Una Estrella Moribunda - Capítulo 10
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10: Mi ultima Lección.
10: Mi ultima Lección.
Luego de que mi maestra me comentó que sería mi última lección, no pude evitar sentirme triste.
Sabía que este momento llegaría y que eventualmente nuestros caminos se separarían, pero pensarlo es muy diferente a vivirlo.
Tanaya dijo que prepararía todo para salir a la última lección, así que nos dio unos días libres.
Por supuesto, esos días los pasé con Calyndra, contándole de todo: mis entrenamientos, mis días de descanso, cómo aprendí a usar distintas armas y también mis propios puños, cómo logré manejar el aura…
todo tipo de cosas.
Aunque, claro, se mostró un poco molesta cuando le mencioné algunas insinuaciones de mi maestra hacia mí, al parecer esta celosa.
Estábamos sentados afuera de la cabaña, sobre un tronco caído que usábamos como banco.
El aire del bosque era fresco y el canto de los grillos acompañaba el silencio entre nosotros.
—Oye, Auren…
¿de verdad quieres irte del bosque?
Aquí podríamos quedarnos todo el tiempo.
Tenemos comida, un techo, y si quisiéramos más espacio, podríamos construir una casa para nosotros dos.
¿Sabes?
No suena como una mala idea.
Podía ver cómo Calyndra frotaba sus manos y entrelazaba los dedos, sin atreverse a mirarme.
Estaba nerviosa, quizá insegura por lo que acababa de decir.
—Sería posible —admití con una leve sonrisa—.
No es una mala idea…
este lugar podría ser nuestro hogar.
En cuanto lo dije, levantó la mirada.
En sus ojos había una mezcla extraña: tristeza y alegría entrelazadas.
—Sin embargo…
Su expresión cambió al escucharme continuar.
—Así como salí de aquel pueblo, no quiero cargar con el arrepentimiento de todo lo que pude vivir y dejé ir.
Afuera nos esperan muchos desafíos, muchas peleas…
y también momentos tristes y felices.
Tomé su mano y la sostuve con firmeza, sin apartar mis ojos de los suyos.
—Pero no quiero enfrentar nada de eso solo.
Si estoy contigo, todo valdrá la pena.
Una lágrima se deslizó por su mejilla antes de que una sonrisa luminosa la reemplazara.
—Siempre eres así de idiota…
—murmuró con ternura—.
Muy bien.
Yo me encargaré de que, ahora que lo decidiste, cumplas con tus palabras.
No tuve tiempo de responder: se inclinó hacia mí y me besó en los labios.
Fue un beso breve, pero para mí…
fue el primero.
Algo único, inolvidable.
—Ejem…
—tosió mi maestra con exageración.
La voz de Tayana me arrancó de mi estado de estatua.
Calyndra, en cambio, ya se había recompuesto; aún con las mejillas encendidas, no podía contener una risa nerviosa.
—Parece que todavía te falta entrenamiento para resistir los encantos de una mujer —comentó mi maestra con sorna, acompañándolo de una corta carcajada.
Luego se acercó a nosotros, más seria—.
Bien, ya está todo listo.
Ahora solo…
Calyndra, ¿me haces el favor?
Calyndra asintió.
Se dio un suave par de palmadas en las mejillas como para despejarse y, acto seguido, abrió su almacén.
De aquel espacio invisible sacó unos guantes metálicos que brillaron bajo la luz.
Con cuidado, me los entregó.
—Este es mi regalo de graduación adelantado —dijo, bajando un poco la voz—.
Te los doy ahora porque vas a necesitarlos.
Hoy es el día perfecto para tu última lección.
Tomé los guantes con ambas manos.
No eran del todo de metal: por dentro tenían un recubrimiento de cuero que los hacía sorprendentemente cómodos.
Me los ajusté sin dificultad, apretando las correas, y me puse de pie.
Di un par de golpes al aire; el viento silbó con cada movimiento.
—¿Nada mal, verdad?
—Tayana Continuo—.
Lo siento, pero es lo único que puedo darte ahora.
