Una Estrella Moribunda - Capítulo 19
- Inicio
- Todas las novelas
- Una Estrella Moribunda
- Capítulo 19 - Capítulo 19: Bajo mis Alas.
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 19: Bajo mis Alas.
Habían pasado algunos días desde que salimos de aquella ciudad rumbo a la capital real.
-Oye, Evangelina, ¿cómo se llama la capital real? -pregunté con cierta duda.
Ella me miró, incrédula, como si lo que acababa de decir fuera una broma.
-Auren, me sorprende que no sepas su nombre cuando vives en este reino y es tan popular. Pero bueno, la capital se llama Alderyon -respondió con un tono solemne, casi como el de una maestra que reprende a su alumno.
-Entonces, ¿qué te parece si nos cuentas un poco más sobre la ciudad? -pidió Calyndra, chocando sus manos en un suave aplauso, con una sonrisa que iluminaba su rostro-. Cuéntanos todo lo que puedas para pasar estos días.
Evangelina suspiró, como si hubiera aceptado una gran responsabilidad.
-Bueno, la capital real es la sede de los nobles. Ellos se dividen en castas; por ejemplo, mi familia De Saint-Clair es la segunda por debajo del rey. Eso significa que, por lógica, debería casarme con el príncipe de la nación, pero…
De repente, Evangelina se quedó rígida. Su rostro perdió el color y sus manos temblaron cuando las llevó a la cabeza, rascándose con desesperación.
-¡Olvidé que ya estaba comprometida por una relación política!
El silencio fue como un trueno que estalló entre nosotros.
-¡¿Cómo demonios puedes olvidar eso?! -exclamó Saúl, su voz cargada de rabia y preocupación.
-Espera un momento, Evangelina -la voz de Calyndra sonó dulce, pero peligrosa, como la calma antes de una tormenta. Su sonrisa escondía una amenaza que heló el aire-. Se supone que aceptaste ser la esposa de Auren, y ahora me dices que tenías un compromiso previo… ¿acaso quieres morir? -levantó la mano con lentitud, y Evangelina palideció aún más, como si viera a la mismísima muerte acercarse a ella.
-¡Por favor, discúlpenme, Auren y Calyndra! -gritó Evangelina, derrumbándose en una posición de dogeza, con la frente pegada al suelo-. Prometo disolver mi compromiso en cuanto llegue con mi padre.
-Pero, Evangelina, en serio… ¿cómo olvidaste algo así de importante? -la voz de Michael era calmada, paternal, pero también llevaba el peso de un reproche ineludible.
-No lo sé… han pasado tantas cosas en este viaje, cosas que jamás imaginé vivir -dijo Evangelina, levantando la mirada. Sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y determinación.
-Tienes razón -añadió Lissandro, serio, provocando que todos lo miraran.
Un nudo me apretó el pecho. ¿Acaso yo y Calyndra éramos los culpables de aquello?
-De todas formas, hablaré con mi padre y cancelar é el compromiso. Incluso si tengo que escapar de casa… o que me den por muerta -dijo Evangelina con firmeza, clavando su mirada en mí.
-Además… yo ya tengo al hombre que amo -susurró, nerviosa, antes de apoyarse en mi pecho. Calyndra no tardó en imitarla, aferrándose a mí como si quisiera marcar su territorio.
-¡Qué envidia me das! -gritaron Saúl y Lissandro, conteniendo apenas la rabia en sus voces.
-Qué envidia me da… -murmuró Mariana con amargura. Luego, con un leve rubor en las mejillas, miró a Michael y se acercó lentamente a él.
Todos observamos aquella escena con sorpresa.
-Vaya~, así que… te gustan más los hombres mayores y grandes -se burló Calyndra, arqueando una ceja.
-Tienes razón, siempre fuiste más apegada a él -añadió Evangelina, llevándose la mano al mentón con fingida seriedad.
-¡Maldito viejo! -rugieron Saúl y Lissandro, desbordando envidia hacia Michael.
De pronto, la carreta se detuvo con violencia. El conductor, pálido, levantó una mano temblorosa y señaló hacia adelante.
-Aventureros… creo que necesito ayuda -dijo con voz quebrada, casi un susurro.
El paisaje frente a nosotros era Desalentador: una docena de orcos armados hasta los colmillos asaltaban otro carruaje, mucho más lujoso que el nuestro. Su escolta, apenas cinco aventureros, estaba siendo acorralada contra el vehículo donde una familia se ocultaba presa del pánico.
