Una cabeza piensa mejor… sino tiene cuerpo - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 El señor de los cielos parte 2
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3: El señor de los cielos: parte 2 3: El señor de los cielos: parte 2 Es hora de desayunar… Es hora de desayunar… La ruidosa alarma nos arrancó del sueño como un disparo.
Ambas despertamos sobresaltadas, aún abrazadas.
Estábamos tan agotadas emocionalmente que, sin darnos cuenta, terminamos durmiendo así.
Por suerte tengo mi sexualidad bien definida, porque de lo contrario no habría dudado en llenar de besos a Wendoli.
Se veía hermosa.
Vulnerable.
Ingenua.
Wendoli abrió los ojos y, al notar lo cerca que estábamos, me miró avergonzada.
Tras unos segundos de silencio, me dijo con voz suave que lo sentía, que no volvería a intentar nada parecido.
Agité las manos, restándole importancia.
—No exageres —le dije—.
No pasó nada.
Después de una ducha rápida, salimos de nuestras habitaciones y nos dirigimos a la gran sala principal de la nave.
El lugar ya estaba animado.
Había alrededor de una docena de estudiantes desayunando; En total éramos veinte estudiantes y cuatro profesores en este viaje.
El resto probablemente estaría en sus laboratorios o entrenando.
Recogimos nuestra comida y nos sentamos juntas.
La conversación derivó en trivialidades: series populares, como Peregrino , que estaba conquistando sistemas enteros.
Nunca fui fan del romance ni de los dramas sentimentales.
Yo prefería la acción.
El movimiento.
Soy una mujer sana, y ver hombres musculosos haciendo cosas rudas siempre me provocó una excitación difícil de ignorar.
Mientras Wendoli hablaba, mis ojos se desviaron sin permiso hacia el profesor de artes marciales.
José.
Maestro de nivel plata.
Mi amor platónico desde el primer día en que lo vi.
Su cuerpo era una escultura viva: músculos marcados, barba espesa y esa calva que me daba ganas de llenarlo a besos.
Carajo… esta noche me voy a tocar…Solo espero que Wendoli no me juzgue.
Si oye algún maullido de gatos en mi cama.
La puerta se abrió de nuevo y otra figura entró en la sala.
Esta vez era una profesora.
Gredi, la maestra de pociones.
La detestaba.
Todo en ella era exageradamente coqueto: sus movimientos, la forma en que balanceaba las caderas, la manera descarada en la que buscaba miradas masculinas.
Esto era una academia, no una carga.
No, no era celos.no, mi enojo hacia ella tampoco se debía a que el maestro Josam pareciera prestarle atención.
Era… preocupación institucional.
Qué mentira más patética.
Sonaba incluso hipócrita en mi cabeza.
Me dejé caer sobre la mesa, frustrada.
— ¿Qué te pasa?
—preguntó Wendoli, masticando una salchicha.
Sonreí con malicia.
—Si sigues así, vas a ser una excelente novia para tu futuro marido.
— ¿Eh?
¿Por qué?
—preguntó, confundida, antes de sonrojarse y dejar la comida a un lado.
—¿Estás seguro de que no tienes sangre de súcubo o alguna raza similar?
Me encogí de hombros.
Mi madre fue una mujer de barrio.
Formó parte de una pandilla femenina en una de las megaciudades del planeta Crok.
Lo dejó todo cuando conoció a mi padre, pero nunca perdió su esencia.
Boca sucia, carácter fuerte, lenguaje crudo.
De ella heredé todo eso.
Y me gusta.
Espanta a los mojigatos y deja solo a los que valen la pena… o al menos eso quiero creer.
Wendoli y yo ingresamos a la academia el mismo día.
Ella es un prodigio de las runas, un auténtico genio.
Si soy honesta, todos los que viajábamos en esta nave éramos lo mejor del primer ciclo, que duraba tres años.
Incluso Arnol, ese idiota que quiere follarme.
Mientras hablábamos, sentí una presencia cercana.
