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Una Estrella Moribunda - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - Capítulo 20: Una Muñeca de porcelana
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Capítulo 20: Una Muñeca de porcelana

Evangelina nos habia comentado que nos quedariamos por un tiempo en la capital real debido a que tiene un evento importante de la nobleza, donde aprovechara ese momento para romper su compromiso con el principe.

—Bueno, no es que tengamos ahorita un lugar a donde ir asi que no tenemos problemas.—

—Oye Auren.— Hablo Michael en ese momento.— ¿por que no aprovechan y van al gremio de la capital real?, es mucho mas diferente a la cede de gremio que hemos visitado te llevaras una gran sorpresa.

—No es mala Idea.— Hablo Saul.

—De hecho…ahorita que recuerdo no hemos llegado a presentarnos al gremio desde que llegamos.—Hablo Mariana

Todos se quedaron en silencioso pues sabia lo que venia.

Ese misma mañana todos partimos hacia la capital del gremio, y ante mis ojos vi el majestuoso edificio que era.

El Gremio Central de Aventureros se alzaba como un coloso de piedra blanca y mármol pulido, con torres angulares que alcanzaban el cielo como si desafiara a los mismísimos castillos de la nobleza.

Las puertas separadas o abiertas, hechas de roble reforzado con runas metálicas, eran lo bastante grandes como para permitir el paso de un carro de guerra, y sobre ellas pendía el emblema del gremio: una espada y un báculo cruzados bajo el símbolo de la caza de un dragón legendario.

Al entrar, lo primero que golpeaba los sentidos era la vitalidad del lugar. El suelo de piedra pulida resonaba con las botas de cientos de aventureros, y el techo abovedado, sostenido por pilares con grabados de criaturas míticas, dejaba caer destellos de luz a través de vitrales de colores que contaban la historia de héroes pasados.

En el centro del amplio salón se erguía un tablero monumental de misiones, hecho de ébano y oro, donde pergaminos de todas clases se amontonaban como si fuesen presas en una cacería interminable. Alrededor, mesas y bancos rebosaban de mercenarios, magos, exploradores y bardos, compartiendo historias entre risas y mapas desplegados,

En lo alto de una escalera doble, visible para todos, se hallaba el estrado del Maestro del Gremio, desde donde se impartían anuncios importantes. Tras él, puertas reforzadas conducían a salas privadas, archivos secretos y cámaras donde se evaluaba a los aventureros más destacados.

El ambiente era una mezcla de caos vibrante y orden rígido, donde cada voz, cada risa y monedeas tintinear reforzaba la sensación de que aquel lugar no solo era un edificio… sino el corazón palpitante donde se unían los aventureros de la nación y otras naciones.

Lo que más nos llamó la atención fue que, entre los aventureros, había representantes de otras razas: elfos, enanos e incluso heteromorfos, como hombres-bestia. La diversidad era impresionante y daba la sensación de que aquel lugar realmente se podría reunir cualquier especie sin importar la raza.

—Señorita Evangelina —nos habló en ese momento una recepcionista, luciendo una sonrisa profesional en su rostro—.

—Hola, Lucía. Hemos venido a registrar nuestra presencia en la ciudad —respondió Evangelina, entregándole su tarjeta con naturalidad.

—Oh, aquí dice que llegaron hace tres días.

—Sí… bueno, por algunos asuntos no pudimos registrarnos hasta hoy —explicó Evangelina con un ligero suspiro.

—Es una pena, pero se les aplicará una pequeña multa por la tardanza. Recuerde que, como noble, si usted no puede asistir, siempre puede enviar a sus compañeros en su lugar —dijo Lucía, extendiéndole un ticket que Evangelina guardó en su bolso, resignada.

—Y bien, ¿quiénes son ellos? —preguntó la recepcionista con curiosidad.

—Ellos son Auren y Calyndra. Son aventureros registrados en otras sedes del gremio —respondió Evangelina, presentándonos con firmeza.

—Una elfa y un humano… aunque no es raro ver a una elfa entre los aventureros, su porte es muy distinto —comentó Lucía, observando a Calyndra con ojos evaluadores—. ¿De qué parte viene usted, señorita Calyndra?

—Ejem… no creo que sea tan prudente meterse en la vida de los aventureros. Además, si ves un porte diferente, es porque Calyndra es una semielfa… y ya sabes lo que pasa con los semielfos —dijo Evangelina con un dejo de hostilidad en la voz.

La recepcionista bajó un poco el tono, casi arrepentida.

—Ya veo… tienes razón. Es triste su situación.

Me acerqué a Michael, intrigado.

—¿A qué se refiere Evangelina?

Michael suspiró, como si aquello fuera algo obvio para cualquiera que llevara tiempo en el gremio.

