Una Estrella Moribunda - Capítulo 30
- Inicio
- Todas las novelas
- Una Estrella Moribunda
- Capítulo 30 - Capítulo 30: Eco de Pasos Perdidos
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 30: Eco de Pasos Perdidos
Capitulo 3 “La paladina dorada”
Punto de vista de Evangelina.
—¿Sucede algo, Evangelina?—
La voz de Calyndra me sacó del trance. Habían pasado varios días desde la pelea entre Auren y Anastasia.
Dentro de poco llegaremos a Quetlar. Probablemente, para cuando caiga la tarde, ya podamos distinguir sus murallas a lo lejos.
Esta noche decidimos acampar un poco alejados del camino principal.
Después de cenar, vi a Auren lavando los platos junto a una bandeja grande de madera llena de agua, algo apartado del resto. Yo me senté junto a Calyndra, quien había moldeado la tierra con su magia para crear una especie de sillón largo frente a la fogata.
El ambiente era húmedo y el aire, algo frío. El viento se colaba entre los árboles del bosque, produciendo un murmullo constante, como si la noche respirara.
La luz de la luna se filtraba entre las hojas, iluminando nuestros rostros con un brillo pálido y tranquilo
El ambiente entre nosotros seguía tenso. Aunque Anastasia continuaba viajando con nosotros, se sentía vacía, como si algo dentro de ella se hubiera quebrado. Auren, en cambio, mantenía su serenidad habitual, como si nada hubiera pasado.
—No… solo que me siento mal por ella, por lo que dijo Auren. He intentado acercarme, pero me responde sin emoción, como si solo lo hiciera por cortesía.
—Ya veo —respondió Calyndra, con esa calma suya—. Pero, Evangelina…
—No quiero ir en contra de Auren, solo… no soporto verla tan triste. Sé que tenía problemas, que cargaba con muchas cosas, pero… Anastasia fue mi primera amiga. ¿No están los amigos para ayudarse?.— Le respondí a Calyndra con un tono algo desesperado.
Calyndra me abrazó entonces, atrayéndome hacia su pecho. Su mano acarició mi cabello con una ternura que me desarmó.
—Entiendo lo que sientes —susurró—. Si pasara lo mismo con Auren, también querría ayudarlo.
—Enton—
—Pero es precisamente por eso —me interrumpió suavemente—. Si la ayudas ahora, sin que ella lo pida, solo la harás más dependiente.
—¿A qué te refieres?
—Anastasia se aferra a ti, Evangelina. Te usa como refugio para no enfrentar lo que siente. No puede seguir escondiéndose detrás de ti.
Tomó aire antes de continuar, sus ojos fijos en el horizonte.
—Auren fue cruel, sí. Pero también dijo la verdad. Ella es débil, y el camino que seguimos no ofrece garantías de vida. Entre todos, es la más propensa a morir.
—Tú, en cambio, has crecido. Te he estado entrenando cada vez que hay oportunidad. Ya manipulas la magia sin conjurar, tu mana fluye con más precisión. Puede que no lo notes, pero ya estás al nivel de aquella maga estúpida que se convirtió en demonio.
—Y no digas que vas a protegerla como Auren te protege a ti —añadió con firmeza—. No es lo mismo. Él te deja volar, te deja caer, pero si el infierno se abre bajo tus pies, no dudará en enfrentarlo.
—Porque él puede hacerlo —murmuré.
—Exacto. Y tú aún no.
Guardé silencio, asimilando sus palabras. No podía negar que me había vuelto más fuerte, pero también sabía que mi fuerza no alcanzaba para salvar a todos.
—Entonces… —pregunté en voz baja—, ¿qué puedo hacer para ayudarla?
—Esperar —dijo Calyndra—. Ella tiene que buscar su propio camino. Puede pedir ayuda, claro… pero dime, ¿la ha pedido? Porque estoy segura de que si se la pide a Auren, él no dudaría en dársela.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire.
Mis ojos se enfocaron en Anastasia que estaba un poco apartado de nosotras sentada sobre el suelo abrazando sus pies con tristeza, me dolía verla así, pero tenia que dejar la crecer.
