Una cabeza piensa mejor… sino tiene cuerpo - Capítulo 10
- Inicio
- Todas las novelas
- Una cabeza piensa mejor… sino tiene cuerpo
- Capítulo 10 - 10 señor de los cielos Parte 9
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
10: señor de los cielos : Parte 9 10: señor de los cielos : Parte 9 Me arrepentí en el primer instante en que Franki dio el golpe.
Ver caer como un saco de papas a Emanuel, el considerado número uno de esta generación, no fue para nada gratificante.
Ni siquiera sabía cómo sentirme en la realidad.
Con mucho esfuerzo logramos cargarlo y recostarlo en el suelo.
Ni loca iba a dejar que se acostara en el sofá; Tenía un aspecto de mendigo.
Y no lo digo por su olor, sino porque sus ropas estaban desgarradas y manchadas de sangre.
—¿Qué carajos…?
—me dije al observarlo con más atención—.
¿Qué fue lo que le pasó para quedar en ese estado?
Le quitamos la camisa para intentar curar sus heridas, pero increíblemente no tenía ninguna.
Eso era lo extraño: su ropa estaba hecha trizas, pero no había ni una sola marca de daño en su cuerpo.
Emanuel era un hombre grande, con el torso marcado por músculos bien definidos.
No pude evitar acariciarlo un poco.
Estaba duro… el abdomen era una muestra clara de un verdadero entrenamiento corporal.
Mientras hacía retrospectiva, recordé el momento en que califiqué como una de las candidatas para esta expedición.
Me pusieron como oponente al que era conocido como el número uno de mi generación, famoso incluso en otras academias.
Investigando sobre él, descubriendo que pertenece a un planeta de agricultores: Terra.
Sus padres, como la mayoría de ese mundo, se dedicaban a la agricultura.
Pero lo más importante: practicaba la técnica de los Siete Dragones, un arte marcial de tipo físico.
Por curiosidad investigué sobre esa técnica, y su trasfondo era fascinante.
Se dice que más allá de la galaxia, sobre el mar de meteoritos, pueden verse enormes dragones, entidades reales que arrastran una gran tumba que, según cuentan, abarca todo un universo.
Nadie sabe qué contiene ni qué es exactamente lo que arrastran.
Algunos teorizan que en su interior yace un universo muerto de alguna civilización extinta.
Otros dicen que es la tumba de un poderoso experto que en vida fue un amo universal.
Nadie lo sabe con certeza.
Lo único seguro es que el creador de ese arte marcial se inspiró en esas leyendas para desarrollar la poderosa técnica de los Siete Dragones.
Sabiendo que enfrentarlo cuerpo a cuerpo sería una estupidez, me esforcé en aprender un hechizo que atacara el punto más débil de todo maestro corporal: el alma.
El hechizo se llamaba Gritos de Vanse , un conjuro de tipo sonido que haría que la víctima se durmiera.
Confiada, ya en el cuadrilátero, le sonreí, esperando distraerlo con mi apariencia.
Me esforcé en parecer lo más sexy posible, como usar falda corta y desabrochar un par de botones de mi blusa.
Pero ese maldito hijo de perra no cayó en mis encantos y me dio un fuerte puñetazo en el vientre, dejándome inconsciente al instante.
“Que se joda.
¿Cómo se atrevía a tratar así a una dama como yo?” No pude evitar enfurecerme… hasta que sentí una fuerte bofetada en la muñeca.
Era Wundoli, mirándome con seriedad.
—No seas grosera —me dijo, observando mi mano, que al parecer, mientras grababa, estaba tocando más de lo debido.
—Lo… lo siento —dije, algo ruborizada.
Tanto Wundoli como Nicol me miraban con expresión extrañada.
Ahora que lo pienso, Emanuel cumple con todos los requisitos de un hombre que me gusta.
Musculoso, rostro masculino y, sobre todo, fuerte.
Via a Nicol administrándole pociones, pese a no notar ninguna herida visible, y finalmente lo ayudamos a recostarse en el sofá.
Mientras esperábamos a que despertara, Nicol y yo tuvimos una conversación sobre lo que podría haberle pasado para terminar en ese estado, mientras Wundoli permanecía atenta a él.
Media hora después despertó.
Wundoli fue la primera en saludarlo.