—Verás, chico… los semielfos no son bien vistos por los elfos. Son demasiado orgullosos con su pureza de sangre. Aunque existan matrimonios con humanos, casi siempre son por razones políticas o sociales. Y si de esas uniones nace un hijo… los elfos nunca lo reconocen como propio.

Miré a Calyndra de pies a cabeza. Ella no parecía cargar con ese peso por que ni siquiera le importaba; me sonrió con la misma calidez de siempre.

—Bueno… quizás sea mejor evitar los establecimientos élficos o sus ciudades durante nuestros viajes —comenté en voz baja, con seriedad.

Pero la recepcionista intervino, firme:

—Me temo que eso no es posible. Los aventureros que aspiran a Rango S, SS o incluso a rangos especiales como “Héroes” deben presentarse en la sede de los elfos. Allí se realizan los exámenes más exigentes, reconocidos en todo el mundo. Si quieren ser reconocidos oficialmente, ese es el único camino.

—¿Y por qué? —pregunté, frunciendo el ceño.

—Porque la legitimidad de esos exámenes es absoluta. Sin ellos, nadie puede ser considerado un verdadero Héroe.

—Hmm… ¿y qué beneficios hay en ser clase S,SS o Héroe? —dije con desinterés fingido.

La recepcionista me miró molesta, frunciendo el ceño.

—Ten un poco más de respeto. Los S y los Héroes son reconocidos a nivel mundial. Obtienen privilegios de gremio y de reinos enteros, status, tierras… incluso pueden alcanzar la nobleza o servir directamente bajo el ala de un gran señor.

De pronto todo encajó: así era como la maestra del gremio y el señor de la ciudad habían alcanzado sus posiciones en Kaedrum. Aun así, no me importaban esos títulos… yo solo quería disfrutar de mis días.

—Auren —intervino Evangelina—. Además de ellos existe la clase “EX”. Son los que superan incluso a los SS… los más allá de toda leyenda.

—¿Clase EX? —pregunté, intrigado.

—En toda la historia, solo una persona alcanzó ese rango: el Rey del antiguo país de Saturno.

Me incliné hacia él, atrapado por la historia.

—Cuéntame más.

—Se dice que Saturno fue arrasado por la Reina Demonio. Su rey, un aventurero que había derrotado a dragones ancianos, la enfrentó en un combate tan brutal que destruyó a todo su país. Al final, perdió… y con él cayó Saturno.

Pude notar a Evangelina pensativa, sus labios apenas murmuraron algo que alcancé a escuchar:

—Puede que tú… —Se interrumpió de golpe al cruzar su mirada con la mía.

—¿Sucede algo? —pregunté, ladeando la cabeza con curiosidad.

Antes de que Evangelina respondiera, Calyndra intervino con un tono rápido, aunque dudoso:

—No, Evangelina. Auren no lo es… no debería.

La expresión sorprendida de Evangelina me desconcertó aún más, pero no lograba entender a qué se referían.

—Tiene sentido… —dijo ella en voz baja—. El Reino de Saturno fue destruido hace doscientos años. Según los registros oficiales no hubo sobrevivientes, pero…

—¿Ocurre algo? —preguntó la recepcionista, curiosa.

Evangelina reaccionó nerviosa.

—No, nada… solo desvaríos sin importancia. Por cierto, Auren, se supone que la maestra del gremio iba a subir tu rango de D a C. Quizás lo olvidó.

—Entonces puedo realizar el ascenso en este momento —intervino la recepcionista, recuperando su profesionalidad—. Solo necesito sus tarjetas de gremio.

Calyndra y yo se las entregamos, y ella colocó ambas sobre una placa de evaluación que brilló suavemente al mostrar nuestros historiales. Sus ojos se abrieron de par en par.

—¡¿Eeeeeeh?! —exclamó, casi gritando—. ¡Caza de una serpiente marina en proceso de evolución, captura de bandidos de alto rango, eliminación de lobos, osos… y hasta treants!

El murmullo en la sala se apagó de golpe. Decenas de aventureros comenzaron a acercarse, atraídos por el escándalo.

—Espera… —dije, confuso—. No recuerdo haber entregado la cabeza del líder de los bandidos.

—Cierto —asintió Evangelina con calma, como si todo lo hubiera previsto—. Yo hablé directamente con la maestra del gremio y di mi palabra como garantía. Aunque sí, olvidaste entregar las cabezas. Quizás deberías aprovechar ahora.

La recepcionista tragó saliva, pálida.

—Auren… ¿de quiénes son esas cabezas?

