Una Estrella Moribunda - Capítulo 25
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25: Especial 25: Especial /Notar del Autor; SaturnoStar: Estos hechos ocurren durante le primer capitulo, entre “La maestra y el discipulo y Mi ultima leccion” El entrenamiento de Auren Parte 1(Primer Año, fuerza física) Calyndra había entrado en un modo de sueño evolutivo, y yo me encontraba bajo la tutela de mi nueva maestra.
Mis entrenamientos con ella no eran sencillos: cada día era más exhaustivo que el anterior.
A veces pensaba que no estaba aprendiendo de una persona…
sino de un monstruo.
—¡Auren!
—gritó Tayana con una voz cargada de molestia—.
¡Deja de holgazanear, pedazo de basura!
¡Sal de la cama de una maldita vez!
La puerta se abrió de una patada, resonando por toda la habitación.
—Maestra…
apenas está amaneciendo —murmuré medio dormido.
Pero a ella no le importó en absoluto.
Se adentró en el cuarto, abrió la ventana de golpe y, sin previo aviso, me tomó del cuello para sacarme de la habitación.
No tuvo ni una pizca de piedad.
Terminé estrellándome contra el suelo, rodando hasta chocar con un árbol que me dejó la espalda entumida.
—No me importa si es temprano.
Cuando te digo que es hora de levantarte, ¡es hora de levantarte, pedazo de basura!
—vociferó, cruzándose de brazos—.
Vamos, muévete.
Hoy correrás por el bosque cargando piedras grandes.
Hay que fortalecer esos músculos flácidos.
“Calyndra…
por favor, despierta”, pensé con desesperación mientras me incorporaba.
Pero no tuve mucho tiempo para quejarme.
Apenas me puse de pie, Tayana saltó por la ventana, lista para golpearme si no me movía.
No tuve otra opción: salí corriendo por mi vida.
—¿A dónde crees que vas, idiota?
—gritó Tayana con una sonrisa de esas que dan miedo—.
¡Aún te falta ponerte las pesas para tu entrenamiento!
Mi maestra enterró las manos en el suelo, y solo usando su fuerza , moldeó una enorme roca hecha de tierra compacta.
Se veía tan pesada que solo mirarla me dolía la espalda.
Pude verla sonreír antes de lanzarse a toda velocidad detrás de mí.
No tardó ni unos segundos en alcanzarme.
—¡Te dije que esperaras!
—vociferó, furiosa, justo antes de estrellarme aquella roca contra la espalda.
Por un momento, pensé que iba a morir.
El día continuó sin piedad.
Pasé toda la mañana corriendo por el bosque con esa roca amarrada a mi espalda, sin siquiera haber desayunado.
Cada paso hacía temblar el suelo; el ruido era tan grande que los monstruos de la zona salían despavoridos.
Bueno…
no todos.
Algunos decidieron atacarme, no porque me vieran como presa, sino porque estaban molestos por todo el escándalo y el destrozo que iba dejando a mi paso.
Si Calyndra pudiera verme ahora, seguro se estaría riendo a carcajadas.
Y no la culparía: imagínalo…
un joven medio desnudo, corriendo como loco en medio del bosque, con una roca enorme atada a la espalda, perseguido por monstruos furiosos que solo quieren hacerlo callar.
Sí…
yo también me estaría riendo o….tal vez debería estar preocupado.
La tarde-noche llegó cuando finalmente alcancé la casa de la maestra.
Ella estaba afuera, con una gran olla llena de comida que desprendía un aroma delicioso.
Mi maestra levantó su mano derecha, con la palma abierta, dándome la bienvenida.
En cuanto estuve lo bastante cerca, solté la roca que cargaba en la espalda.
La piedra cayó con un estruendo que hizo vibrar el suelo y se hundió parcialmente en la tierra.
No fui el único en caer.
Yo también terminé desplomado, agotado, con todo el cuerpo temblando por los calambres que recorrían mis piernas, brazos y espalda.
—Aaaaah…
por favor, no sea tan dura, maestra…
—me quejé, retorciéndome de dolor.
—Ya deja de llorar tanto.
Recuerdo que mis hombres solían…
Tayana se detuvo.
Su voz se cortó de golpe, como si esas palabras la hubieran apuñalado desde adentro.
Llevó una mano a su boca, con una expresión perdida.
—¿Maestra?
¿Sucede algo?
—pregunté, confundido.
