Una Estrella Moribunda - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Los aventureros y la Solicitud de la Maestra
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11: Los aventureros y la Solicitud de la Maestra.
11: Los aventureros y la Solicitud de la Maestra.
—¡Oh, por los dioses, qué joyas tan hermosas!
Todas son preciosas…
¡y miren todo este oro, somos ricos!
—gritó Calyndra con un brillo infantil en sus ojos mientras dejaba escapar una risita de pura felicidad.
Nos tomó un buen rato, pero al fin dimos con el tesoro de los bandidos.
Una montaña de monedas doradas y cofres repletos de gemas y joyas resplandecían bajo la tenue luz.
Cadenas de plata, brazaletes finamente trabajados y coronas olvidadas, todo apilado como si los ladrones hubieran querido crear un altar a la avaricia.
Calyndra, incapaz de resistirse, ya se probaba aretes, anillos y hasta una tiara engastada con rubíes, mirándose de reojo en un fragmento de espejo roto, riendo como una niña en un festival.
Por otro lado, mi maestra observaba las riquezas en silencio.
Aunque también disfrutaba del brillo del oro, pude notar algo distinto en su mirada: no había codicia ni deseo…
sino un aire lejano, como si esas riquezas no significaran nada para ella.
Una sombra de melancolía cruzaba su rostro, y en ese instante comprendí que algo más ocupaba sus pensamientos.
Cuando iba a preguntarle a mi maestra si algo la molestaba, Calyndra me interrumpió.
—Auren, ¿nos vamos a llevar todo esto, verdad?
—dijo con una sonrisa radiante.
Se había plantado frente a mí, adornada con anillos de oro en cada dedo y una corona demasiado grande que casi se le deslizaba por la frente.
Su dedo señalaba con entusiasmo el tesoro, esperando mi confirmación.
Perdí la oportunidad de cuestionar a Tayana, que en ese momento suavizó su expresión, ocultando de nuevo aquello que había dejado entrever.
—Así es…
—respondí al fin—.
Todo este tesoro es nuestro.
Vamos a guardarlo.
Nos tomó un buen rato almacenar el oro, sobre todo porque Calyndra insistía en probarse tiaras, collares y brazaletes, riendo sin parar mientras yo fingía reproches.
Su alegría llenaba la caverna, y por un momento el ambiente se volvió ligero, casi feliz, como si todo lo vivido minutos antes hubiera sido un mal sueño.
—Bien, ya tenemos el dinero…
y también algunas armas útiles —comenté con una risa cansada—.
Ahora podremos pasar con las víctimas para liberarlas.
La transición fue rápida.
Nos movimos hacia la siguiente cámara, y allí estaban.
Tal como era de esperarse, los bandidos solo habían raptado en su mayor caso solo mujeres.
—Auren, déjanos a nosotras encargarnos de esto.
Comentó Tayana mientras se acercaba a las víctimas junto con Calyndra.
Apenas las vieron, muchas de ellas se estremecieron de miedo; era natural después de todo lo que habían pasado, cualquier desconocido podía parecer una amenaza.
Aun así, Calyndra intentó suavizar la situación, hablándoles con calma y ternura.
—No teman, vamos a liberarlas.
Todo estará bien.
Al inicio, ninguna le creyó.
El miedo y la desconfianza estaban demasiado arraigados…
hasta que Calyndra tomó con cuidado la mano de una de las mujeres.
Ella rompió en llanto, y en ese instante la tensión se deshizo; las demás comenzaron a llorar también, dejando salir su dolor reprimido.
Yo, mientras tanto, me quedé apoyado contra unos barrotes oxidados, observando en silencio.
—Oye…
Una voz débil me sacó de mis pensamientos.
Giré la cabeza y, entre la penumbra, vi a una joven en paños menores, sujeta con grilletes de madera que la forzaban a permanecer de pie, con los brazos levantados en una postura incómoda.
En su cuello llevaba un collar negro, extraño y opresivo.
La oscuridad no me permitió inspeccionarlo bien, además de que no quería parecer grosero observándola en ese estado.
—¿Puedes…
sacarnos de aquí?
—susurró con desesperación.
Di un paso adelante, confundido.
Desde la oscuridad se empezaron a mover otras siluetas.
Poco a poco emergieron tres hombres y una mujer más.