Calyndra levantó su brazo derecho, y con un gesto abrió su almacenamiento espacial. Del vacío surgió una bolsa oscura que dejó caer sobre el mostrador. El sonido hueco de varios objetos pesados estremeció la mesa. La recepcionista abrió la bolsa con manos temblorosas, sacando una por una las cabezas aún conservadas.

Su rostro se volvió cenizo.

—Tú… ¿quién diablos eres? —su voz apenas fue un susurro que pronto se quebró en gritos—. ¡Branthor el Despiadado! ¡Mordrek, el mago de hielo! Y aquí… ¡Krovack! ¡Zorath! ¡Todos ellos estaban ganando fama… y tú… tú los aniquilaste!

Un silencio tenso envolvió el gremio. Los aventureros nos observaban do me como si fuera algún bicho raro.

—Señorita Evangelina, supongo que ustedes ayudaron a estos chicos… De hecho, pienso que fueron ustedes quienes derrotaron a esos bandidos.— La mujer sonrió con nerviosismo, como buscando darle lógica a la situación.

—No.— La voz de Evangelina fue como una hoz cortando el aire en dos.— Auren y Calyndra los derrotaron a todos, solos.

El silencio fue absoluto hasta que otra voz irrumpió, firme y profunda:

—¿Qué está pasando aquí?

La atención se desvió hacia una mujer que observaba las cabezas de los bandidos con seriedad.— ¿Quién los derrotó?

La recepcionista me señaló con un dedo tembloroso.

—¿Señorita Evangelina, viene con estos chicos?— preguntó con voz firme.

—Sí.— Respondió Evangelina sin titubear.

—Pasemos a un lugar más privado. Llévate las cabezas a verificar y, si son auténticas, me lo confirmas.—

Aquella mujer, con una figura imponente y un aura de autoridad natural, nos guió hasta un salón privado en el segundo nivel. Curiosamente, solo Calyndra, Evangelina y yo tomamos asiento; los demás decidieron quedarse afuera.

—Bien, permítanme presentarme. Soy la Maestra del Gremio, Seraphyne.—

Frente a nosotros se encontraba una elfa que aparentaba entre 35 y 40 años, aunque su porte cuidado y elegante le restaba edad. Su figura, levemente voluptuosa, estaba acompañada de unos intensos ojos azules como el cielo y una cabellera dorada que caía con solemnidad. Había en ella un aire majestuoso, pero también un filo autoritario.

—Ellos son Auren, un humano, y Calyndra, una semielfa.— los presentó Evangelina.

—¿Semielfa?— repitió Seraphyne en voz baja. Sus ojos se entrecerraron.— No sé por qué… pero siento que no lo eres. Calyndra, ¿de dónde vienes?

—No lo recuerdo.— contestó con calma, sin un atisbo de duda.— Perdí la memoria hace tiempo. Solo sé que mi padre fue un elfo y mi madre, una humana.

La mirada de la maestra se volvió afilada, como un bisturí buscando cortar cualquier mentira.

—Espíritus de agua, manifiéstate y disierne entre la verdad y la falsedad.— recitó.

Dos pequeñas figuras, como slimes azules, aparecieron en el aire. Conversaron sin palabras con Seraphyne.

—Para confirmar.— su voz bajó un tono.— ¿Son demonios o entidades falsas en cuerpos prestados?

—No lo somos.— dijo Calyndra. Pero en ese instante, su dulce semblante cambió. No de manera visible, sino en la sensación que transmitía: algo peligroso, oscuro. Tanto que Evangelina tragó saliva.

Los espíritus reaccionaron con un leve estremecimiento, como si un escalofrío recorriera su esencia.

—Qué extraño…— murmuró Seraphyne al verlos inquietos.— Están nerviosos, pero confirman que dices la verdad. ¿Ustedes mataron a los bandidos?

—Sí.— respondió Calyndra con firmeza.— Nosotros nos encargamos.

Los espíritus lo corroboraron otra vez.

—Una última pregunta.— La maestra se inclinó hacia adelante, con los ojos clavados en ella.— ¿Eres una semielfa?

Calyndra sostuvo su mirada, sin retroceder. Su semblante se oscureció todavía más.— Lo soy. ¿Verdad que sí, pequeños?

Los espíritus se quedaron quietos, congelados. No reaccionaron. Pero al final dieron su respuesta silenciosa.

—Bien.— suspiró Seraphyne, liberando la tensión.— Ya es suficiente. Gracias, espíritus de rango bajo.— Con un gesto de la mano, los hizo desaparecer. Su porte solemne se quebró un instante y se dejó caer en el sillón, cansada.— Lo lamento por ser tan estricta… los demonios han estado tomando cuerpos y causando estragos.

Unos golpes sonaron en la puerta.

