Una Estrella Moribunda - Capítulo 29
- Inicio
- Todas las novelas
- Una Estrella Moribunda
- Capítulo 29 - 29 El punto donde el oro se rompe
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
29: El punto donde el oro se rompe 29: El punto donde el oro se rompe Capítulo 3 “La paladina dorada” Un nuevo día había Comenzando Y nosotros nos habíamos hospedado en una posada cercana al gremio de aventureros, una construcción sencilla, pero cómoda.
Rentamos dos habitaciones: una para nosotros —Calyndra, Evangelina y yo— y otra para Anastasia.
Aún teníamos tiempo antes de partir hacia nuestro destino, así que planeaba aprovechar el día para recorrer la ciudad.
Me interesaba especialmente conocer las herramientas que usaban los artesanos locales para trabajar la madera; quizá pudiera aprender algo nuevo.
—Auren…
—la voz de Calyndra, recién despierta, me llamó mientras yo contemplaba el techo.
Como siempre, estaba recostada a mi lado derecho.
—Buenos días, Auren…
buenos días, Calyndra —murmuró Evangelina desde el otro lado.
Se incorporó lentamente, separando su cabeza de mi pecho y quedando sentada en la cama.
Bostezó con suavidad, cubriéndose la boca con una mano.
—Buenos días, Calyndra…
Evangelina —respondí, medio sonriendo.
Como era costumbre, ambas se inclinaron hacia mí y me besaron.
Primero Calyndra, luego Evangelina.
—Hoy tenemos un día libre.
¿Qué les parece si aprovechamos para tener una pequeña cita antes de salir de la ciudad?
—propuse.
—Pero…
no creo que podamos tener una cita como tal por Anastasia —dijo Evangelina, con un tono algo resignado.
—Tienes razón —asintió Calyndra—.
En ese caso, ¿por qué no vas tú con ella?
Podrían pasar un poco de tiempo juntas.
Evangelina infló las mejillas, indecisa.
—Hmm…
no quiero quedarme fuera, pero quizá sea lo mejor —murmuró, mirando hacia la puerta.
Pasaron apenas unos segundos antes de que la puerta se abriera de golpe.
Anastasia entró sin permiso con una sonrisa radiante y los ojos cerrados.
—¡Buenos días!
¿Qué les parece si vamos al centro de la ciudad para—?
Se detuvo al abrir los ojos.
En ese instante notó la escena: Calyndra sin ropa, Evangelina con apenas su ropa interior, y yo entre ambas.
El color subió de inmediato en su rostro hasta que quedó tan roja como un tomate.
—¡Malditos desvergonzados!
¡Es muy temprano para sus cochinadas!
—gritó, con tal fuerza que juraría que toda la posada la escuchó.
Punto de Vista de Evangelina Nuestro grupo se había separado en dos.
Calyndra iría con Auren al gremio de aventureros, y yo acompañaría a Anastasia por la ciudad en una pequeña salida.
Al principio me sentí un poco mal, como si me apartaran de ellos…
pero también era una buena oportunidad para pasar tiempo con Anastasia, como en los viejos días, cuando éramos estudiantes en la academia antes de convertirnos en aventureras.
—Oye…
La voz de Anastasia me sacó de mis pensamientos.
Había estado intentando llamarme desde hacía rato, y al no obtener respuesta, su tono comenzó a sonar molesto.
—Lo siento, lo siento, solo estaba distraída —dije, algo avergonzada, tratando de calmarla.
—No me gusta que duermas con ese idiota —murmuró, inflando las mejillas.
Ahí estaba otra vez ese tono infantil y posesivo tan suyo, acompañado de su clásico puchero y los brazos cruzados.
—Prin…
—tosí un poco— Anastasia, no puedo hacer lo que te guste o no.
Aunque no sea de tu agrado, Auren será mi futuro esposo y por eso…
Antes de que terminara, Anastasia empezó a hacer un pequeño berrinche, moviendo las manos y pisando el suelo con frustración.
—¡No quiero, no quiero, no quiero!
—repetía, como una niña contrariada.
Suspiré y cerré los ojos, recordando cómo solía comportarse de la misma forma años atrás.
Aquella nostalgia me hizo reír, y ella terminó riendo conmigo.
—Entonces, ¿lo vas a dejar?
—preguntó con falsa esperanza.
—Ya te dije que no.
