Un Pasado aclamando un futuro - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 24- El regreso de Elías
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24: 24- El regreso de Elías 24: 24- El regreso de Elías Desde que rompimos el silencio, algo cambió en el aire.
Era como si la casa hubiera empezado a respirar de una forma distinta, más lenta, más pesada… como si estuviera esperando a alguien.
Y esa espera terminó la noche en que Elías regresó.
No llamó.
No tocó la puerta.
Simplemente apareció.
Yo estaba en la sala, viendo el reflejo del espejo del pasillo sin atreverme a mirarlo directamente, cuando escuché el sonido de la puerta abrirse despacio.
Un viento frío entró como si arrastrara con él cada sombra del camino.
Mis manos empezaron a temblar sin que pudiera evitarlo.
Nadie debía estar entrando a esa hora.
Nadie… excepto él.
Cuando lo vi, supe que no era una visita normal.
Elías no regresaba como un recuerdo.
Volvía como una presencia que sabía demasiado.
Sus ojos, oscuros y cansados, parecían haber cruzado un lugar donde el tiempo ya no existe.
Me miró en silencio, y en esa mirada entendí que ya lo sabía todo.
Todo lo que habíamos callado.
Todo lo que habíamos dicho.
Todo lo que habíamos despertado.
—Ya no hay secretos —dijo con una voz baja, grave, que parecía venir de muy lejos.
Supe entonces que no podía mentirle.
No podía ocultarle nada.
El silencio que lo rodeaba era distinto al nuestro.
Era un silencio que mandaba.
Un silencio que pesaba sobre los hombros como una promesa vieja.
Sentí que la casa se inclinaba hacia él, como si lo reconociera… como si siempre le hubiera pertenecido.
Elías caminó despacio, observando cada rincón.
Cada foto.
Cada sombra.
Cada grieta en la pared.
Parecía escuchar algo que nosotros no podíamos oír.
Como si las paredes le hablaran.
Como si los susurros que antes nos rodeaban ahora se dirigieran solo a él.
—Romper el silencio tiene un precio —murmuró, sin mirarme—.
Y ustedes ya lo pagaron.
Quise preguntarle quién era realmente.
Por qué había vuelto.
Qué relación tenía con esas sombras que nos seguían desde que hablamos.
Pero mi voz no salía.
Era como si el miedo me hubiera cerrado la garganta desde adentro.
Entonces dijo mi nombre.
No como lo dicen los demás.
Lo dijo de una forma que parecía arrastrar mi pasado entero junto a mí.
Sentí que sabía lo que pensaba, lo que callaba, lo que temía.
Sabía lo que yo misma no quería aceptar.
—Ya lo contaron todo —continuó—.
Ya me llamaron.
Ahí lo entendí.
Elías no había regresado por casualidad.
Habíamos sido nosotros quienes lo trajimos de vuelta… al romper el silencio.
La familia se reunió en la sala, cada uno con su propio miedo escondido en la mirada.
Nadie gritó.
Nadie preguntó.
Era como si todos supiéramos que ese momento tarde o temprano iba a llegar.
Elías nos observó a cada uno, detenidamente, como si nos midiera.
Como si decidiera algo.
—Lo sé todo —dijo al final—.
No queda nada por ocultar.
Y fue entonces cuando la casa hizo ruido.
Un golpe seco.
Una puerta cerrándose sola.
El espejo del pasillo vibró levemente.
Las luces parpadearon como si algo hubiera pasado a su lado.
Sentí un frío intenso recorrerme la espalda.
Elías no se movió.
Parecía acostumbrado a aquello.
—No teman —susurró—.
El peligro nunca fue hablar… el peligro era callar.
Pero aunque sus palabras parecían tranquilizadoras, su presencia decía otra cosa.
Él no solo sabía la verdad.
Él era parte de ella.
Y ahora estaba aquí.
Entre nosotros.
De regreso… para quedarse.
Cuando la noche cayó completamente, supe que nada volvería a ser igual.
Porque Elías no regresó como alguien del pasado.
Regresó como el guardián de lo que nunca debimos olvidar.
Y desde ese momento… el verdadero misterio comenzó.
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