Ella suspiró profundamente, inflando el pecho con un aire pesado antes de soltarlo lentamente.
—No es nada —dijo al fin, negando con la cabeza—.
Bien, ya está lista la comida.
Apostaría a que tienes hambre.
Anda, vamos a comer.
Nos sentamos a comer en ese momento.
Mi maestra había traído una silla de madera, mientras que yo me acomodé sobre un tronco.
Sostenía entre mis manos un plato hondo, también de madera, y frente a nosotros, en medio, reposaba la olla de comida humeante.
—Maestra…
¿quién es usted?
¿O qué es usted?
—pregunté con algo de curiosidad mientras removía la sopa con la cuchara.
—Ya lo sabrás —respondió entre bocados—.
Todo a su momento.
Pude ver, que en sus ojos se escondía un pesar.
No quise preguntar nada más aquel día.
Durante un año entrené con toda mi fuerza.
Mi maestra me prohibió usar el aura.
Parte 2 (segundo año) El año había terminado y mi maestra me comentó que entrenaríamos menos la fuerza física y más el control del Aura.
Durante los próximos dos o tres años no estaríamos en la casa.
Al principio me preocupaba dejar sola a Calyndra, que aún permanecía encerrada en su crisálida.
No me gustaba la idea de abandonarla, pero mi maestra me aseguró que levantaría una barrera tan fuerte que solo un dragón anciano podría romperla.
Tuve que confiar en sus palabras.
Así, el primer día del nuevo año partimos rumbo a un nuevo entrenamiento.
Nuestra partida fue en plena madrugada.
La nieve caía lentamente, y un aire helado golpeaba nuestros cuerpos.
Mi maestra parecía inmune al frío, pero yo sí lo sentía; no era algo que me pusiera en peligro, aunque resultaba incómodo.
Nos adentramos más en el bosque aquel día.
La sensación era diferente: más opresiva, con un cosquilleo constante sobre mi piel.
—Auren —dijo mi maestra rompiendo el silencio—.
Este bosque es mucho más duro que el anterior, cinco veces más fuerte, diría.
Sin embargo, a diferencia de los demás, aquí los monstruos son más escasos, y el camino al que vamos será una zona segura.
El trayecto, tal como dijo, fue tranquilo.
Pude sentir las miradas de algunas criaturas, pero todas se retiraban en algún momento, como si no quisieran enfrentarnos.
Finalmente, tras varios días de viaje, llegamos a nuestro destino.
Lo primero que me llamó la atención fue el sonido de una cascada.
—Auren, bienvenido al lugar que será tu hogar durante tu entrenamiento —anunció mi maestra mientras apartaba ramas y hojas, revelando ante mí una cascada cristalina que caía desde lo alto de una colina y alimentaba un río.
Nos instalamos un poco apartados de la cascada, lo suficiente para evitar la humedad constante.
Ese día terminó con nosotros construyendo un pequeño refugio.
—Auren.
La voz de mi maestra me despertó más temprano de lo usual, antes incluso de que salieran los primeros rayos del sol.
—¿Qué sucede, maestra?
—pregunté, frotándome los ojos.
—Sígueme.
No dije nada más.
Me guiaba hacia la cascada y, al llegar, la señaló con su mano.
—Te veré arriba.
No puedes usar Aura y debes subir por el centro de la caída.
Si no la escalas antes de que salga el sol, la subirás treinta veces.
Sin decir más, saltó y comenzó a escalar por un costado seco, mientras yo observaba el torrente helado frente a mí.
No tuve otra opción que obedecer.
Subir la cascada no fue nada fácil: el agua estaba gélida y arrastraba pequeños trozos de hielo que me golpeaban con fuerza.
Las rocas eran resbaladizas, y debía moverme rápido o el flujo del agua me haría caer.
Lo más difícil fue la cima, donde la corriente se volvía más violenta.
Estuve a punto de caer varias veces, y mirar hacia abajo me provocaba vértigo.
—Maestra…
—murmuré mientras me aferraba al borde.
Finalmente logré subir.
Ella estaba al otro lado, observando el cielo estrellado.
—Bien hecho, Auren.
Me dejé caer de rodillas, exhausto.
Aun así, levanté la vista.
Desde allí, el horizonte era hermoso.
—Auren —dijo mientras me miraba con seriedad—, lo que haremos estos años será enseñarte a manejar el Aura.
Si bien ya la usas por instinto, tardarías mucho más en dominarla por ti mismo.