La armadura y las botas tendrás que conseguirlas por tu cuenta.
Hasta entonces…
usa tu aura para reforzar tu cuerpo.
Pude notar que mi maestra sostenía una carta en sus manos.
Al percibir que la miraba, levantó la vista y sonrió brevemente.
—No te preocupes por esto —dijo con calma—.
Solo es algo que dejaré dentro de la casa.
No pregunté más.
La observé entrar, desaparecer por unos minutos entre las sombras de la vivienda y luego reaparecer, caminando con paso firme hacia nosotros.
—Muy bien, chicos —anunció mientras nos entregaba un mapa cuidadosamente enrollado—.
Esto los llevará a la siguiente ciudad: Nytheria, el lugar que debió ser tu primer destino.
Su tono se volvió serio, implacable.
—Cuando esta lección termine, quiero que no regresen a casa.
Partan inmediatamente después.
Tanto Calyndra como yo asentimos al unísono.
Era su deseo, y no podíamos cuestionarlo.
—Entonces…
es hora de partir.
Nuestro destino nos espera —dijo, con una determinación que hizo que mi pecho se llenara de anticipación y, a la vez, de un ligero peso en el corazón.
Partimos de inmediato por el bosque.
La caminata fue silenciosa; los treants, lobos y osos parecían conscientes de nuestra presencia y nos esquivaban, desapareciendo entre la maleza antes de que pudiéramos acercarnos.
La tranquilidad del entorno nos permitió avanzar con rapidez, y cada paso me acercaba al desafío que sabía que nos esperaba.
A medida que el sol comenzaba a ocultarse tras los árboles, mi maestra nos hizo detenernos.
Habíamos llegado.
Frente a nosotros se alzaba la entrada de una cueva, y hombres armados vigilaban con atención cada movimiento.
Sus sombras se alargaban con la luz del atardecer, y mi corazón se aceleró ante la magnitud del momento.
—Auren, tu última lección se llama “La vida o muerte” —dijo Tayana, su voz firme y cargada de gravedad—.
Habrá personas que intentarán matarte, y si no puedes eliminarlos primero…
ellos te quitarán la vida.
Suena cruel, pero a veces no queda otra opción.
Me quedé en silencio.
Las palabras resonaban en mi mente mientras observaba cada gesto de los guardias, cada movimiento de sus cuerpos tensos.
Recordé todos los años de entrenamiento: los golpes, el aura, las lecciones de control y estrategia…
todo había sido para este momento.
—Atacaremos cuando el sol se oculte —continuó Tayana—.
Por ahora, prepárense.
Yo no intervendré a menos que sea absolutamente necesario.
Esto deben hacerlo ustedes solos.
Calyndra respiró hondo a mi lado, sus orejas puntiagudas tensas y sus ojos brillando con determinación.
Sentí cómo su mano se cerraba levemente sobre la mía, un pequeño gesto que me dio confianza y calma.
Ajusté los guantes de metal que ella me había entregado, sintiendo la rigidez del cuero y la protección que me ofrecían.
Observé a los enemigos, evaluando sus posiciones y movimientos.
Cada sombra se convirtió en un punto de interés, cada crujido del bosque en una posible señal.
El aire estaba cargado de tensión; incluso los sonidos habituales del bosque parecían apagarse, como conteniendo el aliento ante lo que vendría.
Mi maestra permanecía a cierta distancia, observando, imperturbable.
Su mirada era firme, pero en sus ojos se reflejaba un matiz de orgullo y preocupación.
Sabía que era el momento de demostrar todo lo aprendido.
Apenas la noche llego decidí partir a tomar la lección.
—Vamos —susurré a Calyndra, y con un último vistazo a Tayana, ambos nos preparamos para dar el primer paso hacia nuestra lección final.
Nos movimos entre los follajes, agachados y silenciosos, cada hoja y rama parecían amplificar nuestros movimientos.
Apenas estuvimos en posición de ataque, Calyndra utilizó su magia de tierra para inmovilizar y silenciar a los guardias.