-Auren… -la voz de Calyndra sonó grave, expectante-. Tú decides.
-Esper… -intentó hablar Saúl, pero ya me había lanzado hacia adelante.
Mi aura blanca estalló alrededor de mí como un sol naciente. La primera embestida destrozó a varios orcos en un parpadeo, sus cuerpos reducidos a pedazos.
-Siempre tan apresurado… -murmuró Calyndra. Y uso su magia para que raíces emergieran del suelo como serpientes gigantes, apresando y aplastando a los orcos restantes. El suelo tembló con los crujidos de huesos, y la sangre formó una lluvia carmesí que me bañó por completo.
Me giré lentamente, cubierto de rojo, y las miradas de todos se clavaron en mí, horrorizadas.
-Eh… ¿hola? -intenté romper la tensión, pero nadie bajó la guardia.
De pronto, Calyndra salió volando y usando un conjuró un torrente de agua que me arrasó de pies a cabeza. La sangre desapareció, pero quedé empapado de pies a cabeza.
-Siempre siendo tú, Auren -dijo, acercándose con una sonrisa mezcla de ternura y burla.
-Elfa… -murmuró una de las aventureras, temblando, con su espada apuntando hacia mí.
Poco después llegó la carreta con los demás.
La primera en bajar fue Evangelina, quien miró directamente a los aventureros.
-Soy Evangelina, del grupo de aventureros de rango A Flor Helada. ¿Quiénes son ustedes?
Escuché murmurar a los demás aventureros antes de que uno diera un paso al frente.
-Soy Elion, Elion del Campo Verde, y ellos son mis compañeros. Somos aventureros de rango B, La Montaña Verde.
Todos llevaban capuchas, pero al descubrir sus rostros pude ver que eran elfos.
-Tú… ¿por qué sigues a esos humanos? -señaló hacia nosotros con el dedo acusador.
-¿Me hablas a mí? -respondió Calyndra, confundida, mirando a todos lados mientras se pegaba un poco más a mí.
-No deberías seguir a esos asquerosos humanos, y mucho menos mancillar la sangre élfica que nos fue otorgada por las hadas -habló con un tono de soberbia, acercándose con paso firme hacia Calyndra.
Pero antes de que ella pudiera responder, la puerta del carruaje se abrió. De él descendió un elfo distinto, con un aura refinada y porte político.
-Alto. Estas personas son nuestras salvadoras, y sería una vergüenza para los elfos tratarlas con desprecio.
Sus ojos se enfocaron en Calyndra.
-Señorita, ¿puede decirme su nombre? -habló con tono caballeroso, acercándose y ofreciéndole la mano.
-Señor -intervino Evangelina con firmeza-, permítame disculparme, pero tenemos prisa y necesitamos irnos de aquí.
Sus manos hicieron una señal al conductor, y la carreta avanzó hacia nosotros.
-¡Cómo te atre…! -intentó gritar el líder de los aventureros, pero fue silenciado de inmediato por su superior.
-Aun así, ¿puedes decirme tu nombre? -insistió el elfo, intentando acercarse más a Calyndra.
Ella lo miró con asco, estaba a punto de matarlo… hasta que sostuve su mano para detenerla. Calyndra no respondió nada y simplemente subió al carruaje, dejándolo atrás. Yo la seguí.
-Si nos disculpan -dijo Evangelina, inclinándose en una breve reverencia antes de subir y cerrar la puerta.
Durante un tramo nadie dijo nada. El silencio pesaba, y ya comenzaba a arrepentirme de haberlos salvado.
-Auren… -habló Evangelina en voz baja-. Por ningún motivo digas que Calyndra es una alta elfa. Y tú tampoco, Calyndra: di que eres una semielfa. Quizá te odien, pero si el mundo descubre que existe una alta elfa, serás perseguida por todas las noblezas.
-¿Y si destruyo el mundo? -pregunté con voz grave y furiosa, aún con la imagen del elfo intentando cortejar a Calyndra quemándome por dentro.
-Auren… por favor -Evangelina puso un rostro de terror-. Solo confía en mí.
Ambas apretaron mis manos al mismo tiempo. Eso me calmó, aunque en mi interior ya no sentía nada de agrado hacia los otros elfos.