—Maestra del gremio.— la voz de la recepcionista llegó desde afuera.

—Puedes pasar.—

Entró con una carpeta en mano.— Ya tenemos los resultados. Son auténticos.

Seraphyne nos observó y soltó un largo suspiro.— Suban a estos chico a rango B.

—¿Maestra… está segura de que es prudente?— dudó la recepcionista.

—Sí.— contestó, con voz cansada.— Si lo hubieras visto aquí dentro, lo entenderías.

Yo me mantuve tranquilo, pero Evangelina estaba pálida, casi paralizada.

—Evangelina, ya todo está bien.— La voz dulce de Calyndra la sacó de su trance.

—Mouh…— refunfuñó Calyndra.— Tendrás que acostumbrarte. Estas conversaciones van a repetirse… así que mantén la calma.

Evangelina asintió en silencio, mientras el aire de tensión finalmente se disipaba.

Punto de vista de Seraphyne (Maestra del gremio)

Cuando confirmé que aquellos dos se habían marchado y que sus rangos habían sido ascendidos, finalmente me permití aflojar el cuerpo. El peso de la autoridad se me cayó de golpe. Me desplomé en el sillón de mi despacho, las piernas abiertas, los brazos extendidos por encima del respaldo y la cabeza inclinada hacia atrás. La pose de dama autoritaria que siempre mostraba había desaparecido.

—Es imposible… no puedo más… no puedo… no puedo… —murmuré con voz quebrada, como si me estuviera quejando como una niña, aunque lo que en realidad me dominaba era el agotamiento.

La única que me acompañaba era Sofía, mi mano derecha. La mujer de cabello rojo, siempre impecable y sobria, me observaba con un gesto contenido desde el asiento frente a mí.

—Maestra del gremio… por favor, compórtese. Recuerde quién es usted, recuerde su estatus —me reprendió con serenidad, aunque su tono dejaba entrever que también estaba inquieta.

—¿Y tú crees que no lo sé? —bufé con un suspiro pesado, enderezándome poco a poco en el sillón—. Pero lo notaste igual que yo… esa muchacha no era una simple semielfa. Tampoco era un demonio, lo sé bien, pero los espíritus… los espíritus tuvieron miedo. Y no fue el miedo común. Fue otra cosa.

Sofía entrecerró los ojos, seria, como si reviviera la escena.

—Lo sé. Cuando los vi, mis instintos me gritaron que estaban en guardia todo el tiempo… como una bestia salvaje a punto de atacar. Y luego, lo peor: no pude sentir su maná. Nada.

—Yo tampoco pude —confesé en un susurro, mordiéndome el labio.

Sofía se irguió de golpe, alarmada.

—¡Espere, maestra! Si usted tampoco pudo, entonces eso significa que…

—Sí —la interrumpí con una amargura que me supo a hierro—. Que el maná que poseen está por encima del mío.

Sofía abrió los ojos con un pánico contenido, como si le hubiera revelado una blasfemia.

—E–eso es imposible… usted es rango S. ¡Si ni siquiera usted puede evaluarlos, entonces quiere decir que podrían ser “SS”… o en el peor de los casos… “EX”!

—No lo sé… —suspire—. Si ese fuera el caso, entonces estaríamos ante un Héroe entre Héroes. —Volví a relajarme un poco, recuperando mi compostura—. Escúchame bien, Sofía: si esos aventureros vuelven al gremio, quiero que les asignes la misión más difícil que tengamos. Y si regresan, entonces tendremos que preparar la solicitud para que se les aplique el examen de Rango S. ¿Está claro?

—Sí, maestra. —Sofía asintió con firmeza, aunque podía notar la tensión en sus hombros.

El silencio que siguió entre nosotras pesaba más que cualquier sentencia, como si la sombra de aquellos dos recién llegados aún flotara sobre el despacho.

Fin del punto de vista de Seraphyne (Maestra del gremio)

Punto de vista de Evangelina.

Me quedé pensativa, preocupada por lo que podría haber sucedido en aquel salón privado. Sabía que Calyndra era peligrosa y por un momento senti que iba a asesinar a la maestra del gremio.

—Evangelina —dijo mi padre, sacándome de mi trance. Estaba sentada en la sala, con la cabeza recostada en el respaldo del sillón. Él se sentó a mi lado y me miró con curiosidad—. ¿Dónde están ellos?

—Auren y Calyndra se fueron a entrenar al salón privado —respondí—. Mi grupo decidió hospedarse en otro lugar; no les gustan mucho las cosas nobles.

—¿Qué sucedió? —preguntó mi padre.

