Un Pasado aclamando un futuro - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 12- El dueño del silencio
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12: 12- El dueño del silencio 12: 12- El dueño del silencio Después de aquella noche, comprendí que el miedo ya no era solo una sensación pasajera.
Tenía forma.
Tenía peso.
Y, sin saber cómo ni cuándo, también tenía nombre.
Llegó sin anunciarse, como llegan las cosas que no quieren ser vistas.
Nadie lo presentó, nadie habló de él, pero todos parecían saber que existía.
Su nombre era Eryndor Kael, un nombre que no sonaba humano del todo, áspero, difícil de pronunciar, como si hubiera sido creado para no ser recordado.
Lo escuché por primera vez en un susurro, escapándose de labios temblorosos, cargado de advertencia y terror.
Eryndor no gritaba ni amenazaba abiertamente.
No lo necesitaba.
Su presencia era suficiente.
Cuando entraba en la casa, el aire se volvía denso, las palabras se encogían, y el silencio obedecía como si le perteneciera.
Sus ojos eran oscuros, profundos, imposibles de leer, y cuando me miraba sentía que podía ver cada pensamiento que intentaba esconder.
Era fuerte, no solo en cuerpo, sino en voluntad.
Imponía miedo sin tocar, controlaba sin levantar la voz.
Fue él quien me obligó a ocultar cosas.
No con golpes ni órdenes directas, sino con un terror lento y constante.
Me decía que algunas verdades no estaban hechas para salir a la luz, que había secretos tan pesados que podían destruir generaciones enteras.
“El silencio protege”, repetía, con una calma que helaba la sangre.
Y yo, aun sabiendo que estaba mal, obedecía, porque desafiarlo se sentía peor que callar.
Con el tiempo entendí que Eryndor era más que un hombre.
Era el guardián de todo lo que nunca se dijo.
El dueño del silencio heredado, el vigilante de las verdades enterradas.
Aparecía en los momentos más inesperados, siempre cuando estaba a punto de hablar, de preguntar, de recordar demasiado.
Su sombra parecía alargarse por los pasillos, mezclándose con la historia de la casa, como si siempre hubiera estado allí.
Había algo profundamente peligroso en él.
No porque atacara, sino porque convencía.
Hacía creer que callar era un acto de amor, que olvidar era una forma de sobrevivir.
Me hizo dudar de mi propia memoria, de mis emociones, de mi derecho a saber.
Cada vez que intentaba rebelarme, su voz regresaba, firme y baja, recordándome todo lo que podía perder si rompía el silencio.
Las noches se volvieron insoportables.
Soñaba con puertas que no podía abrir, con palabras atrapadas en la garganta, con su figura observándome desde la oscuridad.
Despertaba sudando, con la certeza de que no era solo un sueño.
Eryndor Kael no necesitaba estar físicamente presente para ejercer control; vivía en el miedo que había sembrado, en la obediencia aprendida, en el terror a lo que podría pasar si hablaba.
Pero lo más aterrador no era él.
Era entender que había existido durante generaciones, cambiando de rostro, de nombre, de forma, siempre protegiendo el silencio, siempre castigando la verdad.
Y supe entonces que enfrentarlo no sería solo un acto de valentía, sino una guerra contra todo lo que nos habían enseñado a callar.
Esa noche, mientras la casa crujía como si se quejara, comprendí que el misterio no había llegado para asustarme.
Había llegado para probarme.
Porque mientras Eryndor Kael siguiera siendo el dueño del silencio, nadie estaría a salvo.
Y el verdadero peligro no era lo que él ocultaba, sino lo que podría pasar el día en que alguien, finalmente, se atreviera a hablar.
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