—Iré a dormir entonces.— Hable con un tono cansado, me levante de aquel sillón donde Calyndra también lo hizo, pronto esa magia perdió fuerza y se deshizo, ella me siguió en ese momento a la carreta.
Nos separamos una de la otra donde dejamos espacio en medio de nosotras, un espacio para Auren.
Fin del Punto de vista de Evangelina.
Pude escuchar a Calyndra y Evangelina hablar a la distancia. A pesar de estar algo lejos, el tono en la voz de Evangelina me hizo sentir un poco mal. Comprendí su dolor, aunque no lo mostrara.
Suspiré.
Ya había terminado de lavar los platos y ahora solo observaba el cielo estrellado, dejando que el tiempo pasara antes de dormir, cuando una voz quebrada me llamó.
—Oye…—
Me giré apenas. Era Anastasia. Su voz temblaba, como si quisiera llorar.
—¿Puedo sentarme contigo?—
No respondí. Solo hice un gesto con la mano, aceptando su petición.
Se sentó a mi lado, en silencio, guardando cierta distancia.
Pasaron algunos segundos antes de que ella hablara de nuevo.
—¿Puedo hacerte una pregunta?—
—¿Qué sucede?—
—¿Quién eres tú?—
—Mi nombre es Auren… y creo que soy humano.—
—¿Crees que eres humano?— repitió.
Por primera vez me miró. Sus ojos, de un tono naranja opaco, parecían casi vacíos.
—Dime, ¿alguna vez tuviste miedo de decepcionar a alguien?—
Me quedé callado por un momento antes de responder.
—Supongo que sí, alguna vez tuve miedo.—
—¿A qué le temías?—
—Hace tiempo, cuando aún no entrenaba, presencié cómo arrebataron la vida de algunas personas. Corrí hacia el Bosque Oscuro… y desde entonces luego de hacerme un poco mas fuerte tuve la oportunidad de conocer a Calyndra—
—Mi mayor miedo en ese entonces es que un dia no pueda defenderla…que alguien me la arrebate, por supuesto eso también incluye a Evangelina.
—Entonces, ¿tu motivación es proteger a Calyndra… y también a Evangelina?—
—No. Fue mi promesa.—
—¿Y eso no es una motivación?—
—No exactamente.—
Guardé silencio unos segundos antes de continuar.
—Esa promesa me ayudó a enfrentar desafíos absurdos. Una vez, mi maestra me encerró con dos súcubos como prueba final de entrenamiento.—
Anastasia me miró confundida, con una mueca casi divertida.
—Fue difícil —dije riendo suavemente—. Casi muero, en realidad. Eso fue antes de conocer a Evangelina.—
—¿Entonces no te rendiste por tu promesa?—
—Sí —asentí—. Tuve que romper toda debilidad que quedara en mí por esa promesa.—
—Entonces… ¿te motiva ser más fuerte para protegerlas?—
—No. Ya no.—
Por primera vez, la miré directo a los ojos.
—Ahora no tengo motivaciones. Hago las cosas simplemente porque quiero.—
—¿A qué te refieres?—
—A que no necesito un motivo para seguir avanzando o volverme más fuerte. Si quiero hacerlo… simplemente lo hago.—
—No lo comprendo.—
—A que tengo la libertad de tomar mis propias decisiones sin depender de si decepciono a alguien o no; de si protejo o dejo ir; de si sigo adelante o me detengo.—
—Y de la misma forma, también doy esa libertad a quienes me rodean. No están obligadas a quedarse conmigo… ni a seguirme.—
Guardé silencio unos segundos, dejando que mis palabras se asentaran antes de continuar.
—No necesito competir con nadie, ni buscar que los demás se sientan orgullosos de mí. Tampoco necesito ser reconocido como un héroe… ni amado por lo que hago.—
Mis ojos se alzaron hacia el cielo.
—Es cierto, movería cielo y mar por las personas que amo. Pero por ese mismo amor, por esa libertad que me dan, también sería capaz de dejarlas ir.—
Tomé un respiro profundo antes de mirarla una última vez.
