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Una Estrella Moribunda - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 Ecos de batalla y sangre
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2: Ecos de batalla y sangre 2: Ecos de batalla y sangre Los días habían pasado desde que abandoné la ciudad.

Afortunadamente —o quizás de forma extraña— no me he encontrado con los monstruos que normalmente azotan la ciudad.

De hecho, este lugar parece ser muy tranquilo.

Hay animales en los bosques: conejos, ardillas, jabalíes…

incluso osos.

Es un ecosistema saludable, lleno de vida.

La comida abunda, y he tenido suerte encontrando semillas y plantas comestibles.

Por un momento, me sentí en paz…

hasta que recordé por qué había optado por entrar en estos densos bosques, evitando el camino principal.

Lo vi con mis propios ojos mientras estaba escondido en unos matorrales.

Por primera vez, presencié a una persona ser asesinada.

Eran aquellos que salieron de la ciudad antes que yo, los mismos que se compadecieron y decidieron adelantarse.

Murieron a manos de bandidos.

Lo peor fue que solo los hombres eran asesinados.

Las mujeres…

eran secuestradas.

Sabía cuál sería el destino de aquellas chicas, y era realmente triste.

Pero no podía hacer nada.

Como dije anteriormente: “Uno debe sobrevivir como puede”.

Hoy tuve suerte…

pero no sé si mañana también la tendré.

Por lo que opté como anteriormente dije adentrarme en el bosque con el fin de poder seguir mi camino evitando a los bandidos, para encontrar mi destino en la siguiente ciudad “Nytheria”.

Durante mi travesía, encontré lo que parecía ser un río.

Su corriente fluía hacia el norte.

Sabía que esa era mi oportunidad: si lo seguía, quizás me llevaría a la siguiente ciudad.

Además, representaba una ventaja doble: una fuente constante de agua y, posiblemente, de alimento .

El único problema era que no tengo forma de cazar ni de pescar.

No llevo armas, ni redes, ni trampas.

Estaría encantado de poder comer algo de carne…

llevo días alimentándome solo de raíces, semillas y hojas comestibles.

Y aunque no me quejo, mi cuerpo empieza a notarlo.

No recuerdo la última vez que tuve el lujo de comer todos los días.

Aun así, me siento cada vez más fuerte, como si algo dentro de mí estuviera despertando…

nutriéndose.

Es una sensación extraña, casi inquietante, pero increíble.

Mis sentidos se han agudizado, y mis reflejos responden con mayor rapidez que antes.

Todavía no podría atrapar a un conejo —lo admito—, pero si esto continúa, quizás no tarde mucho en lograrlo.

Los días han pasado y he estado siguiendo la corriente del río.

No ha habido complicaciones más allá de los depredadores del bosque.

Por alguna extraña razón, los lobos suelen ignorar o incluso evitarme.

Sin embargo, de los que sí debo tener cuidado es de los osos.

Ellos suelen voltear como si estuvieran buscándome; su mirada me aterra y me hace temblar en cuanto siento su presencia cerca.

He podido evitarlos, aunque tarde o temprano necesitaré defenderme de ellos, y eso es lo que más me asusta.

No sé pelear más allá de dar simples golpes.

Tampoco sé usar trampas.

Había logrado dormir encima de un árbol bastante alto, el cual no tuve ningún problema en escalar.

De hecho, he sentido que mi cuerpo se ha estado fortaleciendo cada día más, hasta el punto en que los conejos ya no pueden escapar de mí.

Pero incluso si los cazo, no tengo manera de procesarlos.

Otro cambio que he notado es en mi capacidad para aprender.

Mi mente ha empezado a reconocer patrones y acciones de los conejos: su forma de saltar, cómo giran, sus puntos débiles…

Y al momento de tocarlos, mis manos actúan por sí solas.

Puedo sentir exactamente dónde y cómo cortar para procesarlos.

Eso me llenó de emoción.

Deseaba carne.

La quería tanto que incluso pensé en fabricar herramientas, aunque no sabía cómo hacerlo.

No tengo conocimientos sobre tallado, ni sobre qué materiales usar…

solo seguía un impulso, una sensación dentro de mí que me empujaba a intentarlo.

Recogí piedras, intenté golpearlas entre sí, pero casi todas se rompían al tocarlas.

