Una Estrella Moribunda - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Preludio del capitulo 2 - Evangelina La aventurera
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12: Preludio del capitulo 2 – Evangelina, La aventurera 12: Preludio del capitulo 2 – Evangelina, La aventurera Punto de vista de Evangelina Mi nombre es Evangelina De Saint-Clair, heredera de la casa De Saint-Clair, una noble de rango Márquez del reino de Quincy.
Aunque aún no he heredado el título de mi padre, el marqués Étienne, he cumplido con mi papel como noble de alta cuna, solo por debajo del rey.
Mi padre reside en la capital real, pero su dominio abarca las ciudades fronterizas con el reino oscuro.
Actualmente estaba en Nytheria, supervisando la ciudad y, como aventurera de grado A —rango alto dentro del gremio— debía reportarme cada vez que llegaba a un nuevo territorio.
—Líder…
—dijo Mariana, rompiendo mi concentración.
Estábamos dentro del gremio de aventureros, un lugar lleno de murmullos, risas y el crujir constante de papeles.
Mi grupo estaba sentado a la espera, mientras yo me acercaba a la recepción.
Una joven recepcionista me sonrió al reconocerme, dejando entrever que ya sabía quién era.
—Espera, Mariana, necesitamos hacer todo esto con cuidado para no repetir el desastre de la última vez que nos multaron.
¿O acaso quieres pagar la multa tú sola?
—dije, girando hacia ella con una ceja arqueada.
Mariana suspiró y bajó la mirada, pero asintió.
—Disculpe, señorita Evangelina.
Si desea, hay una petición del señor de la ciudad, el conde Didier de Montferrand.
—Perfecto.
—Sonreí levemente mientras tomaba los documentos—.
—Habla me de la petición del Conde, ¿Qué sucede?.—Me centre en ese momento en prestar atención a lo que me iba a comentar la recepcionista.
—Verán, su hija, la señorita Célestine de Montferrand, fue secuestrada por unos bandidos.
Actualmente no se tiene mucho conocimiento sobre qué banda se trata, pero se considera una petición de rango B o superior.
El señor no puede movilizar a sus tropas, ya que últimamente se han presentado ataques a la ciudad por parte de monstruos.
Es una petición urgente y con buena recompensa.
La voz de la recepcionista sonaba preocupada, pero un grupo de bandidos siempre representa un riesgo; generan problemas no solo con los civiles, sino con la seguridad de toda la ciudad.
—Está bien, tomaremos la petición.
Los ojos de la recepcionista se iluminaron en ese momento, y se pudo notar su felicidad en la expresión.
—Entonces pasemos al papeleo y a toda la información que tenemos.
Luego de que la recepcionista nos diera toda la información, decidimos partir de inmediato.
El camino no era nada fácil: debíamos adentrarnos en el Bosque Oscuro, un lugar dividido en cuatro niveles, siendo el último el más complicado incluso para aventureros de nuestro rango.
Se dice que las bestias de este bosque son inteligentes; no pelearán contra alguien con quien no crean tener oportunidad de ganar.
Por eso, durante los dos primeros niveles apenas tuvimos problemas: la mayoría nos ignoró, y solo algunos osos nos atacaron al confundirnos con presas fáciles.
Pasaron los dias y finalmente ingresamos al tercer nivel.
Apenas pusimos un pie allí, sentimos de inmediato las miradas de varias criaturas fijas en nosotros.
—¡En posición!
—grité en ese momento, dando la orden para que el equipo se pusiera en guardia.
Nuestro tanque, Michael, avanzó al frente y colocó su escudo con firmeza.
—¡Treant!
—señalé con la mano al árbol que se había puesto en movimiento.
Apenas nos vio, no dudó en atacarnos, lanzando sus ramas como lanzas.
El impacto resonó contra el escudo de Michael, que resistía con todas sus fuerzas.
—”Oh, dios, dame tu poder y la resistencia para que mis compañeros luchen hasta el final de sus momentos.
Bríndame tu fuerza para lograr cumplir nuestro objetivo…
Resistencia Menor”.
Nuestro mago blanco, Lissandro, entonó su plegaria, y de inmediato una cálida aura naranja nos envolvió, reforzando nuestras Resistencia.
—”Concede tu respiración, oh diosa del agua.