-Creo que es hora de explicarte un poco sobre la geopolítica del mundo -dijo Evangelina, respirando profundo-. La raza más abundante son los humanos, que poseen varios países. Luego siguen los elfos: tienen pocos reinos, poca población, pero mucho conocimiento debido a su longeva vida. Después están los demi-humanos, es decir, los de tipo bestia. Y al final, con muy poca población y en malos términos con las demás razas… los demonios.
Hizo una pausa y suspiró con cansancio.
-Auren, en todas las razas siempre habrá quienes se crean superiores a otros. Eso también ocurre entre los humanos. No todos los elfos son como esos; de hecho, muchos se han casado con humanos. Desgraciadamente nos topamos con un grupo arrogante, pero ahora que los conocemos debemos seguir adelante y dejarlos atrás.
Sus palabras lograron calmarme un poco. Solté un suspiro pesado. Ahora entendía mejor este mundo, aunque aún me arrepentía de haberlos salvado.
-Auren -Calyndra me sacó de mis pensamientos-. Tranquilo. Lo último que haría es unirme a un grupo de débiles y escoria. Me dan asco solo de verlos.
-Calyndra… -Evangelina la miró con un rostro decaído.
-Vamos, disfrutemos el viaje y dejemos que todo pase -añadió Calyndra, cerrando el tema con frialdad.
Ambas se aferraron a mí, mientras yo mantenía la mirada perdida en el techo de la carreta.
Los días pasaron entre algunos retrasos y pequeñas aldeas que tuvimos la fortuna de visitar, hasta que finalmente llegamos a la capital real.
-Auren, Calyndra -nos llamó Evangelina desde su asiento junto al conductor-. Bienvenidos a la capital real: Alderyon.
Con un tono suave y sereno nos dio la bienvenida, y al asomarnos por la parte delantera del carruaje, la colina del camino nos regaló una vista espectacular. Nos quedamos boquiabiertos al contemplar la majestuosidad de la ciudad: torres elevándose hacia el cielo, murallas imponentes y un bullicio que parecía dar vida a cada rincón.
-Auren, cuando lleguemos a mi casa, primero debo hablar con mi padre antes de presentarte. Si lo hago de inmediato, podría haber un gran problema -explicó Evangelina con un dejo de nervios, intentando disimular con una risita temblorosa.
No tenía objeción alguna a sus palabras, pero sabía que decir algo no cambiaría la tensión en ella. Así que simplemente llevé mi mano a su mentón y le robé un beso corto. Se sonrojó, y en ese instante la ansiedad se desvaneció un poco de su rostro.
-Ejem… -tosió Calyndra, clavando en mí una mirada celosa-. ¿Se te olvida algo?
Sabía bien a qué se refería, así que me incliné hacia ella y también le di un beso.
-Sabes… -intervino Michael con media sonrisa- quizá ya no esté tan celoso.
Los demás rieron, incluso el conductor, y la tensión se disipó un instante.
Pronto llegamos a la puerta principal de la ciudad, destinada al acceso de nobles de alta cuna. Bajamos del carruaje para pasar el control.
-¡Alto ahí! -ordenó un guardia con voz autoritaria-. Este paso es solo para nobles de conde hacia arriba.
-Soy Evangelina, de la casa De Saint-Clair -respondió ella con tono firme y elegante, mostrando su identificación.
El guardia cambió de inmediato su actitud.
-Señorita Evangelina, bienvenida. Si estos son sus invitados, pueden pasar. Pero necesito que todos se registren y entreguen sus tarjetas de identificación.
No hubo inconvenientes. Tras unos diez minutos, el soldado regresó con una reverencia.
-Pueden pasar. Su carruaje está listo. Bienvenidos a la capital, que tengan un buen día.
Se abrió paso para mostrar un carruaje de lujo frente a nosotros, brillante y pulido, con emblemas grabados en oro.
-Vamos, chicos. Estamos a punto de llegar a casa -dijo Evangelina con naturalidad, aunque su voz sonaba inspirada, como si liderara la marcha. Su orgullo brillaba en ese instante.
Nos miramos entre nosotros; sabíamos lo que significaba. Subimos sin objeción.
-Calyndra, ¿podrías crear una barrera que cubra el carruaje? -pidió Evangelina. Más que una solicitud, sonó como una orden disfrazada.
Calyndra alzó su dedo índice, y una barrera mágica selló el interior, aislándonos de cualquier oído curioso.
-Perdón por tratarlos así -murmuró Evangelina, recostando la cabeza en mi hombro-, pero debo mantener mi nivel como noble.
-No tienes por qué preocuparte -respondió Saúl con serenidad.