—¡Mou!
—bufó, dándose por vencida por un instante.
Decidimos ir a desayunar, ya que no habíamos podido hacerlo por su interrupción matutina.
Caminamos hasta una zona concurrida de la ciudad y elegimos un pequeño restaurante.
—¡Bienvenidas!
—nos saludó un camarero sonriente al entrar.
Nos condujo hasta una mesa para dos y tomó nuestro pedido.
El ambiente era tranquilo, el aroma a pan recién hecho y café llenaba el lugar.
Anastasia esperó hasta que el camarero se alejó antes de volver al ataque.
—Oye, Evangelina…
—dijo con voz más suave esta vez—.
¿No hay ninguna posibilidad de que dejes a Auren?
Digo, serías la segunda esposa…
ni siquiera la primera.
Tal vez no te dé el tiempo o la atención que mereces.
—No me importa —respondí sin dudar.
—¿Eh?
¿Cómo puedes decir eso?
Para empezar, no sé qué le ves de especial —frunció el ceño, visiblemente irritada.
—Mi decisión fue seguir a Auren, incluso si soy su segunda esposa.
Es mi elección.
Además, Auren nunca me ha obligado a nada; soy libre de irme cuando quiera.
—Entonces ahí está, dile que ya no quieres— —Es precisamente por eso que no voy a cambiar mi decisión —la interrumpí con calma.
Vi cómo su expresión se desmoronaba poco a poco, como si mis palabras la hubieran herido más de lo que esperaba.
Bajó la mirada, sin responder.
—Anastasia…
o princesa —dije con una leve sonrisa—, quizá no lo entiendas, pero me siento segura con Auren.
No solo es que me proteja…
es algo más profundo, algo que cuesta poner en palabras.
Ella frunció los labios, aún sin comprender.
—No te entiendo nada…
No expliqué nada más en ese momento.
Solo quería disfrutar un rato con mi amiga de la infancia, sin hablar de temas complicados.
El mesero regresó con nuestra comida: dos platos de una sopa de corteza.
—Uhm…
así que aquí comen la corteza de los árboles…
bueno, ¿quién soy yo para juzgar?
—dije sonriendo—.
Buen provecho.
Me adelanté a Anastasia, que seguía observando su plato con cierta desconfianza, revolviendo la sopa con la cuchara mientras veía los trozos de madera blanda flotar.
—Uhmm…
está delicioso —comenté después del primer bocado, sorprendida—.
No puedo creer que esto sepa así.
Mis palabras parecieron darle valor.
Anastasia tomó su cuchara con cautela y probó un poco; enseguida su expresión cambió.
—Está…
¿delicioso?
—murmuró, asombrada.
El pequeño ruido que hizo al saborear la sopa me hizo sonreír.
—Vamos…
di “ah” —le dije en tono juguetón, acercándole una cucharada.
—Yo…
bueno…
yo…
—balbuceó, buscando una excusa para negarse.
Pero antes de poder hacerlo, terminó aceptando la cuchara y llevándose el bocado a la boca.
Sus mejillas se tiñeron levemente de rojo mientras disfrutaba el sabor.
—Está delicioso…
—dijo al fin, y luego tomó su cuchara con una sonrisa—.
Toma, ahora me toca a mí.
Ese momento entre las dos me resultó cálido, familiar.
Compartir la comida de esa manera me hizo recordar los viejos tiempos, cuando éramos niñas y todo era más simple.
Aunque ahora seamos adultas, y las circunstancias sean diferentes…
siento que, al menos por un instante, sigue siendo la misma Anastasia que conocí.
Y eso…
me preocupa.
Fin del Punto de Vista de Evangelina —Auren —habló Calyndra en ese momento, después de separarnos de Evangelina y Anastasia.
—¿Qué sucede?
—le respondí, mientras sentía cómo se aferraba a mi brazo con suavidad.
—Hace mucho que no estamos solos tú y yo —dijo con un tono sereno, casi susurrando.
—Bueno, de vez en cuando puede estar bien —respondí—, pero tienes que entender que ahora ya no somos solo dos.
—Eso está bien…
—dijo con una sonrisa leve—.
A veces solo quiero ser egoísta contigo.
No le respondí.
No era necesario.
Ella lo entendió, porque simplemente se aferró con más fuerza, como si temiera que soltarme fuera a romper algo.