No queríamos alertar al resto, así que los jaló con rapidez hacia nosotros, atrapándolos sin que pudieran reaccionar.
—Auren…
—susurró, mientras su mano derecha comenzaba a brillar con agua concentrada, preparando un hechizo para ahogar a uno de ellos.
Pude notar un destello de dolor en su expresión; usar su magia contra un humano le costaba.
Aun así, no vaciló.
Su determinación era clara, aunque su corazón pareciera retorcerse con cada segundo.
En ese instante, una voz interior resonó en mi mente: “Hazlo.” Supe de inmediato quién era.
Elevé mi puño derecho y lo golpeé con toda la fuerza que podía reunir.
El impacto fue brutal.
El guardia murió al instante, y mi mano se cubrió de sangre y restos de su cuerpo.
El olor y la visión me hicieron retroceder, casi perdiendo el control; no pude evitar las arcadas.
Era la primera vez que asesinaba a un humano, y sabía que, si quería sobrevivir en este mundo, no sería la última.
—Déjame limpiarlo un poco —dijo Calyndra, apartándose un poco mientras su expresión reflejaba tanto resignación como concentración—.
Su voz me devolvió a la realidad.
Respiré hondo, intentando calmar el temblor de mis manos y la sensación de culpa que me recorría.
El bosque estaba en silencio, como si contuviera la respiración ante lo que acabábamos de hacer.
Luego de calmarnos, decidimos adentrarnos en la cueva de la manera más silenciosa posible.
Los primeros metros transcurrieron sin problemas, pero pronto comenzamos a escuchar voces a lo lejos.
Optamos por escondernos detrás de unas piedras y observamos cómo dos hombres pasaban cerca.
Calyndra comenzó a cargar magia en su mano y, con determinación, lanzó su hechizo de agua para ahogar a uno de ellos.
Yo no tuve tiempo de reaccionar; igual que antes, golpeé con fuerza al otro y mi puño destrozó su cabeza.
La miré a los ojos.
No era fácil, cada golpe, cada muerte, nos pesaba en el corazón.
Pero sabíamos que teníamos que continuar.
Calyndra utilizó magia de tierra para cubrir los cuerpos bajo el suelo antes de que siguiéramos avanzando, asegurándose de que nadie nos descubriera.
—Auren —susurró Calyndra, tomando mi mano con delicadeza.
No dudé en entrelazar mis dedos con los suyos.
Quería transmitirle que estaría allí, que no estaba sola y que enfrentaríamos esto juntos.
Su respiración se calmó un poco, y una pequeña chispa de confianza brilló en sus ojos.
A medida que nos adentrábamos en la cueva, una extraña sensación comenzó a recorrerme.
Los bandidos ya no eran visibles y todo parecía demasiado calmado, demasiado silencioso.
La poca luz que quedaba de las antorchas se extinguía poco a poco, hasta que en un punto nos habíamos quedado sumidos en la oscuridad.
Apenas pudimos avanzar un poco más cuando un ruido extraño me obligó a detenerme en seco.
—Calyndra…
enciende una luz…
Ella me miró confundida y algo alarmada, pero al notar la seriedad en mi rostro obedeció de inmediato.
Alzó la mano y creó una esfera de fuego que iluminó lo suficiente…
solo para confirmar mi mal presentimiento.
—¡Bienvenidos!
Habíamos caído en una trampa.
Desde las sombras surgieron varias figuras, rodeándonos en lo que parecía un improvisado coliseo de piedra.
Los bandidos se alzaban sobre las rocas, mirándonos desde arriba como depredadores que observan a su presa.
Y entre todos ellos, quien más destacaba era su líder.
Sentado sobre una gran roca como si fuera un trono, reposaba sus brazos en una espada de dos manos, observándonos con una calma inquietante.
Fue él quien nos había dado la bienvenida.
—¿Por qué dos pequeños conejos se atreven a entrar en la guarida del lobo?
¿Acaso están perdidos?
—habló el jefe bandido, con una arrogancia imponente que parecía llenar la cueva.
