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Una Aventura de una Noche con Alexander Blackwood - Capítulo 7

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7: Capítulo 7 — Siete 7: Capítulo 7 — Siete En cuanto salí del apartamento de Serena, el aire fresco de la noche pareció inútil contra el calor que aún ardía bajo mi piel.

Su sabor persistía en mis labios.

Su aliento, su suavidad, su silenciosa conmoción… cada parte de ella había quedado grabada en mí.

No debería haberla besado, es cierto.

Pero no me arrepentía de nada.

Todo en ese beso fue perfecto.

Era como si estuviera hecha solo para mí.

Mi teléfono volvió a vibrar en mi bolsillo, insistente, arrastrándome de vuelta a la realidad como una correa al cuello.

Madre.

Por supuesto.

Desde que tengo memoria, ella siempre ha estado ahí para arruinar cualquier atisbo de felicidad que yo sintiera.

Me deslicé en el asiento trasero de mi coche y finalmente contesté.

—Mamá —dije con voz neutra.

—¿Dónde estás?

—La voz de mi madre era aguda, cortante y ya estaba molesta—.

Tienes que volver a casa.

Ahora.

Tenemos que hablar muy seriamente, jovencito.

Cerré los ojos un instante.

El momento era perfecto.

Acababa de besar a Serena.

Y ahora iba a plantarle cara a la mujer que cree que puede elegir a mi esposa por mí.

—Está bien —acepté, y colgué sin esperar su respuesta.

—————–
Su mansión estaba demasiado iluminada para ser tan tarde.

Era una señal de que seguía despierta, inquieta, conspirando como de costumbre.

Quería que sentara la cabeza y me casara con una de esas señoritas de sonrisas falsas que solo buscaban lo que yo podía ofrecerles: una posición social respetable.

Los guardias hicieron una reverencia cuando entré y, en cuestión de segundos, ya estaba en el salón, donde ella me esperaba sentada con una copa de vino, las piernas elegantemente cruzadas, la mandíbula tensa y una mirada astuta en los ojos.

—Alexander —dijo, dejando la copa sobre la mesa—.

Tenemos un problema.

—Siempre los tenemos —repliqué sin siquiera mirarla.

Ella entrecerró los ojos.

—No seas insolente.

La junta está empezando a hacer preguntas.

Tu padre quiere que sigamos adelante con los preparativos de la boda.

Tienes treinta años.

Ya es hora.

Ahí estaba.

La misma conversación que llevaba meses escuchando.

Pero esa noche, después de lo de Serena…, sonaba diferente.

Sonaba amarga y equivocada.

—Ya te lo he dicho —dije con calma, desabotonándome los puños de la camisa—, no pienso casarme con nadie que tú elijas.

—No estás siendo razonable.

Esta familia tiene expectativas, responsabilidades y apariencias que mantener.

Necesitas una mujer que encaje en ese mundo.

Pensé en el suave sonrojo de Serena.

En sus dedos temblorosos.

En su pequeño apartamento.

En su aroma, que todavía estaba en mi piel.

¿Una mujer que encajara en mi mundo?

No tenía ni idea de lo equivocada que estaba.

Mi madre se puso en pie y caminó hacia mí.

—Mañana hay una gala.

Asistirás con la hija de los Chase.

Su hija me ha causado una muy buena impresión y ya he hablado con ellos.

—No —me negué, sin más.

Mi mamá no iba a ser quien eligiera a la persona con la que pasaría el resto de mi vida.

Se quedó helada.

—¿Perdona?

—He dicho que no —repetí con firmeza.

Sus ojos centellearon de ira.

—Alexander, no es posible que estés viendo a otra persona.

Prometiste que te centrarías en tu puesto, no en una…

distracción.

La miré fijamente en silencio, sin responder a sus palabras.

Su expresión cambió, entrecerró los ojos y su voz se tornó fría y suspicaz.

—Hay alguien más —susurró.

No contesté.

—¿Quién es?

—exigió, acercándose un paso—.

¿De qué familia procede?

—De ninguna familia que tú pudieras aprobar —repliqué sin rodeos.

Abrió la boca, ofendida.

—¿Estás tirando por la borda alianzas, legado y poder por una cualquiera?

¿Una cualquiera?

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que sentí un dolor punzante en ella.

No tenía ni idea de quién era Serena.

Ni idea del efecto que tenía en mí.

Ni idea de lo peligroso que era para mí siquiera pensar en ella mientras estaba allí de pie.

Madre alargó la mano y me agarró del brazo.

—Alexander, escúchame.

Termina con eso ahora.

No me importa qué está pasando entre vosotros, pero necesito que terminéis con ello ya.

Aparté el brazo, lenta y deliberadamente.

—Eso es imposible —dije en voz baja.

—¿Por qué?

—siseó ella.

Porque la había besado esa noche.

Porque no podía sacármela de la cabeza.

Y porque una parte de mí ya había decidido que era mía.

Pero no podía decirle nada de eso a mi madre.

Podría acabar poniendo a Serena en su punto de mira.

Era algo de lo que sería perfectamente capaz.

Así que me limité a decir:
—Porque ya es demasiado tarde.

Su rostro perdió todo el color.

—Alexander…
Mi teléfono vibró, rompiendo la tensa atmósfera.

—¿Serena?

—murmuré por lo bajo—.

¿Por qué llama ahora?

—¡No la cojas!

—me ordenó mi mamá, pero yo ya había contestado antes de que pudiera decir nada.

—A-Alexander…

ayúdame…, por favor.

—Fue todo lo que dijo antes de que la llamada se cortara.

Entré en pánico, algo que nunca antes me había ocurrido.

¡Serena estaba en peligro!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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