A diferencia de la primera, ellos solo estaban sujetos con esposas de madera en muñecas y tobillos.
La mujer estaba vestida, los demás apenas conservaban ropas harapientas.
Me quedé un poco confundido, pues estas personas eran muy diferentes al resto.
—No somos bandidos, somos aventureros —respondió aquella chica, intentando calmar mi desconcierto—.
Vinimos a liberar a las personas que habían sido secuestradas, pues entre ellas se encontraba la hija de un noble.
Sin embargo, no contábamos con que Branthor el Despiadado sería el jefe de los bandidos.
Tsk…
nos tomó por sorpresa.
Quizás habríamos podido vencerlo, pero no estaba solo: hombres fuertes como Mordrek, Krovack y Zorath también estaban bajo su mando.
Pude ver cómo apretaba los dientes, llena de rabia, hasta que finalmente su expresión cambió al temor.
—No tenemos mucho tiempo.
Libéranos, para poder irnos de aquí, si ellos regre…
—Ya están muertos.
—¿Eh…?
La incredulidad se reflejó en su rostro.
A sus ojos yo solo era un joven con suerte que, por algún golpe del destino, había logrado llegar hasta allí.
—Auren, ¿quiénes son ellos?
Calyndra se había acercado a mí, algo curiosa por verme hablando con alguien.
Sus ojos se abrieron de inmediato, y con una expresión molesta extendió su mano: de pronto, un velo de tierra cubrió mis ojos, impidiéndome ver a la chica.
—¡Mouu…!
Apenas me descuido un minuto y ya estás coqueteando con otra —protestó inflando su mejilla derecha, mientras mantenía su magia para taparme los ojos.
—¡Espera, Calyndra, no es lo que crees!
¡Son víctimas!
Intenté protestar, pero no logré sacarla de esa confusión.
—Ejem…
—tosió con fuerza la chica encadenada—.
Lo siento si interrumpo su momento de novios, pero necesitamos movernos antes de que ellos regresen…
Calyndra parpadeó, confundida al inicio, hasta que golpeó con el puño la palma de su mano, como si por fin hubiera captado lo que se decía.
—Ya no tienen de qué preocuparse.
Todos están muertos.
En ese instante, retiró la tierra que cubría mis ojos.
El silencio reinó por un momento, hasta que Calyndra abrió su almacén dimensional y, con un gesto, hizo flotar la cabeza cercenada del jefe de los bandidos.
El grito de los aventureros retumbó en toda la cámara, tan fuerte que por un segundo pensé que harían caer las paredes.
La tensión subió de golpe, y mi maestra tuvo que intervenir para calmar la situación.
—¿Q-Quienes son ustedes…?
—preguntó uno de los aventureros, aún pálido.
—Solo Branthor ya era considerado de rango A…
y sus principales secuaces, al menos de rango B y C…
—balbuceó la sacerdotisa del grupo, con los ojos abiertos de par en par—.
¿Nos estás diciendo que eres…
un aventurero de rango A o superior…?
—No somos aventureros —respondió Calyndra.
Su respuesta dejó al grupo desanimado, salvo a la chica con la que había hablado al inicio.
Le costó aceptarlo, pero ante la evidencia no le quedó otra que admitir la realidad.
—Disculpa, entonces —dijo ella—.
Fuimos groseros con nuestros salvadores, pero antes de presentarnos, ¿puedes liberarnos, por favor?
Calyndra y yo nos miramos, ella asintió levemente.
Concentré mi Aura en el cuerpo y, con la fuerza de mis manos, abrí los barrotes.
El grupo dio un pequeño salto hacia atrás, claramente en pánico.
—Vaya…
usas el Aura.
Con razón pudiste ganar —comentó la sacerdotisa, observándome con asombro.
—¿No es algo normal usar Aura?
—preguntó Calyndra, intentando despejar su duda.
—Sí, pero no todos pueden usarla para fortalecerse al punto de doblar barras de metal —respondió la sacerdotisa.
Liberamos a los prisioneros sin dificultad, aunque Calyndra me impidió acercarme a su líder.
La líder entendió la situación y simplemente suspiró, sin decir nada.
—¿No son estos grilletes demasiado delicados para evitar que los rompieran?
—pregunté, curioso.
—Lo son —contestó la joven, cayendo al suelo agotada y suspirando—.