Guardó silencio por un momento, y luego continuó: —No puedo enseñarte magia.
Quizás Calyndra ya te lo haya dicho, pero el elemento de la Luz no es como los demás.
Aunque siento que lo he presenciado antes, no puedo recordarlo.
—Su tono se volvió grave—.
Por eso, solo puedo enseñarte a controlar el Aura.
—Verás, el Aura es la llama del ser.
No sé si Calyndra te ha hablado de la magia, pero el Aura y la Magia son polos opuestos.
Como usuario de Aura, puedes contrarrestar la magia, incluso la de Calyndra.
Pero mientras más poderosa sea, más fuerte deberá ser tu concentración.
—Maestra…
¿a dónde quieres llegar?
Ella no respondió.
En cambio, dejó que un brillo dorado recorriera su cuerpo.
Su Aura se extendió hacia mí hasta rozar mi mejilla.
—Así como la magia, el Aura solo está limitada por la imaginación y el control del usuario —dijo mientras su luz se desvanecía lentamente—.
—Por eso entrenaremos estos años.
El último año lo practicarás por tu cuenta.
No puedo estar siempre contigo; en el segundo año, te dejaré solo.
El amanecer nos alcanzó entonces, bañando la cima con una luz dorada que se reflejaba en el agua.
Durante esos dos años, mi maestra me enseñó a sentir mejor el flujo del Aura, a canalizarla en mi cuerpo y en ciertos objetos.
Parte 3 (Tercer año y parte del cuarto año) Cuando finalizó mi primer año de control del Aura, el tercer año, mi maestra me pidió que me sentara justo en medio de la cascada.
Por supuesto, tuve que hacerlo.
Sin embargo, no era algo sencillo: el peso del agua me aplastaba con fuerza constante, mientras mi espalda luchaba por no ceder.
—Auren —habló mi maestra mientras usaba su Aura para cubrir el flujo, como si creara un paraguas invisible—.
El cuerpo y la mente son uno solo cuando se maneja el Aura; por eso, para alcanzar una mayor fuerza, debes tener resistencia mental y una concentración absoluta.
En ese momento retiró su protección, dejando que el agua volviera a golpearme con toda su fuerza.
—Ahora tu deber es crear tu propio “paraguas”.
Usa tu Aura para lograrlo.
Ese será tu entrenamiento durante todo el año.
Por supuesto, no solo será agua lo que caerá sobre ti, ni pasarás todo el tiempo sentado, ni concentrado únicamente en esto.
Suspiró y guardó silencio unos segundos.
—Esfuérzate, Auren.
Durante ese año, el entrenamiento fue tan duro como los anteriores.
Mi maestra me llevaba siempre al límite.
Los primeros días solo me observó en silencio mientras intentaba controlar mi Aura.
Aunque fue complicado, logré mantener una pequeña cúpula protectora durante dos días enteros, hasta que me obligó a detenerme para comer y descansar un día completo.
Ese descanso fue una bendición: comí, dormí y poco más.
Pero pronto la dificultad aumentó.
Desde lo alto de la cascada, mi maestra comenzó a lanzarme rocas.
Al principio eran pequeñas, arrastradas por la corriente, pero poco a poco se volvieron más grandes.
Debía concentrar mi Aura con precisión para que no se rompiera, y eso era realmente agotador.
Luego vinieron los troncos, y cada impacto hacía temblar mi cuerpo.
—Auren —dijo mi maestra mientras se sentaba frente a mí luego de una sesión de entramiento—.
Manejar el Aura como escudo sin usar herramientas es una de las técnicas más difíciles que existen.
Incluso yo no puedo mantenerla de esa forma.
Pero tú no eres igual que yo, así que tengo que exigirte más de lo que me exigieron a mí.
Mi expresión debió parecer una mezcla de incredulidad y enojo.
—Maestra, si usted no puede usar el Aura para defensa al 100%…
¿entonces no es inútil aprenderlo?
Ella negó con calma, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—No, Auren.
Entre más herramientas tengas para protegerte, mejor.
Nunca sabes cuándo las vas a necesitar.
Suspiré, resignado.
—Seguiremos con este entrenamiento hasta la mitad del año.
Luego pasaremos a las distracciones —añadió ella.
Asentí y seguimos tal como habíamos acordado.
Pasada la mitad del año, el entrenamiento cambió.
Ya no lanzaba cosas desde lo alto, sino desde mi misma altura.
El objetivo era simple: evadir.
