Una Estrella Moribunda - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 El gremio de aventurero y la ciudad
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15: El gremio de aventurero y la ciudad 15: El gremio de aventurero y la ciudad Los días pasaron sin incidentes.
Tras salir del bosque alcanzamos la carretera y conseguimos un aventón en un carro que nos llevó a un pueblo, donde podríamos tomar una carreta hasta la ciudad.
—Auren, Calyndra —dijo Evangelina, sentada frente a mí—.
Antes de partir hacia Kaedrum, podríamos entrar al pueblo de Sylmorra.
Allí hay una pequeña sede del gremio de aventureros, y si quieren registrarse, sería una buena oportunidad.
—¿Qué beneficios tiene ser aventurero?
—pregunté con duda.
—En las ciudades siempre piden identificación.
Yo puedo mostrar la mía y pasar sin problemas, pero ustedes no tienen ninguna.
Eso podría complicarles las cosas, aunque yo podría apoyarlos.—Respondió Evangelina —Supongo que no tenemos otra opción.
Si queremos evitar problemas, debemos unirnos al gremio.—Contesto Calyndra —Perfecto.
Yo los acompañaré.
Si me presento con ustedes, será más sencillo.—Continuo Evangelina Asentimos en silencio y el camino continuó tranquilo.
A la mañana siguiente llegamos a Sylmorra.
Nuestro objetivo era registrarnos en el gremio de aventureros mientras preparaban la carreta hacia Kaedrum.
La entrada al pueblo fue algo complicada: sin identificación, los guardias nos tomaron datos y nos exigieron un pago.
Como no teníamos dinero, Evangelina cubrió el gasto por todos.
—¿Ven?
Se los dije.
Aquí se toman las cosas muy en serio —dijo ella con una sonrisa cansada.
—Está claro, tendríamos que escucharte más seguido —respondió Calyndra.
En el camino hacia el gremio atraíamos muchas miradas, especialmente por ellas: una elfa y…
Evangelina.
Fue ahí cuando me di cuenta de algo que antes había pasado por alto.
Evangelina era una mujer mayor que yo, con un porte refinado y un caminar seguro.
Medía cerca de 1.65, su figura era perfecta: caderas sutilmente marcadas, cintura estrecha, un busto generoso.
Su cabello azul claro, largo y recogido en una cola de caballo, brillaba bajo la luz del sol, y sus ojos, del mismo tono, parecían aún más llamativos en contraste con sus pestañas negras.
Vestía una gabardina larga sobre shorts ajustados de cuero negro, una camisa reforzada con correas y, en la cintura, una espada corta bien cuidada.
Era imposible no mirarla.
Todos lo hacían.
Y mientras tanto, yo…
un simple tipo semidesnudo.
Suspire con la cabeza gacha, deprimido.
Ellas lo notaron y no pudieron evitar reírse de mí.
—Llegamos —dijo Evangelina al colocarse frente a las grandes puertas de un edificio de dos pisos, construido en madera robusta—.
Este es el gremio de aventureros.
Ella entró primero, y al seguirla, noté el silencio repentino.
Todas las miradas de los aventureros se posaron sobre nosotros.
—Por aquí —nos guió Evangelina hasta el mostrador, donde una recepcionista nos esperaba.
Tras presentarse, la mujer nos miró y nos pregunto nuestros nombres, luego de dárselos nos pidió una confirmación: —¿Auren y Calyndra, cierto?
Asentimos y comenzamos el registro.
—Bien, ¿qué posiciones ocupan y qué armas manejan?
—Yo uso armas físicas, y mi compañera emplea magia elemental —respondí.
—¿Vanguardia y línea trasera?
Bien…
¿qué tipo de armas?
—Espadas, guanteletes, lanzas, cuchillos…
y Calyndra ya mencione lo suyo.
El gremio quedó en silencio al escucharme.
—Eso es inusual…
Muy bien.
¿Afinidad mágica?
—Luz —respondí sin dudar.
La sala estalló en risas, menos nosotros y la recepcionista.
—Chico, el elemento de Luz es rarísimo, pero bueno…
lo registraré.
Nos pidió esperar mientras tomaba los datos.
De pronto, una voz burlona resonó detrás de mí.
—Oye, mocoso.
Escuché que quieres entrar al gremio.
Lamento decirte que no es tan fácil.
Aquí, yo soy el más fuerte, y nada se hace sin mi permiso.