Pero…
—No los rompimos porque nos tomaron como prisionera a nuestra líder.
No podíamos abandonarla —aclaró la sacerdotisa, mientras se acercaba a su líder y comenzaba a entonar un canto: “Oh madre piadosa, señora de nuestra luz, por favor, concede a tus sirvientes que te llaman con sus plegarias la fuerza para curar a nuestros heridos.
Curar mediana, Alas de Luz.” Un resplandor verde oscuro iluminó el cuerpo de la líder del grupo, y pude notar cómo su rostro mostraba satisfacción, incluso un débil “gracias” hacia nosotros.
Sentí curiosidad y levanté la mano hacia ella, pero Calyndra sostuvo la mía, negando con la cabeza.
Ellas lo notaron.
—¿También sabes usar plegarias?
—preguntó la líder.
—Disculpa, mi nombre es Evangeline —continuó—.
Ella es Mariana, nuestra sacerdotisa.
Los chicos se llaman Michael, Saul y Lissandro: el Tanque, el arquero y el Mago Blanco.
Mis ojos se dirigieron hacia ellos mientras se levantaban y me saludaban.
Su sorpresa fue evidente al notar que Calyndra era una elfa.
Es muy raro ver a una elfa —continuó Evangeline mientras se ponía de pie, aun algo insegura—.
Aunque son muy reconocidas como aventureras, como civiles son…
diferentes.
—Con respeto a mi pregunta…
por un momento vi cómo intentabas usar una plegaria.
—¿En serio?
—le brillaron los ojos con curiosidad—.
¿A qué iglesia fuiste?
¿En qué dios crees?
¿Cuánto llevas rezando?
¿Tienes alguna rutina?
Se acercó mucho más a mí, hasta que Calyndra la miró, claramente molesta.
—Lo siento mucho, Mariana, pero por favor no molestes a nuestros salvadores —dijo Evangeline con un tono suave—.
Muchas gracias por salvarnos.
Evangeline agachó la cabeza en una reverencia, gesto que repitieron todos los miembros de su grupo.
Calyndra sonrió y, de su almacén dimensional, sacó una piel de lobo y se la entregó para que pudiera cubrirse.
—Gracias…
Pude ver cómo Evangeline examinaba la piel del lobo con detenimiento, como si quisiera asegurarse de algo, mientras salíamos de la cueva los últimos, ya que Tayana se encontraba afuera con las demás personas que habíamos rescatado.
—Oh, vaya, chicos, tardaron mucho.
¿Se estaban divirtiendo?
—dijo Tayana de manera energética, observando el pequeño grupo que acababa de salir—.
Bien, si ya está todo…
Auren…
—¿Qué sucede?
—le pregunté, algo confundido, mientras la veía mirar la luna y girar lentamente para darme la espalda.
—¿Tienes planeado convertirte en aventurero y volverte más fuerte?
—Aún no me miraba.
—¡Sí!
En cuanto a volverme más fuerte, sí…
pero ser aventurero…
—me detuve un momento a pensar.
Pude notar cómo Calyndra silenciaba discretamente a Evangeline; parecía que ella había comprendido algo que yo todavía no entendía.
—Ya veo…
—dijo Tayana con tristeza.
En ese momento, mi maestra acumuló energía en su mano derecha y, de repente, limpió una parte significativa del bosque, creando un terreno despejado.
La hazaña levantó una nube de polvo que me golpeó, aunque los demás no fueron afectados, pues Calyndra había formado una barrera de viento que bloqueó las partículas.
—Auren —dijo mientras se giraba para mirarme.
Sus ojos brillaban, y por primera vez la vi llorar mientras sonreía—.
—¿Qué sucede?
—algo dentro de mí sabía la respuesta, pero no quería aceptarla.
—Auren, yo soy una no muerta.
Mi clasificación es “death knight”, aunque soy una variante…
una monje.
He llegado al tope de mi clase y sé que podría evolucionar, pero al hacerlo perdería quién soy.
Por eso hoy —me señaló con un dedo firme—, hoy, como el futuro aventurero que eres, te reto a que me derrotes.
Suspiré profundamente y comencé a caminar con la mirada baja hacia el centro del terreno despejado.
No hablé, no me expresé, no la miré hasta que estuve a mitad del terreno, al aire frio y levemente húmedo impactaba a piel desnuda de mi pecho.