—La maestra del gremio nos llevó a un salón privado después de que Auren y Calyndra mostraran las cabezas de los bandidos y sus tarjetas del gremio —me acomodé en el sillón—. Usó espíritus de rango bajo para presionar a Calyndra y verificar su verdadera clase, pero no lo logró. Fue… como una lucha entre leonas, viendo quién se descuidaba primero.

Me quedé en silencio un momento.

—Padre… siendo yo tan débil comparada con ellos, ¿debería seguir con ellos? —mi voz bajó—. Siento que solo los voy a atrasar.

—Ara, ara —una voz suave interrumpió, y al girar, vi a Calyndra detrás de nosotros—. Si quieres ser más fuerte, te entrenaré.

Colocó sus manos frente a mí y sonrió con dulzura. —Acepté tus sentimientos por Auren porque veo potencial en ti, pero nunca lo has practicado correctamente. Desperdicias mucho maná —dijo, y su tono era firme pero alentador.

—Espera un momento, señorita Calyndra —intervino mi padre—. Ella fue entrenada por la maestra de nuestra familia, una prodigiosa maga. Al igual que tú, puede hacer magia sin conjuro.

—Si ella puede hacer tal cosa, ¿por qué tú no, Evangelina? —preguntó Calyndra, tomando mis dedos con suavidad y guiándolos—. Visualiza una esfera de hielo… y créala.

Dudé, insegura, pero concentré mi energía. Poco a poco, la magia fluyó desde mis manos y, contra todo pronóstico, una diminuta esfera de hielo apareció ante mis ojos.

—¡Bien hecho! —exclamó Calyndra, sonriendo con satisfacción—. Lo que pasa es que los humanos son algo envidiosos. Cuando alguien tiene mayor potencial, algunos intentan impedir que lo supere.

—Entonces… ¿puedo hacerme más fuerte? —pregunté a Calyndra, con un dejo de incredulidad.

—Yo no pude entrenar a Auren por su tipo de magia, pero contigo… contigo la cosa cambia —dijo ella con orgullo—. Manejo todos los elementos y subelementos, así que podremos sacarle mucho partido a tu potencial.

—Ejem… recuerda que hoy tenemos ese evento —intervino mi padre—. Lo mejor sería entrenar después, para que no llegues cansada.

—Cierto, hoy es la Noche de Máscaras —asentí, respondiendo a su consejo.

—Entonces mañana será —sonrió Calyndra—. Por cierto, Auren quiere verte un momento. ¿Te parece bien si antes de irte lo visitas? Yo me quedaré meditando un poco, necesito calmarme —me guiñó un ojo, y no hacía falta que me explicara por qué estaba alterada.

La tarde pasó como un suspiro. Justo cuando estaba a punto de salir hacia el castillo recordé las palabras de Evangelina. Subí al cuarto de Auren antes de irme. Abrí la puerta y lo primero que vi fue a Evangelina, sentada en posición de loto, con los ojos cerrados, concentrada. Una esfera de magia brillaba entre sus manos, y había algo diferente en su porte, como si estuviera más segura de sí misma.

Auren estaba de espaldas, concentrado en su trabajo.

—Oh… Evangelina, ¿lista para tu evento? —dijo Calyndra, abriendo los ojos y sorprendiéndose.

—Oh… —Auren, al voltearse, se quedó paralizado un instante.

Su mirada recorrió mi vestido: un degradado de azul aqua a blanco perlado que abrazaba mi figura y se abría en capas ligeras, flotando con cada movimiento. El corpiño, bordado con finos hilos dorados, brillaba suavemente bajo la luz de los candelabros. Las mangas semitransparentes y la falda amplia daban un efecto etéreo, como olas suspendidas en el aire.

Una capa de gasa transparente hacía juego con mi cabello azul claro, cuidadosamente peinado en un semirecogido con trenzas delicadas que se entrelazaban como hilos de luz, cayendo suavemente sobre mis hombros y brillando con cada movimiento.

—Auren, sal del trance —dijo Calyndra, sonriendo.

Noté que en sus orejas de elfo colgaban unos aretes de oro con gemas esmeralda que brillaban con elegancia.

—Se te ven hermosos, Calyndra —comenté mientras acariciaba suavemente los aretes.

—Gracias… Auren tiene algo para ti también —respondió ella.

Me volteé y Auren me acercó un delicado collar de oro el cual me coloco en mi cuello. En el centro de este mismo, una gema azul marino parecía contener la profundidad misma del océano.

—Lo hice para ti, con la piedra de la serpiente mariana. Espero que te guste —susurró.

No pude contener la emoción; una lágrima rodó por mi mejilla y, sin pensarlo, lo besé en ese momento.

La puerta se abrió suavemente y, unos instantes después, entró mi padre. Al vernos a Calyndra y a mí, su expresión cambió inmediatamente, mezcla de sorpresa y orgullo.