Su seguridad contagiaba a sus hombres, quienes comenzaron a reírse a carcajadas.
—No parecen aventureros, ni soldados…
¿quién demonios son ustedes?
—llevó una de sus manos a una botella de alcohol y dio un largo trago, manteniendo la calma como si nada pudiera intimidarlo.
—Maldita sea…
pequeños mocosos, asesinaron a cuatro de mis hombres.
¿Cómo piensan pagar por eso?
—sus ojos se clavaron en Calyndra, brillando con interés y sorpresa—.
Pero, ¿qué demonios estamos viendo?
¡Una elfa!
Y no una cualquiera…
—los gritos de euforia de sus hombres resonaron por toda la cueva, contagiados por su excitación y sorpresa—.
Escucha, pedazo de mierda: te doy una oportunidad.
Entregas a esta elfa que llevas contigo y te largas, con suerte no te arranco la cabeza ahora mismo.
¿Qué dices?
No suena mal, ¿verdad.
Aparté ligeramente a Calyndra de la mirada del bandido mientras ella se apoyaba en mi espalda, molesta pero visiblemente afectada por sus palabras.
Apreté con más fuerza su mano, transmitiéndole seguridad.
—Me niego.
Primero muerto antes de que pongas una mano sobre ella.
—Oh…
qué chico tan valiente…
pero también tan tonto —rió el bandido, ladeando la cabeza—.
Mira la posición en la que estás.
¿Cómo crees que vas a salir vivo de esta, pequeño conejo?
Con un leve gesto de su mano, todos sus hombres reaccionaron al instante.
Sacaron sus armas: cuchillos, espadas, incluso arcos, tensando los arcos y apuntando con precisión.
—Calyndra, estaré contigo —dije, mientras mis ojos recorrían la escena—.
Cúbreme de los arqueros y no dejaré que te toquen.
Observé cómo bajaban por las rocas, deslizándose con cuidado, mientras los arqueros aguardaban la señal para atacar.
Cada movimiento era calculado; no habría margen para errores.
Calyndra no esperó más.
Combinó magia de viento y de tierra; el viento se transformó en una barrera que nos cubrió de inmediato, bloqueando las flechas antes de que siquiera pudiera dar la orden.
La tierra, por su parte, se alzó en forma de tentáculos que embistieron contra los arqueros con una fuerza brutal, estrellándolos contra la pared o arrojándolos al suelo.
Pude notar el disgusto en su rostro; no disfrutaba de matar, pero no quedaba otra opción.
—Nada mal, pequeña Elfa —comentó el jefe, admirando la precisión del ataque.
Su mirada se posó en un bandido que permanecía detrás, listo para recibir una señal.
Era un mago, quien comenzó a conjurar pedazos de hielo que flotaban sobre nosotros como lanzas afiladas.
No tenía la fuerza de Calyndra: al impactar la barrera de aire, los fragmentos salieron disparados hacia los lados, redirigidos contra sus propios compañeros, asesinándolos con un efecto inesperado y brutal.
—Tsk…
qué molestia…
—gruñó el jefe, mostrando su impaciencia—.
Vamos, pedazos de imbéciles, son solo dos niños contra un montón de hombres.
No sean tan patéticos.
Su confianza era evidente; pensaba que esto terminaría rápido.
Pero no contaba con que estábamos lejos de ser fáciles de vencer.
Los bandidos que quedaban se avalanzaron sobre nosotros.
—Calyndra, abre la barrera, necesito salir —dije con voz fría, casi apagada.
Ella notó el cambio en mi expresión: seria, implacable, sin un atisbo de emoción.
Comprendió lo que pasaba y abrió la barrera pero mostro un miedo que nunca habia sentido ,ella intento sostener mi mano pero fue en vano, yo ya habia soltado la suya cuando pedi que me diera un espacio para salir de la barrera.
Ajusté mi aura, y en un impulso me lancé hacia adelante.
Mi primer puño impactó en la cabeza del bandido que tenía delante, destrozándola de inmediato.
