Una Aventura de una Noche con Alexander Blackwood - Capítulo 80
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80: Capítulo 80 — Ochenta 80: Capítulo 80 — Ochenta Alexander y Serena, los responsables de todo esto, estaban sentados en la pastelería de Serena.
—No sé por qué estás aquí —dijo Serena, cruzándose de brazos mientras negaba con la cabeza—.
¿No eres el Director Ejecutivo de un imperio de mil millones de dólares?
¿No deberías estar firmando contratos ahora mismo?
Alexander sonrió mientras cruzaba una pierna sobre la otra.
—Cuando mi novia va a estar lejos de mí durante todo el día, no me atrevo a correr ningún riesgo, ya que la extrañaré terriblemente si no está conmigo.
El rostro de Serena se acaloró y apartó la mirada, sin atreverse a encontrarse con sus ojos.
—¿Quién es tu novia?
—preguntó, con una voz que era apenas un susurro.
Los ojos de Alexander centellearon al ver sus mejillas sonrojadas.
Quiso picarla un poco más.
—Mi novia es una mujer preciosa.
Inteligente, ingeniosa y extremadamente adorable.
Cuando hace un puchero, solo pienso en besarla.
Cuando llora, lo detesto.
Cuando sonríe, ilumina mi mundo.
Cuanto más hablaba Alexander, más se sonrojaban las mejillas de Serena.
Incluso las puntas de sus orejas se habían puesto rojas.
—Vale, ya es suficiente —lo detuvo ella, tapándole la boca con la mano—.
¿Quieres que la tía Clara te oiga?
La intensa mirada de Alexander se fijó en ella.
Serena tenía una rodilla apoyada sobre él y no había ninguna distancia entre ambos.
—¿Alguien te ha dicho alguna vez que te ves preciosa cuando tienes una expresión de pánico en la cara?
—preguntó Alexander en voz baja, apartándole un mechón de pelo del rostro.
Serena se sonrojó…
muchísimo.
De repente, oyeron el sonido de alguien carraspeando.
De inmediato, Serena se apartó de Alexander de un empujón y se giró hacia el origen del sonido.
—Tía, pensaba que estabas en la cocina —rio Serena con torpeza, arreglándose el pelo.
Alexander se puso en pie y se colocó al lado de Serena.
—Tía Clara —saludó él, haciendo una leve reverencia que complació a Clara.
—¿Y tú eres…?
—preguntó ella, dedicándole una sonrisa cómplice a Serena.
—Soy el novio de Serena —respondió Alexander con un tono sereno, ni servil ni autoritario—.
Y también soy un futuro inversor en esta pastelería…, si es que me lo permites.
Esta vez, se giró hacia Serena, cuyos ojos se abrieron como platos por la incredulidad y la conmoción, incapaz de ocultar su sorpresa.
—Alex…, ¿qué intentas hacer?
—tartamudeó, con los labios temblorosos.
Clara, por su parte, observaba a la pareja con una suave sonrisa danzando en sus labios.
—¿Qué crees que estoy haciendo?
Te he dicho que siempre estaría contigo en cada paso del camino —le tomó la mano, haciendo que lo mirara—.
Esta pastelería significa mucho para ti, y haré todo lo que pueda para que sigas siendo feliz.
A Serena se le humedecieron los ojos mientras su mirada permanecía fija en él.
—Sabes…, no tienes por qué hacer esto.
—¿Qué te parece esto?
Me llevaré un 20 % cada mes.
Así, puedes quedarte tranquila.
¿Qué te parece?
—Serena, ya que insiste, acéptalo.
Recuerda que lo haces por la pastelería de tu madre —intervino Clara.
Serena se giró hacia su tía, que le dedicó una mirada de aliento.
—Está bien.
—No le quedó más remedio que ceder.
Necesitaba la inversión, lo mirara por donde lo mirara—.
Pero no puedes retractarte de tu palabra.
Te llevarás un 20 % al final de cada mes.