—Dime, Anastasia… ¿por qué quieres competir con alguien o buscar el reconocimiento de otros, si ni siquiera puedes reconocerte a ti misma?, ¿Si al mirarte en un espejo no ves quién eres, sino a alguien más?—
Vi en su rostro un leve temblor, una mezcla de confusión y dolor.
No dije nada más.
—Piénsalo un momento —añadí con calma—. Me iré a dormir. Aquellas chicas no me van a esperar mucho.—
Me levanté y la dejé sola, aún con la mirada perdida en la oscuridad.
Cuando me acosté entre Calyndra y Evangelina, ambas me abrazaron con fuerza, como si no quisieran soltarme.
Al día siguiente llegamos a la ciudad de Quetlar.
Evangelina nos comentó que era la segunda más importante del reino, solo detrás de la ciudad portuaria que visitamos hace tiempo. La diferencia era evidente, incluso antes de entrar.
La actitud de Anastasia había cambiado un poco. Ahora podía hablar con nosotros, aunque su voz seguía débil. Comprendía que esto debía ser difícil para ella. Me gustaría ayudarla, pero sé que no es el momento adecuado.
Quizás no me lleve bien con Anastasia, pero no quiero desearle el mal.
Solo quiero que crezca, que se levante por sí misma. Sé que puede alcanzarnos… tal vez no sea tan fuerte como Calyndra o yo, pero tiene lo necesario para enfrentarnos sin miedo.
—Auren. —La voz de Evangelina me sacó de mis pensamientos; me di cuenta de que llevaba un buen rato hablando conmigo sin que la escuchara.
—¿Te encuentras bien? Es la primera vez que tengo que llamarte varias veces por tu nombre. —Su tono sonaba realmente preocupado.
—Sí… solo me perdí en mis pensamientos. —respondí.
Mi respuesta pareció tranquilizarla. Nuestro destino principal era el gremio de aventureros, donde debíamos registrarnos al llegar a la ciudad.
A medida que avanzábamos, no pude evitar notar lo distinta que era Quetlar. Mientras que en la ciudad anterior el trabajo giraba en torno a la madera, aquí la vida bullía con una energía diferente.
Las calles estaban llenas de puestos y talleres: herreros, sopladores de vidrio, cocineros, artesanos. El aire olía a hierro caliente y especias, y los colores se mezclaban entre telas y carteles brillantes. Todo parecía más vivo, más caótico… más real.
Cuando finalmente detuvimos la carreta, quedamos frente al gremio de aventureros. Bajamos todos, excepto Evangelina, que se encargó de estacionarla antes de alcanzarnos.
El edificio era enorme, como siempre. Personas entraban y salían sin descanso; algunos con el ceño fruncido por la derrota, otros sonrientes mientras cargaban sus presas o los materiales que habían recolectado.
Al cruzar las puertas, nadie pareció prestarnos atención. Cada grupo estaba inmerso en sus propias conversaciones, lo cual, en cierto modo, resultó un alivio.
El interior del gremio era ostentoso, con paredes cubiertas de trofeos y lámparas que brillaban con luz mágica. Cuando una recepcionista nos vio, se acercó con una sonrisa profesional.
—Bienvenidos al gremio de aventureros de Quetlar. ¿En qué puedo ayudarlos? —preguntó.
—Venimos a registrarnos. —respondió Evangelina, extendiendo las placas.
Las colocamos sobre la mesa: las de plata brillaron, y la de oro destacó de inmediato.
Evangelina la cubrió con rapidez, intentando evitar miradas curiosas.
La recepcionista, notándolo, asintió en silencio y comenzó el registro, alejándose del mostrador con nuestras placas en la mano.
Por un momento, todo pareció normal… aunque algo en el ambiente me hizo sentir observado.
—¿Usted no es… la señorita Anastasia? —una voz desconocida nos llamó la atención.
Al voltear, un hombre de unos cuarenta años, alto y de porte refinado, nos observaba con una sonrisa controlada. Dos guardias lo escoltaban a ambos lados.
Por un momento, una mala corazonada me recorrió el cuerpo. Mis manos se tensaron, y los guardias lo notaron; el aire entre nosotros se volvió denso.
