Una Estrella Moribunda - Capítulo 21
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Capítulo 21: La Voz de la Corona
Punto de vista de Lythienne
Ver a mi señor tan derrotado me desgarró. Su impotencia era la mía. Habíamos fallado… yo había fallado. No supe proteger a la señorita Evangelina, y ese peso me carcomía. Sin embargo, entre la desesperación brillaba un último resquicio de esperanza: ese joven, Auren. No estaba segura de que pudiera hacer frente al príncipe —ni siquiera yo podía imaginar semejante hazaña—, pero las órdenes eran claras.
“Ve y dile a Auren que Evangelina necesita que la salve.”
Salir del castillo no fue difícil. Los nobles estaban retenidos en el interior, y los guardias, simples hombres de rutina, no sospecharon nada. El problema era el tiempo: cada campanada nos acercaba más al amanecer y a la ceremonia.
No podía entrar por la puerta principal. Todo el mundo debía estar durmiendo, así que opté por una ventana abierta en el cuarto de ellos. Creí que era un descuido, pero apenas mis pies tocaron la madera, un hechizo me atrapó. La presión de la magia me paralizó sin remedio.
—¿Quién eres tú? —la voz de la elfa sonó adormilada, pero su poder era absoluto. Se incorporó lentamente en la cama, desnuda, con el dedo índice extendido hacia mí como si nada.
—Auren, despierta. Tenemos visita —murmuró, mientras con la otra mano sacudía al joven a su lado. El movimiento hizo que sus senos se mecieran de forma casi provocadora, aunque su gesto era más de fastidio que de pudor.
—Calyndra… es muy temprano. Déjala ahí y volvamos a dormir —replicó Auren, sin abrir siquiera los ojos. La naturalidad con que lo dijo me hizo comprender que, para ellos, yo no representaba amenaza alguna.
—¡Esperen! —alcé la voz, luchando contra la presión del hechizo—. Vengo de parte del marqués, traigo un mensaje urgente. ¡Esto es cuestión de vida o muerte!
El ambiente cambió de inmediato. Auren se incorporó en la cama y, esta vez, sus ojos se clavaron en mí con seriedad.
—Habla —ordenó.
—La señorita Evangelina ha sido… secuestrada mentalmente. La obligan a una ceremonia irrompible. El marqués está desesperado, y me envió para implorar su ayuda.
—¿Secuestrada mentalmente? —la voz de Auren era grave, cargada de incredulidad y rabia contenida.
—Un talismán controla su mente. Apenas se percibe… pero la está obligando a obedecer. Si no vamos ahora, estará condenada. ¡Por favor! El propio señor de la ciudad ya está perdiendo la esperanza… —la voz se me quebró. El hechizo de Calyndra comenzó a aflojar, y pronto me derrumbé de rodillas, llorando.
Auren descendió de la cama. Sin dudarlo, me tendió la mano.
—Iré —dijo, con firmeza—. Le prometí salvarla de quien sea y donde sea… aunque deba enfrentarme al reino entero.
Tomé su mano. Era cálida, firme, llena de convicción. Y en ese instante comprendí… comprendí por qué Evangelina había puesto su corazón en él.
—Calyndra… ¿irás conmigo? —preguntó Auren, volteándose hacia la elfa.
Ella no respondió con palabras. Simplemente abrió su almacén dimensional y sacó un par de guantes de batalla que se ajustaron a sus manos con un brillo tenue.
—Entonces vámonos —Auren asintió—. Lamento que te quedes atrás, pero debemos adelantarnos.
—¡Esperen! —alcé la voz justo cuando ambos se dirigían hacia la ventana—. El lugar… el lugar donde está la señorita Evangelina es donde resuenan las campanas.
No hicieron falta más palabras. Calyndra salió disparada, Su magia la hacia levitar bajo la penumbra, mientras Auren se lanzó a la carrera con una velocidad que desafiaba la vista.
Yo me quedé en la ventana, inmóvil, observando cómo la primera luz del alba pintaba el horizonte. Mis labios temblaron en una plegaria apenas audible:
—Por favor… salven a la señorita Evangelina.
Termina punto de vista de Lythienne
—Auren… —durante nuestro desplazamiento por los tejados, Calyndra se me acercó con el ceño fruncido—. ¿No se supone que el collar que le diste a Evangelina estaba imbuido con tu Aura?
—Sí… —respondí sin detenerme—. Pero debió ser un talismán muy poderoso para contrarrestarla.
—Entonces, ¿el enemigo es más fuerte de lo que pensamos? ¿No deberíamos trazar un plan primero?
Negué con la cabeza.
—No exactamente. El problema es el material. El oro o la plata casi no resisten mi Aura. Lo probé de distintas formas y apenas soportaban. Por eso solo usé una pequeña fracción… un dos por ciento de mi Aura total.
El rostro de Calyndra se ensombreció ante mi respuesta.
—¿¡Solo un dos por ciento!? ¿Sabes lo complicado que es imbuir Aura en un metal? El Aura no se comporta como el maná cuando se encantan objetos. Y tú lo usaste como si nada…
—Bueno… con algo como mis guanteletes de oricalco quizá aguantaría un diez por ciento —admití, intentando quitarle hierro al asunto.
Ella soltó un suspiro largo, con visible molestia.
—Auren… cuando no usas tus armas, ¿peleas solo con tu Aura?
—Sí. Mi cuerpo la libera naturalmente, aunque no me siento del todo cómodo. Si no la canalizo en un arma, me parece inestable… como si no tuviera firmeza. ¿Recuerdas cuando hice aquel escudo de Aura?
—Sí.
—Era resistente, pero no lo controlaba del todo.—reí nerviosamente.
El silencio de Calyndra fue más pesado que cualquier regaño. Su mirada, cargada de preocupación, me dejó claro que mis palabras no le habían hecho ninguna gracia.
Pronto vimos el castillo, y con él el lugar donde sonaban las campanas. Aceleramos el paso y, en cuestión de minutos, llegamos a las murallas. La puerta principal estaba cerrada; derribarla no era conveniente.
—Calyndra —le dije.
Ella usó su magia para crear plataformas en el aire. Subimos tan alto que pudimos sobrevolar las defensas del castillo. Los soldados en la muralla nos miraron, sorprendidos y atemorizados.
