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Un Pasado aclamando un futuro - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 16- La verdad que quema
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16: 16- La verdad que quema 16: 16- La verdad que quema El retrato de Elia permaneció sobre mi mesa toda la noche, vigilándome en silencio.

Yo intenté dormir, pero mis pensamientos no me dejaron.

Cada vez que cerraba los ojos veía su mirada, firme y herida al mismo tiempo, como si intentara decirme algo que aún no podía entender.

Y detrás de esa imagen, siempre estaba él: Eryndor Kael, el dueño del silencio, caminando como una sombra que nunca descansa.

A la mañana siguiente, desperté con una sensación extraña.

La casa estaba demasiado tranquila.

No se escuchaban pasos, ni voces, ni el ruido habitual de la vida diaria.

Era como si el tiempo se hubiera detenido para observarme.

Apenas me levanté, noté que el cuaderno de Elia no estaba donde lo había dejado.

Sentí el corazón apretarse en el pecho.

Busqué por todas partes, bajo la cama, en los cajones, entre los libros… nada.

Había desaparecido.

Solo alguien podía haberlo tomado.

Eryndor.

No tardé mucho en encontrarlo.

Estaba en la sala, sentado con ese aire de calma que siempre parecía esconder una tormenta.

El cuaderno estaba sobre la mesa frente a él.

Lo acariciaba con la mano, como si fuera un objeto frágil que conocía demasiado bien.

Me acerqué con cuidado, sin saber si hablar o quedarme callada.

Antes de que pudiera decir algo, él habló.

Su voz era baja, pero firme, y cada palabra caía como una sentencia.

Me dijo que ese cuaderno nunca debió salir de su escondite.

Que Elia había ido demasiado lejos al escribirlo.

Que algunas historias no estaban hechas para ser contadas.

Yo ya no agaché la cabeza como antes.

Había cambiado.

Había aprendido a no huir de las sombras.

Le pregunté quién había sido realmente Elia para él, y por qué la llamaba “la que no supo callar”.

Por primera vez desde que lo conocía, vi duda en sus ojos.

Como si estuviera peleando consigo mismo.

Como si una parte de él quisiera hablar… y la otra lo estuviera castigando por siquiera pensarlo.

Finalmente, me dijo la verdad.

Elia no era solo parte de la familia.

Fue alguien a quien él quiso proteger más que a nadie.

Ella descubrió un secreto que, si salía a la luz, podía destruirlo todo.

Y en lugar de guardar silencio como los demás, eligió escribirlo, contarlo, enfrentarlo.

Eryndor intentó detenerla, primero con palabras, luego con miedo.

Y cuando ella decidió seguir adelante de todos modos, él se convirtió en lo que ahora era: el guardián cruel de todo aquello que nadie debía saber.

Pero lo más doloroso fue escuchar lo que vino después.

Él admitió que no había logrado protegerla.

Que Elia desapareció de repente, sin dejar rastro, envuelta en un silencio que él mismo había ayudado a crear.

Algunos decían que se fue.

Otros, que algo oscuro la alcanzó.

Nadie lo supo con certeza.

Pero desde entonces, él decidió que jamás volvería a permitir que alguien rompiera el pacto.

Yo sentí una mezcla de compasión y rabia.

Sí, Eryndor estaba hecho de dolor… pero también de control.

Le recordé que Elia no murió por hablar.

Murió por el miedo que él sembró.

Y que ahora pretendía hacer lo mismo conmigo.

Vi cómo apretaba la mandíbula.

Vi el conflicto en su mirada.

Por un momento, pensé que atacaría.

Pero en vez de eso, tomó el cuaderno y lo arrojó al fuego de la chimenea.

Corrí hacia él, desesperada.

No quería perder las palabras de Elia.

No quería que el silencio volviera a ganar.

Intenté sacar el cuaderno de las llamas, pero el calor era tan fuerte que tuve que retroceder.

Eryndor me miraba, inmóvil, como si estuviera sacrificando parte de sí mismo en ese fuego.

Las páginas comenzaron a arder lentamente.

Las letras se retorcían en el papel como si fueran gritos que nadie podía escuchar.

Pero justo antes de que todo se consumiera, una hoja se desprendió y cayó al suelo, lejos de las llamas.

La tomé con manos temblorosas.

Era una frase escrita por Elia.

Decía: “Quien controla el silencio, controla el dolor.

Pero quien lo rompe… libera la verdad.” Levante la mirada hacia Eryndor.

Él también la leyó.

Y supe que, aunque había intentado destruir el cuaderno, no había logrado borrar su esencia.

Elia seguía viva en sus palabras, en su memoria, en mi decisión de no callar.

Algo cambió entre nosotros en ese instante.

El miedo ya no era el mismo.

Se mezcló con una extraña compasión, con un entendimiento silencioso.

Yo ya no lo veía solo como un enemigo, sino como alguien que también estaba atrapado.

Pero eso no significaba que lo perdonara.

Ni que fuera a obedecerlo.

Esa noche, mientras guardaba la hoja de Elia como si fuera un tesoro, supe que el camino hacia la verdad sería más peligroso que nunca.

Porque ahora Eryndor Kael sabía que yo no iba a rendirme.

Y el silencio, por primera vez en mucho tiempo, empezaba a perder.

Y con él… también su dueño.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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