—Calma —dijo el hombre alzando las manos, con una calma tan estudiada que resultaba provocadora—. No venimos a pelear. Solo buscaba una escolta para mi viaje a Rocks.
—Disculpe, Marqués Cassian Delarion —intervino Evangelina—. Auren, no es buena idea pelear aquí.
Bajé los puños, aunque mis ojos no se apartaron de él.
—Qué curioso —dijo el Marqués, frotándose el mentón mientras miraba a Anastasia—. La princesa del reino y la heredera de la casa Saint-Clair, juntas.
Su voz era suave, pero cada palabra sonaba como un hilo que se enredaba lentamente.
—Señorita Anastasia, si tiene oportunidad… podría visitarme. Me encantaría conversar. Si lo desea, puede traer compañía —añadió, con una sonrisa apenas visible.
—Me niego. No estoy aquí como princesa del reino, sino como aventurera —respondió Anastasia, firme.
El hombre arqueó una ceja, intrigado.
—Entonces, ¿qué le parece si los contrato como escoltas para mi viaje a Rocks?
—Me niego —dije antes de que nadie más hablara. Algo en él no me gustaba.
—¿Y tú eres…? —su mirada se tornó fría—. No recuerdo haberte dado permiso para hablar, plebeyo.
—No necesito su permiso —repliqué sin piedad—. Tampoco deseo dirigirle la palabra. Soy el líder de este grupo, y eso incluye a Anastasia.
—¿Está de acuerdo con eso, señorita Anastasia? —preguntó él, ladeando la cabeza.
Ella vaciló antes de responder.
—Sí, pero soy una invitada. Si necesita algo, puedo escucharlo, aunque no prometo aceptar.
Nuestra mirada se cruzó. No estaba molesto, pero Calyndra, en cambio, casi se desbordó; alzó su mano dispuesta a atacarlo. La detuve justo a tiempo.
—Qué vulgares son los elfos —hablo el Marqués con desprecio, sin apartar su vista de ella—. Sobre todo los que no reconocen a sus superiores.
El ambiente del gremio se tensó. Los murmullos comenzaron, y sus guardias desenvainaron las espadas.
—Suficiente —intervino Anastasia.
—Señores —la recepcionista regresó apresurada—, recuerden que desenvainar armas dentro del gremio está prohibido. Marqués, usted también.
Cassian sonrió sin decir palabra y asintió con un gesto apenas visible. Sus hombres guardaron las armas.
—Será mejor hablar en privado —dijo Anastasia con serenidad—. Entre más rápido terminemos, mejor. ¿Podría prestarnos una sala, por favor?
La recepcionista asintió, y una de sus compañeras condujo a Anastasia y al Marqués a una habitación apartada. Los guardias se apostaron afuera, cerrando la puerta con un golpe seco.
Punto de vista de Anastasia.
—Antes que nada, le agradezco que haya aceptado hablar conmigo —dijo el marqués con voz suave, casi melódica—, a pesar de que su líder pareciera no estar… a su altura.
No respondí. Solo suspiré. Aquel hombre no apartaba los ojos de mí, y su mirada se sentía demasiado fija, demasiado cómoda.
—Ahorremos comentarios, marqués —dije al fin—. No aceptaré su petición. No puedo imponer su deseo a Auren.
—Oh, ya veo… —su sonrisa se inclinó apenas—. La orgullosa princesa cede ante las órdenes de un plebeyo. Curioso.
Dio un paso hacia mí, tan cerca que pude oler un aroma dulce, tenue, algo que puede llamar la atención a cualquiera.
—Dígame, señorita Anastasia… ¿no le ha hecho nada, verdad? —susurró.
Sentí un escalofrío. Mi rostro se encendió, el aire me pesó en el pecho.
—No sea maleducado al insinuar algo así —alcancé a decir, intentando mantener la compostura.
—Disculpe —dijo él con una sonrisa apenas contenida—. Solo me intriga.
Sacó de su pecho un pequeño relicario y lo abrió. No había retrato dentro. Solo un vacío brillante.
—Está vacío, marqués.
—Lo está… por ahora. —Su voz bajó un tono, envolvente—. Aún no encuentro a quién poner dentro.