Debía esquivar las rocas mientras mantenía mi Aura activa sobre el cuerpo.
Dos cosas al mismo tiempo.
Por supuesto, recibí varios golpes, y cada vez que mi Aura se rompía…
el entrenamiento volvía a comenzar desde cero.
Cuando finalmente me acostumbré, mi maestra aumentó la velocidad y el tamaño de los proyectiles.
La tortura comenzó de nuevo.
Casi dos meses antes de terminar el año, por fin pude mantener mi Aura estable mientras esquivaba sus ataques.
—Auren —dijo entonces—, ahora que ya puedes mantener el Aura y evadir, te enfrentarás a ataques diferentes.
—¿A qué se refiere, maestra?
—pregunté con inquietud.
Ella sonrió con cierta malicia.
—Lo sabrás pronto.
Por ahora tendrás una semana de descanso.
Disfrútala…
la vas a necesitar.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Esa última frase me hizo temblar de nervios.
Cuando mi maestra regresó después de mi semana de descanso, lo que trajo consigo no fue precisamente de mi agrado.
Incluso estuve a punto de regañarla.
Frente a mí había una jaula grande, forjada con metal oscuro y runas grabadas en sus barrotes.
Era evidente que era resistente…
pero lo que me dejó confundido fue lo que había dentro.
¿Mujeres?
No me gustó en absoluto lo que veía.
Ni tampoco la idea de lo que pensaba que mi maestra pretendía hacer con ellas.
Cuando di un paso al frente, decidido a liberarlas, ella se interpuso en mi camino.
—Alto, Auren —dijo con un tono serio, frío.
—¿Cómo que “alto”?
—le respondí, con enojo contenido—.
Hay límites que no se deben cruzar, maestra.
—Auren…
lo que ves frente a ti no siempre es la verdad.
—¡Apártese!
—grité, perdiendo la paciencia—.
No pienso quedarme quieto mientras alguien inocente sufre.
Las mujeres dentro de la jaula comenzaron a suplicar.
Sus voces temblaban, sus manos se extendían hacia mí, buscando ayuda.
Y eso solo aumentó mi rabia.
Reforcé mis puños con Aura y avancé.
La maestra me recibió con un golpe.
Nuestros ataques chocaron una y otra vez, creando ondas que sacudían el aire a nuestro alrededor.
Pero en medio de aquel intercambio, algo cambió.
Las ondas de energía golpearon la jaula…
y la ilusión se deshizo.
Donde antes había visto mujeres humanas, ahora vi lo que realmente eran: succubus.
Sus rostros seguían siendo hermosos, seductores, pero de sus frentes sobresalían cuernos, y una cola se deslizaba entre las sombras.
Un aura carmesí las rodeaba, un encanto que intentaba arrastrar mi mente hacia ellas.
Me detuve.
Mi respiración era pesada, mi cuerpo tenso.
—¿Ya te calmaste?
—preguntó mi maestra con serenidad, aunque también respiraba con esfuerzo.
—Auren…
lo que tus ojos no pueden ver cuando tu concentración es débil, te puede llevar directo a una trampa mental.
Se apartó un paso, y pude observar mejor a las criaturas dentro de la jaula.
Eran bellas, sí, pero algo en su mirada mostraba pura manipulación.
—Tu siguiente entrenamiento —continuó— es resistir los encantos.
Ya te había advertido que tenías problemas con las mujeres.
Bien, no existe mejor maestra que una succubus para enseñarte autocontrol.
Durante lo que queda del año, deberás enfrentarte a su poder…
y no sucumbir.
Mi maestra se colocó detrás de mí, empujándome suavemente hacia la jaula.
Y aunque todo mi cuerpo se tensaba, di un paso.
A pesar de todo mi entrenamiento…
de todo el esfuerzo que había puesto durante esos años…
me sentí impotente.
Furioso.
Pero no con ellas.
Ni siquiera con mi maestra.
Sino conmigo mismo.
Un día, mi maestra desapareció.
No le di demasiada importancia; sabía que esto formaba parte de mi prueba.
Si bajaba la guardia, aquellas criaturas sin duda me matarían.
Mi entrenamiento consistía en permanecer siempre frente a la succubus: comía, dormía y me ejercitaba frente a ellas.
Aunque en varias ocasiones logré resistir sus encantos, hubo momentos en los que me sentí vulnerable.
Llegué a morderme con fuerza los labios o los brazos, hasta sangrar, solo para mantenerme consciente y no dejar que mi voluntad se quebrara.
