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Una cabeza piensa mejor… sino tiene cuerpo - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 Señor de los cielos parte 3
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4: Señor de los cielos: parte 3 4: Señor de los cielos: parte 3 —Perdiste tu apuesta —dijo una de las voces que emergían de la computadora.

Estábamos en una reunión grupal con cinco de mis amigos, con quienes habíamos hecho una apuesta.

Todos provenían de familias influyentes, gente acostumbrada a conseguir lo que quería sin mancharse las manos.

La apuesta era simple: grabar un video con la chica que nos asignaran.

A mí me tocó Flor, una genio de la necromancia.

Necromancia… Me estremecí con solo pensarlo.

Una profesión siniestra, mal vista incluso entre los practicantes del cosmos.

Flor era voluptuosa para su edad, con una personalidad ardiente y una lengua afilada.

Por alguna razón, ese carácter suyo me parecía atractivo.

Sexy, incluso….

Pero era una lástima: no podía ser tentada, ni por dinero, ni por promesas, ni por nada.

Los demás sí tuvieron éxito.

Eso significaba que yo debía pagar.

Un millón de galácticos a cada uno.

Cinco millones en total.

Una cantidad absurda.

Si mi padre se enteraba, no solo me quitaría el acceso a mis recursos… probablemente me mataría a golpes antes.

No tenía alternativa.

Tenía que entrenar.

—Maldita sea… —murmuré.

Odiaba entrenar.

Era aburrido.

Monótono.

Una pérdida de tiempo.

Aun así, tras cortar la llamada, me senté en posición de loto y cerré los ojos.

Comencé a practicar la Respiración de las Mil Manos.

Había elegido esa técnica porque no exigía un esfuerzo físico extremo.

Todo se basaba en la meditación y la visualización: manos etéreas, extensiones de mi voluntad.

Por ahora, solo podía materializar una docena.

Con eso, a duras penas podía enfrentar a un guerrero de rango cobre del tercer o cuarto círculo.

Pero cinco millones de galácticos no se pagarían con mediocridad.

Mi objetivo era claro.

Cincuenta manos.

O más.

—Tienes talento —me decían siempre—.

Solo eres perezoso.

Y si todos coincidían en eso… entonces debía ser verdad.

Exhalé lentamente.

Un aura de color bronce se filtró por cada poro de mi cuerpo.

Sentí el cosmos recorrerme como una marea cálida y pesada.

Desde mi espalda, un par de manos etéreas comenzó a emerger.

Una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Seguí avanzando.

Doce.

Sentí cómo la decimotercera mano intentaba formarse, temblando, inestable… Y colapsó.

—Diablos —gruñí—.

había fallado.

Otra vez.

La frustración me desanimo.

Por un momento pensé en rendirme.

Luego recordé la deuda.

Y volví a intentarlo.

Una y otra vez.

—Vamos, Arnol —me dije en voz baja—.

Puedes hacerlo.

No te rindas.

Tenía que ser fuerte.

Tenía que conseguir recursos.

Tenía que pagar esa estúpida deuda causada por una apuesta aún más estúpida.

Y cuando todo terminara… Cortaría lazos con esos tipos.

Porque, aunque no quisiera admitirlo, ellos eran mucho más sucios que yo.

— — — —Ahora entiendo por qué dices que te gusta jugar a los tijerazos.

Se lo dije a Nicol, que estaba completamente ruborizada.

Estábamos las tres recostadas, viendo un drama ridículamente colorido donde todos los personajes —hombres y mujeres por igual— tenían rostros de princesa.

Nicol había llegado a nuestra habitación creyendo en la propuesta que le hice.

La curiosidad la había empujado a aceptar, sobre todo porque llevaba tiempo dudando de su sexualidad.

Cuando le aclaramos todo, se puso tan roja que parecía a punto de llorar.

Wendoli y yo tuvimos que calmarla.

Una vez más tranquila, decidimos hablar en serio.

Nos confesó el origen de sus dudas: solía tocarse imaginando que era uno de sus artistas favoritos.

