Un grito de ayuda - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Capitulo 9 Un nuevo camino hacia las sombras
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9: Capitulo 9: Un nuevo camino hacia las sombras 9: Capitulo 9: Un nuevo camino hacia las sombras La preparación fue rápida y silenciosa, cargada de una urgencia que electrizaba el aire del pequeño departamento.
Isaac se vistió con ropa oscura y funcional, terminando con una sudadera con capucha que podía ocultar su rostro en un instante.
Del otro lado de la puerta cerrada, se escuchaban los sonidos de tijeras y el leve rasgado de tela.
María estaba improvisando.
Cuando la puerta se abrió, reveló a una María transformada.
Llevaba una camiseta de Isaac, recortada de manera desigual para que le quedara mejor, con la estampa de un personaje sonriente dando un pulgar hacia arriba—una ironía cruel dada su situación.
Los shorts eran otro pantalón viejo, recortado con unas costuras irregulares y puntiagudas que gritaban rebeldía y desesperación.
Una sudadera gris, demasiado grande, completaba el look.
—¿Supongo que me veo bien?— murmuró, incapaz de ver su reflejo completo en cualquier superficie.
Al salir, hizo una voltereta teatral frente a Isaac, que estaba revisando su mochila en el sofá.
—¡TA-DA!
¿Me veo lo suficientemente rebelde?— Isaac la miró, y por un instante, una sonrisa genuina asomó en sus labios.
Parecía una adolescente en un concierto de punk, no una fugitiva.
—Te ves…
bien— concedió, haciendo un gesto de aprobación con el pulgar.
—Te las arreglaste con lo que había.— —A ver cuándo me compras ropa de verdad— replicó ella, encogiéndose de hombros con una sonrisa pícara.
Salieron al pasillo, donde el aire olía a aceite recalentado y humedad, el perfume característico de los Niveles Bajos.
Isaac, acostumbrado a caminar solo, tomó un ritmo rápido.
María trotaba detrás, jadeando.
—¡Oye, recuerda que ahora somos dos!— protestó, agarrando su manga.
Isaac aminoró la marcha, pero su tensión era palpable.
—Necesitamos llegar a nuestro segundo refugio.
Rápido.— —¿Y ese sería?— preguntó María, con un dejo de desconfianza.
—El único lugar donde podemos estar ahora es frente a las narices de todos— declaró Isaac, sin mirarla.
María se detuvo en seco, el color abandonando su rostro.
—¿¡Quieres decir que vamos a estar enfrente de la bestia!?— su voz subió de tono, atrayendo miradas curiosas de los pocos transeúntes.
—¡Es como si me quisieras regalar!— El pánico la inundó, transportándola de vuelta a la habitación oscura y al olor a cigarro del coreano.
¿Era otra traición?
—María, escucha— intentó Isaac, pero ella estaba al borde del histerismo.
—¡No!
¡Tú escúchame a mí!
¡No es una buena idea!— Isaac miró a su alrededor, notando las miradas que se acumulaban.
Con un movimiento rápido, la agarró del brazo y la arrastró a un callejón adyacente, oscuro y lleno de basura.
—¿Quieres que sepan que estás aquí?— le susurró furiosamente, arrinconándola contra la pared.
—¿Que te persigan?
¿Que te vuelvan a agarrar y a mí me maten?— Su enojo era una máscara para el miedo que compartían.
—Yo también tengo miedo.
Pero si no actuamos y nos dejamos llevar por el pánico, no saldremos de esta.
Tenemos que avanzar, paso a paso.— María se encogió, abrazándose a sí misma, las lágrimas asomando de nuevo.
—Tengo miedo…— admitió en un susurro quebrado.
La furia de Isaac se desvaneció.
Se agachó para estar a su altura, levantando suavemente su barbilla para que sus ojos se encontraran.
—Somos compañeros, ¿no?— dijo, su voz ahora suave pero firme.
—Confío en ti.
Y tú confías en mí.
Eso dijiste.— Ella asintió lentamente, una lágrima escapando por su mejilla.
—Perdón…
no estoy preparada para esto.— —Yo tampoco— confesó él.
—Pero tenemos que hacerlo.
Juntos.— Tomó su mano, y esta vez ajustó su paso al de ella.
La caminata hacia la estación de metro fue una procesión silenciosa a través de un paisaje urbano descolorido.
El vagón del metro olía a óxido, sudor y desinfectante barato.
Se sentaron en un rincón, alejados de los demás pasajeros.
El traqueteo de las ruedas sobre los rieles era un mantra monótono.
—Entonces…— comenzó María, rompiendo el silencio— ¿cómo crees que supo Venancio que estarías en la universidad a las diez?— Isaac frunció el ceño.
—No creo que Jack nos esté vigilando personalmente.
Empezando a sospechar de la vecina, Heder.
Siempre se ha mostrado…
demasiado interesada en mí.— —¿Por lo guapo que estás?— bromeó María, con un tono burlón que hizo que Isaac se ruborizara levemente.
—¿Tú crees que soy guapo?— preguntó, desviando la mirada.
María lo escudriñó de pies a cabeza con una sonrisa juguetona.
—Mides 1.75, tienes buena cara, piel bonita, cuerpo atlético…
y probablemente un buen tamaño— dijo, haciendo un gesto con las manos que lo hizo ruborizar aún más.
