Una conquista anunciada - Capítulo 53
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Capítulo 53: Capítulo 53
El gimnasio de boxeo estaba tranquilo esa noche, así que el dueño, Roberto, estaba haciendo una ronda sin prisas.
Al ver a un cliente de la talla de César, Roberto se acercó tranquilamente para saludar.
Solo después de cruzar unas palabras se fijó en la encantadora joven que estaba más al fondo, practicando una postura básica con una torpeza llena de seriedad. Sus ojos se iluminaron de interés. —¡Hola! —la llamó con una sonrisa amistosa—. ¿Vas a empezar a boxear?
—Mmm —Isabella le devolvió una sonrisa educada, pues no quería romper su concentración.
César ignoró la cháchara de Roberto. En su lugar, mantuvo la mirada fija en Isabella. —¿Has visto alguna vez un combate de boxeo como es debido? La técnica, no solo la pelea.
Isabella estuvo a punto de decir que sí, pero, pensándolo mejor, su experiencia previa se limitaba a vistazos fugaces durante los combates de él, con la atención completamente absorta en el hombre y no en el deporte. Negó con la cabeza, sincera. —La verdad es que no.
—De acuerdo. Entonces, hoy no hay prisa por practicar. Primero, mira y entiende lo que es el boxeo. —Tras decir eso, le dedicó a Roberto un seco asentimiento con la cabeza—. Venga. Haz de espárrin conmigo. —Se dio la vuelta y se dirigió hacia el cuadrilátero.
—Espera, ¿qué? —En circunstancias normales, Roberto disfrutaba de un espárrin amistoso. Perder contra César no era ni raro ni vergonzoso. Pero con una mujer guapa mirando, su orgullo se resintió; no se hacía ninguna ilusión sobre la victoria. Para cuando asimiló la petición, César ya estaba sobre la plataforma, vendándose las manos con calma. Era demasiado tarde para negarse con elegancia. Reprimiendo su reticencia, Roberto fue a por su protector bucal y su casco y subió al cuadrilátero con resignada determinación.
Pronto, sus camisetas se oscurecieron por el sudor, pegadas a los contornos definidos del pecho y los hombros. César mantenía la guardia alta, moviéndose con la fluidez de un depredador al acecho. Sus puñetazos eran explosiones de movimiento secas y controladas —un jab, un cruzado, una esquiva rotativa—; cada gesto, eficiente y poderoso, hacía que las gotas de sudor salieran disparadas de su pelo húmedo.
Comprendiendo que la demostración era para ella, Isabella observaba desde el borde del cuadrilátero con un nudo de emociones. Por un momento sentía una punzada de ansiedad, temiendo que él pudiera hacerse daño; al siguiente, una sensación cálida y tierna se expandía por su pecho al pensar que se estaba tomando el tiempo para enseñarle.
Los dos hombres no peleaban en serio, solo hacían espárrin con contacto controlado, lo suficiente para exhibir su técnica y estrategia. A Roberto le costaba visiblemente seguir el ritmo, pero mantenía las apariencias. Aprovechando un momento en que se agarraron, en un ángulo oculto a la vista de Isabella, él bajó la cabeza y le susurró a César: —Oye, enróllate un poco. Déjame quedar bien, que soy el dueño, ¿no? —Se atrevió a lanzar una rápida mirada hacia Isabella.
César ya había notado que la defensa de Roberto flaqueaba y estaba a punto de bajar el ritmo. Pero aquella súplica susurrada, unida a la mirada hacia Isabella, lo irritó. Entrecerró los ojos, en cuyas profundidades brilló un destello peligroso. Antes de que Roberto pudiera percatarse del cambio y retroceder, César le lanzó un directo de derecha como un pistón —el golpe más potente de la sesión— que lo hizo tambalearse hacia atrás y caer a la lona.
Isabella ahogó un grito y se llevó una mano a la boca. No estaba segura de si fue un sonido de compasión o de pura conmoción. Tenía los ojos fijos en el vencedor, que ya pasaba por debajo de las cuerdas mientras su mirada buscaba la de ella. Toda preocupación por el dueño, que gemía en el suelo, quedó olvidada al instante mientras ella buscaba a toda prisa una toalla y una botella de agua y corría a su encuentro.
César cogió el agua y bebió a grandes tragos. Bajó la botella, con los ojos fijos en ella. —¿Has visto suficiente? —preguntó, con la respiración aún algo agitada.
—Sí —asintió Isabella con los ojos muy abiertos. Al ver que aún intentaba recuperar el aliento, tomó la iniciativa y alzó la toalla para secarle con delicadeza el sudor de la frente y de la marcada línea de su mandíbula—. Has estado… increíble.
Tuvo que ponerse de puntillas para llegar bien, con el rostro reflejando una intensa concentración mientras le secaba la piel a toquecitos. Sus ojos, cuando se alzaban fugazmente para comprobar su labor, brillaban con una admiración que no intentaba ocultar. El aroma suave y dulce de su champú y de su piel flotó hasta él. Inconscientemente, César inclinó un poco la cabeza, tanto para facilitarle el acceso como para inhalar aquella reconfortante fragancia. Ese gesto, simple y afectuoso, removió algo en su interior. —¿Te ha gustado? —preguntó con voz más grave, que ahora tenía un matiz ronco.
Distraída por la tarea que se había autoimpuesto, Isabella no se percató de la repentina intensidad de su mirada. —Sí, de verdad —respondió con genuino entusiasmo.
—Entonces, dime —murmuró él, con palabras destinadas solo para ella, tan cerca que su aliento le acarició el pelo—. ¿Qué te ha gustado más? ¿Verme así…? —hizo una pausa deliberada—. ¿O mi rendimiento cuando estamos en la cama? ¿Qué tipo de «increíble» prefieres?
Tardó un segundo en asimilar el significado de sus palabras. —¡Ah! —exclamó, como si se hubiera quemado. Le dio un leve empujón en el pecho y retrocedió un paso de un salto. Su cara se encendió de un rojo escarlata, hasta la punta de las orejas, y se entretuvo en retorcer la toalla con nerviosismo entre las manos, incapaz de mirarlo a los ojos.
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