—¡INTRUSOS! —gritaron los que alcanzaron a reaccionar—.
Antes de que terminaran, la magia de Calyndra los sorprendió: quedaron atrapados, incrustados en la piedra de la muralla. Ella les dirigió un guiño y habló con voz dulce: —No estorben, por favor.
—Calyndra, abriré la puerta de una patada. Prepárate por si hay enemigos dentro. —Dije.
—A la orden. —contestó.
Las plataformas formaron una escalera hasta quedar frente a la pesada puerta de la capilla, a pocos metros de altura. Salté desde la última plataforma, reforzando mi cuerpo con mi Aura. Con una patada lateral abriendo de par en par las puertas de madera macizas; la piedra vibró creando una corriente de aire con el impacto que arrastraba el polvo. Todas las miradas se volvieron hacia nosotros. Y en medio de todo el lugar estaba Evangelina, como una muñeca de porcelana con la mirada perdida.
Mis palabras resonaron por la capilla. Mientras ella luchaba por hablar, vi cómo el talismán en su espalda se desprendía y se consumía en llamas. El príncipe pareció sorprendido.
Sus súplicas fueron todo el combustible que necesité. Antes de que nadie reaccionara, ya la tenía entre mis brazos.
—¡Auren! ¡Auren! —gritó Evangelina, sollozando contra mi pecho, asustada por el colapso emocional que sufría.
—¡Bastardo! ¿Cómo osas interrumpir esta ceremonia? —bramó el hombre que la acompañaba. Desenvainó su espada y la apuntó hacia mí.
—¿Quién te crees para invadir el castillo? ¡Guardias! —alguien gritó desde lo alto —era la voz del rey.
Calyndra se pegó a Evangelina por la espalda y la abrazó: —Tan rapido y ya nos estas dando problemas Evangelina. —Le rozó el cabello en un gesto escurridizo—. Pero me alegra que estés bien, ya no tienes por que sentir temor.
—Gracias, Calyndra. —Respondio Evangelina.
El príncipe se lanzó hacia directo hacia a mi con su espada. sin embargo solo me basto cubrí los guanteletes con mi Aura y lo sujeté con la mano izquierda. —Apártate. No ves que estamos ocupados. —Lo miré con rabia.
Tiró y forzó para liberar la espada, pero sin éxito; en cuanto lo solté, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás. Los nobles murmuraron, asombrados. Rápidamente, guardias nos rodearon.
—No nos interrumpan —ordenó Calyndra; chasqueó los dedos y, con un gesto seco, todos los guardias quedaron aprisionados por su magia, rígidos como estatuas.
—Impresionante —Se escucha una nueva voz—. Manejáis muy bien la magia para ser una elfa “cualquiera”.
Una figura nueva atravesó la capilla: era Vivienne. El príncipe se levantó, furioso. —¡Vivienne! ¿Dónde has estado? —estalló.
Ella caminó con altivez, tranquila. —Calma, majestad. Conmigo aquí, nadie podrá escapar. —Su voz no ocultaba la arrogancia.
—Oh —respondió Calyndra, soltando un silbido de desprecio—. Así que tú eres la famosa maestra de Evangelina.
—Auren… —Hablo Evangelina en voz baja—. Ella me tendió la trampa: me puso el talismán cuando le di la espalda.
—Ya veo, es como nos dijo aquella chica pero escucharlo de ti se siente diferente.—
Vi cómo la furia de Calyndra se encendía; su cuerpo se llenó de energía, fuego y Rayos eléctricos recorriéndole los brazos que estallaban contra la piedra. —asi que tu eres la Maldita perra que se te atreves a hacer algo tan asqueroso? —escupió Calyndra con desprecio.
—Auren —dijo Calyndra con frialdad—. Yo me encargo de esta… “perra”. Tú, ocupaos de ese don nadie.
—Evangelina —murmure con voz baja—. vamos a llevarte con tu padre.
Calyndra hizo una pausa y, con un movimiento explosivo, desató fuego y relámpagos contra Vivienne. La maga no tardó en verse acorralada y tuvo que usar su magia para defenderse como fuera, usaba rocas o el viento pero estaba siendo acorralada.
Aproveché el momento para acercarme al marqués y le entregué a su hija. —Yo me encargo de ella a partir de ahora —dije con naturalidad, tratando de transmitir calma.
Detrás de mí retumbó una explosión; la magia de Calyndra arremetía con furia contra Vivienne. La capilla se llenó de chispas, humo y el olor de piedra chamuscada. La batalla había comenzado con la luz del alba entrando por la puerta iluminandonos.
—Bien, lamento hacerte esperar. —Me acerqué al príncipe, que temblaba al ver el enfrentamiento entre las magas.
—¿Qué sucede? ¿No te creías la gran cosa? Y al final… simplemente eres un debilucho. Vamos, vamos… verte así de aterrado me da asco.
—¡Maldito plebeyo, cómo te atreves a menospreciarme!
Sus movimientos eran erráticos; era obvio que no esperaba encontrarse con nosotros. Al final, la suerte no estaba de su lado. Sus tajos no podían tocarme; para mí eran lentos, pesados, y poco a poco lo vi cansarse.
—¡Vivienne, maldita sea! ¿Por qué no acabas de una vez con esa chica y vienes a ayudarme? —gritó con desesperación.
—Eso intento, su alteza, pero esta chica no me deja nada fáci…
Un impacto la interrumpió: un rayo de Calyndra la lanzó contra la pared. El golpe fue tan brutal que escupió sangre mientras luchaba por no perder el conocimiento.
—Maldita sea… si no queda de otra… —masculló el príncipe.
—¡Espere, su alteza, no…! —alcanzó a responder Vivienne.
Vi cómo, desesperado, el hombre sacaba de su bolsa un sello extraño. Cuando se lo colocó en el rostro, algo cambió.
—No quería llegar a esto… pero no tengo otra opción. Alégrate, humano: desde ahora pelearé con toda mi fuerza.
El sello se activó. De pronto, rayos negros se desataron, desgarrando el aire y golpeando los alrededores. Algunos me alcanzaron, pero apenas los sentí.
—Auren, ese sello está transformando a ese humano en demonio —advirtió Calyndra mientras se acercaba a mí.