Sus ojos se desviaron hacia Evangelina y Calyndra.
—Pero tranquilo, estoy de buenas.
Deja que esas chicas se vengan conmigo y quizá te deje registrarte.
Una elfa y esa belleza de cabello azul…
sí, están perfectas para mí.
Un calor desagradable subió a mi pecho, pero no respondí.
Cuando estiró la mano hacia Evangelina, reaccioné y lo detuve.
—Eh, suéltame, estorbo —gruñó, intentando liberarse.
Lo miré con un odio helado, y noté cómo retrocedía un paso sin darse cuenta.
Aun así, llamó a sus compañeros.
—No te hagas el héroe, niño estúpido.
Se lanzaron contra mí, pero sus golpes apenas los sentí.
Bastó un solo puñetazo mío para enviarlos volando contra las paredes.
—¡Maldito mocoso!
—gritó el primero, con furia y miedo mezclados—.
Voy a quitarte a esas mujeres y hacer lo que quiera con ellas.
Y lo haré frente a ti, en tu impotencia.
Esa risa me atravesó como un veneno.
Mi cuerpo se tensó, el Aura vibró en mi piel, y lo levanté del suelo sujetándolo por el cuello de su ropa.
—Escúchame bien, escoria.
Lo que hagas aquí me da igual.
Pero si intentas tocar lo que más quiero…
destruiré tu rostro pedazo a pedazo.
Y créeme…
haré que vivas el infierno dos veces.
Calyndra y Evangelina me sujetaron del hombro, obligándome a soltarlo.
El cobarde salió corriendo del gremio.
Un silencio pesado quedó en la sala.
Entonces, una voz firme retumbó desde las escaleras.
—¿Qué es todo este escándalo?
Un hombre descendía, su presencia imponía respeto en cada paso.
—Maestro del gremio —habló Evangelina en ese momento.
—Oh, eres tú, mocosa.
¿Qué demonios acaba de pasar?
—respondió el maestro del gremio.
Era un hombre alto, con el porte de un veterano de guerra: fuerte, duro, con una mirada que hacía pesar a cualquiera.
Su barba, tan blanca como su cabello, le daba un aire imponente.
—Y bien…
¿quién es este mocoso que vino a pelear?
—me miró de pies a cabeza.
—Él es Auren.
Es…
un amigo, y lo estoy ayudando.
Amigo.
Esa palabra resonó dentro de mí.
Era la primera vez que alguien me llamaba así.
—¿Amigo, eh?
Eso es bastante inusual…
—se rascó la barbilla con su mano derecha—.
Bien, supongo que ya se registró en el gremio.
En fin.
El hombre suspiró, pero fue interrumpido por la recepcionista que nos había atendido antes.
—¿Sucede algo, jefe?
—No, simplemente algo inusual.
El maestro del gremio se retiró entonces, dejando el ambiente en calma.
—Aquí están sus identificaciones del gremio —dijo la recepcionista, acomodándose detrás del mostrador—.
Para terminar el registro necesitan pagar una moneda de plata grande.
También pueden pagar en partes, pero deben dejar tres monedas de plata pequeñas como anticipo.
No teníamos dinero, así que, una vez más, nuestra salvadora fue Evangelina.
Nos sonrió como si nada mientras cubría el gasto.
—Bien —continuó la recepcionista—, ahora empiezan en rango F.
Eso significa que solo pueden aceptar misiones de un rango superior, es decir, E.
Además, deben cumplir con un número mínimo de encargos al mes para no ser dados de baja.
Déjenme explicarles: todos los nuevos comienzan en F, y pueden ascender según sus resultados.
En el primer mes, si completan diez misiones, podrían subir rápidamente, pero conforme avancen, cada ascenso se volverá más difícil.
Se inclinó un poco hacia nosotros.
—¿Desean tomar alguna misión?
También pueden vender materiales de los monstruos que hayan derrotado.
Si ya están desmantelados, su precio aumenta, y según la calidad, pueden valer bastante más.
Me quedé pensativo.
Podríamos vender las piezas de lobo y algunos materiales de treants y osos que habíamos conseguido.
—En ese caso, creo que podríamos vender algunos materiales que tenemos.
Pero antes de que pudiera decirle algo a Calyndra, Evangelina me detuvo, susurrándome al oído: —Auren, estoy muy interesada en las pieles en general.
¿Podrías vendérmelas a mí en la capital?
—Está bien, si eso quieres.