Los demás retrocedieron, aterrorizados, sintiendo que algo en mí había cambiado.
—¡Jefe!
Es…
es como aquella maldita mujer —exclamó uno de los bandidos, reconociendo la brutalidad de mi ataque.
No le di tiempo de seguir hablando.
Salté hacia él y mi puño lo impactó en el pecho.
El resultado fue el mismo que los anteriores.
Sin embargo, algo en mí se activó: la pesadez, la vacilación que siempre había sentido al luchar contra humanos…
desaparecía, sustituida por una furia fría, calculadora y voraz.
Cada golpe se sentía más rápido, más potente.
—¡Maldito mocoso, vamos!
—rugió el jefe, su voz resonando con furia.
Los primeros bandidos que habían saltado ya habían muerto, sus cuerpos estaban esparcidos sobre la tierra y su sangre me bañaría un poco el cuerpo.
Y ahora era el momento más peligroso: los miembros de élite de la banda descendieron con pasos decididos, armas en mano, y el propio jefe avanzaba, su enorme espada descansando sobre su hombro, mientras una mirada calculadora y cruel se fijaba en mí.
—¡Escúchenme, idiotas!
—rugió el jefe—.
Yo me encargaré de este pedazo de escoria; ustedes pueden ir contra esa Elfa.
No me importa si la matan.
Las cosas han cambiado y ya no podemos contenernos.
Pude escuchar los gritos de sus últimos hombres mientras se apartaban de él para enfrentarse a Calyndra.
No iba a permitirlo, pero el jefe, dominando el Aura, llegó rápidamente hacia mí, abalanzando su enorme espada.
—¡No tan rápido, mocoso de mierda!
¡Tú pelea es contra mí!
Sus ojos se fijaron en los míos, llenos de furia, y, por un instante, una chispa de satisfacción por matarme se asomó en ellos.
No pude evitarlo; lo mejor era recibirlo.
Mis guantes chocaron contra su espada, produciendo una chispa intensa.
Pude ver el esfuerzo en su rostro mientras presionaba con fuerza.
—Mataste a muchos de mis hombres.
¿De verdad crees que te voy a dejar ir así?
Di un paso atrás, separándome, pero él no me dio tiempo a pensar.
La espada volvió a abalanzarse, rápida y potente.
Sabía que este hombre era fuerte, aunque no al nivel de mi maestra.
—Auren.
La voz de Calyndra me alcanzó mientras luchaba contra los bandidos, combinando magia ofensiva y defensiva.
No desvió la mirada de su combate.
—No te preocupes por mí, yo me encargo de estos tipos —dijo con firmeza.
En ese instante, uno de los cinco bandidos élite cayó ante ella: una estaca de hielo atravesó su cuerpo, empalándolo sin piedad.
—Esta es nuestra primera batalla.
No es momento de dudar —sus palabras me hicieron despertar.
Una sonrisa se dibujó en mi rostro.
—¿De qué te ríes, pedazo de mierda?
—gritó el jefe, perdiendo compostura.
Sus movimientos comenzaron a volverse erráticos, y eso me dio la oportunidad de contraatacar.
Mi golpe impactó en su estómago, lanzándolo contra la pared con tal fuerza que hizo un hueco en la roca.
No obstante, no logró matarlo.
—Maldita sea…
no quería llegar a esto.
Lo vi levantarse, con sangre en el rostro, y algo había cambiado en él.
Su aura se expandió al máximo, un peso que no había sentido hasta ese momento.
—Espero que estés listo, mocoso.
No creas que ahora te será fácil.
Sabía que no podía seguir alargando esto, así que cerré los ojos y me concentré.
—¡Muere, maldito!
Visualicé la trayectoria, cada músculo tenso, y lancé mi puño directo a su pecho.
Era un golpe mortal, destinado al corazón.
Sentí cómo su fuerza se disipaba al instante, y el espadón cayó al suelo con un estruendo metálico.
—Je…
eres un monstruo, ¿sabes?
Incluso yo sé que durante toda esta batalla te contuviste, pensaste que no valía la pena usar toda tu fuerza.