—Maldita sea… —Vivienne jadeó, arrancándose la blusa con brusquedad. Sin pudor, estampó un sello idéntico sobre su piel desnuda.
Entonces la transformación comenzó. La carne de ambos se corrompió al unísono:
La piel se tornó escamosa, de un púrpura enfermizo.
Sus uñas se alargaron hasta volverse garras.
Los ojos se encendieron en amarillo brillante.
Cuernos negros y retorcidos crecieron de sus cráneos.
Sus dientes se quebraron y cayeron, reemplazados por colmillos afilados.
Sus cuerpos se hincharon, ganando fuerza y tamaño.
Alas negras y membranosas se desplegaron a sus espaldas.
Largas colas reptilianas azotaban el aire con violencia.
Sus pies se deformaron hasta convertirse en garras bestiales.
Un hedor metálico y ardiente llenó la capilla. Lo que una vez fueron príncipe y maestra ahora eran demonios completos, rugiendo con una furia que hacía temblar las piedras del templo.
—Oh… así que así se siente ser un demonio. —El príncipe blandió su espada, y al hacerlo cortó el aire con tal violencia que una nube de polvo explotó a su alrededor.
—Este poder es… impresionante. —Vivienne, sonriendo con altanería, creó en sus manos una esfera compuesta de fuego y agua. La expandió hasta un tamaño monstruoso, pero luego la disolvió, como si fuera un simple juego.
—Así que esto… es un demonio… —murmuré, observando con seriedad.
—Sí —respondió Calyndra con calma—. Eso es un demonio.
—¿Qué opinas, Auren?
—No son gran cosa, en realidad.
—¡Maldito bastardo, cómo te atreves! —El príncipe rugió de ira y se lanzó contra mí. El impacto fue brutal, lo suficiente para separarme de Calyndra y estrellarme contra la pared. Su espada golpeaba con furia mi guante, buscando abrirse paso.
—Ahora empieza el Round 2, estúpida elfa —escupió Vivienne, lanzando bolas de fuego tan calientes que el aire vibraba alrededor de ellas.
—Evangelina. —Calyndra habló con calma mientras erigía una barrera sólida como el acero—. Evacúa a todos los presentes. Estos no son rivales para nosotros, pero la destrucción que dejarán será inevitable.
Evangelina asintió de inmediato y comenzó a mover a nobles y soldados por igual. En cuestión de segundos, la capilla quedó desierta. Solo quedábamos nosotros y esos engendros.
—¿Eso es todo? —dije con seriedad—. Pensé que los demonios serían más poderosos… pero me decepcionas.
—¡No te creas la gran cosa, maldito plebeyo! —El príncipe apretaba con todas sus fuerzas, pero no podía mover mi defensa.
—Es cierto que son más poderosos… pero siguen sin ser nada especial. —Calyndra, con voz molesta, entrecerró los ojos—. Felicidades: de hormiguita pasaron a… hormiga normal.
—¡Zorra elfa! —escupió Vivienne—. Tú y ese maldito mocoso arruinaron nuestros planes. —Continuó disparando ráfagas de agua hirviente y fuego contra la barrera de Calyndra.
Ella, sin embargo, solo bostezó. —Me estás aburriendo.
La frase hizo retroceder a Vivienne, y en ese instante mi puño impactó contra la mejilla del príncipe con tal fuerza que lo lancé por los aires, haciéndolo chocar brutalmente contra su aliada. Ambos cayeron al suelo como muñecos de trapo.
—Calyndra, terminemos con esto. Son decepcionantes, ni siquiera valen la pena.
—Estoy de acuerdo. Entonces ayúdame. —Extendió su mano hacia mí—. Crea una esfera de Aura. Quiero combinarla con mi magia.
Aquello era nuevo para mí, pero seguí sus instrucciones. Canalicé mi poder hasta formar una esfera de Aura del tamaño de una gran pelota. No era perfecta, pero se mantenía estable.
Calyndra, con un solo gesto, envolvió mi creación con su magia sin atributo. La esfera adquirió una forma circular impecable, como si fuera el mismo núcleo de un sol.
—Lánzala.
Obedecí. La esfera voló hacia los demonios, rebotando contra ellos como si nada pasara… pero solo fue un eco retardado. De pronto, estalló. Una llamarada de fuego blanco puro los envolvió, un fuego tan intenso que devoraba incluso su corrupción.
Los gritos desgarraron la capilla, agudos, desesperados. Sus cuerpos se retorcieron, las alas negras se deshicieron como ceniza, la piel púrpura se resquebrajó… hasta que finalmente ambos se desmoronaron en polvo, extinguidos para siempre.
El silencio regresó al lugar.
—Vaya… —dijo Calyndra, esbozando una sonrisa satisfecha—. Tu Aura… es increíblemente eficaz contra los demonios.
Punto de vista de Evangelina.
Auren y Calyndra eran impresionantes. El príncipe, un héroe de rango S, y Vivienne, la maga de la corte real, estaban luchando contra ellos con todo lo que tenían… y aun así eran superados sin dificultad. Mi hipótesis era cierta: lo que alguna vez le dije a mi padre y a la maestre del gremio de la ciudad portuaria… que ellos podían superar a los héroes del reino. Ahora se confirmaba con mis propios ojos.
Ni siquiera parecían esforzarse. Pero lo que jamás esperé fue que el príncipe y Vivienne… se convirtieran en demonios.
Cuando levanté la mirada, vi al Rey. Su rostro estaba marcado por el miedo y la tristeza al contemplar en qué se habían transformado su hijo y la dama mágica de la corte. Yo misma tuve que cubrir mis ojos cuando el estruendo sacudió las paredes. Auren fue estrellado con violencia, y por un instante mi corazón se detuvo, temiendo lo peor.
Pero entonces, la voz de Calyndra me trajo de vuelta.
—Evacúa a todos. Ahora.
No dudé. Guié a los nobles y a los soldados hacia la salida. Gracias a la barrera de Calyndra, las llamas de Vivienne no nos alcanzaron, pero cada impacto contra la protección hacía temblar nuestros huesos. El terror se reflejaba en cada rostro, y aun así apreté los dientes y los conduje fuera, hasta que la capilla quedó desierta.
—Por los dioses… ¿qué clase de locura es esta? —escuché murmurar a un noble aterrado.