Todos asentimos en apoyo, y ella, con un suspiro de alivio, agradeció en voz baja antes de cerrar los ojos. El viaje, aunque corto, se sintió más largo de lo habitual.
-Evangelina… -la llamé suavemente cuando la vi dormida en mi hombro. Poco a poco abrió los ojos-. Ya llegamos. Evitamos que abrieran la puerta para que no te vieran así, pero… podría causar problemas si sigues con ese descuido.
Ella se sobresaltó un poco, se acomodó con prisa y luego dio la instrucción de abrir la puerta de su mansión.
-Bienvenidos a mi hogar -dijo con un tono dulce, mientras ante nosotros se alzaba la enorme residencia donde Evangelina vivía, orgullosa y majestuosa como la capital misma.
Cuando nos bajamos en ese momento del carruaje pudimos apreciar con gran lujo de detalle la vista frontal de aquella mansión, donde, en la puerta, nos recibió el mayordomo de la casa.
-Bienvenida a su hogar, señorita Evangelina -dijo el mayordomo, inclinándose en una reverencia profunda, con la voz grave y serena.
-Gracias, Thomas. Siempre es un alivio regresar a casa y contar con su diligencia -respondió Evangelina con un tono refinado y cortés-. Ellos son mis acompañantes y parte de mi grupo de aventureros. Deseo hablar con mi padre, ¿se encuentra en la residencia? -preguntó con elegancia.
-El señor Étienne se encuentra en la residencia, señorita. No obstante, le aconsejo que procure verle de inmediato, pues sus obligaciones podrían reclamarlo en breve -contestó Thomas con impecable formalidad, mientras nos guiaba al interior de la casa.
-En ese caso, no perderé tiempo -dijo Evangelina, con la serenidad propia de su linaje, cuando nos detuvimos en la sala principal-. Les ruego que tomen asiento; iré a hablar con mi padre.
No tuvimos problemas y tomamos asiento en los suaves y preciosos sillones de color rojo, aguardando a que Evangelina terminara de hablar con su padre.
Punto de vista de Evangelina.
Antes de irme en ese momento, miré por última vez a Auren y a Calyndra. Auren conversaba tranquilo con mis compañeros, mientras que Calyndra me observaba con esos ojos cálidos, aunque cargados de una peligrosa profundidad.
No quería darle la impresión equivocada, ni que pensara que usaba a Auren como moneda de conveniencia para mi casa. No bajé la mirada, pero la aparté con decisión, siguiendo mi camino. Alcancé a ver una ligera sonrisa en sus labios antes de perderla de vista.
Cuando llegué al despacho de mi padre levanté la mano para llamar, aunque no alcancé a hacerlo:
-Pasa -ordenó su voz grave desde dentro.
-Con permiso -dije abriendo la puerta. Mi padre estaba allí, de cabello blanco y porte de caballero, revisando documentos con una serenidad casi militar. Tomé asiento frente a él.
-Hola, padre. He venido a dar mi reporte… y a explicar lo ocurrido.
Él no levantó la vista de los papeles.
-Lo sé.
Fruncí el ceño. -¿A qué se refiere?
Mi padre dejó los documentos sobre la mesa, entrelazó las manos y me observó con sus ojos acerados.
-¿Con quién crees que estás tratando, hija mía? Siempre he vigilado cada paso que das. No olvides que eres la heredera de esta casa… la próxima marquesa.
Sentí un leve escalofrío, pero apreté los labios. -Entonces… ¿sabe a quién acompañaba y cómo terminé en todo esto?
-No -respondió con calma.
Una sombra emergió del rincón del despacho. Me puse alerta. Era Lythienne, la espía personal de mi padre. Su silueta delgada se movió con sigilo; su rostro apenas iluminado mostraba una sonrisa que no llegaba a los ojos.
-Solo supe de usted cuando ya estaba secuestrada, señorita -dijo con voz baja y precisa-. No pude intervenir, así que envié un mensaje urgente a su padre. Luego tuve que rectificar cuando vi que había sido rescatada.
-Estaba reuniendo aventureros de rango A para subyugar a los bandidos y traerla de vuelta -intervino mi padre con voz firme-. Pero cuando estaba a punto de enviar la misión, recibí otra carta de Lythienne. -Me miró con dureza-. Ahora, dime Evangelina… ¿qué fue exactamente lo que ocurrió?
Su tono me atravesó como una espada. Respiré hondo. No podía titubear.