—¡Sí, estás bien bueno!
Apuesto a que más de una chica babea por ti.— Isaac pensó involuntariamente en Sofía y en la mirada de Vicky, y desvió rápidamente la conversación.
—Centrémonos.
No quise decirte antes por si había oídos en las paredes.
Vamos a un lugar que…
me acaban de regalar.— —Solo dijiste que está en el centro.
No suena seguro— objetó María, su humor momentáneo desvaneciéndose.
—Sé que no es un plan perfecto— admitió Isaac, con un resuello de frustración.
—Ahora mismo solo estoy improvisando.
Nuestro tablero de ajedrez es muy pequeño.— —¿Juego de ajedrez?— preguntó María, confundida.
—Soy un jugador hábil— explicó Isaac, un destello de pasión en sus ojos por un segundo.
—Encuentro paz en pensar jugadas futuras.
Las primeras aperturas son cruciales.
Puedes seguir lo establecido…
o improvisar, mezclar estrategias.
Es lo que haremos.
Lo que aprendí en la mafia es que una rutina clara te hace predecible.
Un blanco fácil.
Si no saben qué vamos a hacer, es más difícil que nos atrapen.
Llegaremos a un punto inicial y luego improvisaremos.— María lo miró, impresionada por un lado, y aún nerviosa por el otro.
—Entiendo.
Ser espontáneos…
siempre quise serlo— dijo, apretando los puños con determinación renovada.
Al llegar a Asiatown, la atmósfera cambió.
Los sonidos, los olores, los rostros…
todo era un recordatorio constante del peligro de María.
—Abrázame— susurró Isaac, acercandola a el.
—Si parecemos una pareja enamorada, nos darán privacidad.
Nadie mira demasiado.— María se aferró a él, enterrando su rostro en su sudadera, jugando su papel a la perfección.
El olor a su jabón barato era ahora un aroma reconfortante.
Funcionó.
Las miradas curiosas se desviaron.
La estación central del Centro fue un shock sensorial después de los Niveles Bajos.
Mármol pulido, luz brillante, aire acondicionado.
María miró alrededor con ojos como platos.
—Qué pulcro…— murmuró.
—No nos detengamos— dijo Isaac, tomándola de la mano y guiándola a traves de la multitud.
Finalmente, se detuvieron frente a una fachada familiar para Isaac, pero misteriosa para María: “El Buen Hombre de Nieve”.
La heladería estaba oscura y silenciosa, con un letrero de “Cerrado” colgando torcido en la puerta.
—¿Tu viejo trabajo?— preguntó María, incredulidad en su voz.
—¿Tu jefe te regaló el local?— —Y un fajo de dinero— confirmó Isaac, buscando las llaves.
—Es…
complicado.— Al entrar, el lugar olía a dulce rancio y limpiador.
Estaba vacío, los mostradores desnudos y las mesas recogidas.
María, casi por instinto, agarró una escoba y comenzó a barrer un rincón, como si reclamar el espacio mediante el trabajo la calmara.
Isaac, mientras tanto, deambuló hacia la trastienda, su mente dando vueltas.
¿Por qué lo hizo?
Tiene que haber una razón más profunda…
Mientras caminaba por el almacén semi-vacío, la punta de su bota golpeó una baldosa con un sonido diferente, más hueco que las demás.
Se detuvo.
Volvió a pisarla deliberadamente.
Clunk.
Se agachó, deslizando los dedos por los bordes polvorientos hasta encontrar un pequeño hueco.
Con un poco de fuerza, logró levantarla.
Bajo ella, no estaba la tierra esperada, sino un panel de metal oxidado con un único botón rojo y grande.
—¿Qué diablos…?— murmuró.
María se acercó, curiosa.
—¿Qué es?— Sin pensarlo dos veces, Isaac presionó el botón.
Un chirrido metálico, profundo y gutural, retumbó bajo sus pies.
El suelo frente a ellos comenzó a hundirse, sección por sección, revelando una plataforma de acero del tamaño de una furgoneta.
Luces LED blancas y frías se encendieron a lo largo de las paredes de un túnel que se hundía en la oscuridad, iluminando un pasaje hacia las profundidades.
Era el vientre de una bestia mecánica.
María se aferró al brazo de Isaac, su fragilidad regresando en una ola.
—¿Q-qué es eso?— su voz era un hilillo de terror.
Isaac miró el abismo iluminado, sintiendo una mezcla de terror ancestral y una curiosidad febril que le quemaba las venas.
Esto era lo desconocido, lo impredecible.
Era la jugada más arriesgada de su vida.
Luego miró a la niña aterrorizada a su lado.
Era su responsabilidad.
Su jugada.
—Confío en ti— dijo, su voz firme a pesar del temor que sentía.
María miró su mano, luego sus ojos.
Tomó un respiro tembloroso y colocó su mano pequeña en la de él.
—Y yo en ti— respondió, sellando su pacto una vez más.
Juntos, dieron un paso al frente y bajaron al elevador.
Las puertas se cerraron detrás de ellos con un silbido neumático, y la plataforma comenzó a descender suavemente, llevándolos lejos de la ciudad de neón y más profundo hacia las entrañas de sus secretos.
El juego había cambiado.
El tablero era mucho más grande y peligroso de lo que nunca habían imaginado.
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