—¿Y quiénes son esos dos? ¿Cómo es posible que resistan semejante poder?
Podía entender su miedo. Para ellos era la primera vez presenciando algo así. Para mí… ya se estaba volviendo “normal”. Y eso, de algún modo, daba más miedo todavía.
—Señorita Evangelina —el Conde Lionel se acercó con el rostro desencajado—, ¿conoce a ese muchacho?, ¿quién demonios es?
Abrí la boca, pero no supe qué responder. Por fortuna, la voz firme de mi padre interrumpió.
—No es momento de preguntas. Manténganse a salvo y esperen la palabra del Rey.
Me salvó de la presión de esos ojos inquisitivos.
Entonces, el mundo se iluminó. Una llama blanca surgió desde la capilla y ascendió hacia el cielo. No era fuego, aunque lo pareciera. No quemaba, no daba calor ni presión… era algo distinto. Algo que la mente no sabía cómo interpretar.
Los nobles retrocedieron aterrados, no porque ardiera, sino porque era ajeno, antinatural. Algunos gritaron, otros quedaron paralizados, incapaces de comprender qué tenían frente a sus ojos.
Y entonces vinieron los gritos. Gritos tan desgarradores que nos helaron el alma, obligándonos a cubrir nuestros oídos. No eran voces humanas eran demoníacas, eran alaridos que parecían brotar de un lugar que no debería existir.
Cuando todo cesó y la llama se desvaneció, el silencio fue más aterrador que el estruendo.
No lo pensé: corrí de vuelta a la capilla. Mis piernas se movieron solas, mi corazón martillaba. Cuando crucé las puertas, los vi. Estaban de pie. Auren y Calyndra, intactos. Me hicieron una señal para que me acercara.
No pude contenerme. Corrí hacia ellos y los abracé con todas mis fuerzas. Ellos también me envolvieron en sus brazos, fuertes, firmes… y en ese instante, por fin, me llene de una paz que tanto anhelaba
Fin del punto de vista de Evangelina.
Luego de unos minutos finalmente rompimos ese abrazo y nos apresuramos a salir de la capilla. El padre de Evangelina nos estaba esperando desde una distancia segura.
—Auren, Calyndra, por favor vayan a casa. Ahora ya estaré segura, pero se armara un gran escándalo en el palacio, sobre todo por ustedes —habló Evangelina con un tono preocupado.
—Vámonos, Auren. Si las cosas se ponen malas, vamos a tener que escapar —continuó Calyndra.
—En efecto, no creo que las cosas estén bien ahora. —Tomé un respiro antes de añadir— Entonces, Evangelina, lo dejo en tus manos. Si un montón de soldados vienen tras nosotros, pues solo vamos a escapar. —Hablé con un tono serio.
—Haré lo mejor que pueda, pero de no ser así… por favor no me dejen atrás —dijo Evangelina algo asustada.
Usé mi mano derecha para colocarla sobre su cabeza y luego le di un suave beso en la frente, como señal de una promesa de que no me iría sin ella. Ella me devolvió una última sonrisa antes de finalmente alejarse.
—Auren —habló Calyndra muy pegada a mí—. ¿Qué te pareció esta experiencia?
—Si hablas de los demonios, entonces fue algo decepcionante. Si hablas de Evangelina… me siento realmente feliz de…
Nos quedamos en silencio de golpe. En nuestro horizonte distinguimos a una figura conocida que sostenía un arco. Sin embargo, no estaba apuntando hacia nosotros, sino hacia el cielo.
—Oye… ¿esa no es…? —dijo Calyndra.
“Espíritus de los rayos y de la ferocidad, por favor escuchen mi llamado. Conviértanse en mi fuerza para acabar con mis enemigos y concédanme su poder en un acto de fe: ¡Espiritualidad, Golpe de Rayo Divino!”.
—¡Maldita sea! —
Calyndra levantó en ese momento una barrera sobre ella y sobre mí justo cuando la flecha fue disparada hacia las nubes. De pronto, estas se tornaron de un color oscuro e intenso; el sonido de la tormenta resonó con tal fuerza que hizo vibrar el suelo bajo nuestros pies.
—Aquí viene, Auren. —
Un instante después, una intensa luz descendió y golpeó de lleno la barrera de Calyndra. El impacto fue tan brutal que la obligó a reforzarla aún más. No era un rayo cualquiera: la potencia era tal que superaba la magia de la maga de la corte.
—Con permiso. —
Una voz se escuchó detrás de nosotros y mi cuerpo reaccionó de inmediato, cubriendo a Calyndra para evitar que fuera apuñalada en la espalda con una de las dagas que blandía una figura encapuchada. Sin embargo, antes de poder protegerla más, recibí una patada directa de aquella sombra y fui apartado de su lado.
—Maldita sea… ¿quién diablos son ustedes? —
Hablé con un tono cargado de furia, mientras Calyndra continuaba sosteniendo la barrera contra una intensa lluvia de flechas de fuego que se estrellaban sin descanso contra ella.
—Calyndra, deshaz la barrera. Si estás distraída en defenderme, no podrás hacer nada. —
Como un recurso desesperado, creé un escudo que protegía su cuerpo con mi Aura. Era inestable, vibraba con violencia, pero estaba cumpliendo su función.
—Entendido, te la encargo. Yo me hago responsable de ella —continuó Calyndra, deshaciendo la barrera para liberar todo su poder.
—Hola, jovencito. Has estado causando estragos en el castillo. —
Apenas las palabras resonaron, sentí una presión brutal en el cuello: un tercer individuo me sujetaba con fuerza, arrastrándome cada vez más lejos de Calyndra.
—¡Auren! —gritó Calyndra con desesperación, pero la lluvia de flechas y la asesina de dagas la mantuvieron ocupada, impidiéndole acercarse—. ¡Maldita sea!
—¡Calyndra, encárgate de ellas! ¡Él no es nada para mí! —grité con todas mis fuerzas mientras hundía los pies en el suelo, deteniendo su arrastre.
—Entendido. —La voz de Calyndra fue cortante y feroz mientras se giraba contra las dos adversarias.
—Qué muchacho tan valiente… —
El hombre que me sujetaba sonrió y, con un movimiento brutal, me golpeó en el estómago. El impacto me lanzó por los aires y terminé estrellado contra el suelo.