—¡Muchacho! —dijo con asombro—. ¿Tú hiciste esta joyería?.—Se acerco a mi en ese momento para sostener un poco el collar apreciándolo.— Si decides hacer más para vender, conozco un mercader que pagaría mucho por ellas. Son extraordinarias, y resaltan la figura de ambas de manera impecable.

Nos miramos y todos soltamos una risa ligera, ese momento de alegría se sentía casi mágico.

Después de unas palabras más y unos gestos de afecto, nos despedimos. Era un instante de calma, un respiro de paz antes de que la tormenta y la batalla inevitable se desataran.

—¿Estás segura de lo que vas a hacer? Una vez hecho, no hay vuelta atrás —dijo mi padre con tono grave mientras nos acercábamos a la entrada de la gala.

—Completamente segura, padre —respondí, llevando mi mano derecha al collar y jugando con la gema que brillaba. Suspire, buscándome valor en ese pequeño gesto.

—Entonces que así sea, hija —asintió él, entregándome una máscara de rostro completo. Era de un tono perlado, con el emblema de nuestra casa: un escudo brillante flanqueado por dos espadas, símbolo del legado de nuestros antepasados, que defendieron el reino con honor y valentía.

El carruaje se detuvo y la alfombra roja se extendió bajo nuestros pies, marcando el camino desde las escaleras hasta la entrada de la fiesta.

—¡Damas y caballeros! El Marqués Étienne de Saint-Clair hace su entrada acompañado de su hija, la señorita Evangelina —anunció el presentador, mientras descendíamos con elegancia por las escaleras.

Todas las miradas se posaron sobre nosotros. Apenas tocamos la alfombra roja, nos mezclamos con los invitados y tuve que separarme de mi padre. Entre todos los rostros, uno captó inmediatamente mi atención: el de mi maestra y prima, Vivienne.

Ella me hizo un gesto sutil para acercarme, y no dudé en hacerlo.

—Hola, Vivienne —dije con calidez, notando que no portaba máscara; su posición noble no requería ocultar su identidad.

—Hola, Evangelina. Luces deslumbrante esta noche. ¿Cómo te ha ido en tus aventuras? —su voz era dulce, pero medía cada palabra con precisión. Su vestido, de una sola pieza morada, acentuaba su porte y elegancia.

—He tenido buenas aventuras. Todo va bastante bien. Por fin regresé a casa, aunque sé que pronto volveré a salir —respondí con entusiasmo, recordando las palabras de Calyndra. A pesar de todo, siempre había sentido a Vivienne como una hermana mayor.

La gala continuó con normalidad. Fui cortejada en varias ocasiones, pero rechacé cada intento con gracia y firmeza.

Entonces, un murmullo recorrió la sala:

—¡Todos atentos, el Rey, la Reina y el Príncipe han llegado!

Mis ojos se centraron en la realeza. No llevaban máscara, por supuesto, y aunque un pequeño pinchazo de tristeza cruzó mi corazón, recordé mi decisión: quiero estar con Auren, y no dudaría en romper este compromiso.

Miré a mi padre en ese instante y supe que la tormenta estaba por llegar, pero comprendí que esto era necesario.

—Vivienne, puedo contarte algo… —dije con voz baja, pero firme.

—Adelante, ¿qué sucede? —respondió ella, calmada, aunque atenta.

—Voy a romper el compromiso con el príncipe. —

No hubo respuesta inmediata. Lo sabía; esas palabras hubieran sorprendido a cualquiera.

La fiesta continuó a nuestro alrededor, pero mi objetivo era claro: mantenerme oculta del príncipe hasta que mi padre pudiera hablar con el rey a solas. Vivienne me asistió en todo momento; con ella a mi lado, me sentía segura. Finalmente, logramos escondernos en un balcón que daba al exterior del castillo, donde la luz de la luna bañaba el escenario con un brillo sereno y engañosamente pacífico.

De espaldas a mi prima, me permití un instante de confianza y calma.

—Gracias, Vivienne —susurré, dejando que el viento acariciara mi rostro. Esperé el momento exacto, sintiendo los pasos de ella que se acercaba a mi.

Fin del punto de Evangelina.

Punto de vista de Vivienne

Me acerqué a Evangelina con una sonrisa helada en los labios. Elevé mi mano derecha hasta su espalda y, en el instante en que cerró los ojos para disfrutar de la brisa nocturna, marqué sobre su piel un sello de control mental, fuerte y profundo.

Al inicio, luchó con todas sus fuerzas. Pude sentirlo, la resistencia de su espíritu intentando romper mis cadenas. Pero al final, el sello se impuso. Su voluntad fue tragada por el silencio.