Algo en el aire cambió. Un calor extraño me recorrió los brazos, como si la sangre corriera más rápido.
—Usted ha vivido siempre bajo la sombra de su madre, ¿no es así? —continuó—. Pero no necesita seguir así. Usted es brillante. Poderosa. La más fuerte de este reino. ¿Nunca se lo han dicho?
—Por supuesto —respondí, con un orgullo que no sabía si era mío o prestado—. Soy la princesa, después de todo.
—Exacto… —se arrodilló frente a mí y tomó mi mano con delicadeza—. Por eso quiero que ocupe este lugar.
—¿Lugar?
—En este relicario, claro. No es una proposición —rió suavemente—, aunque si lo fuera, no sería indigno de usted. Pero no… solo quiero llevar conmigo el reflejo de la verdadera reina.
Su voz se sentía como seda. Cada palabra, una caricia.
—Su madre le teme —susurró—. Le teme porque su luz es más grande que la suya.
—Yo…
—No necesita decir nada. —Su pulgar acarició mi mano—. Usted será la mejor reina de todos los tiempos. Y yo… estaré orgulloso de haberla visto antes que nadie.
Mis labios temblaron. No entendí por qué, pero mis ojos se humedecieron.
Nadie me había dicho eso.
Nadie.
—Princesa Anastasia.— Pude sentir su mano acomodar mi cabello liberando mi rostro de cualquier cabello que tapara mi rostro.— Yo estoy orgulloso de usted, es usted a la reina que quiero seguir.
—Le doy mi lealtad absoluta a la verdadera reina, Anastasia.—
Antes de pensarlo, lo abracé.
No sé cuánto tiempo pasé hablando con el Marqués. Pareció tan breve, tan ligero, que apenas noté el paso del tiempo… hasta que escuché los golpes en la puerta.
—Anastasia —la voz de Auren sonó al otro lado, serena, pero firme—. Voy a pasar.
El Marqués cerró su relicario con calma, y el ambiente cambió. No sabría decir por qué, pero la habitación se sintió más fría, más real.
Cuando Auren entró, su presencia llenó el lugar y el aire se volvió normal. Los guardias del Marqués estaban inmóviles, suspendidos por la magia del viento.
—Anastasia —dijo sin mirarme directamente—. Es hora de irnos. Tenemos que planear los siguientes pasos pa…
—Auren —lo interrumpí—. Quiero aceptar la petición del Marqués. De todas formas vamos rumbo a Rocks.
Me miró sorprendido, casi dolido, y negó con la cabeza sin decir palabra. Sentí un nudo en el pecho; no entendía por qué me afectaba tanto esa mirada.
—Auren, yo soy…
—No se preocupe, princesa. —El Marqués habló con cortesía y una sonrisa tranquila—. No quiero causar molestias. Buscaré otros aventureros y seguiré mi camino.
Tomó mi mano y la besó con respeto antes de inclinarse apenas.
—Si pudiera pedirle que libere a mis hombres, por favor —dijo, volviéndose hacia Auren.
Auren no respondió, pero la presión del aire se disolvió. Los guardias recuperaron el movimiento y se apresuraron a salir junto al Marqués.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, el silencio se volvió espeso. No entendía por qué, pero sentía dentro de mí una mezcla extraña de calma y desasosiego.
Fin del punto de vista de Anastasia.
—¡Auren, por favor, escúchame! —la voz de Anastasia rompió el silencio de la noche, vibrante y cargada de frustración.
Nos encontrábamos en la zona designada para los aventureros, un campo llano dentro de la ciudad, donde las tiendas se alineaban bajo la tenue luz de las hogueras. Aunque habíamos elegido un espacio apartado para descansar sin interrupciones, sus palabras atrajeron algunas miradas curiosas desde la distancia.
—¡Llevar a un noble como él y protegerlo en su viaje puede ser un gran logro para aventureros como nosotros! —insistió ella, intentando que su voz sonara firme.
Ignoré los murmullos a nuestro alrededor y seguí preparando la cena.
—Silencio —dijo Calyndra con un tono frío y cortante—. No nos importa quién sea ese hombre ni cuánto beneficio traiga.