Llena con tu energía esta espada con hielo tan puro que congele a mis enemigos…
Encanto: Beso Helado”.— El filo de mi espada mágica se tiñó de un brillo gélido, tan afilado como siempre, pero ahora con el poder de congelar todo lo que tocara.
—¡Vamos!
—di la orden a mi grupo de atacar al Treant.
No fue sencillo.
Mientras nuestro tanque resistía sus embates con el escudo, las ramas del coloso lo golpeaban con tal fuerza que el metal comenzó a abollarse.
Nuestro arquero, Saul, disparaba flechas rápidas para distraer al enemigo, y en ese instante aproveché para clavar mi espada en la espalda del Treant.
El hielo recorrió su tronco, endureciendo la madera, y con una embestida brutal Michael lo partió en dos.
—Buen trabajo —dijo Mariana mientras se acercaba a Michael para revisar si había sufrido algún daño.
Más allá del cansancio físico y un par de mellas en su equipo, todo parecía en buen estado.
Me quedé mirando los restos del Treant.
Apenas habíamos puesto un pie en el nivel tres del bosque y ya nos había aparecido una criatura así.
Mis ojos pasaron de los restos al escudo de Michael: estaba hecho por un artesano que sabía cómo potenciar el aura al máximo.
Aunque Michael no era un experto en manipularla, aquel escudo reforzado con magia hacía que pudiera resistir golpes que habrían acabado con cualquiera de nosotros.
—Algo está cambiando el equilibrio del bosque.—dije con un tono de seriedad.
Mi equipo, al escuchar mis palabras, volteó a verme con el mismo semblante grave.
—Sí…
no es muy común ver monstruos fuertes apenas entrando a este nivel del bosque.
No era muy inteligente, puede que incluso fuera joven…
lo cual hace peor el asunto.
Líder, ¿deberíamos seguir con esta misión?—preguntó Michael mientras observaba su escudo, abollado por la lucha.
Lissandro, en silencio, comenzó a concentrar magia en una de sus bolsas para activar el almacén y guardar los restos del Treant sin procesar.
—Sigamos, ya estamos cerca de donde se vio la base de los bandidos.—respondí firme.
Mi equipo asintió y continuamos hasta que el atardecer cayó.
Finalmente, llegamos al punto donde se había reportado la base: la entrada a una cueva.
Nos ocultamos entre los matorrales densos para evitar ser vistos.
—Atacaremos de madrugada, cuando la noche esté en su punto más oscuro.— Todos asintieron y nos retiramos a un lugar seguro y escondido para montar un campamento improvisado, la pared de un acantilado que nos daba la protección de unas rocas grandes que estaban el suelo.
—Líder…
¿está todo bien?—me preguntó Mariana, con algo de duda en su voz, mientras yo mantenía la mirada fija en la roca frente a nosotros.
—Oh, no.
Solo pensaba en algo…
Nos dijeron dónde se había visto el campamento de los bandidos, pero no mencionaron qué grupo era, ni su líder, ni siquiera quién hizo el reporte.—respondí.
—Tienes razón…
es demasiado sospechoso.
Quizás por eso nadie pudo completar esta misión, o quizás…
—Quizás sea una trampa.— Una voz desconocida nos interrumpió.
Venía desde lo alto de un acantilado.
Al alzar la vista, lo que vimos heló nuestra sangre.
—Branthor…
el Despiadado.
Y Mordrek, el mago de hielo…
también están Krovack, Zorath…
Tan solo Branthor, actual aventurero de rango A, y Mordrek, de rango B, bastaban para preocuparnos.
Ambos habían pertenecido a un famoso grupo de aventureros conocido como Los Lobos Oscuros.
Pero tras una misión fatídica Solo ellos dos sobrevivieron…
y desde entonces nadie volvió a trabajar con ellos.
Rumores oscuros circulaban en torno a su caída.
Y ahora, encontrarlos de esta manera…
Aparte de Krovack, Zorath también eran conocidos maleantes buscados; ambos con rango C.
Junto a ellos había otros bandidos que también parecían peligrosos.
Esto era demasiado arriesgado; lo lógico habría sido retirarnos, pero apenas nos pusimos en guardia escuchamos voces que provenían del bosque: una emboscada.
—Ouh…
pero si tú eres toda una belleza.
Tú…
y esa chica que te acompaña en el grupo.
Sin duda podría divertirme con ustedes esta noche hasta saciarme.
