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Una Estrella Moribunda - Capítulo 28

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  4. Capítulo 28 - Capítulo 28: La ciudad de Kanso
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Capítulo 28: La ciudad de Kanso

Capitulo 3 “La paladina dorada”

La tarde – noche de nuestro primer dia de viaje caía lentamente cuando decidimos detenernos a un lado del camino para preparar la cena y un campamento donde aprovecharíamos para descansar tanto nosotros como nuestros caballo.

Mientras el aroma de la carne asada comenzaba a llenar el aire mis compañeras tomaron asiento en el suelo en silencio hasta que Calyndra fue la primera en romperlo.

—Cuéntame algo… ¿cómo es que alguien como tú necesita más experiencia en su vida? —preguntó con tono curioso, sin apartar la mirada de Anastasia.

—¿Y para qué quieres saber eso? —respondió la princesa, restándole importancia, mientras se aferraba al brazo de Evangelina.

Evangelina, algo incómoda, intentaba apartar la mirada de la insistente cercanía de Anastasia.

—Por favor, princesa —dijo con un suspiro, intentando separarla con delicadeza—. Estamos en un momento serio, compórtese, por favor.

Y a un así Anastasia no se aparto de ella.

—La comida está lista —interrumpí en ese momento, llegando con una olla entre las manos—. Calyndra, ¿podrías crear una mesa con tu magia?

Aunque parecía algo molesta, por las palabras de Anastasia, el olor de la comida la se serenó y con ello movió las manos con elegancia, creando una mesa de piedra lo bastante grande para todos.

—Bien —dije mientras servía—, primero comamos y luego me cuentas por qué alguien como tú, siendo una Rango S, se unió a nosotros en esta misión.

—Hoy hice carne a la parrilla, y para acompañar, una sopa de tomate con especias —añadí con cierto orgullo.

—Auren, espero que también hayas hecho algo de postre —dijo Calyndra con un brillo en los ojos.

Sonreí. —Sí, Calyndra. Te preparé algo dulce.

Evangelina aprovechó el momento para librarse del agarre de Anastasia y se acomodó junto a la mesa.

—Por favor, princesa —dijo mientras le acercaba un plato—, pruebe la comida. Auren es un excelente cocinero.

—Jum… eso lo decidiré yo —replicó la princesa, tomando un primer bocado.

Su expresión cambió de inmediato; la sorpresa se reflejó en sus ojos.

—¿Qué es esto? ¿Cómo puede alguien como tú, un plebeyo, lograr un sabor que ni los cocineros reales consiguen?

—Por favor, princesa… —dijo Evangelina con paciencia, tomando un trapo para limpiarle el rostro con suavidad. Aquella escena, por alguna razón, tenía un aire casi tierno y algo romántico entre ambas.

—Evangelina… —intervino Calyndra con tono acusador—. No pensarás ser infiel a Auren con la princesa, ¿verdad?

—¡Claro que no! —replicó Evangelina, sonrojada—. No me gustan las mujeres.

Anastasia la miró con ojos vidriosos, como si estuviera a punto de llorar.

—Evangelina… ¿entonces todo era mentira?

—Por favor, princesa —dijo la aventurera, exasperada.

No pude evitar reírme. La escena era tan absurda como encantadora; por un instante, todo el cansancio del viaje pareció desvanecerse entre las risas, por supuesto mi risa pudo contagiar al grupo que el momento de nuestra comida paso bastante rápido.

—Bien.— Hablé con un tono serio mientras tomaba asiento al lado de Calyndra, quedando frente a Evangelina y Anastasia.— ¿Por qué alguien como tú necesitaría más experiencia, si se supone que los de Rango S ya tienen mucha?—

—Princesa, por favor, responda esa pregunta.— intervino Evangelina.

Por un momento pude ver a la princesa dudar, como si no estuviera segura de responderme. Pero tras una breve mirada de aprobación de Evangelina, decidió hablar.

—Bien… es cierto que soy de Rango S y he participado en combates fuertes, pero no los suficientes.— hizo una pausa breve antes de continuar.— La realeza, o la nobleza en general —sobre todo aquellos que aspiramos a ser monarcas o herederas al trono— debemos tener como mínimo el rango S. A diferencia de los demás aventureros, nosotros podemos hacer la prueba después de un entrenamiento intensivo.