Pero cuando hacía eso, ellas parecían enloquecer, excitadas por el olor de mi sangre.
Con el paso del tiempo, algo cambió.
Después de dos meses aprendieron a hablar, y cuando eso ocurrió, el entrenamiento se extendió otros dos meses más.
—Bien…
esto ya no tiene efecto en mí —murmuré, con voz tranquila, sin sentir ya nada por aquellas criaturas.
Mi maestra no me había prohibido usar el Aura, pero no quería depender de ella.
Quería resistirlas por mi propia fuerza.
cuando mi maestra regresó luego de esos cuatros meses.
Caminó hacia mí con la misma calma de siempre, observando cómo comía frente a las succubus, que permanecían sentadas, calladas y resignadas.
Ya sabían que sus encantos no funcionaban conmigo.
—Hola, Auren —dijo, sonriendo con serenidad.
Miró a las criaturas, luego a mí—.
Bien hecho.
Pero ahora viene tu entrenamiento final.
—¿Entrenamiento final?
—pregunté, alzando la vista, Ella no respondió.
Se acercó a la jaula conmigo por un lado y abrió la puerta…
y sin previo aviso, me empujó dentro.
Incluso las succubus se quedaron atónitas, sin entender qué pasaba.
—Maestra…
¿qué se supone que…?
— No terminé la frase.
Ellas se lanzaron sobre mí como bestias hambrientas.
—¿Qué pasa, Auren?
—preguntó mi maestra desde fuera, con tono burlón—.
¿Acaso vas a caer después de cuatro meses?
—¡Maldita sea, maestra!
—gruñí mientras me defendía como podía.
No era lo mismo resistir desde fuera que desde dentro.
Mis movimientos eran torpes, lentos; el cansancio pesaba sobre mis músculos.
Logré apartarlas varias veces, pero cada intento era más difícil.
Ellas lo notaron.
Redoblaron su ataque, su seducción.
Me obligaban a tocarlas, lamían mi cuello, buscaban quebrar mi mente y mi cuerpo.
Todo se volvió una trampa sofocante, casi irreal y poco a poco estaba perdiendo la cabeza para caer en un transe el cual ellas aprovecharon.
Pude ver todo en cámara lenta, mis ojos se enfocaron en mi maestra que me observaba sin intervenir esperando a que me levantara, mi cuerpo y mi mente se habían rendido, estos cuatros meses de entrenar fueron inútiles cuando mis ojos finalmente iban cerrando.
Entonces recordé a la voz de Calyndra llamando me, y todos aquellos recuerdo que tuve con ella inundando mi cabeza y entonces recordé…
a aquella promesa que le había hecho.
Ese pensamiento fue mi ancla.
Cuando volví en mí, estaba tendido dentro de la jaula, con la cabeza apoyada sobre las piernas de una de las succubus, mientras la otra intentaba desnudarme.
Fue en ese instante que sus encantos dejaron de tener efecto.
—Apártense.
—Mi voz resonó en la jaula con firmeza.
Ellas se quedaron inmóviles, petrificadas.
—Esto ya me tiene cansado.
—Me levanté lentamente.
y esto provoco que ellas retrocedieran, abrazándose entre sí, buscando la esquina más alejada.
temblando de miedo y de fragilidad.
—Esto se acabó —murmuré, alzando mi mano cargada de Aura.
Estaba a punto de acabar con ellas cuando sentí la mano de mi maestra sobre la mía, deteniéndome.
—Bien hecho, Auren —dijo con voz suave—.
Ya no necesitas seguir con esto.
—Maestra…
No pude decir más.
Todo se volvió oscuro.
Perdí el conocimiento, y de ahí…
ya no recuerdo nada.
Parte 4 El regreso.
Punto de vista de Tayana He vuelto a casa después de terminar el entrenamiento de Auren.
Ahora, solo le queda reforzar lo aprendido.
Para ser sincera, nunca pensé que podría soportar todo lo que le impuse.
Por alguna razón, las instrucciones que le daba salían de mí de manera natural, como si ya hubiera entrenado a alguien antes…
de la misma forma.
No sé por qué, pero cada vez que intento “dormir”, un rostro aparece en mis sueños.
Una figura que parece haber existido en mi vida pasada.
No intento recordar más de lo necesario; mis recuerdos vienen fragmentados, dispersos, como piezas sueltas que apenas logro encajar.