/Nota del Autor “SaturnoStar”:
Lo que leerás a continuación ocurre en simultáneo, visto desde dos ángulos distintos: Auren y Calyndra, este punto se narrara en una combinación de 3era y 1era persona/
Angulo de batalla de Auren
Tras estrellarme contra el suelo aproveché el impulso y la fuerza para rodar. Quedé a rodillas frente al individuo que me miraba con aire de superioridad; lo admito, me había tomado por sorpresa.
—¿Qué pasa, chico? ¿Acaso piensas que podrás escapar de aquí? —dijo, señalando con el dedo hacia arriba—.
El combate cambió en un segundo. Apenas alcancé a apartarme cuando una enorme espada cayó donde yo estaba.
—Oh, nada mal, chico. No pensé que podrías reaccionar a tiempo —se burló otra voz.
Un nuevo individuo había aparecido: a diferencia del primero, que peleaba con puños, este combatía con una espada a dos manos descomunal. Respiré hondo, solté un suspiro y me puse en pie. Una de mis preocupaciones había sido proteger a Calyndra mientras estábamos juntos; ahora que ella estaba a salvo, podía librar la pelea con libertad.
—Bien —dije mientras ajustaba mis guantes—. No pensaba que esto pudiera escalar. Antes de continuar, ¿pueden decirme quiénes son y por qué están luchando contra mí?
—Supongo que no hace mal decirlo —respondió el de la espada, con tono caballeroso—. Somos aventureros de rango S. Nos citaron de emergencia por orden de la corona; hay una recompensa jugosa. Al parecer, dos individuos invadieron el castillo, causaron estragos e interrumpieron una ceremonia.
—Ya veo —repuse—. ¿Y cuál fue la instrucción? ¿Asesinarnos, derribarnos?
—No —contestó el que peleaba con los puños—. La orden decía: “Encárguense de aquellos individuos. Es una orden real.”
Enderecé la mirada y apreté la mandíbula. —¿Y entonces… qué piensan hacer? —afiné mi voz.
—Preferiría llevarte sin luchar —dijo el de la espada—, pero dudo que te entregues.
No respondí. En vez de ello dejé que mi Aura asomara un poco, recubriendo mi cuerpo y concentrándose sobre los guantes. No alardeé; solo activé lo necesario.
—Entonces así será —dijo el de la espada, apuntando su hoja hacia mí. Su Aura era de un rojo intenso.
—Espero que sea divertido —murmuró el de los puños, y su Aura se encendió en un verde vivo.
Me coloqué en guardia. El aire olía a electricidad y metal; la pelea apenas comenzaba.
En un ataque combinado, los dos se lanzaron al mismo tiempo. El de la espada realizó un golpe horizontal que terminó chocando contra mi mano derecha, produciendo una chispa por el impacto. El sujeto quedó sorprendido por la fuerza del choque. Por otro lado, el Artista marcial arremetió con su izquierda directo a mi rostro, pero respondí con mi propio puño. El encuentro de ambas Auras fue brutal, y la mía terminó superando la suya, haciendo que ambos retrocedieran. El Artista marcial movía su mano con disimulo, intentando ocultar el dolor que, sin duda, había sentido.
—Antes pudieron golpearme porque fue un ataque imprevisto. Pero ahora que los vi no podrán volver a sorprenderme. Espero que ustedes me den una batalla mejor que la del príncipe.—
Los observé con la mirada de un depredador a punto de cazar a su presa. Ese gesto los hizo retroceder instintivamente.
—Ya veo…—
Me lancé contra el Artista marcial, por ser el más debilitado, pero el espadachín cortó mi avance, interponiéndose para cubrir a su compañero. Mi golpe impactó en su espada y la fuerza del choque los lanzó a ambos hacia atrás.
—¡Maldita sea! ¿Quién demonios es este tipo?— gruñó el espadachín, respirando con dificultad. Soportar el impacto lo había desgastado más que a su aliado.
—No lo sé, pero no creo que esta pelea sea sencilla. Maldición… debimos haberlo acabado con el golpe sorpresa.— respondió el Artista marcial, levantándose del suelo.
—¡Chicos, chicos!— Una nueva voz femenina irrumpió en el campo.— Les dije que no se adelanten demasiado.
—Ella tiene razón. No somos tan rápidos como ustedes.— La cuarta figura se reveló: otro hombre, esta vez con un escudo.
En ese instante lo comprendí. Eran un equipo. Un espadachín, un artista marcial, un escudero y una sacerdotisa.
—¿Ese es el objetivo?— La sacerdotisa me miró con evidente nerviosismo mientras se aferraba a su báculo.
—Sí… pero no será fácil. Nos está enfrentando él solo.— respondió el espadachín.
—¡¿Qué?! ¿Él solo los está conteniendo a ambos?— exclamó la sacerdotisa, incrédula.
—No es momento para eso. ¡Mark, danos cobertura mientras Jessica danos el apoyo de tus milagros!—
—¡Voy!— El del escudo se plantó frente a mí.— Oh, piadoso señor de la tierra, danos tu fuerza para proteger a los débiles con tu palma: ¡Defensa de Hierro, muro de acero!—
En un instante apareció una barrera grisácea frente a mí, levemente transparente, como si la misma tierra se hubiera vuelto metal.
—Madre piadosa, pedimos tu gracia para sanar y restaurar a los heridos. Que tus lágrimas caigan sobre nosotros: ¡Milagro, Fuerza Alta!—
La voz de la sacerdotisa retumbó con devoción, y una luz cálida envolvió a sus compañeros, reforzando su vigor y su resistencia.
—¡Vamos!— gritó el espadachín, alzando su arma.
La situación cambió de inmediato. Ahora sus movimientos eran precisos, coordinados. Cada vez que intentaba golpear a uno de ellos, el escudero comprimía su barrera para desviar mi puño, haciéndolo rebotar. Pero cada impacto resquebrajaba su defensa, y Jessica la reconstruía sin descanso.