-Padre… antes de hablar, quiero dejar algo claro. -Sentí un nudo en la garganta, pero lo rompí con decisión-. Deseo romper mi compromiso con el príncipe.
El silencio se volvió pesado. Vi a mi padre abrir los ojos con sorpresa, incluso la fría Lythienne arqueó una ceja.
-Y… he encontrado a quien de verdad amo. Un hombre que me hace sentir segura, protegida. Su nombre es Auren… y he aceptado convertirme en su segunda esposa.
No aparté la mirada. Mis palabras fueron tan firmes como mi decisión.
-¿¡Qué…!? -Mi padre se incorporó, la frente perlada de sudor-. ¿Romper un compromiso de ese nivel? ¿Con el príncipe? Eso no es una decisión que se pueda tomar a la ligera. Y ese tal Auren… ¿quién demonios es?
-¿No será ese muchacho que siempre está con la elfa? -intervino Lythienne, su voz era un cuchillo suave-. Lo lamento, señor, pero esa elfa es peligrosa. Incluso a gran distancia me detectaba, no tuve otra opcion que descuidar de vigilar a la señorita por un tiempo.
-Auren y Calyndra -dije con fuerza-. Padre, si te dijera que aún vive una Alta Elfa… y que un hombre existe capaz de enfrentar a la Reina Demonio él solo… ¿me creerías?
La expresión de mi padre se endureció. Cerró los ojos un instante, como sopesando el peso de mis palabras.
-Por supuesto que no -respondió al fin, grave-. Una Alta Elfa viva traería un desastre político mundial y sobre todo ahora que la relacion esta tan tensa con los Elfos debido a que su reina esta en estado de coma…. y lo que dices de ese hombre es una locura. -Su voz se quebró por un segundo entre incredulidad y… ¿temor?-. Si no fueras tú, Evangelina, te expulsaría de este lugar por semejante mentira.
-Señorita Evangelina -habló Lythienne-. Incluso si lo que dice es verdad, ¿por qué no traerlos a trabajar a esta casa?
-Porque lo intenté, pero Calyndra y Auren son algo muy distinto. Vi con mis propios ojos cómo Auren se enfrentó solo a una variación de un Death Knight, un monje que estaba a punto de evolucionar a un Death King. El derrotó solo. Presencié también cómo, con pura fuerza física, logró sacar a una serpiente marina de las profundidades. -Suspiré un poco antes de continuar-. Calyndra, en cambio, posee habilidades mágicas muy superiores a las de los magos de la corte. Puede crear conjuros y lanzar hechizos sin esfuerzo alguno. Estoy convencida de que, con solo tronar los dedos, podría reducir esta casa a cenizas.
-Entonces la respuesta es no -habló mi padre con un tono severo-. Si ese hombre y esa elfa son tan peligrosos, lo último que necesitas es permanecer a su lado. -Suspiró hondo-. Evangelina, no puedes romper un compromiso así con un hombre como el príncipe… sobre todo porque él te ama.
-Hablando del príncipe… -respondí con firmeza-. Cuando interrogamos a una de las bandidas sobrevivientes, nos contó algo muy interesante.
El silencio se apoderó de la sala por unos segundos.
-El caballero que la acompañaba llevaba un símbolo de corona dorada, un héroe. Pero su espada… era oscura. -Bajé un poco la voz-. Padre… solo hay una espada oscura en el reino con ese símbolo y le pertenece al príncipe, junto a un cómplice, quien planeó mi secuestro.
El rostro de mi padre se endureció, aunque percibí en él un instante de duda. Si aquello era cierto, la situación se volvía aún más delicada. Romper el compromiso podría desatar rumores, tensiones… y si se sabía que era por otro hombre, las consecuencias serían devastadoras.
-Lythienne -habló al fin mi padre-. Ve por nuestra maga más poderosa. Debería estar entrenando a los nuevos reclutas en la academia mágica.
La espía asintió en silencio y se desvaneció entre las sombras. Yo fijé mi mirada en mi padre, quien se levantó de su asiento con paso firme.
-Quiero conocer a ese tal Auren -dijo finalmente.
-¿Lo vas a enfrentar? -pregunté con inquietud.
-Quiero ver qué clase de hombre es. Quiero saber por qué conquistó tu corazón y si realmente puede protegerte. Si demuestra ser digno, buscaré la forma de romper tu compromiso… y te dejaré ir con él. Pero si llega a perder, entonces seguirás con tu compromiso con el príncipe y jamás volverás a verlo, ¿Ha quedado claro? -se levanto en ese momento y se dirigió a la puerta dando me la espalda mientras pronunciaba aquellas palabras, cargadas de un leve dolor.