El líder habló con un tono dominante, su mirada de depredador me provocó un profundo asco; a Mariana, en cambio, la paralizó el miedo, al punto de esconderse detrás de Michael, quien alzó su escudo para protegernos.
Saul, sin pensarlo, apuntó su arco contra Branthor y disparó, pero las flechas fueron desviadas con facilidad por la enorme espada que aquel portaba.
—Tsk…
nunca es fácil.
—Murmuró Saul, frustrado.
El grupo del acantilado descendió por la roca, coordinando un ataque en pinza que nos dejó atrapados justo en medio.
—Mi nombre es Evangelina.
Evangelina De Saint-Clair, heredera de la casa De Saint-Clair.
Si me asesinan aquí, la noticia se esparcirá, y mi padre no descansará hasta encontrar a cada uno de mis asesinos.
—Alcé la voz con toda la firmeza que pude reunir—.
Y cuando eso ocurra, ustedes morirán.
Mis palabras hicieron que mis compañeros bajaran la cabeza; ya sabían quién era en realidad, pero habían respetado mi deseo de ser tratada como una más del grupo.
Sin embargo, en esta situación, era mi carta desesperada.
—Ouh, una noble…
qué sorpresa.
Bueno, no tanto…
porque en realidad ya lo sabíamos.
—Branthor rió con sorna.
—Es por eso que los mandé aquí.
La voz provenía de los arbustos.
De allí emergió la misma recepcionista que nos había entregado la misión, con una sonrisa enorme y llena de malicia.
—¡Tú…!
—Mi rostro se endureció de rabia al descubrir su traición.
—Resulta que tienes demasiados enemigos, querida.
Y un noble, muy interesado en ti, nos pidió que te raptáramos para usar tu vida como moneda de cambio.
Pero…
—sacó un largo cuchillo, mientras su cuerpo se contorsionaba de forma obscena, frotándose con deleite exagerado.
Sus ojos brillaban con un fulgor depravado, y pude ver corazones formarse en sus pupilas mientras se relamía los labios.
—Aunque, no creo que haya nada malo en probarte un poco antes.
Digo, mujer con mujer…
no cuenta como tu primera vez, ¿cierto?
Claro…
si es que todavía eres virgen.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Sus palabras eran repugnantes, y lo peor era la forma en que los demás hombres detrás de ella vitoreaban y reían, incitándola a cumplir su amenaza.
—Bueno, te presento a una de mis integrantes más nuevas.
Como ves, es experta actuando, y su carisma puede engañar a cualquiera.
Aunque no es muy buena peleando, nos sirve para atraer a las presas que queremos.
—Branthor habló con un tono descarado y condescendiente, antes de soltar un suspiro.— Bien, si te rindes ahora, prometo no matarte ni lastimarte.
Después de todo, muerta no nos sirves de nada.
Eso sí…
—sonrió con cinismo— la oferta es solo para ti; tus compañeros morirán.
—Espera un minuto…
—bajé la mirada, conteniendo la rabia y el miedo.— Me rindo.
No voy a oponer resistencia, pero no lastimes a mis compañeros.
Mis palabras fueron suficientes.
Uno a uno, mis amigos soltaron sus armas: el escudo, el báculo, el arco…
y finalmente, yo dejé caer mi espada.
No ofrecimos resistencia.
—Sabes bien que no puedo dejarlos ir.
Pero…
mmm…
¿qué te parece esto?
—Branthor se frotó la barbilla, sonriendo como un comerciante frente a mercancía nueva—.
Los venderé como esclavos.
La chica será muy codiciada, y los hombres como ellos…
bueno, la mano de obra barata siempre tiene compradores.
Mariana, al escucharlo, rompió en llanto y abrazó a Michael.
Su destino estaba marcado, y ella lo sabía: una simple plebeya con un poco de magia aprendida en un convento, arrojada a la peor de las suertes.
—No…
—di un paso al frente con firmeza, aunque mis piernas temblaban—.
Ella viene conmigo.
Mi padre está interesado en ella.
Dos monedas valen más que una.
Mentí, pero no podía permitir que Mariana acabara vendida como esclava.
Una chica tan pura y dulce no merecía ese destino.
—¿Ah, sí?
—Branthor arqueó una ceja, pensativo.— Muy bien, entonces serán dos monedas de cambio.
Dinero es dinero.
¡Ponle el collar mágico!
—¡Sí, sí!
—respondió la recepcionista con un extraño entusiasmo.