Maldito monstruo.
El jefe bandido, con esfuerzo, trató de separarse de mi puño, escupiendo sangre mientras caía.
—Escucha, mocoso…
a donde vayas solo provocarás temor con tu fuerza.
La gente te odiará, te querrá muerto…
y nunca conseguirás algo de verdad…
incluso ella —apuntó a Calyndra, que me observaba con tristeza tras su propia pelea— Te tendrá miedo.
Nunca sentirás el amor de verdad, solo el miedo en sus…
Sus palabras se cortaron abruptamente cuando finalmente colapsó, sin vida.
Sin embargo, sus últimas advertencias retumbaron en mi cabeza.
Mi maestra ya me había hablado sobre mi fuerza y lo especial que soy, pero…
—Auren.
Una voz cálida me llamó en ese momento.
Poco después, sentí cómo agua comenzó a deslizarse sobre mi cuerpo, limpiando la sangre que cubría mis brazos y manos.
—Estás muy sucio…
—Calyndra…
¿te doy miedo?
Se quedó en silencio por un momento.
—No, Auren…
pero cuando te vi salir de la barrera, sí sentí miedo.
No eras el mismo de siempre, pero lo entendí…
era la lección que quería darte Tayana.
Calyndra sostuvo mi mano hasta que quedó limpia y luego me abrazó con fuerza.
—Auren, no tienes que cargar con todo solo.
Estaré contigo, y nunca voy a tener miedo de ti.
Tú y yo vamos a permanecer unidos, y te seguiré incluso si todo el mundo te odia.
Hundió su rostro en mi pecho y yo la abracé con fuerza.
Sus palabras fueron un alivio, un recordatorio de que no estaba solo.
El silencio se rompió de repente, cuando unos aplausos resonaron desde el camino de la cueva que conducía a donde estábamos.
Era mi maestra.
—Bien hecho, Auren…
lo hiciste bien.
Se acercó a nosotros con paso firme.
—Auren, como tu maestra, ahora tengo que evaluarte: decirte qué estuvo bien y qué estuvo mal.
Así que toma asiento.
Calyndra, hazme el favor.
Calyndra usó su magia para crear, entre los cuerpos y escombros, una mesa y un par de sillas.
—Por cierto —continuó mi maestra—, quizás no sea agradable, pero tendrás que tomar la cabeza del jefe y de sus principales secuaces.
La necesitarás para cobrar la recompensa.
No será bonito, pero son cosas que se deben hacer.
Eso me estremeció un poco, pero no tuve que hacerlo yo; Calyndra se encargó usando su magia.
—Auren, escucha —dijo mi maestra, con tono serio—.
Como se mencionó antes, esta lección es muy importante.
No todos tus enfrentamientos serán contra bestias.
A veces, tendrás que matar humanos…
y lo harás más de una vez.
Estuvo bien que dudases, que sintieras algo al matarlos; sigues siendo humano y no debes perder eso.
Hizo una pausa, juntando las manos.
—Lo que estuvo mal fue, primero, que dejaras que tus emociones se apagaran y te convirtieras en una especie de bestia, y segundo, que escucharas a la basura.
Los muertos creerán que todos somos basura, pero eso no es verdad.
Solo intentan atormentar a los vivos, no debes creer ciegamente en todo lo que digan.
—Esas son mis únicas observaciones.
Tu lección ha terminado, felicidades…
ahora ya no eres un aprendiz —dijo con un dejo de tristeza en la voz que no duro mucho.
—Por cierto —continuó, esbozando una sonrisa traviesa—, ¿qué opinas?
Aquí hay muchas personas que fueron secuestradas.
Podríamos liberarlas…
pero, ¿qué tal si primero buscamos los tesoro?
Apuesto a que hay muchas joyas preciosas.
Pude ver cómo los ojos de Calyndra y Tayana comenzaron a brillar, y me miraron como si me estuvieran suplicando.
No pude negarme: lo más probable es que cerca del tesoro estuvieran las víctimas.
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