—Básicamente ustedes tienen privilegios.— interrumpió Calyndra, cruzando las piernas.

—Sí, la nobleza tiene privilegios… pero también responsabilidades.— continuó Anastasia con firmeza.— Yo realicé el examen cuando cumplí dieciocho años. Durante siete años me especialicé en todo tipo de armas, desde las de corto hasta las de largo alcance. Poseo el atributo mágico de la Tierra, pero no soy maga: soy una luchadora de Aura y Magia.

—Aura…— repetí lentamente aquella palabra.

—¿Sucede algo con eso? Tú también eres usuario de Aura.— respondió Anastasia, mirándome con curiosidad.

—Nada… sólo que, aunque he visto a otros usuarios de Aura, siento que por algún motivo no es…— no terminé la frase; las miradas que me dirigieron fueron suficientes para hacerlo.

—Auren.— habló Evangelina con tono seco.— Eres el bicho más raro del grupo.

—Concuerdo con eso.— añadió Calyndra.

—Calyndra, tú también entras en ese grupo.— replicó Evangelina con una sonrisa apenas visible.

—Por favor, continúa, Anastasia.— dije, algo dolido por el apodo, pero disimulando.

—Realicé el examen de nivel S enfrentándome a mi Linaje.— respondió Anastasia con serenidad.

—¿Linaje?— pregunté con cierta duda.

—El linaje es la línea de vida de las familias.— explicó.— Se comparte y une con las personas; los hijos heredan el linaje de ambos padres. Cuando se presenta el examen de rango S, se elige al antepasado más fuerte para luchar. Sin embargo, eso rara vez ocurre; normalmente uno enfrenta criaturas de su mismo nivel.

—¿Antepasado…?— murmuré, intrigado.

—Auren.— dijo Evangelina con voz más suave.— ¿Recuerdas algo de tu familia?

Me quedé en silencio, intentando escarbar entre recuerdos que ya no existían. Al final, solo negué con la cabeza. Evangelina asintió en comprensión.

—Ya veo… entonces solo tienes fuerza y algo de experiencia.— hablé en tono cansado.— No sé si fue buena idea si vamos a luchar contra un enemigo poderoso.

—No seas grosero.— replicó Anastasia, ligeramente molesta.— También soy fuerte. Además, porto conmigo el arma que ha sido heredada de Reina a Reina.

—¿Arma?— pregunté con curiosidad.

Entonces Anastasia sacó de su bolsa aquella esfera que ya había visto antes.

—Les presento a mi compañera: Metamorfa.— dijo con orgullo, acariciando la superficie brillante como si estuviera viva.— Este es el legado de mi familia.

—¿Puedo sostenerla?—

Extendí mi mano hacia ella, pero vi cómo intentaba apartarla. Solo cuando Evangelina la animó a confiar en mí, accedió a entregármela. Dudó un instante, luego la depositó en mi palma.

—Ciertamente… es algo…—

Al principio la esfera pareció ligera, pero en cuestión de segundos comenzó a pesar, hasta el punto de costarme sostenerla.

—¡Jum!— exclamó Anastasia, cruzándose de brazos, orgullosa.— Mi compañero no te reconoce, así que no te acepta.

—¿A qué te refieres?— preguntó Calyndra, frunciendo el ceño.

Anastasia tomó la esfera nuevamente; en sus manos se veía tan liviana como una hoja.

—A que no eres compatible con su Aura ni con su alma.— respondió, guardándola con cuidado en su bolsa.

Eso sorprendió a todos, salvo a la propia Anastasia.

—Para ser sincera… pensé que Auren iba a hacer algo loco, como de costumbre.— dijo Evangelina, aún sorprendida.— No sé, es Auren… digo… es Auren.

Sus palabras me golpearon más de lo que esperaba.

—Concuerdo con eso.— añadió Calyndra, cruzándose de brazos y asintiendo con la cabeza.— Un arma que rechaza a Auren… eso sí es realmente raro.

