Una bestia devorada por su sirvienta - Capítulo 59
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Capítulo 59: Viaje
Los hombros de Kaila se sacudían mientras lloraba, con la respiración entrecortada. Moxie la atrajo hacia sí, abrazándola con fuerza como si pudiera protegerla de todo.
—Kaila, cariño…, dile a mamá que esto no es verdad —suplicó en voz baja—. Dime que Lucien te obligó a decir esto. —Moxie quería que fuera una mentira, quería demostrar que Lucien se equivocaba. Su propio hijo la había humillado hoy delante de todos, y especialmente delante de la chica del pueblo.
Pero Kaila negó lentamente con la cabeza, las lágrimas corrían más rápido y a Moxie se le fue todo el color del rostro.
—Fui yo, Madre —susurró con voz temblorosa—. Lo siento mucho.
Kaila se apartó y se arrastró hacia Elise, con las manos extendidas, desesperadas y temblorosas. Cuando por fin tomó las manos de Elise, se aferró a ellas como si fueran su última esperanza.
—Elise… por favor, perdóname —rogó Kaila—. Lo siento mucho.
Luego se giró, aferrando con sus dedos los pantalones de Lucien.
—Hermano Lucien… lo admito. Estaba celosa de Elise —dijo, bajando la cabeza—. Por favor, perdóname. —Elise se quedó quieta, intentando encontrarle sentido a todo lo que ocurría, pero nada tenía sentido.
Su corazón se aceleró. Kaila no era de las que se disculpaban por nada. ¿Por qué se disculpaba ahora?
—¿Qué le dices, pájaro? ¿La perdonas? —La voz de Lucien rompió el silencio, tranquila y firme.
Elise parpadeó, con los labios entreabiertos mientras luchaba por encontrar su voz.
—Te… te perdono —dijo finalmente, aunque las palabras le sonaron extrañas incluso a ella.
Los labios de Lucien se curvaron en una sonrisa de satisfacción.
—Entonces está zanjado —dijo con suavidad. Se giró y extendió una mano hacia Elise—. Ven conmigo, pájaro.
Todavía aturdida, Elise dudó solo un segundo antes de poner su mano en la de él. Dejó que la guiara lejos de allí, con los pensamientos enredados e intranquilos.
A sus espaldas, los sollozos silenciosos de Kaila se desvanecieron en la distancia, pero la sensación de que algo no iba bien permaneció firmemente en su pecho.
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—Estoy segurísima de que le hizo algo a Kaila. Ese hijo tuyo es muy retorcido. —Moxie caminaba de un lado a otro de la habitación. También sabía que Kaila no se disculpaba nunca y que jamás admitiría haber hecho algo, por muy grave que fuera.
Moxie estaba furiosa porque su hijo había hecho que su princesa se disculpara con una sirvienta. Y no solo eso, la había llamado débil y tonta delante de esa don nadie. Ah, le demostraría lo débil que podía llegar a ser.
—Quizá estaba arrepentida, digo, todavía está llorando —dijo Warrick, mirando a su hija, que seguía llorando en el suelo, observando su pelo y su aspecto.
Kaila lloraba como una viuda que acabara de perder a su marido.
—No puedo creer que una vez fueras el cabeza de esta familia, Warrick. ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué has cambiado tanto? —Moxie se giró hacia Warrick.
—El cambio es lo único constante. La gente cambia, incluso tú has cambiado. No siempre fuiste tan amargada…
—Ahórrame el sermón, Sr. Warrick Voss. He vivido mucho y ahora sé cosas que antes no sabía. Al menos yo no abandono a mis hijos por golfillos callejeros, a diferencia de ti. —Moxie agitó las manos en señal de rendición mientras caminaba hacia su hija.
Warrick no le dijo nada a su esposa y simplemente salió de la habitación en silencio.
Moxie, por otro lado, se acercó a ayudar a Kaila a levantarse del suelo. Cuando la puso en pie, Kaila se sintió tan mareada de tanto llorar que Moxie la tumbó suavemente en la cama.
Se quedó en el dormitorio de su hija, dándole palmaditas y acariciándole suavemente la cabeza mientras le cantaba una nana. A Kaila le encantaban sus suaves nanas. Siempre la ayudaban a tener buenos sueños desde que era una niña.
Aunque al crecer le había pedido a Moxie que parara porque se avergonzaba y soportaba sus pesadillas en silencio, Moxie seguía entrando a escondidas y le cantaba. Y cada vez que cantaba, su hija siempre dormía en paz.
Sonrió al ver cómo el pecho de Kaila subía y bajaba suavemente. Habían pasado por mucho juntas, especialmente Kaila, y por eso siempre era superprotectora con su hija. Y todo era culpa de Lucien.
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Elise pasó toda la tarde con John, conversando en el jardín. Una semana lejos de él le pareció una eternidad. Se había acostumbrado extrañamente a John y sentía como si lo conociera de toda la vida.
