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Una cabeza piensa mejor… sino tiene cuerpo - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Señor de los cielos parte 20
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21: Señor de los cielos: parte 20 21: Señor de los cielos: parte 20 En todo el universo existían tres poderes supremos, conocidos como los Tres Grandes.

Las Academias.La Gran Alianza Zodiacal.Y Estrella Fugas, encargada de todos los viajes espaciales.

Dentro de las Academias, existían cinco que estaban presentes en todos los universos: La Torre Blanca,Sonido Inmortal,Academia Gurmec,Domadores de Bestias,y Wuxia.

Sobre todo Wuxia.

La academia más fuerte, la número uno de todo el universo.

Sus estudiantes eran conocidos como cultivadores o taoístas, llamados inmortales debido a su longevidad.

Se decía que podían vivir más de mil años… o incluso más.

Todo gracias a las llamadas técnicas de cultivo.

Sin embargo, a pesar de su poder, los cultivadores no gozaban de popularidad en esta era de paz.

Su sola existencia recordaba la Era Oscura.

Eran apáticos, distantes y, en su mayoría, despectivos con el resto del mundo.

Por eso, cuando el grupo reconoció que aquel joven era un taoísta, la tensión se volvió palpable.

—Inmortal… márchese, por favor —dijo Emanuel, liberando toda su aura de nivel Hierro con un ímpetu aplastante.

—Inmortal, márchese —añadió Arnol, materializando manos etéreas que serpenteaban a su alrededor como víboras feroces.

—Inmortal, lárguese de aquí.

Su presencia no es bienvenida —dijo Flor, invocando a todos los zombis de su arsenal, rodeándose de un frío anillo de muerte.

—Inmortal… p-por favor váyase —balbuceó Wuendoli, sacando su libro negro mientras miles de runas con forma de renacuajo zigzagueaban por su cuerpo y se hundían en el suelo, formando un símbolo extraño.

—Solo váyase —dijo Nicol, revelando su caldero, que creció hasta el tamaño de una casa mientras un humo negro comenzaba a filtrarse desde su tapa.

… Noimi permaneció en silencio, pero por precaución comenzó a moldear energía cósmica, rodeándose de un aura de cobre.

Estaba claro que era el eslabón más débil del grupo.

Por suerte para todos, el joven taoísta solo los miró, soltó un bufido y, sacando una espada ancha, pisó sobre ella y se marchó flotando.

Aun así, el grupo permaneció en guardia durante un largo rato.

—Qué sujeto más aterrador… —pensó Flor, con la mirada concentrada.

Para ella, los cultivadores no eran humanos normales, sino otra especie.

Recordaba el día en que su talento fue revelado.

Un representante de la academia Wuxia se le acercó para invitarla a formar parte de su secta —así llamaban ellos a sus academias—.

Pero al mirarlo, Flor se estremeció.

En su mirada no había emoción, ni calor… solo un vacío helado, como si el resto del mundo no significara nada.

Por eso los rechazó.

Se decía que en el pasado muchas sectas secuestraban niños contra su voluntad.

Los más fuertes realizaban masacres innecesarias, derramando sangre solo porque podían.

Flor jamás entendió qué tenía de bueno encerrarse en una cueva durante años solo para subir un nivel.

Los humanos somos seres sociales.

Necesitamos de otros para seguir siendo empáticos… no apáticos.

¿Qué diferencia a un cultivador de un zombi muerto?

Sin saber por qué, una idea llenó su cabeza.

Su cuerpo se sentó automáticamente en posición de meditación.

Mientras más pensaba, más sentía que algo se abría en su interior.

En cuestión de segundos, quedó atónita.

El grupo guardó silencio.

Arnol maldijo en voz baja por la suerte de Flor.

Nicol y Wuendoli estaban felices.

Incluso Emanuel sonrió.

Noimi soltó una pequeña sonrisa.

—Está entrando en una iluminación… Las iluminaciones eran algo que muchos deseaban.

Dependiendo de ella, uno podía volverse más fuerte o incluso crear una técnica única.

Wuendoli, entendiendo la importancia del momento, liberó runas que rodearon a Flor, creando un campo de aislamiento para que nadie la distrajera.

—¿Y ahora qué?

—preguntó Arnol.

—Esperar —respondió Emanuel, sentándose a meditar.

Sin darse cuenta, pasaron dos semanas.

Durante ese tiempo, todos absorbieron energía.

Noimi logró formar dos manos etéreas más.

—Este es mi límite… siete manos —dijo, dejando aturdido a Arnol.

—Mi fuerza mental no es tan monstruosa como la tuya —agregó, algo molesta—.

Pero puedo usar las manos para moldear aura más rápido.

Con gestos ágiles, creó varios pequeños ponis de humo.

Arnol, en cambio, seguía estancado en cien manos.

No lograba materializar la ciento uno.

Algo fallaba… pero no sabía qué.

Intentó preguntar a Emanuel, pero fue inútil.

Por primera vez, Arnol se sintió realmente frustrado.

Entonces, de repente, Flor se puso de pie.

Saltó sobre el cadáver gigantesco de un cerdo —¿o jabalí?— y se introdujo en su interior hasta desaparecer.

Nadie supo qué hacer.

Pasó un mes.

Arnol estaba cada vez más frustrado.

Los demás seguían esperando.

Roky, la mascota de Noimi, salía ocasionalmente, quizá a buscar minerales.

Un mes después, el grupo fue atacado por una horda de ratas, lideradas por un nivel Hierro.

Fue una batalla brutal.

Allí, Roky reveló su verdadera forma: un enorme perro de tres metros que dio muerte al emperador rata, dispersando la horda.

Arnol encontró una pista para romper su cuello de botella.

Nicol descubrió que las colas de las ratas contenían un material valioso para alquimia, información revelada por el espíritu del caldero.

Una semana después… Flor apareció.

En su mano derecha se había formado una boca.

Sin pensarlo, supo cómo usarla.

Pero antes de hacerlo, su mirada se fijó en el centro del cementerio, donde una niebla oscura se arremolinaba.

Sin decir nada, corrió hacia allí.

El grupo la siguió, alarmado.

Emanuel cargó a Noimi para que no quedara atrás.

En el centro, cientos de almas deformes flotaban en el aire.

Al verla, se abalanzaron como una inundación.

Miles de pequeñas bocas se formaron por todo el cuerpo de Flor.

Y comenzaron a devorar las almas.

… En el centro del universo Géminis, dentro de un gran meteorito, se encontraba una sucursal de la Torre Blanca.

En el sótano, en el salón de los nigromantes, un hombre jorobado observaba una esfera de cristal con una sonrisa enfermiza.

—Lo logré… funciona… mi experimento de toda mi vida ha despertado… Rió a carcajadas.

Era el jorobado Men, el maestro de Flor.

Luego su sonrisa se apagó, volviéndose fría.

—Ahora… ¿Cómo hago para que sea solo mía?

Murmuró.

—Tal vez tenga que secuestrarla… destruir su conciencia… y ese cuerpo perfecto me pertenecerá.

—Le puse demasiados sellos restrictivos.

Aunque se vuelva fuerte, no podrá resistirse a mis órdenes.

No planeaba nada bueno.

Una lástima que el único testigo de su verdadero yo fuera un pequeño roedor de ojos rojos brillantes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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