Aunque no lo notaron en ese momento, mi rostro era el de alguien emocionalmente herido. No gravemente, claro, pero sí con esa sensación de haber recibido una flecha en el pecho por ser visto como el “bicho raro”.

Cuando finalmente se dieron cuenta, en lugar de animarme comenzaron a reír con fuerza. Eso me puso aún más triste… hasta que Calyndra se inclinó y me besó la mejilla, robándome una sonrisa.

—¡Hey, no sean exhibicionistas!— exclamó Anastasia, nerviosa ante la escena.— ¡Vayan a un lugar privado antes de hacer esas cosas!

—Ara…— susurró Calyndra con una chispa juguetona en los ojos.— Esto es más común de lo que imaginas en nuestro grupo. De hecho, Evangelina, apuesto a que tú también quieres besarlo.

Evangelina levantó las manos, nerviosa, intentando cambiar de tema. Pero todos sentimos que, en el fondo, sí quería hacerlo.

—¡Por el amor de Dios, ya dejen de ser tan sinvergüenzas!— gritó Anastasia con fuerza. Su voz resonó entre los árboles, haciendo eco en el bosque.

Los días pasaron y nuestro viaje transcurrió con normalidad.

El sol estaba en su mejor punto y la abundante brisa de viento nos ayudaba a que no sintiéramos el calor.

El sonido de las ruedas de madera girando sobre su eje sobre un camino de tierra mientras alrededor de nosotros había un mar de arboles verdes lleno de vida.

Nos daba la sensación de calma que tanto adoramos.

Nuestro objetivo era llegar a las cordilleras que marcaban la frontera de este país con las demás naciones y por lo tanto teníamos que pasar por alguna ciudades previas.

Alrededor de 3 ciudades, Kanso, Quetlar, Rocks.

Según las palabras de Evangelina y algunas de Anastasia, aunque las cordilleras pertenece al Reino de Quincy, es gobernado de manera autónoma por los Dragonoid de la zona. Tienen libertad de actuar como deseen, siempre y cuando no provoquen conflictos con los pueblos o países vecinos.

Sin embargo, la noticia de que un Dragón Mayor los apoya no fue tomada a la ligera. No hay un motivo claro para crear una nación o expandirse —ya son autónomos—, pero el nuevo líder, que asumió el poder hace poco, no parece tener una buena relación con otras especies. O al menos, no tanto como su predecesor.

Anastasia nos comento que seria ir mejor directamente a la ultima ciudad pero todo el mundo declino de manera automática, por que la razon fue obvio, era una mala idea no parar en la ciudades e ir directo, nos perderíamos muchas cosas que no se pueden encontrar.

—Por el amor de Dios, ¿qué estará pensando ese nuevo líder al amenazar así al reino?— dijo Anastasia, recargándose en el borde de la carreta con los brazos fuera.

—Bueno, al parecer la idea de que un Dragón Mayor lo respalde le ha llenado la cabeza más de lo que debía.— comentó Calyndra.

—¿Pero no es algo sospechoso?— intervino Evangelina desde el frente, mientras guiaba a los caballos.— Aunque sea un Dragón Mayor, el reino cuenta con aventureros fuertes, y juntos podrían hacerle frente bastante bien.—

—La maestra del gremio nos comentó que intentaron que otros aventureros tomaran la misión, pero muchos rechazaron por el grado de dificultad… y, bueno, los entiendo.— levanté la mirada hacia el techo de la carreta que nos protegía del sol.— Al final, muchos solo quieren regresar con vida a casa.—

Por un momento el silencioso volvió sobre nosotros mientras Calyndra aprovechaba para leer algunos libros que habiamos comprado antes de salir.

—Chicos, la ciudad está a la vista.— avisó Evangelina, señalando hacia adelante.

Ante nosotros se alzaba una muralla de madera que protegía una ciudad: era nuestra primera parada.

—¿Cuál era el nombre de esta ciudad?— pregunté con cierta duda.

—La ciudad de Kanso.— respondió Anastasia, visiblemente emocionada por explorar.

—La ciudad de Kanso es famosa por su industria y el procesamiento de madera.— añadió Evangelina, con un brillo en la voz.— Se dice que en todo el país no hay mejor trabajo con la madera. Incluso, a nivel mundial, muchos nobles encargan muebles a los artesanos de aquí.