—¿Qué debería ser, John? ¿Este pueblo o el siguiente? —preguntó Elise. Era escéptica a la hora de elegir un pueblo nuevo. A decir verdad, nunca en su vida había salido del pueblo. Ni siquiera había recorrido todas sus partes, solo unas pocas, ¿y marcharse ahora?
John miró a Elise con una sonrisa. No podía creer lo hermosa que se había puesto su sirvienta.
—Señorita Elise, se ha puesto usted muy hermosa y más llenita. —No pudo ocultar lo que pensaba y Elise se sonrojó. Cuando la había visto antes, no la había reconocido en absoluto.
—Deja de mentir, John. Ahora estoy más fea con la cabeza calva y estoy hecha una mierda. —John sonrió. Nunca había visto a una chica que no fuera consciente de lo hermosa que era.
—Eso no es verdad, señorita Elise —la halagó John, y sus mejillas se pusieron aún más rojas.
No todo el mundo la halagaba así. Aunque sentía que John solo lo decía porque era su amigo, se alegró de que lo hiciera.
—Entonces, ¿qué dices? —Elise cambió de tema y él ladeó la cabeza, pensativo, antes de abrir la boca para hablar—. Fuera del pueblo es mejor. Así no habrá distracciones.
—¿Qué distracciones? —preguntó Elise, y él sonrió.
—Yo. Y el resto de la familia. Además, he oído que el Maestro Lucien va a elegir una novia. —La sonrisa de Elise se desvaneció solo unos segundos antes de volver a aparecer.
—Sí. Eso significa que me queda poco tiempo para estar con él —dijo Elise.
—Has estado con el Maestro Lucien ya un tiempo, incluso cuando te echó, te quedaste. ¿Quieres rendirte? —Elise sonrió ante su pregunta y negó con la cabeza.
Quería estar con él para siempre. Quería que envejecieran juntos, aunque ella fuera la única que lo amara. Pero ¿pueden los muertos luchar?
—A veces no es malo rendirse. ¿Por qué seguir luchando por algo que no tienes ni tendrás jamás? —Elise sonrió.
—¿Adónde irás, si no tienes ningún otro sitio al que ir? —preguntó John. No se creía que la chica que había luchado por estar con Lucien sin importar el dolor, se rindiera finalmente ahora.
Y pensar que había venido a ver cómo Elise saldría victoriosa de nuevo.
—Esta vez tengo un lugar al que ir. —Elise guardó silencio un momento, con la mirada en el suelo, y luego levantó la vista—. Al menos, estaré con mi familia —dijo con calma.
—¿No son ellos los que te odian? —John la vio negar con la cabeza.
—Mi madre me quiere, y los demás miembros de mi familia también. No estaré sola. Pero no te preocupes, vendré a verte con regularidad, John, eres un amigo para mí —dijo Elise con calma y John asintió.
—Por favor, trata a la nueva novia del Maestro Lucien como me trataste a mí. —John asintió. No sabía por qué la marcha de Elise le dolía tanto. No se había quedado ni un mes, pero sentía como si hubiera estado con ellos toda la vida.
—¿Y qué pasa si no encuentro a una mujer que me guste para mañana por la noche? Tu despedida será inútil entonces —dijo Lucien desde atrás, acercándose para sentarse junto a su pájaro en la mesa. Cruzó las piernas, con sus ojos dorados fijos en su ayudante mientras cogía la bebida de Elise.
John estaba revelando una faceta de su pájaro que él aún no había visto. Su parte triste. Lucien se llevó la bebida a los labios y tomó un sorbo de la bebida de yogur. Mientras saboreaba el gusto, de repente recordó algo y sonrió.
—La mansión por fin está libre, así que podemos volver después de la fiesta —anunció y John sonrió.
—M… Maestro Lucien, voy a llevarlo de viaje. —Sus ojos se posaron en los de ella y Elise bajó la mirada.
—No estoy en el suelo, pájaro. Mírame. —Ella levantó la cabeza lentamente, con el corazón desbocado por el efecto que sus ojos le provocaban.
—¿Qué has dicho? —preguntó Lucien.
—Eh, yo… pensaba en llevarlo de viaje —repitió Elise, esperando que aceptara, pero que estarían de vuelta a tiempo para su entierro. Había decidido contarle a Lucien lo de su muerte, pero en el último día.
Esperaba que no abandonara su cuerpo y que al menos enterrara a su sirvienta.
—¿Qué viaje? —preguntó Lucien.
—El viaje que le prometí. —Los labios de Elise temblaron al hablar. En parte por la vergüenza y en parte por el miedo a ser rechazada. Lucien no la había rechazado en el comedor cuando se lo propuso.
—¿El viaje para que me quieras? —Ella asintió. John finalmente vio esto como la señal para marcharse y se levantó de donde estaba sentado.
—¿Cuándo nos vamos? —preguntó Lucien de nuevo.
—Después de la fiesta. John y yo lo estamos organizando. —Lucien asintió sin decir palabra.