Pasó un rato antes de que llegáramos al gremio de aventureros.
Al entrar, noté cómo varias miradas se dirigían hacia nosotros, igual que la vez anterior.
Por supuesto, las ignoramos…
salvo una.
—Señor Auren, señorita Calyndra —nos llamó la recepcionista, la misma que había actuado como árbitro en el combate de ayer—.
La maestra del gremio los está esperando.
Por favor, pasen al segundo piso.
Asentimos y seguimos sus indicaciones.
Apenas levanté la mano para tocar la puerta de su oficina, una voz firme sonó desde adentro.
—Pasen.
Entramos.
—Bienvenidos —nos recibió la maestra del gremio desde su escritorio, rodeada de pergaminos enrollados.
Nos indicó las sillas frente a ella, y tomamos asiento.
—Bien, primero hablemos sobre el encargo que llevan —dijo mientras buscaba entre los documentos hasta tomar uno con un lazo rojo—.
Hemos recibido noticias sobre otras razas que habitaban cerca de esas montañas.
—¿A qué se refiere?
—pregunté, sin ocultar mi duda.
—El reino podría no ser el único amenazado —respondió tras una breve pausa—.
Aún no podemos confirmarlo, pero varios aventureros aseguran haber visto grupos de semi-humanos moviéndose por la zona.
Permanecí en silencio unos segundos, pensando.
Si eso era cierto, ¿no debería ser más fácil enfrentar al dragón mayor con su ayuda?
Aunque, claro, también podría complicarlo todo…
—Por ahora no hay ninguna orden de cancelar la misión —continuó ella.
Miré a Calyndra.
Ella solo me sonrió, apretando mi mano en silencio.
Esa sonrisa…
era su manera de decir “seguimos juntos, pase lo que pase”.
—Bien, comprendo —respondí—.
Continuaremos entonces.
La maestra del gremio suspiró, como si se quitara un peso de encima.
—Por cierto, chico…
¿qué opinas de Anastasia, después de verla luchar?
—Uhmm…
—pensé un momento—.
Ella pelea como si su armadura fuera más un peso que una protección.
—Así que tú también lo notaste —dijo la maestra, asintiendo.
—Sí, algo así.
Tiene técnica y fuerza, pero su mente parece estar peleando en otro lugar.
La maestra me observó en silencio antes de hablar.
—¿Puedo pedirte algo como su maestra?
—¿Qué exactamente?
—Entrénala un poco.
Solo lo suficiente para ayudarla a reencontrarse con su fuerza.
—Podría intentarlo —respondí, cruzándome de brazos—, pero no estamos cerca de las cascadas donde solía entrenarme mi maestra.
—¿Cascadas?
—preguntó, intrigada.
—Sí.
Dentro del Bosque Oscuro, en el cuarto nivel, hay unas cascadas que…
bueno, son especiales.
Cosas de entrenamiento.
Calyndra frunció el ceño, curiosa, pero la maestra del gremio pareció recordar algo al oírlo.
—En fin —continué—, haré lo que pueda.
Tal vez logre ayudarla un poco.
La maestra del gremio sonrió en ese momento feliz por mi repuesta, y con ello finalmente cerramos nuestra conversación sin embargo antes de irme ella me hizo una pregunta.
—Oye Auren…
¿Cuál es tu atributo mágico?.— —Luz.— Se quedo sorprendida ante mi repuesta, no dijo nada mas en ese momento así que solo nos despedimos, como ya había llegado el medio día lo mejor seria ir a donde seria nuestro punto de reunión, por supuesto Calyndra se apego mucho a mi durante todo el transcurso.
Punto de vista de la Maestra del gremio.
El atributo de Luz…
hacía mucho que no escuchaba a alguien decirlo con tanta naturalidad.
En toda mi vida, sólo conocí a tres personas capaces de dominarlo, y eso contando a ese chico.
Es un atributo bastante único.
Me puse de pie y caminé hacia el estante que guardaba parte de mi colección de libros antiguos, reliquias obtenidas a costa de años de viajes, monedas y favores.
Entre ellos, encontré el que buscaba: Ecología del Bosque Oscuro.
El lomo estaba desgastado, pero aún conservaba la marca de la tinta de aquel escritor.
—Aquí estás…
—murmuré mientras hojeaba con cuidado las páginas amarillentas, hasta que una ilustración me detuvo: un dibujo de una cascada envuelta en neblina azulada.
