermano?— preguntó María en un susurro.
—Él…
tuvo mejor suerte.
Nuestra abuela lo acogió.— Suspiró, exhausto.
—Definitivamente, cuando todo esto termine, yo también me iré de aquí.
Pensé que esta ciudad sería una oportunidad…— Negó con la cabeza.
—Pero solo me convertí en una mula de carga otra vez.
Para Jack, para Venancio…— —Y cuando llegaste aquí…— lo animó María.
—Cuando llegué, supe que tenía que crecer.
Tomé las decisiones que creí correctas.
Me junté con los populares, con la pandilla de Jack…
era el estereotipo del matón, pero con el respaldo de la mafia.
Todo estaba impune.— Su voz se llenó de disgusto.
—Pero me cuestioné si quería vivir así, con dinero sucio.
Cuando tuve la oportunidad, me salí.
Con la condición de no hablar.
Y así lo he hecho.
Pero…— Miró a su alrededor, al departamento destartalado.
—Veo que no es fácil salir.
Los lazos oscuros siempre regresan a por ti.— María asintió lentamente, una comprensión profunda en su mirada.
—Tú al menos tuviste una salida.
Donde yo estaba…
solo se salía de una forma.— Hizo una pausa dramática, su voz convertida en un hilo de horror.
—Con la muerte.— Isaac esbozó una sonrisa triste.
—Al menos es lo común en esta ciudad.— Un silencio pesado cayó sobre ellos.
Durante varios minutos, solo se escuchó la lluvia.
No había más palabras, solo el entendimiento silencioso de dos almas rotas que se habían encontrado.
Solo sonaba el sonido por el ritmo constante de la lluvia contra la ventana.
El olor a huevos fríos y humedad vieja llenaba el aire.
Entonces, María se levantó.
Había una chispa nueva en sus ojos, una determinación férrea que Isaac no había visto antes.
—Entonces, supongo que seremos compañeros para salir de esta— declaró, planteándose frente a él.
Extendió su mano, no como la niña asustadiza de antes, sino como una igual, una aliada.
—Somos un equipo.
Yo confío en ti.
Y espero que tú confíes en mí.— Isaac miró su mano extendida, luego su rostro, lleno de una fuerza naciente que le devolvió un atisbo de esperanza.
Una sonrisa genuina, la primera en mucho tiempo, se dibujó en sus labios.
Tomó su mano y la apretó con firmeza.
—Sí.
Efectivamente.— María sonrió, las últimas lágrimas secándose en sus mejillas.
—Entonces…
¿cuál es el plan, compañero?— La palabra “compañero” resonó en la habitación, sellando un pacto forjado en el dolor pero cimentado en la más frágil y poderosa de las armas: la confianza encontrada en el lugar más inesperado.
La lluvia, fuera, pareció amainar un poco, como si la ciudad itself estuviera conteniendo la respiración para escuchar su siguiente movimiento.
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