Ni siquiera me di cuenta de cuándo se había acercado tanto.
De pronto, el frío metal me rodeó el cuello, y al cerrarse el collar mágico, sentí cómo mi fuerza se desvanecía.
Caí de rodillas al suelo, jadeando.
—Te ves tan linda siendo tan débil…
—murmuró la recepcionista, agachándose frente a mí.
Su lengua húmeda recorrió lentamente mi mejilla, como si lamiera mis lágrimas, hasta acercarse peligrosamente a mis labios.
El asco me revolvió el estómago, pero estaba demasiado débil para apartarla.
—Oye, oye…
—intervino Branthor, con fastidio.— Ya tendrás tiempo de jugar con ella.
Ahora volvamos a la cueva.
Y recuerden…
—giró su mirada hacia mis compañeros—, si alguno intenta resistirse, la matamos.
Mi grupo se arrodilló con la mirada fija en el suelo.
Habíamos sido derrotados.
Lo que nos esperaba era un destino incierto, pero sin duda, terrible.
Nos llevaron como esclavos hasta su campamento, dentro de la misma cueva que habíamos observado antes.
Era irónico: aquella noche íbamos a atacarla para liberar a los prisioneros…
y ahora nosotros éramos los prisioneros.
La celda donde nos encerraron estaba apartada de los demás.
Los barrotes de acero estaban oxidados, pero aun así lo suficientemente firmes para que no hubiera escapatoria.
Desde ahí, alcancé a ver a los otros cautivos: sus ojos apagados, resignados, sin esperanza alguna.
Ese era el futuro que nos esperaba.
El líder no estaba.
En su lugar quedaba aquella chica —la falsa recepcionista— acompañada de unos cuantos hombres.
—Bien, tú tendrás un trato especial.
—Su sonrisa me heló la sangre.
A una orden suya, me sujetaron contra la pared, con los brazos levantados y apresados en grilletes de madera.
Mis piernas quedaron abiertas y pesadas, cada una cargando una bola de acero que me impedía moverme.
—Primero vamos quitando lo que estorba…
—murmuró con un falso tono seductor, mientras deslizaba el filo de su cuchillo por mi ropa.
El sonido de la tela desgarrándose me estremeció más que el frío metal.
En cuestión de segundos, quedé reducida a mi ropa interior.
—Por los dioses…
—se mordió los labios con un gesto grotesco.— Qué cuerpo tan maravilloso.
Bueno, buen provecho.
Mis compañeros apartaron la mirada, encogidos en un rincón de la celda, intentando no escuchar.
La humillación era peor que cualquier herida.
Y los hombres que la acompañaban observaban en silencio, esperando su turno.
Pero, antes de que pudiera dar un paso más hacia mí, una voz cortó la tensión: —Hey.
El jefe quiere que salgas de inmediato.
Hay que entregar el mensaje de que ya tenemos a la chica.
—Era Mordrek.
Su sombra llenó el umbral de la celda.
Cuando sus ojos me recorrieron, no mostró lujuria ni crueldad.
Solo suspiró, como si todo aquello fuera una molestia innecesaria.
—No sé quién es peor: tu apetito enfermo o que ni si quiera puedo sentirme atraído por ella.
—Suspiro—Fuera.
—dijo con frialdad.
—¡Pero…!
—Ella se aferró a la idea con un mohín infantil, moviendo las caderas con descaro.— No puedes hacerme esto.
Prometo recompensarte cuando termine.
Ya sabes…
también sé cómo tratar bien a los hombres.
El comentario quedó en el aire.
Mordrek entró con paso firme, la tomó de la oreja y, pese a sus súplicas y chillidos, la arrastró fuera de la celda.
La puerta se cerró tras ellos con un estruendo metálico que me dejó temblando.
Por un momento, la cueva recuperó un silencio pesado, roto solo por mi respiración agitada.
Aquella vez, quería agradecerle a quien me había secuestrado por salvarme de esa chica que estaba a punto de humillarme.
Solo pude mover los labios en un débil “gracias”, sin emitir sonido, mientras sentía cómo me invadía una mezcla de alivio y vergüenza.
Los días pasaron y no me movieron del lugar, salvo para ir al baño.
Ni siquiera me daban comida decente; lo poco que recibía era miserable y me dejaba débil cada día.
La esperanza comenzó a desvanecerse lentamente, y con cada hora que pasaba, sentía que el mundo se hacía más gris.