—La Cascada del Vacío…
—susurré—.
Así que ese era el lugar donde lo entrenaron.
Aquel sitio no era uno común.
La energía de la cascada interfería con el flujo del mana y del aura, haciéndolos casi imposibles de controlar.
Entrenar allí era someterse al límite mismo de la existencia.
—Vaya…
quienquiera que haya sido su maestra, sin duda lo forjó con disciplina y propósito.
—cerré el libro lentamente, dejando que el polvo danzara en la luz de la tarde.
Miré por la ventana del despacho.
Afuera, aquellos chicos se alejaban por la calle principal.
El brillo del sol caía sobre ellos, y por un momento, sentí que esa luz no provenía del cielo…
sino de él.
—La Cascada del Vacío…
un lugar donde el agua y la energía misma se niegan .
—dije con un tono más bajo, pensativa—.
El mundo…
sigue siendo más grande de lo que imaginaba.
Fin del punto de la maestra del gremio.
—¡Ouh, Auren, Calyndra, por aquí!
—Nuestros ojos se enfocaron en Evangelina, sentada en una banca junto a Anastasia mientras reían.
—Parece que la están pasando bien —comenté al acercarnos.
—Claro —respondió Evangelina sonriendo—.
De hecho, conseguimos información sobre el pueblo y algunas herramientas para trabajar la madera.
Me entregó una bolsa con distintos utensilios.
Aquello me hizo sonreír, y Calyndra los guardó en el almacén dimensional sin decir palabra.
Gracias a ese detalle, el día transcurrió ligero.
Recorrimos la ciudad, visitamos los lugares turísticos y hasta Anastasia pareció disfrutar el momento; o al menos, me toleró un poco mejor.
No terminamos hasta que la noche fresca nos obligó a volver a la posada.
A la mañana siguiente, partimos temprano, aprovechando la primera luz del sol.
—Auren —me llamó Anastasia con un tono seco mientras avanzábamos por el camino.
—¿Sucede algo?
—pregunté, notando su mirada directa.
—¿Qué te dijo la maestra del gremio?
Guardé silencio un instante, recordando la conversación.
—Me pidió que te entrenara.
Por un momento, su rostro se congeló en incredulidad, como si hubiera escuchado una mala broma.
—Sabía que algo así pasaría —dije con calma—.
Por tu cara, presiento que no te gusta la idea.
—¡Obvio que no me gusta!
—exclamó molesta—.
¿Por qué tú, de todas las personas?
—Bueno —intervino Calyndra despreocupada—, no es obligatorio.
Si no quieres que Auren te entrene, puedes quedarte como estás.
—Estoy de acuerdo —añadió Anastasia con frialdad—.
No quiero ser entrenada por él.
—Entonces tengo una idea —dijo Evangelina, intentando calmar la tensión—.
¿Qué tal si tomamos un descanso y ustedes dos combaten un poco?
Quizá, al enfrentarlo, puedas entender algo.
—No le veo el caso —bufó Calyndra—.
Si no quiere, no tiene por qué hacerlo.
Además, ¿para qué perder tiempo con una niña berrinchuda?
Anastasia se giró bruscamente, ofendida.
—¿A quién llamas niña berrinchuda, elfa semiplana?
—replicó, señalándola.
—¿A quién llamas semiplana, mocosa insolente?
¿Quieres morir?
Ambas se empujaron con furia.
Estaban bastante igualadas, aunque a la larga Anastasia podría ganar; Calyndra no era precisamente fuerte físicamente.
Suspire antes de hablar—¡Basta!
—mi voz cortó el aire como un golpe.
Ambas se detuvieron y me miraron.
—Escúchame, Anastasia —continué con voz firme—.
No pienso obligarte, ni tengo interés en hacerlo.
Si no quieres, está bien.
Pero te diré algo: eres débil.
El silencio cayó pesado.
—Eres igual de débil que tu hermano —añadí con frialdad—.
Quizá un poco más fuerte que cuando se convirtió en demonio, pero no mucho.
Vi cómo su mirada vaciló, herida, pero no me detuve.
—Incluso creo que Evangelina, si supera el entrenamiento de Calyndra, será más fuerte que tú.
Y la maestra del gremio piensa lo mismo.
Pasaste el examen de Rango S, sí…
pero dime, ¿eso es todo lo que tienes?