—¡Mark, danos tiempo! Jaz, usemos eso.—
El espadachín y el artista marcial comenzaron a invocar a la par:
—Oh señor de las flamas, concédenos tu calor…
—Señor del viento, guía nuestro aliento…
Mientras, el tanque cargaba contra mí. Sus movimientos eran pesados y lentos; podía esquivarlos con facilidad. Y al poder enfocarme en él, la sacerdotisa no lograba auxiliar a su compañero. Sus rezos se interrumpieron cuando mi puño rompió la última barrera y llegó a golpear el escudo directamente, hundiéndolo en una abolladura profunda.
—¡Fenrael, no resistiré mucho más!— rugió Mark, escupiendo sangre.
Mi siguiente golpe impactó de lleno en su estómago, deformando la armadura y lanzándolo por los aires. Cayó contra Jessica, que terminó de rodillas, extenuada.
—¡Magia: Lazo Solar!—
—¡Magia: Tifón!—
—¡Magia combinada: Tifón Solar!—
La espada del espadachín se envolvió en un torbellino ardiente, una fuerza descomunal que apenas podía contener. Era su apuesta final. Me lancé contra él, pero el tanque y el artista marcial se interpusieron, apoyados por las últimas fuerzas de Jessica.
El escudero recibió mi puño en pleno torso, pero el artista me conectó un ascendente brutal en el mentón que me levantó del suelo.
—¡Maldita sea!— gruñí, cayendo en el aire.
En ese instante el espadachín cargó contra mí. Gritando, levantó su espada y descargó el corte. Lo recibí de frente, cubriéndome con mis puños y mi Aura. La explosión fue devastadora. El impacto me estrelló contra el suelo, levantando un muro de llamas que ascendió hasta el cielo. El estruendo sacudió toda la tierra a nuestro alrededor.
—¿Ganamos?— preguntó Jessica, cayendo exhausta junto a sus compañeros.
—Maldita sea… ¿quién es este tipo?— escupió Mark, tosiendo sangre.
—Espero que la recompensa valga la pena…— murmuró Jaz, tumbado en el suelo.
El único que aún se mantenía en pie era el espadachín. Apoyado en su espada, observaba con ojos entrecerrados la hoguera que seguía viva donde yo había caído.
El silencio reino por unos segundos hasta que la voz de la sacerdotisa hablo mientras apuntaba con su dedo hacia la flama.
—Mire…no puede ser.—
Su voz temblo por miedo en ese momento y era comprensible, me habia levantado del suelo en medio de las flamas, en un instante la hogera parecio explotar hacia todos lados.
No dije nada por unos segundos , lleve mi mano a mi rostro y puder ver la sangre, mi cuerpo estaba lastimado y con algunos rasguños, no tenia quemaduras, me estaba curando lentamente en ese momento.
—Ya veo, asi que asi se siente recbir daño…— Hable en un tono tranquilo con la mirada baja, apretaba y cerraba mis puños en ese momento.—
—Monstruo.— Hablo la sacerdotisa aterrada, sin embargo fue la unica que hablo en ese momento, los demas me seguian viendo incredulos ante lo que estaban presenciando.
—¿Eso es todo?.— Solte una pequeña risa.— Hace tiempo que no sangraba o no terminaba asi.— Suspire en ese momento y deje que el mi Aura cubriera mi cuerpo.
—Mark, Jaz, saquen a Jessica de aqui.— El espadachin volvio a blandir su espada apuntando contra mi. — Este sujeto es muy peligroso, les dare tiempo para que puedan escapar.
—Es un suicidio, no hagas eso, vamos a escapar junto.— Hablo Jessica.
—¿Tu crees que este individuo nos dejara escapar?.—
—Pero…—
—Entonces vamos a pelear todos hasta morir aqui contigo.— Hablo Mark colocando se de pie.
—No queda de otra.— Continuo Jaz acompañando a Mark donde los tres quedan juntos.
—Que voy a hacer con ustedes.— Jessica se paro en ese momento pero sus piernas temblaron apenas podria sostenerse.
—Chicos…bien, vamos a darlo con todos, este es la batalla de nuestra vida.—
Un sonido parecido al de una flecha cortando el aire se hace presente, entonces en medio de ellos habian caidos dos figuras al suelo, se estaban abrazando con algo de fuerza, su ropa estaria cortada y quemada, su cuerpo parecia dañado.
—Maestra del gremio Seraphyne y Sofia.— Hablo Fenrael sorprendidos.
—Maldita sea.— La maestra del gremio en ese momento se levanto y miro al grupo cansada sin notarme a mi, Sofia su mano derecha y recepcionista tambien se levanto.— Esa chica pega bastante duro, chicos, ya acabaron con ese tal Auren.— Ellos apuntaron hacia a mi, donde sus ojos me vio sangrando.
—Vaya, para llevarte a ese punto, buen trabajo chicos.— pero..
—Auren.— La voz de Calyndra se hizo presente y ella descendiendo del aire se acerco a mi, tambien la vi en ese momento sangrando y con su ropa rota.—
—¿Tu batalla fue tambien algo intensa?— Pregunte a Calyndra.
—No estuvo mal, es la primera vez que termino en este estado.—
—¿Quieres ver algo interesante?.— Apunte mi mano a Calyndra.
—Milagro..
Los vi en ese momento temblar ante pronunciar mis palabras.
—Espera, eso es imposible…— Hablo Jessica.
—Alta fuerza.—
Pronto Calyndra fue recorrido por un Aura blanca que sano sus heridas, le dio mas vigor y mas fuerza
—Dale gracias a esa sacerdotisa.— Hable con un tono suave.— Bien, vamos a acabar con esto Calyndra.
—Claro que si.—
—Todos ustedes, deténganse ahora.— Nueva voz.
Termina el Angulo de Auren.
Angulo de Calyndra
Auren fue apartado en ese momento de mi lado por parte de aquellas personas, dejándome sola con la asesina y la arquera. Cuando mi mirada se fijó en ella supe quién era: la maestra del gremio, Seraphyne, y aquella asesina… podría ser su recepcionista, Sofía. Para apartarme de la asesina salté al aire y floté con mi magia, saliendo del rango de su daga; pero de la arquera no me podía escapar: apuntaba hacia mí con flechas imbuidas del elemento aire, invocadas por espíritus de rango medio.
Cada flecha rebotaba contra mi barrera mágica. Sabía cuál era mi primer objetivo: acabar con la arquera. Concentré mi magia y disparé flechas de aire desde ángulos distintos. Ella intuyó mi estrategia y comenzó a moverse entre los tejados.
