Una cabeza piensa mejor… sino tiene cuerpo - Capítulo 22
- Inicio
- Todas las novelas
- Una cabeza piensa mejor… sino tiene cuerpo
- Capítulo 22 - 22 Señor de los cielos parte 21
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
22: Señor de los cielos: parte 21 22: Señor de los cielos: parte 21 El grupo observó en silencio.
Una pesada aura comenzó a envolver a Flor, descendiendo como una marea invisible que presionaba el aire mismo.
Su color no era simplemente negro: era el negro del metal, frío y denso.
Hierro.
Flor había ascendido.
El primer círculo del nivel Hierro.
En este mundo, fortalecerse no era cuestión de voluntad únicamente.
Había reglas.
Había un proceso.
Primero, se debía ser capaz de controlar el cosmos, la energía primordial que daba origen al universo.
Segundo, absorber esa energía y dirigirla hacia los pozos de aura del cuerpo.
Cinco en total, razón por la cual se les llamaba círculos.
Estos se encontraban en puntos vitales: la cabeza, el corazón, el hígado, los riñones, los pulmones y un punto más bajo, debajo del abdomen.
Cuando los pozos se llenaban por completo, la energía se desbordaba.
Recorría el cuerpo como un río furioso, lavándolo, purificándolo, fortaleciéndolo.
Luego, inevitablemente, se vaciaban… preparando el terreno para el siguiente avance.
Una y otra vez.
Hasta alcanzar la cima.
Flor sintió el cambio de inmediato.
Su cuerpo era más fuerte, más ágil… pero también distinto.
Extraño.
Sin saber por qué, una sensación desagradable se instaló en su pecho.
Algo estaba mal dentro de ella, aunque no lograba identificar qué.
Bajó la mirada.
En la palma de su mano, una boca se había formado.
La boca le sonrió.
Los nervios quedaron expuestos, y una lengua bífida emergió, lamiendo el aire como si tuviera voluntad propia.
Flor se quedó paralizada.
—¿Estás bien?
La voz grave de Emanuel la sacó de su trance.
El gran hombre se acercó con calma y apoyó una mano firme sobre su hombro.
Ella parpadeó, volviendo en sí.
—Sí… sí lo estoy —respondió—.
Es solo que… no sé.
Debería estar feliz, pero me siento sucia.
Muy sucia.
Tengo ganas de llorar.
—Mmm… Emanuel frunció ligeramente el ceño.
Buscó respuestas, informaciones, pistas… pero no encontró nada.
No había registros de algo así.
Nada que explicara esa sensación.
Antes de que pudiera decir algo más, Nicol y Wuendoli se abalanzaron sobre Flor, rodeándola en abrazos y besos llenos de emoción.
—¡Lo lograste!
—¡Ahora estamos más fuertes!
Ambas estaban genuinamente felices.
Flor ya se encontraba en un nivel comparable al de Emanuel.
El grupo entero había dado un salto enorme.
No todos compartían esa emoción.
Arnol desvió la mirada, frunciendo el ceño.
No estoy celoso… no lo estoy, se repetía mentalmente.
Forzó una sonrisa y trató de felicitarla, pero su incomodidad era evidente.
—Entonces… ¿qué sigue ahora?
—preguntó, sabiendo muy bien que sus planes acababan de retrasarse otra vez.
Flor levantó la vista y observó el entorno.
El lugar era perfecto.
Energía de muerte saturando el ambiente.
Cadáveres adecuados.
Recursos abundantes.
Era como si aquel sitio hubiese sido diseñado exclusivamente para ella.
No quería irse.
Quería quedarse.
Quería entrenar.
Emanuel lo notó al instante.
Suspuso los hombros y, con una expresión de culpa, miró a Arnol.
—Lo siento, colega.
Mi chica quiere quedarse un poco más.
Arnol exhaló lentamente.
—De acuerdo —dijo al final—.
Cambiamos los planes.
Posponemos el ataque a la banda y entrenamos aquí.
Las chicas asintieron sin discutir.
Incluso Noimi, que desde el principio no tenía ganas de opinar, aceptó en silencio.
Así, decidieron quedarse.
Encontraron el esqueleto de una criatura gigantesca y, en su interior, activaron la Caza del Tesoro.
Y el tiempo pasó.
Un año.
Durante ese año, Noimi, bajo un entrenamiento riguroso y constante, alcanzó el segundo círculo del nivel Bronce, dominando cada vez mejor los sellos de moldeado.
Arnol, por su parte, rompió su cuello de botella.
Comprendió la clave de su avance: fusionar todas sus manos en una sola… y luego materializar otra.
Ahora poseía dos manos doradas que, al separarse, se convertían en doscientas manos etéreas.
Había alcanzado el tercer nivel de Hierro.
Nicol perfeccionó el uso de pociones, volviéndose capaz de refinar venenos en tiempo real.
Wuendoli llegó al tercer círculo de Bronce, y su dominio de las runas dio un salto cualitativo.
Pero el más impactante fue Emanuel.
Activó el cuarto Dragón de la técnica de los Cien Dragones, alcanzando el segundo nivel de Hierro.
Era, sin discusión, el más fuerte del grupo.
—Chicos —dijo un día—, tenemos un problema.
La comida de la casa de Nicol se ha acabado.
Agua hay, pero comida no.
Todos fruncieron el ceño.
Durante un año habían comido bien en ese mundo desolado, pero nada duraba para siempre.
Flor asintió.
El lugar ya no tenía mucho más que ofrecerle.
El cementerio había cumplido su propósito.
Era momento de partir.
Mientras avanzaban, Roki soltó un suave ladrido.
La reacción fue inmediata.
Todos se ocultaron.
Justo a tiempo.
Dos hombres con túnicas negras, bordadas con patrones similares a escamas, aparecieron desde una esquina formada por la pata de una enorme bestia.
Noimi los reconoció al instante.
Eran los discípulos del nigromante.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com