—Vaya, entonces será una buena parada.— comenté con una leve sonrisa, mientras los caballos seguían avanzando bajo el sol hacia la puerta de la ciudad.—

—Identificación y motivo de su estancia.— habló un guardia en la puerta, con un tono duro y una sospecha natural.

—Somos aventureros de paso. Nuestro objetivo es llegar a la cordillera.— respondió Evangelina, mientras le entregábamos nuestras placas de identificación.

—Ya veo…— murmuró el guardia.

Sin embargo, al notar que nuestras placas eran de plata y la de la princesa era dorada, se sorprendió y regresó a su caseta.

Evangelina suspiró, ya imaginando lo que iba a pasar.

Solo pasaron unos segundos antes de que saliera otro hombre: un guardia con porte firme, acompañado de varios soldados.

—Mi nombre es Kraz. Soy el capitán de la infantería de esta ciudad.— se presentó con respeto.— Espero que disfruten su estancia. Mis hombres ya han informado al señor de la ciudad para…

—No quiero.— interrumpió Anastasia.— No necesito más formalidades cuando estoy como aventurera.

—Pero prin…—

—He dicho que no quiero.— insistió ella, recargándose con calma en la parte trasera de la carreta.— Quiero que todo siga normal.

El hecho de que el capitán saliera había causado cierta conmoción. Los murmullos empezaron a circular entre los presentes, y el ambiente se llenó de curiosidad y nerviosismo.

—Ejem… ejem.— tosió el capitán, intentando mantener la compostura.— Permitan el paso a la ciudad.

Los soldados asintieron y abrieron las puertas, dejando que la carreta avanzara.

—Supuse que algo como esto iba a pasar.— dijo Evangelina con una sonrisa cansada.— Iremos al gremio de la ciudad para registrarnos. Luego buscaremos una posada.

—Por cierto, Calyndra… ahora que te veo más tranquila, ¿sabes leer?— pregunté, curioso.

Mi duda pareció romper su concentración. Levantó la vista de su libro y me miró directamente.

—Por supuesto que sí. Aprendí hace poco la escritura humana.— respondió con seguridad.

—¿A qué te refieres exactamente?—

—A que, durante el viaje, he estado descifrando cada palabra de esta novela llamada Una Estrella Moribunda. Narra la historia de dos amantes condenados por amarse, porque son polos opuestos.—

—No sabía que eras fanática de las historias románticas, Calyndra.— comentó Evangelina, sorprendida.

—Bueno, no puedo negar que este humano que la escribió hizo un buen trabajo.— replicó Calyndra con cierto orgullo.— Lo hizo muy bien.

Me quedé viéndola, incrédulo. Por supuesto, ella lo notó… y se molestó.

—Ah, ¿acaso no sabes que estás hablando con una mujer? Y como mujer, también me gustan las cosas románticas.—

Calyndra se encontraba tan molesta a este punto que sabia que no dudaría en golpearme por lo que le acabo de decir.

—Ya llegamos al gremio.— anunció Evangelina.

—Qué bien, solo dame un mo…—

La interrumpí metiéndole un dulce en la boca lo más rápido que pude. Sabía que, si no la distraía, Calyndra no se iba a contener.

Por suerte, fue un éxito: al saborear el caramelo, infló las mejillas y su rostro se suavizó con una felicidad genuina.

—Bien, ha sido un éxito.— dije triunfante, haciendo una pose de victoria mientras Anastasia y Evangelina me observaban en silencio desde sus perspectivos lugares.

El gremio, siendo el edificio principal de la ciudad, era enorme. Al entrar, el sonido de voces y risas llenaba el aire. Aventureros por todas partes: algunos discutían sentados en mesas, otros observaban los tablones repletos de encargos, y unos cuantos vendían materiales recién traídos del campo.

—Por aquí, sean bienvenidos.— nos saludó una recepcionista con un tono dulce y educado.

—Hola, venimos a registrarnos, como lo indican las normas.— respondió Evangelina, acercándose al mostrador.

La recepcionista la miró con una sonrisa amable, pero al recibir nuestras placas de identificación, su expresión cambió.

