Una cabeza piensa mejor… sino tiene cuerpo - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Señor de los cielos parte 11
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12: Señor de los cielos: parte 11 12: Señor de los cielos: parte 11 «Tienes un gran talento, el mejor que he visto en muchos años.
Pero lamentablemente tienes una mente perezosa.
No es tu culpa; es culpa de esta era pacífica, que desperdicia genios como tú».
Las palabras de Josam, maestro de artes marciales de la Torre Blanca, regresaron a mi mente como un martillo.
Mi padre lo había contratado una vez como tutor.
Duró una semana.
No porque yo careciera de talento, sino porque nunca quise esforzarme.
En la academia hacía solo lo necesario para no caer en bajo rendimiento.
No permitiría que el apellido Mendes fuera manchado por la mediocridad, pero tampoco aspiraba a la cima.
Me conformaba con el cuarto o quinto lugar.
Más arriba significaba sacrificio, esfuerzo.
Al final heredaría la compañía de mi padre.
¿Para qué romperme el cuerpo entrenando?
No iba a convertirme en un artista marcial de la milicia de Géminis ni en una policía espacial.
Con dinero bastaba.
Podía contratar guardaespaldas del calibre de Emanuel.
Lo odiaba.
Y aun así lo reconocía.
El calvo tenía talento.
Si yo hubiera tenido su disciplina, también habría estado en el primer lugar… o eso creía.
Ahora, mientras luchaba por mi vida, comprendía la verdad.
Quienes se aferran al entrenamiento físico lo hacen porque no tienen opción.
Porque carecen de dones innatos y deben arrancar cada avance con sangre y sudor.
Si Emanuel hubiera tenido mi talento… Habría llegado mucho más lejos que yo.
Frente a mí estaba un enemigo monstruoso.
Quería huir.
Pero ya no podía.
Así que, por primera vez en mi vida, tomé una decisión real.
‘No voy a correr’.
Eleve mi energía cósmica hasta el límite.
Las manos etéreas surgieron a mi alrededor como un enjambre furioso.
Ataqué primero.
Cayeron sobre él como una tormenta, golpes invisibles que retorcían el aire.
Mi mente ardía al controlarlas, pero mis brazos no se detenían.
Entonces lo vi.
Sonreía.
Salté hacia atrás de inmediato, manteniendo distancia.
—Tienes muy buenos instintos, joven —dijo el hombre obeso.
Su cuerpo comenzó a ondularse.
La grasa vibró como gelatina y su piel se tornó roja.
Vapor brotó de cada poro.
—Si hubieras seguido golpeándome, esto habría terminado rápido.
Desapareció.
El peligro me atravesó la espalda.
Instintivamente, coloqué varias manos etéreas sobre mi pierna izquierda.
Un impacto invisible me lanzó hacia atrás.
Rodé por el suelo.
—Me sorprendes —dijo, sobándose el rostro—.
Un gran instinto de combate.
Vi las marcas: manos invisibles lo habían golpeado antes de que me enviara a volar.
—Sería un problema para cualquiera.
Lástima que yo sea tu primer oponente.
El vapor aumentó.
No esperé.
Levante todas mis manos al frente y forme un escudo de energía.
Una cuchilla de luz blanca lo atravesó como papel.
Retrocedí de nuevo.
El obeso corrió hacia mí con hachas en mano.
Saltó.
Atacó.
Un torbellino de acero.
Apenas podía seguir su ritmo.
Cada golpe rozaba mi cuello, mis costillas, mi cabeza.
‘¿Cómo puede moverse así?’ Era engañosamente rápido.
Si esto seguía así, el agotismo mental me mataría primero.
Fingí un ataque frontal.
Esquivó.
Ese fue el instante.
Manos operaron del suelo y atraparon su pierna y brazos.
—¿Qué…?
No le di tiempo.
Cinco manos se fusionaron en una sola.
Una masa enorme.
Mi cabeza palpitó.
Este uso aún era inestable.
Fusionar manos las hacía más fuertes, pero cada unión multiplicaba el peso sobre mi mente.
Golpeé.
El puño impactó su rostro.
Algo estaba mal.
Una ondulación recorrió todo su cuerpo.
El vapor explotó hacia afuera y su piel se volvió aún más roja.
Se liberó.
Un golpe me alcanzó en pleno pecho.
Salí volando.
Rodé, tosí, sentí la sangre subir por mi garganta.
Era más fuerte.
Más rápido.
Algo estaba evolucionando.
No me dio tregua.
Arrojé papeles bomba al suelo.
Explosiones.
Humo.
Ataqué a ciegas desde todas direcciones mientras trataba de pensar.
Entonces, una patada brutal me atravesó el vientre.
El aire salió de mis pulmones.
Caí de rodillas, jadeando.
Nunca me habían golpeado así.
Levanté la vista.
Sonreía.
Su piel roja hervía.
El vapor era denso, casi líquido.
—Nada mal, niño —dijo—.
Esto se está poniendo divertido.
Avanzó.
Cuando llegó al punto exacto donde yo había estado antes… Sonreí.
Él miró al suelo.
Una luz amarilla.
El terreno se hinchó.
—¡Explota!
—grité.
La detonación sacudió el campo.
Una nube en forma de hongo se elevó.
Por un segundo… Creí haber ganado.
Entonces una sombra cayó del cielo.
Quemaduras.
Ropa destrozada.
Pero su piel estaba más roja que nunca.
El vapor lo envolvía como una armadura.
—Mocoso de mierda.
Su mirada había cambiado.
—Te haré pedazos y se los enviaré a tu padre.
Mi corazón se hundió.
‘¿Cómo puede seguir de pie?’ No había tiempo.