Gredi estaba frente a mí.
Me limpié la boca y levanté la mirada.
—Buenos días, maestra Gredi —saludé con respeto.
—Buenos días, señorita Ferroz —respondió con esa voz sedosa que parecía una caricia innecesaria.
¿Cómo demonios lo hacía?, pensé.
Tal vez debería aprender algo de ella.
De uno de sus anillos extrajo una pequeña caja negra.
—El jorobado Men me pidió que te entregara esto.
Casi lo olvido —dijo, guiñándome un ojo.
La ignoraré.
Men era mi maestro de nigromancia, y bastante extraño como para confiarle recados a ella.
Gredi se despidió enseguida.
Seguramente tenía asuntos más importantes, como seguir seduciendo a mi hombre.
O hacer posines.
¿Que Josam es mi novio?
Claro que sí.
Aunque él no lo sepa.
Y probablemente ni siquiera sé que existe.
Después del desayuno, Wendoli y yo nos dirigimos a nuestros respectivos laboratorios, ubicados en otro pabellón de la nave.
El mío estaba en la habitación siete.
El aire era frio, pesado.
En el centro descansaba mi proyecto.
Un enorme cuerpo azul yacía sobre la mesa metálica.
Un zombi de piel azul.
Criatura de rango cobre del quinto círculo.
Si lograba revivirlo correctamente, tendría un arma de combate del último círculo.
Perfecta para sobrevivir en el planeta desolado.
Abrí la caja.
Dentro había un corazón.
Cubierto de runas, atravesado por pequeños mecanismos.
Cuando mis dedos lo tocaron, comenzó a latir.
Rango bronce.
Un nivel por encima del cobre.
Esto haría evolucionar a mi creación.
Sentí un nudo en el pecho.
Men realmente se había superado, fue conmovedor recibir tal regalo de su parte, eso demostraba que debajo de toda esa máscara gruñón, tenía un corazón cálido.
Una última que el no pudo venir a esta expedición y en su remplazo mandaron a ese siniestro tipo.
Me extreme si al pensar en ese hombre que emanaba un fuerte olor a sangre.
Que no era ni femenino ni masculino.
Agite la cabeza, no queriendo pensar en ese sujeto.
Con sumo cuidado implanté el corazón en el torso del cadáver y conecté los circuitos.
Cerré la herida y ejecuté una serie de sellos con la mano.
El cuerpo se convulsionó violentamente.
Otro sello.
Silencio.
Luego comenzaron las pruebas: levantarse, sentarse, caminar, correr.
La emoción me recorrió de pies a cabeza.
El zombi se detuvo frente a mí.
No respiraba.
No parpadeaba.
Pero obedecía .
Ese simple hecho me generó una satisfacción difícil de describir.
No era orgullo…
era algo más profundo, más retorcido.
La sensación de haber forzado a la muerte a arrodillarse ante mi voluntad.
—Camina —ordené.
El cuerpo azul dio un paso torpe.
Luego otro.
El sonido húmedo de sus articulaciones resonó en el laboratorio frío.
Cada movimiento era imperfecto, violento, antinatural… hermoso.
Sonreí.
Me acerqué y apoyé la mano sobre su pecho.
El corazón latía.
No debería hacerlo.
Pero lo hacía.
Un latido fuerte, irregular, casi desesperado.
Como si la misma criatura luchara por comprender su nueva existencia.
No estaba viva.
Tampoco completamente muerto.
Active una nueva secuencia de sellos y el zombie se arrodillo al instante.
Que hermoso, susurre, al acariciar la cabeza de mi criatura, —Bien —murmuré—.
Así me gusta, tú y yo vamos a conquistar ese planeta.
No pude evitar imaginar como lograba más méritos que mis demás compañeros, con mi arma secreta.
Desactivé los sellos y el zombie quedó inmóvil.
Perfecto.
Dije antes de hacer otro sello, y vi como este se encogía, asta ser del tamaño de un pulgar.