Entonces levanté la vista, y las lágrimas comenzaron a caer.
No quería retractarme; esta vez, distinto a la primera vez que enfrenté algo así, lo daría todo.
—Yo, Auren, acepto tu reto y acabaré contigo —dije con voz firme y decidida.
Calyndra permaneció inmóvil, sus ojos llenos de tristeza mientras instintivamente empujaba hacia atrás a los demás, incluso al grupo de aventureros que retrocedió hacia la entrada de la cueva.
Esta vez no había intermediarios; era un duelo uno contra uno: maestro y discípulo.
Pude ver cómo mi maestra avanzaba hacia mí, deteniéndose a solo unos metros.
Se colocó en posición de combate: el pie derecho adelante, los músculos tensos, los puños en alto y la mirada fija en mí.
Sus ojos brillaban intensamente y un aura densa, cargada de energía, recorría su cuerpo en un tono amarillo brillante que iluminaba el terreno a su alrededor.
Calyndra levantó la mano y liberó una esfera de fuego hacia el cielo; cuando alcanzó su punto máximo, explotó con un estallido que marcó el inicio del encuentro.
Mi maestra no se contuvo: lanzó un potente puñetazo con su brazo derecho, directo hacia mí.
No busque evadirlo; quería mostrar le cuánto había crecido gracias a su entrenamiento.
Bajé el centro de gravedad, separando y flexionando las piernas, y usé mi antebrazo izquierdo para desviar su golpe.
La fuerza de su impacto se redirigió hacia afuera, creando una nube de humo que se expandió y arremetió hacia atrás de mi.
Mi maestra sonrió apenas, y un tenue “Bien hecho” escapó de sus labios, pero no me dio tiempo a saborearlo.
Con un movimiento casi imperceptible, tomó mi mano izquierda, rompiendo mi guardia, giró ágilmente y apoyó su brazo contra su hombro, impulsándome hacia adelante.
Terminé con la espalda estrellándose contra el suelo, levantando un cráter de tierra y polvo que me cegó por un instante.
No sentí dolor; no porque el golpe fuera débil, sino porque mi Aura blanca y densa cubría mi cuerpo como un escudo vivo.
Mientras ella me sostenía, tiré hacia abajo con toda mi fuerza.
Su equilibrio se rompió y mi mano se liberó; por un momento recuperé distancia y respiración.
Pero no había tiempo para relajarse.
Se lanzó de nuevo, lanzando una lluvia de puñetazos veloces y precisos.
Mi instinto se convirtió en guía: esquivaba, bloqueaba, giraba, cada golpe esquivado era una fracción de segundo ganado.
No eran tan potentes como el primero, pero la cantidad y velocidad eran abrumadoras; uno me alcanzara y me arrastraría a un encadenamiento imposible de parar.
Mi mente gritó la orden exacta, y mi cuerpo respondió: impulsé mi puño derecho directo a su estómago.
El impacto levantó una estela de aire que cortó el polvo, y por un instante vi la sorpresa en sus ojos.
Su defensa se tambaleó y sentí como la había levantado un poco del suelo para hacerla retroceder, y sentí un poder recorriendo mi brazo, la fuerza de mi entrenamiento concentrada en un solo golpe.
Esto solo fue el calentamiento, sabia que la verdadera pelea iba a comenzar ahora.
El aura de mi maestra comenzo a hacerse cada ves mas gruesa y la estaba concentrando en lo que era sus extremidades; Brazos, puños, piernas, pies, era como una especie de armadura de Aura, tuve que hacer lo mismo en ese momento.
Nos lanzamos al mismo tiempo.
Nuestros puños, envueltos en Aura densa, chocaron sin llegar a tocarse directamente.
El impacto liberó descargas de energía que se dispersaron en forma de relámpagos, cada uno explotando contra el suelo y dejando pequeños cráteres a nuestro alrededor.
“Mírame…
mírame, y por favor descansa en paz…
maestra.” Las palabras resonaban en mi mente, pesadas como un juramento.
Sabía que debía darle un descanso digno, pero ella seguía ahí, firme, igualada conmigo.
No bastaba con lo que era ahora.
Necesitaba un empuje más…
algo que rompiera mis límites.
“Úsame…
úsame…” La voz volvió, la misma que había hablado en el pasado volvió como si también quisiera cumplir mi deseo.