Todo iba bien… hasta que, en una de sus fantasías, apareció una mujer.

Eso la había dejado confundida.

Por simple curiosidad, decidimos ver lo que ella veía.

A Wendoli le encantó.

A mí no.

No lograba distinguir quién era quién.

Ni siquiera podía decir si eran hombres o mujeres.

—Déjame enseñarte algo mejor —dije—.

Una serie con hombres de verdad.

Puse El Escuadrón Águila.

Mercenarios.

Guerras.

Sangre.

Hombres rudos, musculosos y brutalmente masculinos.

Wendoli y Nicol observaron la pantalla con creciente incomodidad.

—Es… demasiado violento —murmuró Nicol.

—Vaya —dijo Wendoli—.

Entonces esos tipos son como el maestro Josan.

El silencio duró medio segundo.

—¡¿Te gusta el maestro Josan?!

—gritaron ambas al mismo tiempo.

Sentí cómo la sangre me subía al rostro.

Me habían descubierto.

Era humillante.

No tardaron en burlarse, diciendo que me gustaban los hombres maduros y otras cosas peores.

—¿Y tú qué?

—le dije a Nicol, sonriendo con malicia—.

Gracias a mí, este culo podría ser mordido por algún chico.

Antes de que reaccionara, le di una fuerte bofetada en la nalga.

—¡Ah!

El grito resonó por toda la habitación.

Luego estallamos en risas.

Al final, Nicol resultó ser agradable.

Solo me guardaba rencor por lo de su hermano.

Y así, gracias a un enorme malentendido, nos hicimos amigas.

— — — Un mes después, estábamos frente a los cuatro maestros, que estaban dando indicaciones.

Habíamos llegado a nuestro destino.

Una gigantesca pantalla mostraba el planeta.

«Desolado».

Era gris, sombrío.

Era al menos el doble de grande que cualquier mundo conocido.

Tras recibir las instrucciones, los estudiantes comenzaron a agruparse.

Yo me reuní con mis amigas y abordamos una cápsula de descenso.

Mientras caíamos, observé por la ventana decenas de cápsulas más.

Otras academias.

Atlas.

Plutón.

Jesua.

Aquello sería una competencia feroz.

Los maestros habían sido claros: el mayor peligro no eran las criaturas del planeta, sino las personas.

Personas dispuestas a matar, incluso sabiendo que habría castigos severos.

Nos miramos en silencio.

Especialmente a Nicol, quien debía estar con su maestra.

Aun así, insistió en acompañarnos.

—No seré una carga —aseguró.

Los alquimistas no solían destacar en combate, pero confiamos en ella.

Minutos después, la cápsula impactó contra el suelo con una explosión brutal.

Vapor caliente inundó el interior.

La compuerta se abrió.

Y nuestra expedición comenzó.

— — — El Bar Aliento del Dragón era una leyenda.

Uno de los locales más lujosos del universo, con sucursales en prácticamente cualquier sistema estelar.

Donde fueras, siempre encontrabas su cartel.

¿La razón?

Las mejores bebidas del cosmos.

O eso afirmaban.

En una mesa privada, un hombre de mediana edad bebía de una copa plateada uno de los licores más caros que el dinero podía comprar.

Esperaba a su invitado.

Este no tardó en llegar.

Era delgado, con el cabello en punta y varios piercings.

Al sentarse, mostró una lengua bífida artificial.

—No perdamos tiempo —dijo, sacando una fotografía.

Un joven apuesto.

Arnol.

—Queremos que tus hombres lo secuestren.

—¿Quién es?

—preguntó el delgado, observando la imagen.

—Su padre se niega a cooperar con nosotros.

Pensamos darle un pequeño incentivo.

El hombre rió antes de beber de la copa ajena.

—Ustedes son como nosotros —dijo—.

Solo que visten mejor.

El otro frunció el ceño.

—No falles.

Se levantó y se marchó.

Minutos después, el hombre delgado marcó un número.

—Jefe… tengo noticias que le encantarán.

Su sonrisa se volvió torcida.

—Esto será muy divertido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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