—Es inusual ver a aventureros de alto rango. Por favor, déjenme ver sus identificaciones.—

Colocó un largo plato de madera frente a Evangelina. Ella puso nuestras placas sobre él: varias plateadas… y una dorada.

El brillo del metal dorado bastó para que la recepcionista se quedara sin palabras. Antes de que reaccionara más, Evangelina tomó su mano con delicadeza y asintió en silencio. La mujer entendió el mensaje.

—Evangelina.— le hablé en voz baja.

—¿Qué pasa?—

—¿Tan raro es ver a un aventurero de Rango S?—

No lo dije en voz alta, pero fue suficiente. Todo el gremio se quedó en silencio. Las conversaciones murieron, y pronto sentimos decenas de miradas sobre nosotros.

Los murmullos comenzaron poco despues:

“No puede ser… no hay Rango S fuera de la capital.”

“Debe ser falso, reconocería su cara si fuera verdad.”

Evangelina soltó un suspiro, resignada. Ya sabía lo que venía.

Un grupo de aventureros se nos acercó con sonrisas arrogantes.

—Oigan, no deberían mentirle a la gente con eso de ser de alto rango.— dijo uno, cruzándose de brazos.— Nosotros somos Rango A, y ni siquiera nosotros…

Su voz se cortó de golpe al ver al resto de mis compañeras. Ninguna parecía prestarle atención, salvo Calyndra, que seguía leyendo con total calma.

—Oigan, les tengo una mejor propuesta.— añadió otro, sonriendo con descaro.— ¿Por qué no se unen a nosotros y dejan a este chico? Sobre todo tú… señorita elfa, no se ven muchas por aquí, podrí…

Calyndra ni siquiera levantó la vista. Solo alzó su mano izquierda, apuntando hacia él con un dedo.

—No me molestes. Estoy en una de las mejores partes.—

Del suelo, la madera se retorció y se alzó en forma de raíces, envolviendo al hombre y sujetándolo con fuerza.

—¡Maldita sea!— gritó él, intentando soltarse en vano.

—Por favor, regístranos rápido antes de que pase algo peor.— pidió Evangelina a la recepcionista, que reaccionó sobresaltada y empezó a trabajar a toda prisa.

—Calyndra, creo que ya es suficiente.— dije con tono monótono.

—Mierda… bueno, tú pagarás las consecuencias.— murmuró el aventurero atrapado, mientras sus compañeros se lanzaban hacia mí.

No tuve problema alguno en detenerlos. Bastaron unos pocos movimientos para derribarlos sin lastimarlos demasiado. Cayeron al suelo, jadeando, vencidos.

—Espera.— murmuré, con una sensación de déjà vu.— Esto ya había pasado… y lo que viene ahora es…

Una puerta se abrió en el segundo piso. De ella salió una mujer de unos sesenta y tantos años, con paso firme y mirada aguda y una experiencia de maestra de la guerra.

—¿Por qué hay un aventurero atrapado en ramas y otros tirados en el suelo quejándose como niños?— preguntó con voz fuerte.

Sus ojos se posaron en mí.— Oye, chico, ¿ustedes hicieron esto?

—Solo nos defendimos.— intervino Anastasia, con un tono sereno, pero firme.— Algunos individuos nos provocaron.

La mujer entrecerró los ojos… y entonces pareció reconocerla.

—Esa voz…— murmuró, y su mirada se centró en Anastasia.— El pájaro dorado por fin salió de su jaula.

—¿Cuánto tiempo ha pasado?, maestra.— Respondió Anastasia.

Para dispersar un poco el ambiente que habiamos obtenido, la maestra del gremio nos había llevado a su oficina para poder tener una charla tranquila.

Habíamos tomado asiento frente a su escritorio. Calyndra seguía con su libro, sin prestar demasiada atención, mientras Evangelina, Anastasia y yo estábamos atentos a sus palabras.

—Me habían llegado noticias tuyas, Anastasia. Supe que por fin saliste, pero nunca pensé que estarías aquí en esta ciudad como tu primera parada, con lo intensa que eres pense que ibas a ir directamente a las cordilleras.

—Bueno… algunas cosas pasaron, otras se movieron, y al fin puedo tener mi aventura —respondí.