—Pero…
—Anastasia —intervino Evangelina con voz serena, aunque con un dejo de preocupación—, comprende que no nos agrada ese hombre. Hay algo en él que no encaja.
—Calyndra —dije sin apartar la mirada del fuego—, saca la comida, por favor. No tengo ganas de preparar nada elaborado esta noche.
Calyndra abrió su almacén dimensional y sacó trozos de carne, verduras y especias. Aparté la carne a un lado; no tenía apetito. Tomé las verduras, pedí un balde de agua, las lavé y comencé a cortarlas con calma.
Al final preparé una ensalada simple, sin adornos. Repartí los platos y me senté sobre una manta extendida en el suelo. Calyndra y Evangelina se acercaron con cierta preocupación. Anastasia, en cambio, permaneció de pie frente a mí, sin tocar su comida.
Suspiré profundamente antes de hablar.
—Hace poco te hablé sobre la libertad —dije con un tono tranquilo—. Que uno no necesita la aprobación de otros para brillar, ni vivir a la sombra de alguien.
Mis ojos se endurecieron al pronunciar esas palabras. Anastasia retrocedió un paso, tensa.
—¿Y qué importa eso? —respondió con rabia contenida—. No conoces mi vida. Actúas como si lo supieras todo solo porque eres fuerte, pero fuera de eso no eres más que un idiota.
—Exactamente —respondí con serenidad.
—¿Qué…?
—Soy fuerte —continué—. Mucho más fuerte que tú, que tus guardianes, más que cualquiera que hayas visto.
—Solo eres un monstruo —dijo ella con la voz temblorosa—. Alguien sin sentimientos, sin nada que lo haga humano.
Su respiración se aceleró. La rabia, el cansancio y algo más que no podía nombrar se mezclaban en sus ojos.
—¿Sabes qué es lo peor, Auren? —continuó, dando un paso hacia mí—. La verdadera razón por la que estás aquí es porque el reino te teme… teme lo que representas, teme lo que puedes hacer. No porque te valoren. Ni ellos… ni nadie.
Su voz se quebró al final, pero sus ojos no perdieron el fuego.
El silencio que siguió fue tan denso que el crepitar del fuego pareció retumbar más fuerte. Nadie se atrevió a intervenir.
—Yo también quiero que mueras —escupió al final, con un temblor en los labios—. Eres la razón por la que Evangelina se alejó de mí, la causa de todo lo malo que ocurre. Tu mera existencia es un peligro para todos… ¡te odio!.
Evangelina y Calyndra iban a hablar en ese momento pero estire mis brazos en ese momento para evitar que lo hicieran, sabia que este problema era mi y que debo lidiar con esto, pero ver la cara de ambas me dolio en ese momento, sabia que ellas quieren ayudar me y eso aprecio.
Pero esto es algo que debo dejar en claro.
—¿Eso es todo?.— Mis palabras sonaron sin emocion alguna.
—¿Eh?.— Anastasia se quedo confundida pensando en que sus palabras pudieran dañarme.
—Anastasia, cuando era niño estuve apunto de morir varias veces, por hambre, por otros niños, por simplemente estar ahi en un momento mal adecuado.
—Si tu y el reino o quien sea me quiere muerto por que soy considero una amenaza entonces me voy a defender y me convertire en esa amenaza.
Eso la hizo temblar un poco, y yo pare por un momento de hablar solo para suspirar algo decepcionado.
—Auren.— Hablo Evangelina en ese momento algo asustada, yo aprete su mano en ese momento.—
—Escucha, si no quieres estar conmigo lo entiendo, nuestra mision solo fue encargarnos de ese asunto, no puedo ayudar a quien prefiere encerrarse, me encantaria ayudarte y que vieras alrededor eso sin duda.
Me levante ese momento y ella puso sus manos como si quisera defenderse
—Estas ciega por querer ver en los ojos de los demas lo que tu no puedes ver y eso puede condenarte por que no ves el brillo que realmente tienes.
Mis palabras hicieron que Anastasia bajara y comenzara a llorar levemente.