Yo, en cambio, no sabía cómo hacerlo; Después de todo, fui quien lo noqueó.
Luego de una charla casual, decidimos cenar temprano.
Me dio pena verlo comer de forma tan desesperada, como si no hubiera probado bocado en días.
Así que le di mi parte… y las otras chicas hicieron lo mismo.
Me pareció ver lágrimas de emoción en sus ojos.
Tenía curiosidad por saber qué había vivido realmente.
Cuando terminó de comer, las tres nos miramos y asentimos al mismo tiempo.
Luego, al unísono, le gritamos que fuera a darnos cuenta de una ducha, porque olía horrible.
Después de un buen rato, salió usando un buzo blanco, sin cubrirse el torso, con una toalla alrededor del cuello.
No pudimos evitar observar su cuerpo tonificado.
No será el más apuesto, pero coño… estaba muy sabroso.
Ese día planeamos terminar temprano.
Nosotras en la habitación y él en el sofá, por supuesto.
Todos solemos olvidar pequeños detalles cuando nos preocupamos por cosas importantes.
Como mujer, cuando nos dijeron que viajaríamos a un planeta inhóspito, lo primero que pensé fue en toallas íntimas, ropa adecuada para el viaje y, por supuesto, en mis materiales para experimentos, los cuales fui posponiendo por no encontrar los ingredientes adecuados para mi profesión.
Sin embargo, Nicol y Wundoli habían avanzado bastante en sus estudios.
Pero ese no era el problema.
El problema era que olvidé traer más ropa interior.
Solo traje un par, que fueron descartados en los primeros días.
Y la ropa íntima es personal; No puedes tomarla prestada, por más amigas que seamos.
Así que opté por pedir ropa para dormir.
—Pero ¿qué carajos, Nicol?
—dije al ponerme una pijama tan transparente que mostraba hasta mis glúteos, con el busto abierto, como si no llevara nada puesto.
-Mmm… Nicol intentó responder, pero no pudo.
-Mmm… Wundoli también quiso opinar, pero tampoco pudo.
Simplemente las até y las amordacé para evitar que intenten algo raro.
Aún no olvidaba que ambas seguían dominadas por la lujuria.
No quería que hicieran nada conmigo… ni con el invitado.
—Mmm… sí, sí, las desataré mañana.
Por ahora, solo duerman.
Las acomodé y me acosté entre ambas antes de ordenar que las luces se apagaran.
Ahí estaba yo, en la oscuridad, con millas de manos acercándose a mí, tocando mi cuerpo sin que pudiera hacer nada.
Cuando miré al cielo, vi ese horrible rostro rosado observándome con hambre y codicia.
Desperté gritando.
Aún era tarde en la noche, y mis amigas dormían profundamente.
Tenía la garganta seca, decidí ir a la sala por agua o jugo.
Al llegar, noté que el refresco de limón que tanto me gustaba se había acabado.
Opte por uvas.
Después de beber un buen trago, me senté en el sofá para aclarar mis pensamientos.
La pesadilla aún me rondaba… solo quería que todo terminara.
Entonces sentí que algo no estaba bien.
Recordé al invitado que dormía en el sofá.
Intenté retirarme, pero unas manos gruesas me sujetaron y me arrastraron hasta su regazo.
—Sabía que eras toda una bomba —susurró en mi oído.
Sentí un escalofrío.
Sus ojos brillaban de un color dorado.
‘Ojos de dragón’, pensé.
Este bastardo lo había visto todo.
Recordé cómo me había agachado frente al refrigerador, justo frente al sofá.
Sentí la timidez brotar dentro de mí, sobre todo cuando sus grandes manos rodearon mi cintura.
—Tú… tú… Dije, avergonzada.
Pero me calmé.
Emanuel era un caballero, un verdadero hombre.
Si le pedía que me soltara, lo haría.
Los hombres de verdad entienden la palabra “no”.
—Por favor… cógeme hasta quedar inconsciente.
… ‘Espera, ¿qué?’ No quise decir eso.
Las palabras salieron solas, y al ver su mirada deseosa, supe que no podría negarme a lo que estaba por venir.
‘Ya que, a la mi arda con todo…’ Pensé, antes de ser yo quien diera el primer movimiento, acercando mis labios a los de Emanuel.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com