Al escucharla, una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios.
Entonces mi Aura comenzó a cambiar: de su blancura pura surgieron llamas, un fuego etéreo que cubría mi cuerpo, ardiendo sin quemar, rugiendo con un poder nuevo.
El aire vibró.
El suelo tembló.
Los ojos de mi maestra se abrieron de par en par en el instante en que nuestras fuerzas volvieron a encontrarse.
Su Aura amarilla no pudo resistir el embate de mis llamas blancas.
El choque destrozó no solo su guardia, sino también la forma misma de su brazo: su puño se quebró hasta el antebrazo.
Retrocedió con un reflejo impecable, lanzándome una patada que me hizo retroceder varios metros.
Aun así, cayó de rodillas, y al mirar su brazo dañado no hubo sangre, sino un resplandor: una luz que escapaba de su interior, como si su magia contenida se filtrara a través de la grieta de su cuerpo.
Su expresión cambió de golpe.
La tristeza que había en sus ojos se apagó y fue reemplazada por una determinación fría.
Su Aura, que antes brillaba en un resplandor externo, comenzó a comprimirse y a hundirse en su interior, como si su cuerpo mismo fuera un contenedor de poder.
De pronto, frente a mí, emergió algo imposible: un brazo espectral formado enteramente por su Aura, sólido, preciso, totalmente funcional.
No tuve tiempo de asimilarlo.
Ella ya se había movido.
Lo vi en una fracción de segundo, casi como si el mundo se ralentizara: su pierna impactando directo contra mi estómago.
El golpe me expulsó sin piedad contra el acantilado en la mis pared que daba a la entrada de la cueva.
El estruendo fue ensordecedor: la roca se partió, y quedé incrustado en un cráter profundo, con la espalda ardiendo por el choque.
Quise reaccionar, pero no me dio respiro.
Mi maestra se lanzó sobre mí con una furia desatada, descargando golpe tras golpe, cada uno más pesado que el anterior.
Pude cubrirme con mis brazos, reforzándolos con mi Aura cargada, pero aun así, cada impacto me hacía retroceder más en la roca, empujándome hacia adentro, hundiéndome en el acantilado como si quisiera sepultarme en él.
El eco de sus golpes resonaba como truenos en todo el lugar y si eso sigue entonces se podría poner mas peligroso por lo que tuve que reaccionar y me impulse con mis piernas en ese momento para poder realizar una tacleada, pude conseguir sostenerla en ese momento y salir disparado de aquel agujero que habíamos hecho.
No salí ileso.
Cada puñetazo de mi maestra se clavaba en mi espalda y en mis costados como martillazos.
Sentía cómo mi cuerpo cedía poco a poco, y tuve que reforzar con todas mis fuerzas el aura en mi cabeza para no perder la conciencia.
El mundo temblaba con cada impacto, pero me aferré a la idea de no caer, no todavía.
Entonces, en un instante, un respiro: logré sentir el aire fresco.
Aproveché esa apertura y, con un grito de esfuerzo, solté mi guardia.
Giré el torso y descargué con todo mi pie derecho directo en su estómago.
El impacto fue seco, brutal.
Mi maestra salió disparada y se estrelló contra el suelo, levantando una nube de polvo.
No duró mucho la tregua.
Apenas un par de segundos.
Su silueta se alzó de nuevo entre la polvareda, sus ojos brillando como brasas.
Se lanzó contra mí con la misma ferocidad, y su puño etéreo buscó mi rostro.
Pero esta vez ya estaba preparado.
Desvié el golpe con un movimiento rápido y, aprovechando la apertura, concentré toda mi Aura en flamas alrededor de mi brazo.
Sentí el calor devorar mi piel, rugiendo por salir, y entonces descargué el puño contra su estómago.
El choque fue devastador.
Un estruendo sacudió el suelo y una onda de aire salió disparada hacia los lados.
El golpe fue mucho más intenso de lo que había previsto; mi maestra, sorprendida, no tuvo tiempo de resistir y cayó de espaldas, estrellándose contra el suelo, con los ojos abiertos de par en par.
Por primera vez, la vi vulnerable.
—Eso no es justo, Auren…
—la voz de mi maestra sonaba apagada, más débil que nunca.