Entonces…
Calyndra —la miré, notando cómo se mostraba celosa y un poco molesta—.
Ya, ya, por favor, solo saca los materiales de treant.
No todo, solo algunos.
—No quiero, pídeselos a ella —respondió sin mirarme.
—Calyndra, no tienes por qué ponerte celosa.
Siempre estaré para ti.
Ella me miró, sonrió apenas y entonces sacó algunas piezas de treant de su Almacen dimensional.
—Un momento…
—la recepcionista se quedó congelada al ver lo que había sobre el mostrador—.
Un treant es de rango C o incluso D, dependiendo de cuánto haya crecido.
¿De dónde sacaron estos materiales?
Además, están en un estado y sobre todo un almacén dimensional Guardó silencio unos segundos, como si dudara de lo que veía.
Evangelina respondió por nosotros rompiendo el silencio.
—Del Bosque Oscuro.
—¡Compramos todos estos materiales!
Pero esperen un momento, por favor.
Vi cómo la recepcionista se apresuraba a subir las escaleras en busca del maestro del gremio.
—¿Son tan codiciados?
—pregunté a Evangelina.
Ella evitó mirarme, con un gesto un tanto molesto.
—No, pero la madera de treant es muy valiosa.
Los herreros la usan para reforzar armas, y también sirve para fabricar arcos, muebles, flechas…
incluso instrumentos.
Pronto volvió a bajar el maestro del gremio, pero en vez de hablar con nosotros fue directo al mostrador donde estaban apilados los materiales.
Cada pieza que tomaba la revisaba con sumo cuidado.
—Chico, ¿tú hiciste este proceso de materiales?
—Sí, lo hice yo.
—Entonces tú los derrotaste a todos.
—Es correcto, yo los derrote a cada uno.
El hombre soltó un gruñido pensativo y luego ordenó: —Cómprenle todo y súbanlo a rango D a él y a la chica.
—Espera un momento…
¿así de fácil?
—pregunté sorprendido.
—Niño, si cualquiera pudiera procesar como tú lo hiciste, estos materiales no valdrían nada.
Además, si derrotaste a todos esos Treants, seguro todavía tienes más piezas o cosas aún más valiosas.
Para ser sincero, me encantaría comprarte todo, pero el presupuesto del gremio ahora mismo no es tan alto, así que solo podemos adquirir esto.
Después de revisar los materiales y dar su visto bueno, el maestro del gremio se retiró, aunque no sin antes dedicarme una última mirada intensa.
—Bien, por todo esto son unas treinta y cinco monedas de plata pequeña —anunció la recepcionista, entregándonos la paga.
Yo me quedé sorprendido, pues aún no entendía del todo el sistema de monedas.
Con el dinero en mano, nos despedimos y salimos del gremio.
—Oye, Auren, ¿no te gustaría comprar algo de ropa?
—propuso Evangelina con una sonrisa traviesa—.
No es que me moleste verte con el pecho desnudo, pero creo que sería mejor pasar por un sastre…
o tal vez un herrero.
Todavía tenemos tiempo antes de que salga la carreta a la siguiente ciudad.
Me miré a mí mismo y tuve que darle la razón.
Ya estaba cansado de mostrar el pecho, y Calyndra también parecía aprobar la idea, así que seguimos a Evangelina hasta el sastre de la ciudad.
—Aquí chicos, este es el lugar —anunció al llegar.
Entramos a un local de madera pequeño pero bien cuidado, donde una señora de sonrisa amable nos recibió.
—Vaya, qué inusual ver a un joven acompañado de dos chicas.
¿Acaso son sus novias?
Soltó una risita ligera, tapándose la boca.
Calyndra parecía encantada con la idea, mientras que Evangelina se puso roja hasta las orejas.
—No, no es eso…
somos amigos.
Estamos aquí para comprarle ropa a él.
Oye, Calyndra, ¿tú también quieres probarte algo?
—Mmm…
me gusta mi vestimenta actual, además está encantada, así que nunca se ensucia.
Creo que lo mejor es enfocarnos en Auren.
Esas palabras dejaron en shock tanto a Evangelina como a la sastre.
La mujer, incrédula, se inclinó a tocar el vestido de Calyndra, lo que provocó que ella se apartara de inmediato.
—¡Lo siento!
—se disculpó rápido—.
Es que…
el hilo mágico es rarísimo, y no podía perder la oportunidad de sentirlo, es muy diferente al normal.