-Acepto, padre -respondí sin dudar. por un momento a un que no pude verlo pude sentir como estaba sorprendido por mis palabras, el abrió la puerta y en ese momento detrás de el salimos de su despacho.
Fin del punto de vista de Evangelina.
Cuando menos me di cuenta, ya estaba en el campo de entrenamiento privado de la mansión, sosteniendo una espada de madera con una de mis manos. El silencio era tan denso que podía escuchar mi propia respiración.
-¿Cómo es que llegamos a esto? -murmuré con cierto nerviosismo. Mis manos, sin embargo, se mantenían firmes en la empuñadura. Mi cuerpo ya se había adaptado al manejo de la espada, gracias al entrenamiento que tuve con mi maestra.
El padre de Evangelina, con su porte de caballero curtido por la experiencia, me observaba con ojos penetrantes, mientras se acomodaba las mangas de su camisa blanca.
-Tu nombre es Auren, ¿verdad? Mi hija me habló de ti. Pero sus palabras son difíciles de creer. La mejor forma de comprobarlo es en un duelo.-Suspiro un segundo- Si ganas, aceptaré que puedes protegerla y por lo tanto aceptare la petición de ella, pero… Si pierdes… te marcharás y jamás volverás a verla. ¿Está claro?
Giré mi mirada hacia Evangelina, que observaba desde un costado, con las manos juntas a la altura del pecho. Sus labios temblaban, como si quisiera gritar pero no se atreviera. Calyndra estaba detrás de ella, tranquila, casi disfrutando de la tensión, aunque no quitaba los ojos de mí.
-Solo aclaremos algo -dije con voz firme, cerrando y abriendo los ojos para concentrarme-. No tengo que contenerme… ¿verdad?
El marqués arqueó una ceja.
-Muéstrame lo que tienes, muchacho.
El mayordomo Thomas levantó una moneda entre los dedos, con solemnidad.
-El duelo comenzará cuando caiga esta moneda.
Nadie más habló. El sonido metálico del aire cortado por la moneda al girar fue lo único que rompió el silencio. Evangelina contenía el aliento.
La moneda cayó.
El marqués se lanzó hacia mí con bastante rapidez .Su estocada apuntaba directo a mi corazón. No era un noble cómodo en sillones; era un guerrero de élite. La fuerza de su golpe lo probaba.
Pero yo había visto algo mucho mas peligroso.
Mi maestra enseñando me.
Giré mi espada, desviando la suya apenas en el último instante. El impacto resonó seco, vibrando en mis brazos. Me desplacé a un costado y aproveché la apertura: levanté la espada y lancé un corte descendente sin contenerme.
Los ojos del marqués se abrieron con sorpresa. Por un instante, vi en él el reflejo del miedo. Reaccionó con instinto, retrocediendo justo antes de que el golpe lo alcanzara. La fuerza de mi ataque cortó el aire con tal violencia que levantó polvo y creo una corriente de Aire que se disperso por lo bajo.
Cuando me detuve, él ya estaba detrás de mí, jadeando. Su mirada, incrédula, me escudriñaba como si buscara comprender qué era exactamente lo que tenía enfrente.
Me giré lentamente, apuntándole con mi espada, mi voz firme y sin titubeos:
-Le prometí a su hija. Incluso si eso me cuesta la vida. Aunque deba enfrentarme a nobles, reyes o cualquier poder en este mundo… nadie la tocará. La salvaré, aunque tenga que seguirla hasta los confines del mundo.
El eco de mis palabras se expandió en el campo vacío. Evangelina no pudo contener un sollozo y llevó una mano a sus labios, mientras lágrimas asomaban en sus ojos. Calyndra, en cambio, sonrió con orgullo, como si esas palabras también fueran para ella.
El marqués guardó silencio unos segundos. Bajó ligeramente su espada, aunque su mirada seguía fija en mí, cargada no de desprecio, sino de un respeto que no estaba dispuesto a admitir en voz alta.
-Entonces, todo se decidirá en este último golpe -habló el padre de Evangelina-. Muéstrame el valor de esas palabras, chico.
El aura de aquel hombre estalló con violencia, cubriendo su cuerpo y su espada en un rojo intenso. El aire a su alrededor vibraba, deformándose como si estuviera ardiendo.