Era como si este lugar rechazara mis intentos de fabricar algo útil.

Al parecer, las rocas de esta zona no sirven para herramientas.

Y yo que pensaba que cualquier piedra podía ser útil…pero eso no iba a desanimarme.

Y al amanecer y bajar del árbol, mis ojos se enfocaron en una rama caída que provenía de él.

Su madera era bastante resistente pero altamente flexible estaba seguro que si golpeaba algo esta podría doblarse pero no romperse.

Por sí sola no era mucho, pero ya era un arma que podía servirme de apoyo.

Eso activó algo en mi interior.

Una pregunta surgió, casi como un impulso: “¿Y si a esta rama le agrego rocas?” Frenéticamente, impulsado por el deseo de procesar carne, comencé a buscar por el bosque, ignorando los peligros de la zona.

Fue entonces cuando encontré una cascada, y en ella, distintos tipos de roca.

Al estrellar una contra otra, noté que no se rompían.

Eso elevó mi emoción.

No me importaba el ruido ni el tiempo.

Solo seguía mis instintos, golpeando en ciertas zonas, guiado por una sensación más que por lógica.

Logré crear una especie de triángulos afilados, los cuales fui insertando en la rama.

Tuve que cortar su forma para reforzarla, y así convertirla en un palo resistente.

Con los triángulos de piedra incrustados, había creado algo rudimentario…

una especie de porra con filo.

Cruda, pero mía, Pero el ruido…

y el poco cuidado que había tenido…

me llevó directo a un evento que, tarde o temprano, iba a ocurrir.

Desde los árboles, comencé a escuchar crujidos.

Ramas quebrándose.

Troncos siendo empujados hacia los lados.

Y de entre la espesura…

salió un oso.

Pero no era cualquier oso.

Era enorme.

Su pelaje tenía un tono naranja intenso, y en su rostro se leía una historia de muchas victorias.

Su ojo izquierdo estaba marcado por una cicatriz en forma de “X”, que cruzaba de párpado a párpado, cerrándose de forma inquietante cuando parpadeaba.

No había duda: ese oso era el alfa del bosque.

Al verme, se irguió sobre sus patas traseras.

Su altura era fácilmente tres veces la mía.

Solo verlo así ya era aterrador.

Ese viejo sentimiento volvió…

el mismo que tuve cuando salí de la ciudad.

Estaba aterrado.

Mis piernas temblaban.

Quería escapar…

pero mi cuerpo no respondía.

Todo se sentía como si estuviera en cámara lenta.

Mi instinto intentaba empujarme, obligarme a moverme…

pero no podía.

Y entonces, el oso cargó hacia mí.

Su enorme cuerpo avanzaba con una fuerza imposible de detener.

Si me golpeaba, sería una muerte segura.

Así como al inicio…

tomé en ese momento el máximo aire que pude, inflando mis pulmones hasta el punto en que comenzaron a arder.

Y entonces, finalmente, pude mover mis piernas.

Lo logré por poco.

En un salto, impulsado por pura voluntad y adrenalina, conseguí esquivar la embestida del oso.

Me estrellé contra el suelo, pero él siguió de largo, sin poder detener su peso.

Lo vi chocar de frente contra la roca de la cascada.

El impacto fue brutal.

Su cabeza golpeó con tanta fuerza que la roca misma tembló.

El estruendo hizo que los pájaros del bosque salieran volando, despavoridos.

Presencié todo eso mientras intentaba levantarme, jadeando.

Mi respiración…

era como aquella vez.

Mis impulsos me gritaban una sola cosa: correr.

No.

Necesitaba correr.

Porque frente a mí no había un simple animal.

Era una fuerza que no podía vencer.

Pero entonces, ese sentimiento de crecimiento habló dentro de mí: “Pelea…

pelea…

pelea.” Un aura comenzó a cubrir mi cuerpo.

Era de un color blanco, salía de mi piel como vapor, como energía viva.

Esta vez me levanté.

Sostuve con fuerza aquella arma improvisada, con ambas manos apuntándola hacia adelante.

Mis piernas se separaron levemente, adoptando una postura…

no aprendida, sino guiada por el instinto.

Fue mi cuerpo el que eligió cómo pararse, cómo respirar.

El oso me vio en ese momento.