Era todo o nada.
Fusioné cientos de manos.
Cincuenta.
Treinta.
Veinticinco.
Cada una era más pesada que un martillo.
Ataque.
La velocidad se duplicó.
El mundo se volvió borroso.
Si no fuera por mi instinto, habría muerto hacía rato.
—¡Te tengo!
—grité.
Manos surgieron del suelo y atraparon sus pies.
Su grito fue mi señal.
Ignoré el dolor.
Ignoré el miedo.
Fusioné las veinticinco manos en una sola.
Mi mente gritó.
Un puño colosal tomó forma.
Del tamaño de un pilar.
Cayó.
Y con él… Mi pereza.
Mi miedo.
Todo lo que había evitado enfrentar.
El impacto sacudió el mundo.
El sonido fue seco, absoluto.
Luego… silencio.
Mi puño colosal se desintegró en partículas de energía y mis rodillas cedieron.
Caí.
Mi mente ardía como si alguien la hubiera exprimido hasta la última gota.
Un zumbido constante me perforaba el cráneo y la visión se me nubló.
‘Demasiado…’ Había ido demasiado lejos.
Las manos etéreas se disiparon una tras otra, incapaces de mantenerse.
Respiraba con dificultad.
Cada inhalación dolía.
Durante unos segundos pensé que había terminado.
Entonces lo sentí.
Calorías.
Un calor antinatural.
Levante la cabeza con esfuerzo.
Entre el polvo y los restos del terreno destruido, una silueta se incorporó lentamente.
Su cuerpo estaba destrozado.
Quemaduras profundas recorrían su torso, la carne estaba agrietada y humeante.
Una de sus hachas yacía partida a varios metros.
La otra apenas podía sostenerla.
Pero seguía de pie.
Su piel, completamente roja, irradiaba calor como una forja abierta.
El vapor ya no salía a intervalos.
Era constante.
—Ja… ja… —respiraba con dificultad—.
Maldito…crio… Cada paso que daba dejaba el suelo ennegrecido.
Entonces lo entendí.
Que tonto fui, la pista estaba en frente.
.
‘Estaba acumulando energía’.
Cada golpe que le había dado.
Cada impacto.
Cada explosión.
Los absorbían.
Los almacenaba.
Y los usaba para reforzar su cuerpo.
Por eso su cuerpo se ondulaba.
Absorbía la energía de ellos golpes.
Por eso se volvió más rápido.
Por eso era más fuerte.
Por eso el vapor.
—Así que… por fin te diste cuenta —dijo con una sonrisa torcida—.
Es una técnica interesante del templo de las ondas.
El aire a su alrededor se distorsionó por el calor.
—Mientras más me golpes… más fuerte me vuelvo.
Una última que solo domina hasta la tercera ola antes de renunciar al templo.
Seguía diciendo: se dice que en la cuarta ola puede usar la energía de tu oponente para regenerar las graves heridas.
Intenté levantarme.
Mis brazos temblaron.
Caí de nuevo.
No tenía fuerzas.
Mi mente estaba al límite.
—Pero no te confundas —continuó—.
Ese último golpe…
casi me mata.
Escupió sangre.
Su respiración era irregular.
Su cuerpo estaba claramente dañado.
Había pagado un precio.
—Si sigues así… —dio un paso más— …podrías matarme de verdad.
Sonrió.
—Y eso es lo que lo hace divertido.
El calor aumentó.
Sentí cómo el sudor me empapaba al instante.
El aire quemaba los pulmones.
No podía huir.
No podía atacar.
Pero ya no era el mismo.
Ahora sabía su secreto.
‘Si absorbe energía…’ Cerré los ojos.
‘Entonces no debo dársela’.
Por primera vez… No pensé en huir.
Pensé en cómo matarlo.
La pelea aún no había terminado.
Y esta vez… Yo tenía la ventaja.
El calor aumentó cuando el oponente avanzó.
Cada paso suyo hacía vibrar el aire.
Su piel roja irradiaba una temperatura insoportable, como si caminara envuelto en un horno viviente.
—Vamos… —gruñó—.
Dame más.
Mi cuerpo no respondía.
Las piernas me temblaban.
La mente me ardía.
No podía crear decenas de manos.
No podía fusionarlas.
Apenas… apenas logré manifestar tres.
‘Esta es mi última carta’.
Las manos etéreas flotaron frente a mí, inestables, deformándose.
Entonces hice algo que jamás había intentado.
No las usé como manos.
Las transmutadas.
El dolor fue inmediato.
Como si agujas se clavaran directamente en mi cerebro.
Las tres manos se retorcieron y cambiaron de forma, alargandose, afinándose… hasta convertirse en puntas de lanza de energía pura.
—¿Qué…?
La sorpresa cruzó el rostro de mi oponente.
Era la primera vez que no le entregaba energía en forma de golpe.
Las lanzas.
Las lanzas atravesaron el aire sin generar impacto previo, sin fuerza acumulable.
Atravesaron su pecho.
Su espalda.
Su núcleo ardiente.
El vapor explotó hacia afuera.
Su cuerpo se arqueó.
Por primera vez… Gritó de verdad.
Yo sentí algo romperse dentro de mi cabeza.
Un dolor blanco.
La transmutación de las manos en algo distinto a su forma original fue un golpe brutal para mi cerebro.
Demasiado.
La visión se me apagó.
Mientras caía hacia adelante, vi su cuerpo desplomarse, la piel roja apagándose lentamente, el calor disipándose como brasas muertas.
No absorbió ese ataque.
Porque no fue un golpe.
Fue una perforación.
Una sentencia.
Sonreí… Y todo se volvió negro.
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