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Una cabeza piensa mejor… sino tiene cuerpo - Capítulo 9

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9: señor de los cielos: parte 8 9: señor de los cielos: parte 8 Ser apuñalado por la espalda por alguien que consideraste tu mejor amigo fue más doloroso que el propio punal.

Hemerson, quien quedó en segundo lugar por tecnicismo, mi mejor amigo desde la infancia.

Nuestros padres eran amigos, y por ello nosotros también lo fuimos.

Crecimos juntos, entrenamos juntos y, cuando fuimos reclutados para estudiar en la Academia de la Torre Blanca, ambos elegimos las artes marciales.

Incluso practicamos la misma técnica.

Pero, con el paso del tiempo, mi talento comenzó a superar al de Hemerson.

Poco a poco fue quedando varios pasos detrás de mí.

Aun así, no permití que eso nos distanciara.

Lo trato igual que siempre, sin mostrar ninguna diferencia.

Creí que nuestra amistad seguía intacta… o tal vez solo me engañaba a mí mismo, negándome a aceptar que aquel al que consideraba un hermano estaba acumulando resentimiento hacia mí.

Fui tan ciego que no pude ver la oscuridad que crecía en el corazón de mi amigo.

Su verdadero ser se reveló el día en que caímos cerca de un acantilado.

En el momento en que abrió la cápsula, cerca del borde, apareció ante nosotros una flor dorada.

En sus pétalos danzaba un pequeño grupo de dragones diminutos.

La Flor de los Siete Dragones.

Madura.

Si alguien la consumía, su nivel aumentaría automáticamente siete niveles, uno por cada pétalo.

Planeaba compartirla con Hemerson.

Sin duda rompería su cuello de botella y, con suficientes pétalos, al menos alcanzaría el primer círculo del nivel Bronce.

Yo, por mi parte, llegaría como mínimo al primer círculo del nivel Hierro.

Me acerque a recogerla.

Pero jamás esperé un disparo por la espalda.

La fuerza del impacto, sumada a la inercia, me hizo caer por el acantilado.

En mis últimos momentos de conciencia vi a Hemerson sonriéndome con una expresión retorcida, una sonrisa malvada que nunca antes había visto en él.

O quizás siempre estuvo ahí, y yo simplemente me negué a creer que mi amigo fuera capaz de algo así.

Debí morir ese día… pero al parecer el universo tenía otros planos para mí.

Cuando abrí los ojos, el dolor me devolvió a la realidad.

Estaba siendo picoteado por algunos cuervos del terror: pequeñas aves carroñeras, descaradas, que ni siquiera esperaron a que estuviera muerto.

Un momento.

“No morí”.

Me incorporé de inmediato, buscando la herida del disparo, pero no había ninguna.

Solo manchas de sangre y mi uniforme blanco, rasgado por un enorme agujero.

Evidencia de que no estaba soñando.

¿Por qué no está muerto?

Esa fue una de las muchas preguntas que comenzaron a asaltarme.

Tras asimilar que seguía con vida, observé mi entorno.

Me encontraba al pie del acantilado, rodeado de enormes setas luminosas de colores brillantes que iluminaban el lugar como si fuese un mundo subterráneo.

Ahora la pregunta era otra: ¿cómo salir de allí… y cómo hacer pagar a ese traidor?

Rechiné los dientes.

Aún no aceptaba lo ocurrido.

Intenté una forma de escalar el acantilado, pero no encontré ninguna superficie adecuada.

Además, por alguna razón, sentí una extraña debilidad en mi cuerpo.

Me sentí sobre uno de los grandes hongos, perdido en mis pensamientos, especialmente en lo que haría después.

Cuando uno está enfurecido dice muchas cosas, pero cuando comienza a calmarse se da cuenta de que, en realidad, no todo lo que dijo en ese momento lo sentía de verdad.

Mientras estaba distraída, una sombra cayó sobre mí.

Usando todos mis reflejos, salté a un lado.

Entonces la vi.

No era un ataque deliberado… era una enorme tarántula.

A diferencia de otras arañas, su cuerpo era blanco como la nieve, del mismo color que las setas luminosas.

Por el aura que emanaba supe que estaba en el nivel Bronce, primer círculo.

Un oponente perfecto.

El blanco ideal para descargar toda mi frustración.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx —Emanuel… me alegra que estés bien.

Una voz tímida me devolvió al presente.

Era Wuendoli, creo.

Una prodigio en runas, muy conocida en la academia.

A su lado estaba Nicol.

Espera… ¿qué demonios hacía ella aquí?

¿No se suponía que debía estar con los maestros?

Los maestros de pociones eran considerados tesoros vivientes; nunca se exponían al peligro.

Algo no andaba bien.

—Él… este… yo… La voz avergonzada provenía de Flor, la nigromante.

Una de las tres personas de toda la academia con un físico universal.

Era una oponente complicada, así que antes de que activara alguno de sus extraños hechizos, le di un golpe con toda mi fuerza en el vientre, dejándola inconsciente.

“Espero que no me guarde rencor”.

Al mirar a mi alrededor, me llevé una sorpresa: estaba dentro de una cómoda vivienda, recostado en un suave sofá.

Y maldije por dentro.

Mientras yo luchaba por mi vida, sin tiempo ni siquiera para descansar, ellas parecían haber estado bastante cómodas.

A veces, la vida es injusta.

Me acomodé en el sofá, disfrutando de la sensación del colchón blando.

—Lo siento… no debí golpearte.

Flor se disculpó, visiblemente avergonzada.

—Estaba agotado por mi pelea anterior con una criatura tipo serpiente… no pude evitar el golpe de… ¡Espera!.

¿Qué fue exactamente lo que me tocó?

Miré a Flor.

Una mujer hermosa… con puños pequeños.

Entonces no fue ella.

Al hacer memoria, vi la sombra de una enorme figura, parecido a uno de los muchos monstruos con los que me enfrente en ese maldito acantilado.

Si no hubiera avanzado hasta el tercer círculo de Bronce, no habría salido con vida.

—Descuida, no fue nada.

Perdón por asustarlas.

Hablé con sinceridad.

Las interrumpí en un momento incómodo, pero al menos debía saludarlas.

Después de todo, eran mis compañeras de la Torre.

—Si puedo advertirles algo… Hemerson no es de fiar.

El trío me miraba incrédula ante mi testimonio.

Sobre todo flor que tenia el cejo fruncido.

—Como sea, déjemelos para después, tengo hambre, luego defequemos todo lo que se pueda de ese traidor.

Fue una sorpresa, oír a una dama hablar de ese modo, “Así que los rumores eran ciertos” Pensé antes de recordar lo que dijo último.

Comida… Minutos después casi lloré.

La cena era lo más delicioso que había probado en mi vida.

Mucho mejor que raíces secas, frutas amargas o insectos.

Comí como un cerdo, sin importarme las miradas de las tres damas.

Flor, sonriendo, me dio su parte.

Nicol también.

Y Wuendoli.

Me sentí profundamente conmovido.

Son chicas buenas.

Buenas compañeras…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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