Un día, algo cambió.
Los guardias que nos vigilaban recibieron una alerta: dos intrusos habían logrado asesinar a varios de ellos y ahora nos querían a todos en la sala de ejecuciones, donde los atraparian en una trampa mortal.
Por un instante, mis ojos se abrieron con un hilo de esperanza…
pero esta se desvaneció rápidamente.
Solo eran dos personas, y la realidad era cruel: no había manera de que pudieran salvarnos a todos.
Finalmente, dejé que la desesperanza me envolviera y me rendí ante la situación.
Cerré mis ojos esperando dormir por ultima con la ultima esperanza que pude volver a sentir.
—Evangelina…
Evangelina, despierta.
La voz de Mariana, apenas un susurro por lo débil que estaba, me sacó de mi sueño.
—¿Qué sucede, Mariana?
—pregunté con la voz más débil posible.
Al levantar la mirada, pude ver algo que me hizo dudar de si estaba despierta—.
¿No es un sueño?
¿Acaso están salvando a las personas?
Mis ojos se abrieron del todo.
Quise gritar, pero no pude.
Me acomodé para que pudieran notarnos, y ahí estaban: una mujer de cabello blanco con los demás, acompañada por una elfa.
Pero había una tercera persona: un joven, sin camisa y con apenas algo de armadura…
¿Quién demonios era ese chico?
Sin embargo, mi poca fuerza me permitió notar que no parecía tener puntos débiles a la vista.
—Oye…
—susurré, con un hilo de voz.
Se giró para mirarme, y al notarme, rápidamente volvió la cara por pena.
Fue entonces cuando una chispa de esperanza apareció en mi interior.
Le pedí que nos sacara de allí.
Dudaron un momento, pero les explicamos cómo habíamos acabado en esa situación y la urgencia de nuestra huida.
Su respuesta me dejó helada.
Los habían asesinado.
Todo el grupo de bandidos…
habían sido eliminados solo por ellos.
No podía creerlo.
Cuando la elfa llegó hasta donde yo estaba, pude escuchar su nombre: “Auren”.
Actuaban como una pareja; ella, celosa, escondía su rostro con magia, aunque sin conjurar ningún hechizo avanzado…
algo solo posible para magos de élite.
¿Acaso…
eran aventureros de Rango S o superior?.
Sin embargo, si ese hubiera sido el caso, sin duda habría sabido quiénes eran.
Son pocos los grupos o individuos con esos rangos en el país, considerados “héroes” cuando actúan bajo la corona, y ellos no eran ninguno de esos.
¿Acaso serían las nuevas estrellas del país?
No era posible.
Así que volví a insistir para que nos liberaran rápidamente.
La elfa sacó la cabeza del bandido, confirmando lo que había dicho, y finalmente me rendí.
Ellos habían hecho lo que nosotros no pudimos, y solo eran dos lo que habían luchado.
Esto me dejó aún más derrotada mentalmente.
Cuando nos liberaron, me quedé sentada, siendo curada por Mariana; no podía reaccionar ni usar magia.
La elfa tronó los dedos, rompiendo el collar que tenía en el cuello.
Hizo una señal con el dedo para que permaneciera en silencio ante sus palabras, y la verdad es que no supe qué decir.
Un segundo después, pude ver cómo el joven llamado Auren colocaba su mano sobre mí…
No…
eso no era posible.
No podía usar las plegarias así, como si nada.
Su mano fue detenida por la elfa, y aunque no entendía del todo, tuve que presentarme.
Luego presenté a mi grupo.
Cuando volví con la pregunta, Mariana saltó hacia él, llena de curiosidad, pero tuve que intervenir cuando la elfa parecía molestarse.
Suspiré y agaché la cabeza; mis compañeros hicieron lo mismo.
En ese momento, pude ver cómo me entregaban una piel de lobo.
Era especial; además de su calidad increíble, provenía de un lobo muy fuerte y aún conservaba un leve rastro de maná.
Pronto llegó la última persona del grupo, y con su sonrisa cálida llamó a los demás.
Parecían un grupo feliz, y eso me provocó una sonrisa.
Finalmente, salimos de la cueva: éramos libres.
Por cierto el nombre de la Elfa es “Calyndra”.
Sin embargo, al salir de la cueva nos detuvimos.
La integrante mayor del equipo de Auren hizo una pregunta, y en ese instante confirmé lo que sospechaba: él no era un aventurero aún, solo buscaba hacerse más fuerte.