Me concentré en ese instante, empuñando la espada a la altura de mi cabeza, ladeada a un costado de mi cuerpo. Mi aura emergió de golpe, bañando mi figura con un fulgor blanco, más intenso que el suyo. Cerré los ojos un segundo y me enfoqué solo en su figura teñida de rojo.
En un instante se lanzó sobre mí. Nuestras espadas se encontraron: la suya, en un corte horizontal; la mía, descendente. El choque sacudió el aire como un trueno.
El estruendo retumbó en el campo privado, y de pronto, un crujido partió la tensión. Una de las espadas de madera se quebró, volando por los aires hasta clavarse en la tierra.
No era la mía.
El padre de Evangelina cayó de rodillas, su camisa abierta en un corte vertical. No había sangre, pero el impacto lo había dejado inconsciente.
-¡Padre! -gritó Evangelina, corriendo hacia él. Lo sostuvo entre sus brazos y suspiró de alivio al notar que respiraba, que solo estaba noqueado.
-Thomas… llévelo a descansar, por favor. Despertará en un rato.
El mayordomo cargó con el cuerpo del hombre y desapareció hacia la mansión, dejándonos a los tres en silencio.
-Auren… -la voz de Evangelina tembló. con la mirada baja se acercó hasta hundir el rostro en mi pecho-. Gracias.
Posé mi mano derecha sobre su cabello, acariciándolo suavemente. No dije nada. No era necesario.
Punto de vista de Étienne (Padre de Evangelina)
Mis ojos se abrieron lentamente. La tenue luz de unas velas encendidas me dio la bienvenida a mi cuarto. Al recuperar la claridad, noté que aún llevaba puesta la ropa del duelo. Mi mano fue instintivamente a mi pecho: no había sangre, pero la tela estaba rasgada en diagonal.
Entonces lo recordé. Ese enfrentamiento con el muchacho… esa mirada. Esos ojos que no titubearon al atacarme. Por primera vez en años, había sentido miedo.
-Por Dios… -suspiré, llevándome la mano a la frente mientras me incorporaba al filo de la cama-. ¿Quién demonios es ese chico?
-Padre, ¿estás despierto? -la voz de Evangelina me alcanzó desde el otro lado de la puerta.
-Adelante. -Me enderecé, recuperando la compostura.
La puerta se abrió, y mi hija entró con gesto preocupado. No venía sola. Tras ella, aquella elfa me observaba con esos ojos dulces, aunque en ellos percibí algo que me inquietó.
-Padre, ahora que viste su fuerza… ¿cuál es tu opinión? -preguntó Evangelina, sentándose en una silla frente a mí. La elfa la acompañó.
-Señor Étienne -habló ella entonces, llevándose la mano al pecho con un gesto refinado. Su voz cálida y serena resonó con la elegancia de una dama noble. Evangelina misma se sorprendió.
-Mi nombre es Calyndra. Soy la futura primera esposa de Auren. Comprendo sus dudas: es difícil creer en la fuerza de ese hombre hasta que se enfrenta a ella y termina siendo abrumado. Pero buscar una respuesta lógica no es lo recomendable. Verá… Auren es una fuerza errante en la historia, algo que puede traer tanto paz como destrucción.
Guardó silencio un instante, apoyando las manos en su regazo antes de continuar.
-Auren prefiere la paz. Sin embargo, si es necesario, tomará las armas y arrasará todo hasta recuperar esa paz. Ver esa destrucción le pesará en el corazón, porque es noble. Y es esa nobleza, señor Étienne, la que también puede ser su mayor debilidad.
Tragué saliva, algo incómodo. -¿Qué intentas decirme, señorita Calyndra?
-Que a veces, al intentar evitar un futuro, lo terminamos provocando -respondió con calma.
Asentí despacio. -Comprendo… y lo prometo: no buscaré usar a Auren en ninguna guerra. Tal y como dices, su fuerza es demasiado peligrosa. Pero… si va a casarse con mi hija, necesitará un título, un apellido noble. Evangelina es mi única hija, y nuestra casa no puede quedar sin heredero.
Bajé la mirada, recordando el peso de mi pasado.
-Su madre y sus hermanos murieron en una emboscada durante unas vacaciones. Evangelina fue la única sobreviviente, apenas una niña… escapó de milagro gracias a unos mercaderes. Nuestros guardias cayeron, incluso los aventureros que contratamos. Ella sola cargó con esa pérdida.