Su brazo etéreo comenzó a desvanecerse, fragmentándose en destellos que se apagaban al caer.
Su respiración era agitada, irregular, y aun así, con dignidad, se dejó caer sentada sobre la tierra.
Levantó un poco su ropa, mostrando su estómago marcado por el resplandor de mis llamas.
—Desde que me diste tu primer golpe…
jamás me recuperé del todo.
—sonrió, con un brillo de orgullo en sus ojos, aunque la tristeza los teñía.— Esa herida se convirtió en mi punto débil, y ahora…
has golpeado en el mismo lugar una y otra vez.
Por un instante, sus dedos temblorosos trataron de apagar las llamas blancas que ardían en su cuerpo, pero estas se resistían, como si fueran más que fuego: un juicio.
—Ni siquiera puedo extinguir tu poder…
solo retraso lo inevitable con mi Aura.
Me miró directo a los ojos, con la misma firmeza que me acompañó en cada entrenamiento, cada caída, cada enseñanza.
—Ya sabes lo que sigue, Auren.
—su voz se quebró apenas un instante.— Ponle fin.
Haz lo que yo no puedo hacer.
Ambas manos se juntaron sin que yo supiera realmente lo que hacía; solo dejé que mi instinto me guiara.
Entre mis palmas nació una flama blanca, pequeña, distinta a la que había usado en el combate.
No quemaba, no dolía…
su calor era suave, como un susurro de paz.
La acerqué al cuerpo de Tayana y, apenas la rozó, la flama se expandió lentamente por todo su ser.
—¿Q-qué es esto…?
—murmuró, con sorpresa en su voz.
Las llamas se deslizaron por su ropa, consumiéndola sin dejar cenizas, como si arrancaran solo las ataduras de su carne.
Pronto quedó desnuda frente a mí, y por respeto desvié la mirada.
Pero ella rió, ligera, como no lo había hecho en siglos.
—Mírame, Auren.
—me pidió.
Obedecí.
Entonces se levanto y dio un paso hacia mí, y me abrazó.
La envolví entre mis brazos, aunque poco a poco dejé de sentir partes de su cuerpo.
Su peso, su fuerza, su presencia física se desvanecían, pero ella permanecía allí, cálida, real, aferrándose a mí en un último gesto humano.
—Gracias, Auren.
Lo último que sentí de ella fueron sus labios rozando mi mejilla en un beso suave, tan cálido que por un instante olvidé que estaba abrazando a una no muerta.
Cuando se apartó, su forma ya se deshacía, como arena escapando entre los dedos.
Dio un par de pasos hacia atrás, mirándome con ternura, y me regaló su última sonrisa: serena, luminosa, libre.
Luego…
simplemente ya no estuvo.
Su silueta se desvaneció en la brisa, dejando tras de sí un vacío que me hizo caer de rodillas.
Bajé la cabeza, incapaz de sostener la mirada al mundo, mientras un peso insoportable me aplastaba el pecho.
—Auren.
Sentí la mano cálida de Calyndra posarse en mi espalda.
Al girar, solo estaba ella, firme a mi lado.
—Ella ya puede descansar en paz.
Lo sabía, en el fondo lo sabía…
pero el dolor no se apagaba.
Tayana había sido mi maestra, mi guía, la segunda persona con la que había forjado un lazo tan profundo que sentía que me arrancaban un pedazo del alma.
Una lágrima se deslizó por mi rostro; la limpié con la mano temblorosa, intentando conservar la dignidad, aunque por dentro estuviera roto.
—Está bien, Auren…
está bien llorar por los muertos.
Calyndra me rodeó con sus brazos por la espalda.
Su calidez me sostuvo en el instante en que más lo necesitaba, justo cuando los primeros rayos del sol despuntaban en el horizonte y bañaban la tierra en un resplandor dorado.
Respiré hondo, intentando contener la mezcla de dolor y alivio en mi pecho.
—Ya di el primer paso, Calyndra…
sigamos avanzando.
Ella me besó suavemente en la mejilla, justo en el lado contrario donde lo había hecho mi maestra, como si quisiera equilibrar el vacío con una nueva promesa.
Luego me tendió la mano, firme y luminosa.
La tomé.
Y así, con lágrimas todavía frescas en mis ojos, me levanté dispuesto a continuar nuestra historia.
Final del Capitulo 1
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com