Me emocione más al ver que este hechizo funcionaba Tendré que invitar a wendoli a ver alguna película, sus teorías sobre runas reductoras de tamaño, me fue de mucha ayuda.
Reconocí a mi zombie y lo guardé en mi bolsillo.
Baya que tarde es, pensé al ver la hora.
Ya había pasado la hora del almuerzo.
Al salir de mi laboratorio, también se había abierto otro laboratorio.
Una joven rubia, con cara de tonta había salido y al verme hizo una mueca de disgusto.
—que mal, pensar que mi buen momento se haya arruinado— dijo, mirándome de arriba hacia abajo.
Su nombre era Nicol, maestra de pociones, la razón por la que se ensaño conmigo fue que vencí a su hermano gemelo en el torneo de selección.
Ocupando a su un puesto para esta expedición.
Me a estado molestando desde que subí a esta nave.
Me daba comentarios mordaces o insinuaciones molestas.
Ya estaba cansada de todo ello así que tuve que actuar como la mala.
Mi madre me enseño a que no me dejara pisotear por nadie o por nada y que fuera yo que tome la delantera.
me acerque a ella, y algo asustada mi arrebato retrocedió.
Chocando su espalda contra la pared.
Tú, que..
que pretendes… Ella solo era una maestra de pociones, no sabía nada de combates.
La razón por la que vino a este lugar peligroso fue por que iría acompañada por la maestra Grendi.
A buscar plantas medicinales.
—por que nerviosa ovejita, no te are daño— le dije mirándola malvadamente mientras mas me apegaba a ella.
—No sé qué problemas tienes conmigo, pero al parecer lo ases para llamar mi atención—, mentía, realmente sabía porque estaba enojada conmigo.
—no, yo, no es eso, es que mi her… Me acerque mas a ella pegando nuestros cuerpos.
—bien, te corresponderé, esta noche ven a mi habitación para a serte cosas que no podrás contar a tu mami o papi.
Le dije mitras acariciaba su cara que se estaba sonrojando, no pudo más y salió corriendo, mientras se cubría la cara.
Qué mojigata Pensé, al reírme de todo esto, estaba de muy buen humor.
Mi proyecto fue un éxito, intimide ala que me estaba molestando en estos últimos meses.
Para serrar todo el día con un broche de oro, me dirigí a la cocina para ver si había alguna comida, por suerte el maestro chef, que enseñaba en la academia, estaba muy feliz en cocinar para mí.
El chef mágico, era huna profesión muy buen pagada pero poco estudiada.
Cualquiera no puede ser un chef mágico.
Se necesita mucho conocimiento y teoría más que cualquier carrera.
Porque un mínimo error, un simple plato de comida se podría convertir en un arma letal.
Aquí tiene jovensita.
Un guiso de carne de cordero blanco, bañando con miel de abeja de las heladas, condimentado con los condimentos del caparazón de las tortugas cril.
No tenía idea de lo que me estaba ablando, yo simplemente asentí con la cabeza.
Al ver que realmente disfrutaba de su comida, vi como su regordeta cara se ensanchaba en una sonrisa.
Era un buen tipo, que amaba lo que hacía.
Luego de comer y agradecer, me dirigí por fin a mi habitación.
Luego de recostarme, un rato en mi cama.
La puerta se abrió y entró wuendoli, cargando una docena de libros sobre runas.
Le ayuda a colocar sus libros en la mesa que había.
Le conté acerca de mi proyecto y se emociono al saber de que sus runas fueron un factor importante en mi experimento.
Estuvimos ablando por un buen tiempo, asta que alguien tocaba la puerta.
Curiosa me fui a ver de quien trataba y mi sorpresa fue tan grande al ver que se trataba de nicol.
Vistiendo un piyama rosa con dibujitos de ositos verte y jugueteaba con sus dedos y me mira muy sonrojada.
Oh, carajo.
Pensé al verla, esto va ser muy incómodo.
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