—Esta bien, vamos a hacer lo siguiente, el encargo lo aceptaras tu y nosotros iremos atras, es decir, tu tendrás que librar con todos sus problemas y nosotros solo intervendremos si es necesario solo para ayudarte.
Anastasia se quedo de pie en ese momento, mientras yo avance hacia adelante, Evangelina y Calyndra quisieron seguirme pero yo las detuve.
— Necesito estar solo esta vez, no se preocupen, volveré.
Mis palabras al parecer no les gustaron del todo pero finalmente las aceptaron.
Me aparté en silencio de mis compañeras, buscando un lugar tranquilo donde pasar la noche.
El sonido de la hoguera fue desvaneciéndose poco a poco, y con él, la luz que alcanzaba el borde de mi visión.
Por un momento, caminé sin rumbo, como un espectro moviéndose entre las sombras cercanas a la muralla. Algunos aventureros me observaron con recelo; incluso parecían prepararse para atacarme… hasta que notaron que solo era una persona más.
—¡Hey, muchacho! —me llamó una voz.
Levanté la mirada. Era un aventurero de rostro curtido, que compartía la cena con su grupo. Parecían veteranos, hombres de entre treinta y tantos años, con la mirada cansada pero amable.
—¿Todo bien? ¿Por qué no vienes a comer con nosotros?; Te invitamos —dijo con una sonrisa franca.
Por un instante pensé en rechazarlo. Pero antes de que pudiera responder, el hombre se levantó, se acercó y me pasó un brazo por encima del hombro.
Pude haberme negado… pero algo en mí me pidió quedarme.
Me senté en un tronco frente a la hoguera, rodeado por aquellos hombres. El fuego crepitaba suavemente, lanzando chispas al aire que se perdían en la oscuridad.
—¿Por qué tan solo, chico? —preguntó uno de ellos con voz ronca—. ¿Te peleaste con tus compañeros?
Aparté la mirada. Al parecer, habían dado en el clavo. No sabía si podía llamarlo una pelea; más bien había sido un desahogo emocional de Anastasia hacia mí.
—Es normal, muchacho —dijo otro hombre, mientras removía la carne sobre el fuego—. Nosotros incluso hemos llegado a golpearnos tan fuerte que casi nos matamos… pero míranos, aquí seguimos.
Los demás asintieron, riendo entre sí. Había en ellos una calidez sencilla, la de quienes han aprendido a sobrevivir juntos.
—Oh, claro —añadió el primero—. Déjame presentarte: yo soy Josué. Él es Joshua, aquel de allá es Jazbel, y el grandote que no deja de comer se llama Josmer. Somos el grupo de las cuatro J. Bueno, porque todos nuestros nombres empiezan con “J”.
Estallaron en risas, y para mi sorpresa, yo también sonreí. Sonaba absurdo… pero agradable.
—¿Y tú cómo te llamas, chico? —preguntó Joshua mientras me pasaba un cuenco de comida.
Por un momento dudé. Hacía tanto que nadie me llamaba “chico”.
—Mi nombre es Auren —respondí al fin.
—¿Auren…? —repitió Josué, rascándose la barbilla—. Ese nombre me suena…
Uno de ellos chasqueó los dedos, recordando de golpe.
—¡Espera! ¿No es el del rumor? Ese que dicen que luchó contra aventureros de rango S y hasta contra la maestra del gremio en la capital.
Las miradas se centraron en mí.
—¿Eh? Pero eso eran solo cuentos de taberna, ¿no? —dijo otro, riendo incrédulo—. No te ofendas, chico, pero pareces demasiado joven para ser ese aventurero y suena tan irreal que mucha gente no se lo cree.
—No, no… —me apresuré a responder—. He tenido ese problema varias veces. No soy él y para ser sincero tampoco considero que sea real.
El grupo soltó una carcajada general, y el ambiente se volvió más ligero. Sin embargo, yo solo observé el fuego, dejando que su calor me envolviera.
—Entonces, chico —habló Josué, inclinándose un poco hacia mí—, ¿por qué te peleaste con tus compañeros?
Dudé por un momento, pero el ambiente relajado me hizo bajar la guardia.