Escupí al suelo, frustrada de que incluso en ese estado me hubiera dado batalla.

—Siempre tan difícil, Evangelina… —murmuré, tomando su barbilla entre mis dedos. La miré directo a esos ojos, ahora vacíos y sin brillo—. Siempre te he odiado. Tú y tu padre han mantenido al mío bajo su sombra. Somos el verdadero poder de este reino, y aun así nos reducen a nada. Me das asco.

Levanté la mano, lista para abofetearla, pero me detuve. Exhalé con cansancio, dejando escapar un suspiro áspero.

—Sal ya, sé que estás ahí.

Una figura emergió de entre las sombras.

—Sólo quería ver si ibas a golpear a tu propia prima —rió el príncipe, con esa sonrisa torcida—. No seas estúpida, Vivienne. No querrás dañar a mi futura esposa.

Me giré hacia él, mi cómplice.

—Para tu información, estaba a punto de romper tu compromiso. Así que llévatela. Mi tío debe estar buscando una audiencia con el rey en este momento.

Le entregué a Evangelina. El príncipe no dudó en tomar su mano de manera lasciva; la forma en que la sujetaba me revolvía el estómago. Pero tragué mi repulsión. Todo era por mis metas. Caminamos juntos hasta el salón donde el rey y la reina acababan de entrar a un cuarto privado.

—Es ahora. Voy contigo —le susurré al príncipe.

Entramos. El rostro de mi tío se desencajó al vernos.

—Padre… —la voz de Evangelina, fría y sin alma, retumbó en el silencio—. He decidido que quiero casarme con el príncipe. Lo más rápido posible.

La palidez cubrió el rostro de mi tío. Dio un paso hacia ella, pero Evangelina retrocedió para aferrarse al brazo del príncipe.

—Aprovechemos este momento —intervino el príncipe con tono triunfal—. Todos los nobles están presentes. Confirmemos nuestro compromiso.

—Es una idea maravillosa —apoyó el rey, complacido—. Incluso podemos celebrar una ceremonia aquí mismo, en el castillo, para reafirmar los votos.

—Pero… —balbuceó mi tío, nervioso—. Quizá deberíamos esperar. Mi hija debe de estar cansada…

—Padre, yo quiero hacerlo —replicó Evangelina, con un tono mecánico.

—Evangelina, no. Vamos a casa. —Intentó sujetarla, pero ella lo rechazó con brusquedad, aferrándose con más fuerza al príncipe.

—Padre… dile a Auren que no lo amo.

Las palabras atravesaron la sala como un cuchillo. El marqués quedó paralizado, como si lo hubiesen despojado del aire.

El rey, con gesto severo, puso fin a la disputa.

—Marqués, retírese. Y permita que los jóvenes sean felices.

El marqués bajó la cabeza, derrotado. No tenía otra opción: enfrentarse al rey era un suicidio político. Su semblante estaba marcado por la impotencia, pero ya no importaba. La victoria estaba de nuestro lado.

La ceremonia se realizaría en unas horas, aprovechando que todos ya estaban preparados. Muy pronto la noticia corrió entre los nobles, quienes se vieron obligados a quedarse en la ciudad hasta el inicio del alba, momento en que tendría lugar la unión.

A nadie se le permitió marcharse. El rey había dado la orden, y bajo su palabra, las puertas permanecieron cerradas. Solo se les concedió la cortesía de dormir en el castillo, lo cual, más que un gesto de hospitalidad, la cual parecía que era una imposición disfrazada de amabilidad.

Fin del Punto de vista de Vivienne

Punto de vista de Étienne(Padre de Evangelina)

Algo no cuadraba. Mi hija, Evangelina, no era ella. Sus gestos, sus palabras… todo estaba apagado, vacío. La desesperación me consumía. Debía hacer llegar un mensaje cuanto antes, pero… ¿y si era lo correcto dejarlo así? Tal vez Evangelina debía cumplir con su papel, incluso si nuestra casa quedaba sin heredero. Quizá su prima, Vivienne, sería la opción más “aceptable” para la nobleza.

Me encontraba sentado en los jardines del castillo, con la mirada perdida en la luna. Buscaba en su luz una respuesta que no llegaba.

—Selene… —murmuré con un hilo de voz—. ¿Qué debo hacer? Por primera vez vi a Evangelina sonreír de verdad, libre de presiones, con ese muchacho. Un padre siempre quiere lo mejor para su hija… pero ¿debo arrancarla de este lugar a la fuerza? —un suspiro roto escapó de mis labios—. ¿Estás ahí, Lythienne?

De entre las sombras, como si la noche le diera forma, apareció la silueta que esperaba.