Elevé la vista, con resolución. -Acepto que Evangelina se case con Auren. Pero con una condición: que tome nuestro apellido y proteja a mi hija bajo nuestras alas.
Calyndra no respondió. Solo alzó la mano y, con un leve hechizo, abrió la puerta. Allí estaba él, de pie, con expresión firme y decidida.
-Auren… ahora que lo has escuchado, ¿cuál es tu decisión? –
El muchacho entró sin vacilar, colocándose entre ambas. Extendió una mano a cada una, y ambas la aceptaron. La expresión de mi hija cambió al instante: vi en sus ojos la confianza, el amor, la entrega total. Ella lo había elegido sin reservas.
-Acepto su propuesta -dijo Auren, su voz firme resonando como un juramento.
Sonreí. -Espero tener un nieto pronto.
Las palabras se me escaparon sin pensarlo. Cuando bajé la mirada,
-¡Pa… pa… padre!
Escuché a Evangelina exclamar, sonrojada y temblorosa, a lo que no pude evitar reír.
Esa reacción me devolvió por un instante a los días en que aún era una niña. Mi corazón, que había estado tenso durante tanto tiempo, por fin se sintió ligero.
Fin del punto de vista de Étienne (Padre de Evangelina)
La conversación con el padre de Evangelina me había dejado emocionalmente agotado. Comprendí entonces lo que significaba convertirme en su esposo. No es que me arrepintiera, pero… aquella última frase, la de “darme un nieto”, me sacó de mi zona de confort.
La palabra “hijos” se quedó dando vueltas en mi mente, rebotando una y otra vez, como un eco imposible de ignorar.
-Auren… –
La voz suave de Evangelina me arrancó de mis pensamientos. Me encontraba en una habitación privada, sentado, intentando retomar mi oficio de joyero. Entre mis manos sostenía unos trozos de plata que, al no estar concentrado, no eran más que piezas mal trabajadas.
-Disculpa que te interrumpa… solo quería avisarte que la cena ya está lista, por si quieres bajar. -Su tono era dulce, pero sus gestos la traicionaban: estaba nerviosa, mirando hacia otro lado mientras frotaba sus manos.
-Oye… gracias. Sé que esto puede ser duro para ti y no estás o…
No la dejé terminar. Tomé suavemente su mano y la atraje hacia mí, haciéndola sentar de lado sobre mis piernas. Su rostro quedó a escasos centímetros del mío, y en sus ojos se reflejó la sorpresa. Sentí su respiración temblorosa chocar contra mis labios.
-Lo sé… -murmuré, antes de besarla suavemente-. Pero quiero hacerlo… y voy a cumplirlo.
Nos quedamos en silencioso por un momento hasta que una voz nos interrumpió.
-Ejem… -Calyndra, quien había entrado sin que la notáramos, con el ceño ligeramente fruncido-. No te me quieras adelantar, Evangelina.
Evangelina se tensó, pero yo solo sonreí. Tomé también a Calyndra, atrayéndola hacia mí, y con algo de esfuerzo logré acomodarlas a ambas: una en cada pierna, sus cabezas reposando contra mi pecho.
-Las amo a las dos -susurré.
Ambas se inclinaron hacia mí en ese momento para besarme, primero fue Calyndra y luego Evangelina, confirmando con sus acciones lo que ya sabía en mi corazón: que también me amaban.
-Ahora, vamos a comer -dije con un tono dulce.
Pero ninguna de las dos quiso despegarse de mi pecho. Se aferraron a mí con fuerza, como si el tiempo pudiera detenerse en ese instante.
La cena fue el escenario en que el padre de Evangelina anunció la noticia a los miembros de su party y a Thomas, el mayordomo. La sala se llenó de sorpresa y alegría, transformándose pronto en una celebración. Variados y deliciosos platillos adornaban la mesa, el vino corría, y las sonrisas eran tan abundantes como las luces de las velas.
Cuando la cena terminó, nos dirigimos a las habitaciones. Calyndra y yo compartíamos una, pues todavía no era oficial que Evangelina estuviera conmigo; habría sido mal visto que nos vieran juntos. Sin embargo, eso no impidió que, a mitad de la noche, Evangelina se uniera a nuestra cama. Se acurrucó a mi lado opuesto al de Calyndra, aferrándose a mí con un suspiro nervioso, y por supuesto la recibí sin dudar.
Esa noche dormí con ambas bajo mis brazos, con la certeza de que eran mi presente y mi futuro, mis dos futuras esposas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com