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Una bestia devorada por su sirvienta - Capítulo 62

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Capítulo 62: Alimentar al amo

—Maestro Lucien, necesita descansar, en su lugar iré de compras con Jiji —dijo Elise con calma a Lucien, que ya estaba sentado para acompañarla de compras.

—Puedo apañármelas, estoy bien. —Elise negó rápidamente con la cabeza.

—No, no es cierto, maestro Lucien. Está herido y tiene quemaduras por todas partes. Sería una estupidez por mi parte dejar que venga conmigo —dijo Elise con calma.

Lucien la había cuidado muy bien las veces que ella había resultado herida. Ahora era su turno de cuidarlo a él.

—¿Ahora te avergüenzas de mí, pájaro, porque soy feo? —Los ojos de Elise se abrieron como platos ante sus palabras. ¿Por qué iba a avergonzarse de él? Él nunca se había avergonzado de que estuviera calva; al contrario, le había dado la confianza que necesitaba.

—Maestro Lucien, jamás me avergonzaré de usted —dijo Elise con dulzura—. Aún lo amo y, si cabe, ahora lo amo más. —Sonrió con timidez, evitando su mirada. Incluso con él herido, seguía sintiendo sin pudor alguno un anhelo entre sus piernas.

—¿Ah, sí? —Lucien se relajó en la cama, con la mirada puesta en su pájaro mientras ella hablaba.

—¿Está dudando de mí, maestro Lucien? —preguntó Elise, sorprendida. ¿Acaso pensó él por un segundo que el amor de ella era falso?

Elise frunció los labios y se acercó al balcón abierto. —¡Eh, todo el mundo! ¡El maestro Lucien cree que lo odio porque ahora está feo! —exclamó Elise, y Lucien cerró los ojos.

Las criadas y los trabajadores de la mansión se giraron para mirar a aquella chiquilla tonta en el balcón. Aunque llevaba el pelo rubio recogido, algunos mechones danzaban al son del viento.

—Solo quiero que todo el mundo sepa que amo muchísimo a mi maestro Lucien. ¡AMO AL MAESTRO LUCIEN! —gritó Elise tan fuerte que hasta el viento pareció hacerse eco. Luego se giró para mirar a Lucien, que tenía los ojos cerrados.

Ella sonrió.

—¿Ha visto eso, maestro Lucien? ¿Es prueba suficiente? —preguntó mientras volvía corriendo a la habitación.

—¿Quién es esa? —se preguntaban los sirvientes. Los que la conocían respondieron según lo que sabían.

—Es la mujer nueva con la que vino el maestro Lucien. La primera con la que está desde la Señora Willow —dijo el sirviente, y todos se maravillaron.

—¿Es una buena señal? —preguntó otro mientras recogía las hojas secas caídas de la hierba.

—Quién sabe —respondió otro.

Kaila y Moxie, que celebraban su victoria a medias con una botella de champán a escondidas, oyeron los gritos de Elise y pusieron los ojos en blanco.

—Ah, cómo odio a esa zorra —dijo Kaila—. Si esas criadas no fueran estúpidas, le habría dado de lleno —añadió.

—Con el daño que le causó a tu hermano… dudo que ella hubiera sobrevivido —dijo Moxie, haciendo girar la copa medio llena que sostenía en la mano.

—No creo que sea culpa de las criadas. Tu hermano la salvó a propósito. Pero me pregunto por qué, ¿no se supone que es solo una sirvienta? —dijo Moxie con los ojos entrecerrados, mirando hacia un punto fijo como si intentara descifrar lo que ocurría.

—Da igual. Solo me preocupa que Lucien no pueda asistir a la fiesta de esta noche y elegir una prometida. Ya ha pasado suficiente tiempo —dijo Kaila.

—Mmm. Ojalá Willow estuviera aquí. Estoy segurísima de que habría odiado a esa zorra —dijo Moxie—. Mi nuera era tan perfecta. Tan hecha y derecha. Aunque era dulce, era la mejor.

—No empieces, madre. Fue mi mejor amiga y se convirtió en mi hermana. Ninguna otra mujer podrá reemplazarla, pero el hermano Lucien también merece ser feliz. No podemos quedarnos estancados en el pasado —dijo Kaila, y Moxie asintió. Todos habían sufrido una serie de dolores y arrepentimientos. Era hora de seguir adelante. Estaba segura de que Willow también lo habría querido así.

🫧🫧🫧

—¿Lo ve, maestro Lucien? No todo es tan malo —dijo Elise con una sonrisa.

—Me has hecho reír demasiado y ahora me duele la cara por moverla tanto. —Elise se asustó al instante. ¡Qué estúpida había sido al herir al amor de su vida!

—Lo siento muchísimo, maestro Lucien, no quería hacerle daño —sollozó. Lucien se quedó atónito al ver lo rápido que se ponía a llorar por unas simples palabras inofensivas.

De repente, llamaron a la puerta y ambos se giraron a mirar. El pomo giró y un sirviente entró con un carrito.

—Mi señor, la Señora Moxie me pidió que le entregara esto. —El sirviente empujó el carrito hasta dejarlo frente a Lucien.

—No tengo mucha hambre —fueron las palabras de Lucien, y Elise se giró para mirarlo. Era cierto, ella había sido la única que había comido algo en todo el día. No recordaba que Lucien hubiera probado bocado.

—Maestro Lucien, no ha comido nada. —Elise se secó las lágrimas con la palma de la mano y sorbió por la nariz. Parpadeó, mirándolo con sus ojos verdes.

—Acabo de decir que no tengo hambre —respondió Lucien, y ella frunció el ceño.

—Maestro Lucien, la forma más rápida de recuperarse es comer bien. No se preocupe por nada, yo misma le daré de comer. —Elise se sentó rápidamente en la cama, a su lado. Cogió el tenedor y el cuchillo de la mesa, cortó la comida en porciones pequeñas y se las acercó a los labios.

Lucien vaciló un instante, pero luego abrió la boca y comió. Masticaba despacio.

El sirviente, que seguía allí de pie, hizo una reverencia y salió de la habitación.

«¿Qué es lo que acabo de presenciar? ¿Son ciertos los rumores? Nadie se atrevía a darle de comer a Lucien y obligarlo a comer cuando decía que no. Lucien… ya no es el que era. ¿Qué está pasando?»

—Ya solo queda el último bocado, maestro Lucien —dijo Elise sonriendo mientras le acercaba el tenedor a los labios.

—Cómetelo tú —ordenó Lucien con amabilidad, y ella se llevó el tenedor a la boca y comió con timidez. ¿Desde cuándo actuaba Lucien así con ella? Vio aquellos ojos dorados deslizarse con suavidad hasta su cuello, detenerse allí un momento, y luego cerrarse.

—Maestro Lucien, debería beber un poco de agua. —Elise le acercó el vaso de agua a los labios y él bebió con delicadeza. Se alegró de poder cuidarlo como debía.

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