Y juro…

que pude verlo sonreír.

Como si, después de todo, por fin hubiera encontrado un oponente digno.

Tal vez fue solo mi imaginación.

O tal vez no.

Pero cuando se alzó en dos patas y comenzó a acercarse hacia mí, no cabía duda de que esta pelea era real.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca…

rugió.

Un rugido brutal, directo a mi rostro.

El bosque entero pareció temblar.

Luego del rugido, el lugar quedó en silencio.

Un silencio denso, casi irreal.

Solo se podía escuchar el viento moviendo las hojas, rozando las copas de los árboles como un susurro lejano, con la tensión al máximo.

El silencio se rompió cuando solté un fuerte grito, Fue un intento desesperado de responder a su rugido.

No tenía ni de cerca la misma fuerza, pero no importaba.

Era mi voz.

Mi voluntad.

Y en ese momento…

el oso pareció responder.

Asintió, como si reconociera mi determinación Lo sabía, Mi mente lo sabía.

Mi corazón lo sabía, Incluso ese instinto dentro de mí, ese que me impulsaba a pelear…

también lo sabía.

No iba a ganarle al oso.

No era imposible…

era absurdo, No tengo fuerza.

No tengo poder.

No tengo experiencia.

Pero no quiero arrepentirme, Si este iba a ser mi último día…

entonces lo iba a dar todo.

En ese momento, el oso alzó su garra izquierda, con la palma abierta y las garras afiladas extendidas, listo para dar el primer golpe: un zarpazo descendente, diagonal, de izquierda a derecha.

No lo pensé.

Mi cuerpo reaccionó por instinto.

Me eché hacia atrás de forma brusca, bajando el arma para evitar cualquier impacto.

Las garras pasaron peligrosamente cerca de mí, cortando el aire a centímetros de mi rostro.

Cuando el golpe terminó y el movimiento del oso perdió fuerza, elevé mi arma y contraataqué.

El golpe impactó contra su brazo.

No fue decisivo.

No lo detuvo.

Pero le hice daño.

Y eso…

era un primer paso.

Pero el costo fue alto, el arma, improvisada y no diseñada para enfrentarse a una criatura así, sufrió un desgaste brutal.

Se escuchó un crujido seco: el palo comenzó a astillarse, y las rocas incrustadas —que apenas aguantaban la tensión del impacto— se soltaron una a una, algunas quedaron clavadas en la piel del oso por un instante…

pero cayeron al suelo en cuestión de segundos.

El oso no me dio tiempo.

Usó todo su peso para intentar aplastarme, pero logré evitarlo saltando hacia la derecha.

Esta vez no caí de rodillas.

Pude girar en el suelo y ponerme de pie, sosteniendo el arma hacia adelante.

El oso, con toda su experiencia, sabía que podría evitar mi golpe, y se lanzó contra mí.

Lo vi frente a mis ojos: la mandíbula abierta, esos afilados colmillos muy cerca de mi rostro.

Todo parecía moverse en cámara lenta.

La adrenalina estaba al máximo.

No me quedó opción.

Tuve que sacrificar lo único que tenía.

Metí el arma dentro de su boca para ganar un poco de tiempo.

Ese breve instante fue todo lo que necesitaba.

El tiempo ganado me permitió lanzarme al suelo, quedando justo entre las patas del oso, mientras él destrozaba el arma con sus mandíbulas, dejando solo fragmentos dispersos.

“Úsame…

úsame…” Escuché nuevamente esa voz.

La misma que, en medio del miedo, me ordenó pelear.

No sabía a qué se refería.

No tenía control de mi cuerpo.

Todo era instinto.

Y entonces, el aura que antes me envolvía desapareció…

para concentrarse en mi puño.

Golpeé.

Un golpe directo al pecho del oso.

El aura atravesó su cuerpo.

No fue un golpe letal ni profundo, pero fue suficiente.

El impacto lo hizo retroceder y levantarse nuevamente sobre sus dos patas.

Ese fue mi momento.

Salí de entre sus piernas y corrí.

No tenía otra opción.

Y corrí con todo lo que tenía.

No tardé en perderlo de vista.

Me perdí en el bosque otra vez.

Esa…

fue mi primera batalla real.

Y aunque la perdí…

aún sigo vivo otro día más.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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