—A pesar de ser tan vieja aún tienes bastante agilidad —solté, en tono mordaz.
Mi comentario surtió efecto; no le gustó ser llamada así.
—¿A quién le llamas vieja? —contestó, y no lanzó las flechas directo a mí, sino que las clavó en el las paredes del muro del castillo y algunas flotando creando pequeños escalones que la asesina usó para alcanzarme.
—Te tengo. —hablo con naturalidad, sin emoción—.
La daga de la asesina no pudo penetrar mi barrera; rebotó y cayó rodando por las almenas del castillo. La maestra se acercó a ella.
—¿Por qué nos están atacando? —pregunté, con duda contenida.
—Recibimos una solicitud de emergencia para que todos los rango S acudieran: deben detener a dos individuos que están causando destrozos en el castillo. Como maestra del gremio y rango S, mi deber fue aceptar —respondió Seraphyne con serenidad.
—¿Detener? —dije con sarcasmo—. ¿Tú quieres “detenernos” lanzándonos rayos?
—Bueno… no pensaba que eso los mataría —admitió, algo nerviosa.
—Entonces, ¿qué te parece si te lanzo un rayo? —mi tono se tornó frío—. Por cierto —apunté con la mirada a los espíritus de rango medio que la seguían—: largo.
Mis palabras cayeron como una hoz sobre los espíritus. Éstos temblaron de miedo y, uno a uno, simplemente desaparecieron.
—Espera, ¿qué demonios…? —musitó la maestra, sorprendida.
—Solo estorbaban —contesté con simpleza.
—¿Quién demonios eres? ¿Acaso eres algún espíritu superior? —preguntó incrédula.
En realidad, es cierto: soy un espíritu… pero no cualquiera. Soy el espíritu del final, aunque aún figure en rango medio. Lo pensé, sin responder con palabras; la miré como quien fija a su presa. Eso la hizo temblar.
—¡Maldita sea, Sofía, dame tiempo! Invocaré a espíritus superiores que tengo a mi mando —ordenó Seraphyne a Sofía.
—Maestra, ¿cómo voy a acercarme a ella si está flotando? —contestó Sofía, dudosa.
—Viento, escucha mi plegaria. Concédeme tu permiso para… —comenzó a entonar la maestra.
No iba a dejar que nada fuera sencillo. Empecé a crear lanzas de distintos elementos y las arrojé hacia ellas. Algunas acertaron y causaron heridas, pero la mayoría fueron bloqueadas por la asesina con su daga o con su cuerpo veloz.
—Magia: Bolsa de viento —conjuró Seraphyne, y una pequeña nube blanca apareció. La asesina se subió con agilidad y la controló; parecía experta domando esas corrientes.
Aun así, mis múltiples ataques con las dagas chocaban con un “clang” constante en mi barrera. Era una distracción: la maestra estaba empezando a conjurar a sus espíritus, así que la ataque con cuchillas de hielo y viento.
—No lo harás —dijo Sofia, protegiendo a la maestra.
—Maldita… ¿cómo estorbas? Bien, te mataré primero —gruñé, concentrándome en la escurridiza asesina. A pesar de mis repetidos intentos, ella evitaba o bloqueaba mis ataques; sus cuchillas empezaron a agrietarse por el desgaste.
—¿Cuánto más vas a durar? —pregunté con tono casi dulce.
—Lo suficiente para mi señora —respondió la asesina con voz firme.
Entonces la asesina se lanzó con todo en un movimiento suicida.
—Es inútil —respondí—, y solté un pequeño rayo que la golpeó de lleno; cayó jadeando, retrocediendo por el impacto.
Seraphyne, en respuesta, elevó su voz: —Invocación de espíritus mayores: venid a mí, Zephyros, maestro del viento, y Raijin, maestro de los rayos.
En un instante aparecieron ante nosotros dos monturas monstruosas y magníficas. Un semental alado, blanco, con melena dorada y una aura verdosa, galopó con majestad; junto a él surgió otro corcel, azul y escamoso, con cuerno largo y una melena como de león, irradiando electricidad.
—Elfa —pronunció Zephyros con voz serena—. Nos has invocado por el pacto que tu familia mantiene con nosotros.
—¿Cuál es tu petición? —continuó Raijin con tono resonante.
—Esa semielfa es nuestra enemiga. Necesito su ayuda; es muy poderosa y no puedo sola —dijo la maestra, señalándome con determinación.
—Ella no es una semielfa —respondió Raijin con calma.
—¿Qué? ¿A qué te refieres? —la maestra entró en pánico.
—Ella es… —comenzó Zephyros, pero yo lo interrumpí con un tenso: —Cállate.
Ambos espíritus callaron.
—Oye, ella es… —intentó indagar Seraphyne, pero fue Raijin el que cortó: —Lo siento, podemos ayudarte, pero si quieres saber quién es en verdad, tendrás que derrotarla. —Su voz resonó con eco.
—Maestra —habló la asesina intentando ponerse en pie—. Descansa, Sofía; necesitas curarte. Yo me encargaré de ella ahora.
La mujer me miró en ese momento, entre los dos corceles, y yo le devolví la mirada sin inmutarme.
—Entonces tengo que derrotarte. Adelante, ataquen.
La maestra del gremio dio la orden. Sus invocaciones comenzaron a atacarme. Esta vez la escala era distinta: las cuchillas de viento de Zephyros se estrellaron contra mi barrera, agrietándola poco a poco. Tuve que reforzarla con más magia mientras atacaba de frente.
Por otro lado, Raijin empezó a cargar energía en su cuerno; su descarga me obligó a esquivar, aunque no pude evitarlo por completo: la onda de la explosión me alcanzó y me arrojó contra un costado, levantando una cortina de humo mientras Zephyros seguía lanzándome cuchillas sin cesar.
—Malditas, qué estorbo —gruñí, abriendo los ojos. Vi a la maestra del gremio preparando una flecha muy especial, mientras Zephyros y Raijin concentraban su magia en ella.
—Dios, dame la fuerza necesaria para contener este poder; invade esta flecha que sea el castigo… —comenzó a recitar, tensa.
Sabía que no debía permitirlo, así que liberé mi barrera para contraatacar con más fuerza. Fue entonces cuando la asesina, con paso silencioso, logró acercarse y abrirme una cortada en el brazo con su cuchilla.