Quizás…
esa era mi oportunidad.
Tal vez podía acercarme a él, incluso adoptarlo bajo mi ala.
Cuando estaba a punto de hablar, Calyndra me detuvo.
No quería que interfiriera en aquella conversación.
Tuve que conformarme con asentir en silencio y avisar discretamente a mi grupo.
Lo que ocurrió después desafió todo lo que creía posible.
¿Quiénes eran estas personas?
La mujer, que parecía la maestra de Auren, cargó energía en su puño y, con una precisión inhumana, borró gran parte del bosque, creando una arena de combate en cuestión de segundos.
El silencio nos envolvió.
El miedo se apoderó de todos.
Una nube de polvo amenazaba con cegarnos, pero Calyndra levantó una barrera de viento que nos protegió por completo.
De nuevo, sin encantamientos, y con un poder que helaba la sangre.
Lo último que esperaba era un reto.
Lo último que imaginaba…
era la revelación: ella era una variante de DeathKnight, y estaba a punto de evolucionar.
Un solo DeathKnight ya es considerado un monstruo de Rango S.
Pero si llegaba a transformarse en un DeathKing, estaríamos hablando de una calamidad nacional.
Un ser capaz de comandar ejércitos de no muertos, de sumergir reinos enteros en la desesperación.
Si eso ocurría, el país entero estaría condenado.
En la historia, solo ha habido dos DeathKing en todos los reinos, y ambos dejaron cicatrices imborrables.
Sus apariciones casi destruyeron naciones enteras.
Ni siquiera los Héroes pudieron enfrentarlos con éxito.
Y ahora, frente a mí, estaba una variante…
un presagio de un poder tan aterrador que prefería no imaginarlo.
La “Reina Demonio” ya había sido la peor catástrofe de nuestra era…
pero un DeathKing sería todavía peor pues seria dos frentes muy dificiles.
No podía dejar todo en manos de aquel chico.
No sabía cuán fuerte era en realidad, pero un monstruo así no debía enfrentarlo solo.
Ya habíamos recuperado nuestras fuerzas y nuestras armas; estaba decidida a dar un paso hacia adelante…
Pero Calyndra nos detuvo con un simple movimiento de su mano.
Se giró hacia nosotros, y en ese instante lo sentí.
Terror puro.
Ya no era solo miedo.
Calyndra sonreía con dulzura, su mirada era suave…
y aun así, nuestros instintos gritaban que oponerse a ella era impensable.
Me vi obligada a retroceder.
—Señ…señorita Calyndra…
—intenté recomponerme, aunque la voz me temblaba—.
Sé que Auren es fuerte, pero un monstruo como…
Pronunciar esa palabra fue un error.
Su mirada no perdió la dulzura, pero pude ver un destello de ira reflejada en sus ojos.
Tragué saliva y corregí, nerviosa: —…quiero decir, la mujer de cabello blanco…
no es un enemigo cualquiera.
Calyndra se quedó pensativa un instante, como si meditara qué tanto debía revelar.
Finalmente habló, con un tono firme pero sereno: —No puedes entrometerte en esta pelea de maestro y alumno.
Auren debe superar este reto…
porque es una petición personal.
Por lo tanto, no puedes intervenir.
—¿Ma…
maestro y alumno?…
—murmuré incrédula.
Esa noche fue una sucesión de revelaciones que jamás imaginé vivir.
Me quedé callada, resignada, comprendiendo que, le pesara a quien le pesara, el destino de todo un reino estaba siendo puesto en las manos de ellos.
—Señorita Evangelina, le pediré que nos movamos un poco más hacia atrás, hacia la entrada de la cueva.
La pelea está a punto de comenzar y, aunque esta barrera puede resistir, no lo hará por mucho tiempo.
Calyndra pronunció esas palabras con suavidad, como si aquello no fuera gran cosa.
Yo, en cambio, solté una risa nerviosa…
no de felicidad, sino para no perder la cordura mientras retrocedíamos hacia la entrada.
—Está a punto de empezar…
—su tono cambió entonces, tornándose melancólico.
Mis ojos se fijaron en las dos figuras que se adelantaban hasta el centro de la improvisada arena, adoptando posiciones de combate.
Calyndra alzó una esfera de fuego y la lanzó hacia el cielo: explotó en mil fragmentos incandescentes, marcando el inicio de la batalla.