A veces, esos pequeños destellos son lo único que me mantiene cuerda…
lo único que me hace sentir que sigo viva, incluso si ya no lo estoy.
Auren me recuerda algo…
alguien.
Y verlo superarse día tras día me llena de orgullo, pero también de una extraña melancolía.
El primer año lo dedicamos a la fuerza.
Auren es fuerte, pero puede ser más.
Lo obligué a entrenar con piedras tan pesadas que apenas podía moverlas.
Correr, hacer flexiones, resistir sin usar el Aura.
Fue un año duro, lleno de sudor y sangre, pero lo superó.
No murió, y eso ya era un logro.
El segundo año Lo llevé a un lugar especial, dentro del bosque profundo: las Cascadas de la Interferencia.
En ese sitio, el agua genera una resonancia que distorsiona el flujo del mana y del Aura.
Es un entorno hostil incluso para los magos experimentados; su control se debilita, su energía se dispersa.
Auren sintió esa interferencia en su cuerpo…
y aprendió a dominarla.
Durante el tercer año Lo llevé al punto más fuerte de la cascada.
Le pedí que se sentara en el centro, donde el control del Aura es casi imposible.
Incluso para mí, mantenerla estable fue difícil.
Pero Auren…
lo logró.
Lo dominó con una rapidez que me sorprendió.
Tuve que improvisar.
Le lancé piedras, luego rocas, luego troncos y finalmente enormes fragmentos de piedra.hasta que en un momento nada rompió su barrera.
A mitad de ese año El entrenamiento cambió: ya no debía resistir, sino evadir mientras controlaba su Aura.
En el punto más inestable de la cascada, debía moverse sin perder el control.
Tres meses después, lo logró.
Sus reflejos eran perfectos, su energía, constante.
Una semana antes de los dos últimos meses, le pedí que descansara.
Mientras tanto, yo fui al bosque a buscar su última prueba.
Ahí las encontré.
Una raza de succubus, aunque no comunes.
Eran Lilitu, una especie evolucionada, más peligrosa, más inteligente.
Si no fuera por mi naturaleza de no muerta, habrían sido una amenaza incluso para mí.
Intentaron atacarme, pero fue inútil.
Les hablé; no deseaba pelear.
Les ofrecí algo más tentador: un hombre joven, lleno de vitalidad.
Arranqué un mechón de cabello de Auren mientras dormía y se los mostré.
En cuanto percibieron su energía, se volvieron locas.
Elegí a las dos más fuertes.
No era fácil controlarlas, ni siquiera a mí me obedecían del todo.
Pero el plan debía continuar.
Cuando volví con Auren, las “mujeres” se desataron, usando todo su poder para tentarlo.
Lo engañaron, claro, y tuve que intervenir para detenerlo.
Las ondas de nuestra Aura disiparon sus ilusiones, revelando su verdadera forma.
Durante el primer mes lo supervisé, pero luego lo dejé solo.
Desde la distancia, observaba sus avances.
Para el segundo mes, ya resistía sus encantos.
Me sorprendió cuando las Lilitu comenzaron a hablar para tenerlo con mas fuerza por lo que lo dejé otros dos meses más.
Las Lilitu, agotadas, terminaron rindiéndose.
Entonces supe que era el momento de su última prueba.
Abrí la jaula y lo empujé dentro.
Ellas se abalanzaron sobre él como lobas hambrientas.
Por un momento, pensé intervenir.
Pero Auren resistió.
Se levantó…
y algo en él era distinto.
Su mirada, su energía.
Era otro.
Cuando levantó la mano para matarlas, lo detuve.
—Ya es suficiente, Auren —le dije—.
Has superado la prueba.
Las Lilitu se marcharon en silencio.
Sabían que ya no tenían poder sobre él.
Y yo, para compensar su “trabajo”, les ofrecí a unos quince bandidos que había capturado en el bosque.
No se negaron.
Han pasado nueve meses desde entonces.
Sé que Auren no tardará en regresar.
Tampoco falta mucho para que Calyndra despierte.
Y como si el destino respondiera a mis pensamientos, escuché un golpe suave en la puerta.
Me levanté emocionada y fui a abrirla.
Ahí estaba él, sonriendo con esa expresión serena que no veía desde hacía mucho.
—He vuelto, maestra —dijo, con voz dulce.
—Bienvenido a casa, Auren —respondí con una sonrisa, sintiendo el orgullo de haber entrenado a Auren.
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