—¡Desgraciada! —grité—. Veneno… no debería afectarme… esto es…
Me sentí mareada. La sangre parecía arder, y la visión se me nubló por un instante.
—Es una reducción de maná bastante especial para alguien como tú —dijo la asesina, y vi cómo estaba cayendo hacia la nube que la llevo con la maestra del gremio.
—Magia combinada de espíritus mayores: Elemental, flecha del juicio de luz. —La voz de Seraphyne fue clara y resonante.
La flecha surcó el aire cortando todo a su paso. Intenté formar una barrera, pero esta estaba debilitada; la flecha me atravesó y, al impactar, explotó con un ruido ensordecedor. Una densa cortina de humo lo envolvió todo; salí despedida, estrellándome contra una caseta y atravesando la roca en las almenas del castillo.
—¿Ganamos? —preguntó la maestra, jadeante.
—Parece que sí —contestó Sofía, con voz temblorosa.
Por unos segundos reinó el silencio.
—Argh… maldita sea —murmuré en voz baja mientras me incorporaba con esfuerzo. Mi mano fue a mi cabeza y sentí el líquido caliente: mi “sangre” brotaba otra vez. Al mirar a mi alrededor vi a los soldados aterrados al observar que me levantaba.
—Eso dolió. Dolió bastante. —Me recordé a mí misma la última vez que había quedado herida—. Bien.
Me puse de pie, reuniendo voluntad, y salí flotando de la caseta por el mismo hueco que había dejado al entrar.
—No puede ser —balbuceó la maestra del gremio, incrédula.
—Felicidades —aplaudí, con tono seco—.
—¿Acaso eres un monstruo? —preguntó Sofía, con miedo mezclado con rabia.
—Qué cruel —repuse—. No, no soy ningún monstruo.
Levanté la mano derecha hacia el cielo.
—Las estrellas observan: la vida, la muerte, la reencarnación hacen acto de presencia; el cielo se quiebra en un abismo sin fondo…
—Ahora está recitando —masculló Seraphyne.
—Elfa, no debes dejar que termine de recitar —advirtió Zephyros—. Si ese hechizo se completa, ni nosotros podríamos cubrir todo el daño.
—¡Rápido, suban a nuestros lomos! —ordenó Raijin.
Los corceles se abalanzaron hacia mí, pero eso formaba parte de mi plan. Extendí la mano izquierda y, con un gesto, dibujé jaulas mágicas en el aire, lo bastante poderosas para contener a las bestias. Las vi dar vueltas, intentar evitar las trampas… hasta que erraron un paso y quedaron enjauladas, batiéndose en vano.
—Magia de alto nivel: magia estelar —anuncié—. Explosión de estrellas.
Una pequeña esfera, del tamaño de una moneda, surgió en mi palma y la deposité dentro de la jaula. Enseguida, una luz tan brillante como un sol diminuto estalló con un estruendo que rompió ventanas en toda la ciudad; una columna de humo negro ascendió y, de ella, Seraphyne y su compañera fueron impulsadas: heridas de gravedad, no muertas, pero fuera de combate solo siendo salvadas por que sus convocaciones recibieron el mayor daño y estas desaparecieron.
No tuve tiempo de regodearme: descendí con decisión. Desde la distancia vi a Auren y a un grupo de aventureros enfrentándose; Auren parecía herido —hace mucho que no lo veía así—.
—Auren —llamé, y comencé a descender.
Punto de vista de Evangelina.
No podía creer lo que estaba viendo: aventureros de rango S, e incluso la maestra del gremio con su acompañante, estaban luchando por separado contra Auren y Calyndra. Y lo que más me sorprendió fue que lograron herirlos de esa manera. Mi corazón tembló. Esos ataques no eran cosa pequeña, se podían considerar como sus cartas secretas.
Las peleas de ambos terminaron casi al mismo tiempo. Alcancé a ver cómo Auren se liberó del fuego y cómo Calyndra arrojó a la maestra del gremio y a su compañera. Una vez más, estaban juntos.
Pero lo más impactante… fue ver a Auren usar milagros sin necesidad de cánticos.
Miré hacia donde estaban los nobles y todos ellos habían caído desmayados por la gran cantidad de energía mágica y aura desbordada en el lugar. Sabía que no eran los únicos: también los ciudadanos que presenciaron la batalla estaban inconscientes.
—Evangelina… —habló mi padre, apenas logrando sostenerse.
—Sí, padre.
—Por favor, evita que maten a los aventureros.
Me hizo esa petición, pero… ¿qué podía hacer yo en ese momento?
De pronto, una voz distinta se alzó.
—De eso me encargo yo.
La reina y la princesa habían salido del castillo, y al verlas no dudamos en arrodillarnos. Ellas eran la máxima autoridad del Reino.
—Evangelina —dijo la princesa Anastasia—. Amiga mía, ya te he dicho que no necesitas ser tan formal.
—Su majestad… —respondí con respeto.
—Más importante aún… ¿los conoces? —preguntó, mirando hacia donde estaban ellos.
—Sí. Auren será mi esposo en un futuro —contesté sin vacilar. A ella no podía mentirle.
—¿Eh?… ¡¿QUÉ HAS DICHO?! —gritó la princesa. —No, no, primero debe contar con mi aprobación. Mi hermano era solo por política pero jamás lo aprobé solo te quería como cuñada, pero si no lo conozco, no… ¡vamos ahora mismo!
—Es peligroso —advertí.
—No importa —intervino la reina Amalia—. Estoy interesada en conocerlo.
La orden de la reina fue definitiva. En ese momento, nos dirigimos con ella hacia donde los aventureros seguían enfrentando a Auren.
—¡Todos ustedes, deténganse ahora! —ordenó la princesa Anastasia.
—Auren, Calyndra, por favor, bajen la guardia. He hablado con la princesa Anastasia y con la reina Amalia: no es necesario continuar peleando.
—Esta batalla se ha terminado. Ahora vamos a calmarnos todos —sentenció la princesa con tono firme.
Los aventureros bajaron sus armas. Calyndra y Auren se miraron y luego me miraron a mi y finalmente los dos bajaron la guardia. El silencio volvió a reinar.
La batalla había terminado.
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