Evangelina tosió suavemente para recuperar la compostura.
—Ejem…
estamos aquí para la ropa de él.
¿Podría mostrarnos algunas camisas de su talla?
La sastre asintió y, tras tomar mis medidas, regresó con un par de camisas.
En ese momento me convertí en un maniquí viviente, obligado a desfilar frente a Calyndra, Evangelina y la sastre, quienes opinaban sobre cada prenda.
—Por todo el conjunto serían una moneda de plata grande —informó la sastre al final.
Nos quedamos confundidos, ya que hasta ahora solo habíamos recibido monedas pequeñas.
Evangelina lo notó y nos explicó: —Les aclaro el sistema de cambio.
La moneda más baja es la de cobre pequeña; por ejemplo, tres de esas compran una manzana.
Diez monedas de cobre pequeña equivalen a una de cobre grande; diez de cobre grande son una de plata pequeña, y así sucesivamente.
Por encima están la de plata grande, oro, platino y finalmente el oro blanco, que vale cien de platino y casi no circula, salvo en ocasiones muy especiales.
Con esa explicación todo nos quedó claro.
Pagamos diez monedas de plata pequeña y salimos del local, yo ya con una camisa puesta: lisa, color café claro, sin adornos.
Justo como a mí me gusta.
—Bien, aquí estamos —dijo Evangelina, guiándonos ahora hacia el herrero.
El repiqueteo del martillo sobre el yunque se escuchaba desde afuera.
Al entrar, un enano de barba abundante nos recibió.
—Auren, ¿necesitas un arma o quizás armadura?
—preguntó Evangelina.
Me quedé pensando.
Mi aura ya funcionaba como armadura, así que no tenía necesidad de reforzarme más.
Pero había algo que sí me interesaba.
—¿Podría ayudarme con utensilios de cocina?
Ollas, sartenes, parrillas…
lo básico.
El enano me miró con cara de pocos amigos.
—Chico, aunque vendemos eso…
¿estás seguro de tu compra?
—Sí.
Mis armas no necesitan reparación —le pedí a Calyndra que sacara mis guanteletes, el regalo de mi maestra—.
Están en buen estado.
El enano me los arrebató con un brillo de emoción en los ojos.
—Espera…
¡esto está hecho de ORICALCO!
—exclamó, impresionado.
Evangelina abrió los ojos con sorpresa.
—Mi maestra me los dio como regalo de graduación —expliqué.
—Chico, esto es un tesoro nacional.
Nadie sabe ya cómo trabajar este metal…
ni siquiera yo podría repararlos si se dañan.
Debes cuidarlos como si fueran tu vida.
El enano acariciaba los guanteletes con tanta emoción que tuve que quitárselos antes de que se pusiera más raro.
—En fin, respecto a los utensilios…
tómate lo que quieras, y a buen precio.
Y usted, señorita, ¿no desea alguna armadura?
Calyndra negó con calma.
—Soy maga, me incomodaría usar algo tan pesado.
Pagamos con el descuento que nos ofreció el enano, y al salir yo aún me quedé pensando en lo que había dicho: ¿quién había sido mi maestra realmente en vida?
—Auren, no uses esos guantes a menos que sea necesario —me advirtió Evangelina en voz baja—.
Si alguien descubre que tienes oricalco, incluso el rey podría intentar arrebatártelos.
No me gustaba la idea, pero tampoco quería problemas.
El sol ya estaba en su punto más alto cuando salimos de la ciudad.
Afuera nos esperaba la carreta lista para partir.
—Tardaron demasiado…
Oh, vaya, ¡te ves diferente, chico!
—rió Michael.
—¿Acaso estaban en una cita?
—se burló Lissandro desde arriba de la carreta.
—No me sorprende de Auren, pero sí de nuestra jefa —añadió Saúl, frotándose la barbilla.
—Tienes razón —siguió Mariana.
El grupo entero quedó pensativo ante esas palabras.
—¡Cállense, idiotas!
No digan estupideces.
Además…
yo también soy una mujer —saltó Evangelina, roja como un tomate.
Aquello nos dejó en silencio tanto a mí como a Calyndra.
Evangelina, al darse cuenta de lo que había dicho, se tapó el rostro y subió a la carreta apresurada.
—En fin, vámonos.
Aún nos queda camino por recorrer.
Y así, con todo listo, partimos hacia la siguiente ciudad.
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