Anastasia movió un poco los ojos y su mirada en un intento de escapar de nuestra mirada intensa hacia a ella, pues la maestra había atinado a sus principal rumbo de acciones.

—Ya veo…—Tomo un respiro antes de mirarnos a mi y Calyndra.— Por cierto, he escuchado algunas cosas sobre ustedes dos: Auren, Calyndra… y Evangelina —nos miró con una mezcla de duda e incredulidad—.

Para ser sincera, me cuesta creer que dos aventureros novatos pudieran derrotar a un grupo de veteranos… y a la maestra del gremio de la capital.

Antes de que pudiera responder, Calyndra se adelantó sin siquiera levantar la vista de su libro.

—Así es… —dijo con calma.

La maestra del gremio se rascó la barbilla.

—He sido aventurera muchos años, y he conocido a muchos… pero ustedes… ¿quiénes diablos son?

—Un humano y una semielfa —respondió Calyndra, cerrando su libro con un golpe suave para mirarla directamente.

—Ya veo… —murmuró la maestra.

El silencio se extendió por unos segundos largos, hasta que Anastasia habló.

—Maestra —dijo, rompiendo la quietud—. ¿Sería posible tener un combate de entrenamiento contra usted?

Nos quedamos sorprendidos.

—Antes del examen nunca pude vencerla —continuó ella—, pero ahora quiero comprobar qué tan fuerte me he vuelto.

Su voz sonaba firme, sin titubeos.

—¿Estás segura? Ya soy bastante mayor, así que estarías peleando contra una “anciana” —respondió la maestra con una sonrisa.

—No… algo me dice que aún conserva mucha fuerza, incluso con la edad —contestó Anastasia.

—Oh, instinto de guerrera, ¿eh? —replicó la maestra—. ¿Eres tú la líder del grupo? —preguntó, mirando a Calyndra.

—No, por supuesto que no. El líder es Auren —me señaló.

—Pensé que ella lo era… bueno, entonces, como líder del grupo, ¿la dejarás pelear? —preguntó, esta vez mirándome.

Me quedé pensando por un momento. Miré a Anastasia: en sus ojos brillaba una emoción pura, algo entre orgullo y fuego. Exhalé lentamente por la nariz antes de responder, pero no tuve tiempo.

Ella se me adelantó, con una voz fuerte y decidida.

—Yo no dependo de sus decisiones. Quiero luchar contra usted. Él no es mi líder ni nada mío. Lucharé incluso si no lo aprueba.

La maestra del gremio me miró en silencio. Yo solo asentí con la cabeza. Ella suspiró, con una mezcla de resignación y curiosidad.

—Bien. Vamos al campo de entrenamiento, entonces. ¿Te parece, Anastasia?

Anastasia solo asintió. No necesitaba decir nada más, aunque pude notar a Calyndra levemente molesta y a Evangelina con el ceño fruncido.

Me acerqué a ellas mientras bajábamos por las escaleras y susurré:

—No se lo tomen a pecho. Ella técnicamente no es parte de nuestro grupo, solo una invitada. Que tome sus propias decisiones está bien.

Pronto nos detuvo una voz. La recepcionista se acercó con paso rápido; su aura no era la de una guerrera, sino algo bastante diferente.

—Maestra del gremio, ¿a dónde se dirige? —preguntó, con un tono entre respeto y ansiedad.

—Bueno, cierta alumna necesita una lección antes de seguir su camino —respondió la maestra con calma.

—Pero ya no puede seguir luchando, debería retirarse de eso… —replicó la recepcionista, con evidente preocupación.

—Tranquila, estos viejos músculos aún pueden dar pelea. Además, solo tengo sesenta y nueve años; sigo siendo joven —dijo la maestra con una sonrisa mientras se acercaba a una pequeña caja fuerte a la vista de todos.

Posó la mano sobre ella y, al canalizar su maná, la cerradura se abrió con un chasquido suave.

De su interior, extrajo una lanza de color azul con una punta que brillaba con un resplandor frío y profundo.

—Una arma mágica —murmuró Calyndra.

—Oh… parece que tu sangre élfica te permitió notarlo más rápido —respondió la maestra, algo divertida.