Intenté seguir con la mirada, pero mis sentidos entrenados en combate apenas alcanzaban a comprender lo que sucedía.
El primer golpe de la mujer de blanco desató una corriente brutal que se estrelló contra el bosque…
y Auren no esquivó: desvió el impacto.
—Oye, líder…
—Michael habló con incredulidad—.
Sé que el joven Auren puede usar Aura para fortificar su cuerpo, pero ese golpe…
tengo el presentimiento de que podría haber reducido a escombros un muro de piedra.
Lo observaba sin apartar la mirada, tragando saliva con dificultad.
La velocidad del enfrentamiento era tan inhumana que parecía que ambos se teletransportaban.
Vi cómo Auren era estrellado contra el suelo, creando un cráter, y luego cómo intercambiaban una sucesión de golpes devastadores.
—Aura blanca…
y Aura dorada —murmuró Mariana, atónita.
—Imposible —replicó Saúl, con tono incrédulo—.
El aura blanca representa el elemento del usuario…
en su caso, la Luz.
¿Estás diciendo que el elemento considerado más débil está generando ahora un Aura dorada, comparable a la de un rango S?
Sus palabras eran ciertas: jamás hubo registro en el reino de alguien usando la magia blanca de esa manera.
Aquella energía olvidada, despreciada por débil, se mostraba ante nosotros con un poder que desafiaba toda lógica.
—¡Miren!
—exclamó Mariana, señalando el combate.
Ambos chocaron con un golpe cargado de Aura.
El impacto liberó rayos que sacudieron la tierra, dejando cráteres a su paso.
Entonces, el aura de Auren dominó la de la mujer de cabello blanco…
y ante nuestros ojos, parte de su brazo quedó destrozado.
—¿Se acabó?
—pregunté en un susurro.
—No —respondió Calyndra con calma—.
Esto apenas es el punto medio…
lo más fuerte viene ahora.
—¿Más fuerte?
—No entendía a qué se refería.
—¿Ah?
Su aura…
está desapareciendo —comentó Mariana con desconcierto.
—Imposible —replicó Michael, con el ceño fruncido—.
Está comprimiendo su Aura dentro del cuerpo…
y le está dando forma en un brazo.
No alcancé a comprender del todo sus palabras cuando un estruendo sacudió la piedra.
Un cráter se abrió contra la pared de la cueva.
Ni siquiera pude seguir el movimiento: la mujer de cabello blanco se había lanzado sobre Auren, golpeándolo con tal fuerza que lo hundía más y más en el suelo.
—¡Señorita Calyndra!
—grité, buscando que interviniera, con los ojos fijos en ella.
—Él no morirá por eso —me contestó con un tono sereno, lleno de confianza.
En serio…
¿quiénes diablos eran estas personas?, ¿por qué jamás había escuchado hablar de ellos?
Volví la vista hacia el campo de batalla justo a tiempo para ver cómo ambos salían disparados del cráter y retomaban el combate en el aire.
Auren lograba sostenerla, pero la mujer no dejaba de golpearlo con brutal insistencia.
Fue un intercambio feroz, golpe tras golpe, hasta que finalmente, con un impacto directo en el estómago, Auren logró derribarla.
Ella cayó de rodillas.
Su brazo comenzó a desintegrarse lentamente…
y yo, por primera vez en mucho tiempo, pude respirar con algo de alivio.
—¿Flamas blancas?
—murmuró Mariana, perpleja—.
Espera un momento…
eso se supone que es un hechizo de purificación de alto nivel.
Mis ojos lo confirmaron: la mujer estaba ardiendo en llamas blancas.
No parecía sufrir.
Al contrario…
sonreía, como si finalmente encontrara paz.
Incluso alcanzó a abrazar a su discípulo antes de desvanecerse en cenizas.
—Eso no tiene sentido…
—continuó Mariana, con evidente duda en la voz—.
Para un conjuro así se necesitaría un Arzo-Obispo y al menos diez sacerdotes, todos recitando un cántico largo y gastando cantidades descomunales de maná.
Además, esas flamas deberían ser rojas, no blancas.
Antes de que pudiera preguntar a Calyndra, ella simplemente deshizo la barrera y corrió hacia Auren, abrazándolo con fuerza.
Mariana calló.
Y todos nosotros también.
Solo observamos, en silencio, dándoles espacio para vivir su luto.
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