—¿Qué intentas decirme?
—replicó, apretando los puños—.
Sabes que un Rango S es de los más poderosos, ¿tú, un don nadie, te atreves a juzgarme?
—¿Quieres comprobarlo?
—dije, mirándola directamente.
—¿Eh?
—Te pregunté si quieres intentarlo.
¿Quieres luchar contra mí?
—¡Ja!
No me hagas reír.
Puedo derrotarte cuando quiera.
—Evangelina, detén el carruaje —ordené.
Ella me miró nerviosa, al igual que Calyndra.
Nunca me habían visto hablar así.
Pero alguien debía poner límites.
Nos detuvimos en un claro apartado del camino, donde el pasto verde nos servía como alfombra, y los arboles creaban una barrera para la vista de cualquier transeúntes que pasara.
Anastasia bajó conmigo, mientras Evangelina y Calyndra se quedaron observando desde el carruaje.
—Auren…
—susurró Evangelina, inquieta—.
¿Es realmente necesario?
No respondí.
Solo extendí mi mano hacia Calyndra, quien entendió de inmediato.
Me entregó mis guantes de combate sin decir palabra.
Pronto nos separamos del carruaje, donde Calyndra colocó una barrera para proteger tanto el vehículo como al caballo.
—Bien, espero estés lista —dije mientras ajustaba mis guantes con calma.
—Eso mismo digo —respondió Anastasia con una sonrisa altiva—.
No quiero verte llorando cuando termine contigo.
Sacó la esfera de su bolsa y esta se iluminó, transformándose una vez más en aquella armadura dorada con reflejos naranjas.
Solo que, a diferencia de la primera vez, ahora se veía más robusta, más densa, incluso su martillo había cambiado, más grande, más pesado, más tosco.
—Cuando quieras —hablé, sin emoción alguna.
Anastasia no dudó.
Se lanzó contra mí con un grito decidido, el martillo descendiendo desde arriba como si quisiera partirme en dos.
Pude ver el trayecto del golpe con claridad.
Moví el cuerpo apenas un paso al costado; el impacto cayó sobre el suelo, levantando una nube de polvo y astillas.
No se detuvo.
Giró sobre sí misma, impulsando el martillo en un golpe diagonal directo a mi rostro.
—Lento.
Bloqueé el ataque con el puño izquierdo apenas cubierto por Aura y con ello la fuerza del impacto hizo vibrar el aire.
—¿Eso es todo lo que tienes?
—pregunté, con una mirada vacía, sin la menor señal de esfuerzo.
Pude ver cómo la rabia la consumía.
Frunció el ceño, mordió el labio y intento con desesperación y toda su fuerza mover el martillo pero sin éxito alguno.
Entonces cambió de táctica: levantó la pierna para darme una patada al estómago.
Pero ni si quiera pudo.
Su armadura tan robusta impidió aquella movilidad.
—¿Qué pasa?
¿No puedes hacer algo más?
—pregunté mientras caminaba lentamente hacia ella.
Antes de que pudiera responder, lancé un golpe directo a su abdomen.
El impacto resonó en el aire.
La armadura se resquebrajó y se rompió en pedazos, dispersándose como polvo dorado mientras su cuerpo era lanzado hacia atrás.
Cayó al suelo con fuerza, su martillo rodó lejos, y solo quedó ella, respirando con dificultad, mirándome con furia y desesperación.
Intentó llamar su arma, pero esta no respondió.
El martillo que se transformo en esfera permanecía quieta, inerte, sin brillar.
—¿Por qué…?
¿Por qué no regresas?
—murmuró entre dientes, con la voz temblorosa.
Se levantó tambaleante.
Aun así, se lanzó hacia mí con los puños desnudos, golpeándome una y otra vez, una tormenta de frustración y dolor.
Sus golpes me alcanzaban, pero no dolían.
Yo no moví un solo paso.
El tiempo transcurrió y con ello ll sol ya comenzaba a ocultarse cuando finalmente se detuvo.
Su respiración era agitada, su cuerpo temblaba, y sus manos enrojecidas reposaban sobre mi pecho.
Bajó la cabeza, exhausta, mientras el sudor y pasaba por todo su cuerpo.
La esfera, su orgullo, yacía en el suelo, tan silenciosa como ella como si estuviera observando a su compañera ser humillada de esta manera.