Calyndra solo sonrió, sin añadir palabra.

El movimiento atrajo la atención de todos en el gremio. Los murmullos se esparcieron con rapidez: “La maestra del gremio va a luchar”.

A medida que avanzábamos hacia el área de entrenamiento, más y más aventureros nos seguían.

Cuando llegamos, incluso quienes estaban practicando dejaron sus armas para tomar asiento en las gradas.

Tres figuras se alzaron en el centro: Anastasia a la derecha, sosteniendo una esfera en la mano; la recepcionista, en medio, haciendo de árbitro; y la maestra del gremio, a la izquierda, con la lanza apuntando al suelo.

—Madre… ¿podrías reconsiderarlo? —pidió la recepcionista, con voz baja.

—Una joven promesa quiere enfrentarme antes de ver el mundo que la espera —respondió la maestra, alzando su lanza—. Sería deshonroso negarle ese deseo.

—Gracias por este combate, maestra. Prometo no decepcionarla —dijo Anastasia.

Llevó la esfera a su pecho. De inmediato, esta comenzó a deshacerse en una corriente líquida que se extendió por todo su cuerpo.

—Interesante —murmuró Calyndra.

—Sí… nunca la había visto realmente —agregó Evangelina.

La sustancia dorada cubrió por completo a Anastasia, endureciéndose hasta formar una armadura pesada, resplandeciente. Un casco robusto protegía su rostro, y en sus manos apareció un enorme martillo de guerra de doble cabeza, brillante y denso como el metal del sol.

—Vaya… así que este es el poder que obtuviste luego de ser reconocida como Rango S.—

Tomo un leve respiro.

—Anastasia… la Paladina Dorada —dijo la maestra, con un tono serio, mientras ajustaba el agarre de su lanza.

“Paladina Dorada”. Ese nombre se repitió una y otra vez entre los aventureros, despertando curiosidad: nadie conocía ese título. Hasta que alguien gritó la respuesta que despejó las dudas: —¡Es la princesa Anastasia, la que hizo el examen de Rango S hace un año!—.

El salón quedó en silencio al revelarse su identidad. A ella no le hizo ninguna gracia; se giró con el rostro encendido y les clavó la mirada.

—¡Cállense de una maldita vez! —rugió—. Ahora estoy como aventurera; si alguno me trata como princesa y busca ganarse mi favor, lo mataré.

Anastasia blandió el martillo arriba y abajo con una facilidad que heló a la mayoría de los presentes. De inmediato, la multitud se contuvo; todos se quedaron para observar el combate.

—Lo siento, maestra —dijo Anastasia, volviéndose para mirar al árbitro—. A la señal, por favor.

La maestra sonrió con cierto desdén y miró hacia mí.

—Vaya, los jóvenes están muy enérgicos hoy… —murmuró—. Pero siento que hay un rival a otro nivel.

El árbitro alzó la voz con autoridad:

—¡Escuchen! Esto es un duelo de práctica: queda prohibido asesinar por accidente o por decisión. Si considero que uno ya no puede continuar, terminaré el encuentro. Moderación, por favor: el campo está reforzado con magia, pero tampoco resistirá una pelea sin control.

Tomó aire y, con gesto solemne, comenzó la cuenta:

—El combate empieza en… 3… 2… 1—

La recepcionista cortó el viento con el canto de su mano: el duelo había comenzado.

Punto de vista de Anastasia

Apenas el árbitro terminó la cuenta, sentí un viento que me rozó: mi maestra se apoyó en él para impulsarse y vino hacia mí con una estocada rápida de lanza.

Había visto ese movimiento mil veces en los entrenamientos; antes me derrotaba al primer turno. Hoy ya no era la niña que retrocedía sin pelear —al menos eso quería creer.

Bloqueé la punta de la lanza con el martillo. El choque de metal contra metal lanzó chispas. Mi postura me dio ventaja; empujé y la hice retroceder. La encontré sonriendo, apenas sostenida sobre un pie, la lanza apuntando al suelo.

No le di tiempo. Golpeé la tierra con el martillo: mi magia de tierra brotó en una ola con púas que ella cortó a la mitad con su la lanza, imbuida en magia de viento.