—Lythienne… dime, ¿qué sucedió? ¿Por qué Evangelina, de repente, aceptó casarse con el príncipe?

—La señorita está presa de un talismán oculto bajo su piel —respondió ella con seriedad—. Es casi imposible detectarlo por medios comunes. Intenté ayudarla, pero allí estaban el príncipe y la señorita Vivienne. Todo es un complot entre ellos, y actuar en ese momento habría significado arriesgar su vida… podrían haberla matado para silenciarla.

Mi corazón se contrajo con rabia y miedo, pero mi voz salió firme.

—Entonces… solo te pido una cosa.

—Lo que ordene, señor.

—Dile a ese joven que Evangelina está en peligro.

—Se lo diré de inmediato.

La miré desaparecer entre las sombras mientras la luna comenzaba a desvanecerse en el horizonte. El alba se acercaba, implacable. El tiempo se agotaba.

Me quedé solo, con la impotencia atenazándome el pecho.

—Por favor… salva a mi hija… —susurré al viento, con la esperanza de que alguien, allá arriba o aquí abajo, me escuchara.

Las horas pasaron y el vento llego, las campanas repicaban con fuerza, pero no eran de celebración para mí. Cada tañido era un clavo más en el ataúd de mi hija. Ahí estaba Evangelina, mi pequeña, vestida como una muñeca en aquella capilla, con un brillo apagado en los ojos que me desgarraba el alma.

Quise convencerme de que era ella… pero lo sabía. Esa no era mi hija. La sonrisa era forzada, el gesto vacío. Yo conocía a Evangelina mejor que nadie: ella había nacido para ser libre, para reír, para elegir su camino. Y ahora la veía prisionera en el altar, junto a un príncipe que la miraba como si fuese un trofeo.

El sacerdote habló, su voz solemne:

—El príncipe Adrian unirá su destino con la señorita Evangelina.

Un lazo blanco cayó sobre sus muñecas. Mis manos se apretaron sobre la banca, temblando. ¡No, por los dioses, no! Yo quería levantarme, arrancarla de allí, enfrentar al rey mismo si era necesario… pero mi cuerpo se sintió encadenado por el peso de la corte, por el peso del deber, por el miedo de arrastrar a toda mi casa a la ruina.

—Si alguien se opone a esta unión, que hable ahora o calle para siempre.

El silencio cayó como una losa de piedra. El sacerdote alzó las tijeras doradas y yo sentí que el tiempo se me escapaba. Mi voz quiso salir, pero murió en mi garganta. Lo perderé todo, perderé a mi hija…

Y entonces, las puertas de la capilla se abrieron de golpe con un estruendo que hizo retumbar los muros.

—¡Yo me opongo!

Una voz poderosa, inquebrantable, resonó en todo el recinto. Alcé los ojos, y allí estaba. Ese muchacho. Ese al que mi hija había mirado con una felicidad que jamás le vi al lado de ningún noble. Auren.

Avanzó con paso firme, acompañado de la elfa a su lado, y el aire mismo pareció ceder a su presencia. Mi corazón, que segundos antes estaba en pedazos, volvió a latir con fuerza.

—Evangelina —su voz cortó el silencio como una espada—. Dime en la cara que no quieres venir conmigo. Dime que no deseas que te salve.

La vi temblar. Vi sus labios entreabrirse, luchando contra algo invisible. Y entonces, una sombra oscura se desgarró en su espalda y se consumió en llamas. Su voz rompió las cadenas y la capilla entera:

—Auren, por favor… —su voz se quebró mientras bajaba el rostro, las lágrimas deslizándose como ríos que ninguna voluntad podía detener.

Pude escuchar su llanto, tan frágil y desesperado, que desgarraba el aire mismo.

—Por favor… sálvame… —murmuró, temblando, hasta que levantó el rostro hacia él. Su maquillaje corrido revelaba la verdad desnuda de su dolor, sus lágrimas habían borrado toda la máscara de perfección que intentaban imponerle.

Y entonces gritó con todo el corazón que aún resistía:

—¡Por favor, Auren, déjame permanecer a tu lado! ¡Quiero estar contigo, siempre!

No sé cómo ocurrió. Apenas parpadeé, y Auren ya estaba a su lado. El lazo blanco cayó al suelo, arrancado con determinación, y la elfa lo redujo a cenizas como si jamás hubiera existido.

—Claro que sí —susurró él, como si esas palabras fuesen más fuertes que todo un reino.

Yo… yo lloré. Lloré como padre, no como marqués. Porque en ese instante supe que, pasara lo que pasara después, mi hija había encontrado a alguien dispuesto a desafiar al mundo entero por ella.

Fin del Punto de vista de Étienne(Padre de Evangelina)

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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