El silencioso volvió y los ojos de Calyndra miraban sin pena alguna a Anastasia, pero de Evangelina era todo lo contrario, ella parecía triste por su amiga, como si no pudiera ayudarla.
—Anastasia —dije con voz firme que rompió el silencio.
Levantó la mirada, los ojos húmedos buscando algo en los míos.
—Eres débil.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier golpe.
Punto de vista de Anastasia El enfrentamiento con la maestra del gremio no fue lo que esperaba.
A pesar de todo mi esfuerzo, de todo el entrenamiento y las heridas que cargué para ser más fuerte…
no pude ganarle.
Y eso me carcome por dentro.
Tampoco logré separar a Evangelina de ese chico que ahora la tiene como su “segunda esposa”.
Y para colmo, mi propia maestra le pidió a él que me entrenara.
Como si necesitara que ese idiota me enseñara algo.
No pienso aceptarlo.
Por eso acepté el combate: si le demuestro a Evangelina que soy más fuerte que él, tal vez recapacite y pueda quedarme a su lado…
como antes, como en los viejos tiempos.
Esta vez no repetiría mis errores.
Cuando nos enfrentamos, llamé a Metamorfa.
Sentí su poder fluir por mis venas cuando la fusioné conmigo; su energía formó mi armadura.
Pero…
algo era distinto.
Más densa, más pesada, más protectora.
Tal vez intentaba decirme que me cubriría, que no dejaría que me hirieran otra vez.
Confié en ella.
El combate comenzó.
Me moví con ligereza, a pesar del peso.
Podía sentir la fuerza recorriéndome, el calor del Aura bajo mi piel.
Pero él…
esquivaba todo.
Ni siquiera parecía esforzarse.
Intenté golpearlo con toda mi fuerza.
Solo alzó su mano izquierda y detuvo el martillo como si fuera un juguete.
Puse más presión, quise impulsarme, pero la armadura me lo impedía.
Intenté patearlo…
y mi pie apenas se movió.
No lo entendía.
Metamorfa nunca me fallaba.
¿Por qué ahora?
Antes de poder reaccionar, su puño me alcanzó el estómago.
Un solo golpe.
Sentí el aire escaparse de mis pulmones mientras salía volando; la armadura se fragmentó en mil pedazos.
El suelo me recibió con dureza.
El mundo giraba.
Llamé a Metamorfa, una y otra vez.
La esfera solo brillaba débilmente en el suelo.
No me respondió.
Y entonces lo vi.
Sus ojos…
no tenían odio.
Tampoco compasión.
Solo decepción.
Esa misma mirada que me lanzó mi madre cuando apenas pasé el examen de Rango S.
Todos me felicitaron, pero ella solo me miró así…
como si no hubiera sido suficiente.
“¿Por qué me mira así?
¿Por qué a pesar de todo mi esfuerzo me mira así?” La ira me cegó.
Me levanté y corrí hacia él.
Golpeé su rostro, su pecho, sus hombros.
Una y otra vez.
Nada.
No reaccionaba.
No se movía.
Solo esa mirada vacía, esa maldita mirada que odiaba más que cualquier herida.
El sol empezó a ocultarse.
Mis brazos pesaban, mis puños estaban rojos, temblaban.
El sudor me cubría.
El aliento me ardía en la garganta.
Hasta que, al final, mis manos quedaron apoyadas sobre su pecho, temblando.
Entonces habló.
—Anastasia.
Levanté la mirada.
Su voz fue tranquila, sin rastro de burla.
Y esa palabra…
—Eres débil.
Hizo que todo mi cuerpo temblara y algo dentro de mí se quebró.
Las rodillas me fallaron.
Caí al suelo, llorando sin poder detenerme, golpeando la tierra con las manos, como una niña en un berrinche.
—No soy débil…
—susurré entre sollozos—.
No lo soy…
soy fuerte…
puedo ganar…
no me miren así…
Busqué a Evangelina con la mirada.
Ella dio un paso hacia mí, pero él extendió una mano, impidiéndoselo.
Y ella se detuvo.
En ese instante, algo dentro de mí se rompió por completo.
Ya no quedaba orgullo, ni ira, ni fuerza.
Solo el vacío.
“Finalmente abracé mis piernas mientras lloraba.
Y el mundo, indiferente a mí, siguió avanzando.”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com