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Un Pasado aclamando un futuro - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 17- Cuando el silencio comienza a romperse
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17: 17- Cuando el silencio comienza a romperse 17: 17- Cuando el silencio comienza a romperse Desde el momento en que guardé aquella hoja rescatada del fuego, sentí que algo había cambiado a mi alrededor.

No era solo una sensación… era como si la casa entera hubiera despertado.

Cada rincón parecía atento, cada sombra vigilaba mis pasos, como si el pasado contuviera la respiración esperando ver qué haría ahora.

Yo ya no era la misma.

El cuaderno de Elia estaba casi perdido, pero su mensaje había quedado grabado en mí como una herida abierta: quien rompe el silencio, libera la verdad.

Y yo, sin darme cuenta, ya lo había empezado a romper.

La primera señal llegó en la noche.

Me despertó un ruido suave, un crujido lento en el pasillo.

No era el viento.

No era la madera vieja.

Eran pasos.

Lentos.

Marcados.

Como si alguien caminara con cuidado, arrastrando apenas los pies.

Me quedé inmóvil, con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando cómo se acercaban a mi puerta.

No respiraba.

No podía.

Luego… silencio.

Un silencio tan denso que dolía.

Pensé que era Eryndor.

Que había venido a quitarme la hoja.

O a castigarme.

Pero no escuché su voz.

No sentí su presencia pesada.

Lo que sentí fue distinto: un frío leve, un aire cargado de nostalgia y tristeza.

Y entonces, sin moverme, supe que no estaba sola.

Al día siguiente, algo peor ocurrió.

Mi tía —una de las que siempre evitaban el tema del pasado— entró en mi cuarto con el rostro pálido.

Casi no podía hablar.

Me dijo que no volviera a revisar cosas antiguas, que había cosas que era mejor no despertar.

Yo le pregunté qué sabía de Elia… y fue como si esa sola palabra la hubiera golpeado.

Me suplicó que nunca volviera a mencionarla.

Sus manos temblaban.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Y en medio de su desesperación, dijo una frase que me quedó clavada en el alma: “Los que hablaron… desaparecieron.” Yo me quedé en silencio, pero por dentro algo ardía.

Miedo.

Sí.

Pero también rabia.

¿Cuántas vidas habían sido devoradas por ese pacto invisible?

¿Cuántas verdades habían sido enterradas junto con la gente que intentó contarlas?

Esa misma tarde, mientras estaba sola, escuché un susurro claro.

No fue imaginación.

No fue viento.

Era una voz suave, femenina, cercana.

Dijo mi nombre primero… y luego una sola palabra: “Gracias.” Sentí la piel erizarse.

Volteé despacio, pero no había nadie.

Sin embargo, el aire se llenó con una presencia tranquila, un dolor antiguo que no era mío… y supe que era ella.

Elia.

No la vi, pero la sentí.

Como si cada pared guardara un fragmento de su memoria.

Esa noche, Eryndor Kael apareció de nuevo.

No entró gritando.

Simplemente estaba ahí, observando.

Pero esta vez algo era diferente.

No se veía invencible.

No se veía tan seguro.

Había una sombra de preocupación detrás de su mirada oscura.

Sabía que el silencio se estaba resquebrajando.

Sabía que Elia, de alguna forma, había regresado.

Me dijo que debía parar.

Que el pasado tenía un precio.

Que nadie sale ileso de la verdad.

Yo respiré hondo y, por primera vez, no dudé.

Le dije que el silencio también tiene un precio.

Uno más alto.

Le dije que ya era tarde, que el pacto se estaba rompiendo… incluso sin mi ayuda.

Hubo un momento de tensión tan fuerte que parecía que el aire iba a quebrarse entre nosotros.

Él dio un paso hacia mí, y por un segundo creí que iba a hacerme daño.

Pero en ese instante ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba: el reloj muerto volvió a sonar.

Ese mismo tic-tac imposible llenó la casa como un latido antiguo, como un corazón que volvía a despertar.

Eryndor cerró los ojos.

Yo vi miedo en él por primera vez.

Y entonces lo comprendí.

Él no temía la verdad.

Temía a Elia.

Temía que su voz, su recuerdo, su valentía, volvieran a romper lo que él había tardado años en construir.

El reloj se detuvo de golpe.

El silencio volvió… pero ya no era suyo.

Esa noche, mientras trataba de dormir, sentí una mano invisible rozar la mía.

No era fría.

No era agresiva.

Era una caricia suave, como si alguien quisiera tranquilizarme.

Y en un susurro que parecía venir de muy lejos, escuché: “No estás sola.

Sigue.” Mis ojos se llenaron de lágrimas.

No sabía si lloraba por miedo, por tristeza o por la fuerza nueva que empezaba a crecer en mí.

Pero también supe algo más: Las consecuencias apenas estaban comenzando.

Y yo estaba lista… aunque temblara por dentro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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