—Sí, señora —saludó Alexander con una risita.
—Deberíamos hacerlo por la vía legal.
Tendré que redactar una propuesta.
Así podrás ver que tu dinero estará bien invertido.
Alexander asintió satisfecho.
Hablaba como una verdadera mujer de negocios.
—De acuerdo, entonces, señorita Wilson.
Estaré esperando su propuesta —le siguió el juego Alexander, lo que le valió un suave puñetazo de ella.
—No se olviden de que sigo aquí —sonrió Clara, y Serena se giró hacia ella con una sonrisa de disculpa.
Clara negó con la cabeza y pensó para sus adentros: «Amiga, ya puedes descansar tranquila.
Tu hija ha crecido y está en buenas manos.
De eso estoy segura».
——————–
Alexander se marchó de la pastelería después de que Serena lo despidiera.
No se fue hasta que Serena se lo rogó repetidamente.
Y solo se marchó después de que ella lo besara primero.
En ese momento, su mente estaba reviviendo el beso, la forma en que los suaves labios de ella se movían contra los suyos.
Tenía una mano en el volante mientras la otra se acariciaba los labios.
De repente, su teléfono vibró, sacándolo de sus fantasías, lo que le hizo fruncir el ceño con rabia.
Sin mirar quién llamaba, contestó la llamada.
—Más te vale que tengas una buena razón para llamarme.
Su voz denotaba claramente su enfado.
—Así que tu abuelo necesita una buena razón para llamarte, ¿es así, Alexander?
—la voz de Elias retumbó desde el otro lado de la línea.
Alexander se quedó helado.
Miró su teléfono y fue entonces cuando se dio cuenta de que el identificador de llamada era «Abuelo».
Rio suavemente.
—Abuelo, no tenía ni idea de que eras tú el que llamaba.
—Como sea, tengo algo que discutir contigo.
¿Te importaría hacerle una visita a este viejo?
En el lugar de siempre.
—Sí, Abuelo —respondió Alexander con solemnidad, y colgó la llamada.
Dio la vuelta con el coche y se marchó.
—————-
Casa de Té Subterránea.
Alexander entró en el pequeño, viejo y destartalado edificio con las manos en los bolsillos.
El aire olía a té…
a buen té.
Las paredes estaban pintadas de blanco y las sillas eran de bambú.
Los ojos de Alexander recorrieron el lugar hasta que se posaron en Elias.
Mantenía una expresión neutra mientras caminaba directamente hacia él.
—Abuelo —dijo, haciendo una reverencia.
Elias golpeó el suelo con su bastón, una señal para que Alexander tomara asiento.
Ambos hombres, separados por dos generaciones, se sentaron uno frente al otro.
—¿Qué té te gustaría tomar?
—le preguntó Elias a su nieto.
—El de siempre —respondió Alexander.
Elias le hizo una seña a uno de los camareros.
El camarero tomó nota de sus pedidos y, unos minutos más tarde, regresó.
Los dos hombres tomaron un sorbo de té mientras el silencio se extendía entre ellos.
Incluso tenían la misma postura y expresión.
—Alexander, ¿sabes por qué quería charlar contigo?
—empezó Elias, rompiendo el silencio entre ellos.
Alexander dejó la taza en la bandeja con calma mientras respondía.
—¿Cómo podría saberlo si no me lo dices?
Elias soltó una risita.
—Eres igual que yo.
Me satisface tener a alguien que comparte mis mismos rasgos.
Alexander no respondió.
Se limitó a escuchar en silencio mientras volvía a coger la taza.
Esta vez, solo se la llevó a los labios mientras una mirada compleja cruzaba sus ojos.
—Tú y esa chica…, ¿cómo se lla…?
Ah, sí.
Serena.
¿Están juntos?
—preguntó Elias, con la mirada fija en su nieto.
La expresión de Alexander se resquebrajó mientras miraba a su abuelo con los ojos entrecerrados.
—¿Cómo lo supiste?
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