—¿Qué pasa? Apenas estamos empezando —provocó, con la mano derecha abierta—. Muéstrale a esta anciana el poder de la nueva era. ¿Es eso todo lo que la futura reina puede ofrecer?

Reconocí la táctica: quería desequilibrarme. No caería en su trampa. volví a golpear la tierra, esta vez con un toque más sutil: formé una resortera en el suelo que me lanzó hacia ella.

—¡No me subestimes, maestra! —rugí, cargando el martillo con ambas manos.

Ella lo esquivó con fluidez, aprovechando mi impulso para devolverme un golpe ascendente con el asta de la lanza. Bloqueé con el martillo, pero el impacto me hizo rodar hacia atrás.

—Admito que en fuerza bruta me superas —dijo, acercándose despacio mientras me recomponía—. Pero sigues cargando un peso que no te deja avanzar. ¿Cuándo lo vas a soltar?

Bajé la mirada. Tenía razón; la frase me dolió, pero no iba a quedarme en silencio. El martillo se transformó en esfera, más pequeña; lo lancé hacia ella para ganar espacio.

No pudo repelarlo por la cercanía y lo sostuvo con esfuerzo: las chispas saltaron al contacto. Cuando me levante estire mi mano recuperar la esfera para volver a formar martillo.

—Bien —murmuro—. Si quieres pelear, haremos esto correctamente.

Su cuerpo se cubrió de un aura verde esmeralda y tenue; su expresión cambió, lo entendí: iba en serio. Respondí envolviendo mi cuerpo en un aura dorada cobriza. Vi su sonrisa amplia, esos ojos cerrados que siempre conseguían leerme como un libro; me irritaba esa calma, esa certeza suya de conocerme.

Me lancé contra ella sin dudar, el martillo por encima de la cabeza en un golpe descendente que ella volvió a evadir. Pero esta vez no bastaría solo con eso. El impacto de mi arma en el suelo se impregnaría de magia de tierra que arrastró el suelo, al girar mi cadera transformé el ataque en una diagonal ascendente. que arrastraba la tierra formando picos por detrás de mi martillo.

El golpe final levantó una nube de polvo que envolvió el campo. Para mí no fue un problema podía sentir el eco de cada movimiento pero era demasiado rápido, mi desesperación me hizo agitar el martillo para ver si le pegaba de alguna manera.

Y solo me detuve cuando sentí el frío filo de su lanza sobre mi cuello, ahi comprendí que había perdido.

El viento barrió la arena, despejando la visión del público.

Y todos pudieron ver mi derrota.

—Has crecido bien, Anastasia —dijo ella con voz firme, sin rastro de burla—. Eres más fuerte que cualquier hombre o mujer aquí, y sin duda mereces ese rango S.

Pero esa armadura que llevas encima… —bajó lentamente la lanza— …es un peso que no te deja avanzar.

—¡La batalla ha terminado! ¡La ganadora: la Maestra del Gremio! —gritó la recepcionista.

El público estalló en vítores. Mi maestra fue rodeada por aventureros y aprendices que la felicitaban. Todos hablaban de la intensidad del combate mientras se dispersaban por las gradas.

Yo me quedé ahí, inmóvil, la mirada clavada en el suelo. Sentía el calor del atardecer sobre mi rostro y el peso invisible del fracaso sobre mis hombros.

—¿Por qué? —murmuré apenas, la voz quebrada—. Si me he vuelto tan fuerte… ¿por qué no puedo seguirle el ritmo? ¿Por qué no puedo vencerla?

—Anastasia… —la voz de Evangelina sonó suave, preocupada—. ¿Estás bien?

Su tono sincero, su mirada llena de compasión… solo encendieron más mi enojo.

—Basta. Estoy cansada. Solo quiero… tomarme un tiempo, ¿sí? —respondí sin mirarla.

Me alejé. El sol descendía, tiñendo el campo de tonos dorados mientras mi armadura se deshacía, regresando a su forma original: una esfera en mis manos.

Fue entonces cuando las lágrimas comenzaron a caer.

Con cada paso que daba, una huella mi impotencia y pesadez que me quemaban la mejilla quedaba grabada en la tierra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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