—Sí… aunque no es mi compañera como tal. Tenemos una misión compartida, y hemos estado juntos desde hace un tiempo, pero…
—Aaaaah —interrumpió Josmer con una sonrisa pícara— o sea que te gusta.
Sus palabras provocaron una carcajada general. Algunos me dieron palmadas en la espalda mientras reían.
—No, no es eso —intenté explicar, bajando un poco el ánimo del grupo—. Ella quiere aceptar una petición aparte de la misión, pero no me gusta quién la está solicitando. Siento… que algo me grita que puede ser peligroso, aunque ella no lo vea.
—Oye, chico —preguntó Joshua con curiosidad—, si no es mucha indiscreción, ¿puedes decirnos quién es el que le hizo la petición?
—Creo que su nombre es Cassian Delarion —respondí, tras pensarlo un segundo—. Es un marqués de este reino.
El ambiente cambió de inmediato. Las risas se apagaron, y las miradas de los cuatro se cruzaron con una mezcla de sorpresa y cautela.
—Cassian Delarion… —repitió Josué, frunciendo el ceño—. Es cierto que ese noble tiene fama de ser generoso con los aventureros que completan sus encargos. Muchos estarían encantados de recibir su apoyo… pero—
Rascó su barba lentamente, pensativo.
—…también hay algo extraño en él. La primera vez que lo vi, tuve la sensación de que todo lo que hacía, incluso sus errores, eran calculados. Es de esos hombres que saben cómo parecer normales… solo para que nadie vea lo que realmente traman.
El fuego crepitó entre nosotros, llenando el silencio con su chisporroteo. Por un instante, todos parecían pensar lo mismo: algo en ese nombre no estaba bien.
Me senté en un tronco frente a la hoguera, rodeado por aquellos hombres que parecían sacados de historias viejas.
Jazbel me observó con atención.
—Suspiraste… chico, ¿seguro que eso es todo? —preguntó—. Siento que hay algo más que te tiene así.
Guardamos silencio unos segundos. Él volvió a hablar.
—Si es algo muy personal, no pasa nada. No tienes que contarlo si no quieres…
—Sí —lo interrumpí, bajando la mirada—. Al principio pensé que no debía tomarle importancia. Siempre he creído que uno vive con la libertad de decidir qué le afecta y qué no, pero…
Apreté un poco los puños.
—No sé por qué me dolieron sus palabras. Sigo diciendo que no me importa ser odiado o ser considerado enemigo público; vivo por mí y para mí, pero…
—Oye, chico —me cortó Jazbel—. ¿Qué edad tienes?
—Dieciocho. O diecinueve… si no recuerdo mal.
—Ahí lo tienes. —Jazbel sonrió de lado—. Probablemente tengas entrenamiento, experiencia y toda esa fortaleza que cargas encima, pero al final sigues siendo un niño. No me lo tomes a mal. Es natural que algo te moleste, o te entristezca.
—Pero…
—Incluso si te haces el fuerte —añadió otro de ellos—, incluso si esa chica no te importa como dices, incluso con toda tu filosofía… no quita que las palabras puedan herir.
Bajé la mirada. En ese instante, sentí varias manos posarse en mis hombros y mi espalda. No con lástima, sino con un apoyo firme, cálido.
—No te preocupes, niño —dijo Josué—. Incluso si algo de eso resultara ser verdad, no tienes por qué reprimirte. Tu filosofía está bien, pero no olvides que aún estás creciendo. No te vuelvas alguien frío… deja que las cosas se sientan.
Los demás asintieron en silencio.
—Bueno —intervino Joshua con una sonrisa—, ya eres alguien que puede beber cerveza con nosotros por lo que, ¿Qué tal si nos acompañas con una cerveza?
Vi cómo sacaban de su tienda varios barriles enormes.
—Vamos a celebrar que hoy ya pasó —gritó Josmer—. ¡Y que mañana será un nuevo día! ¡Voy a traer a los demás aventureros! ¡Que traigan cerveza y lo que quieran!
—Yo tal vez debería…
—Ah, no, no —me interrumpió Josué, abrazándome con fuerza—. Hoy te quedas. Hoy vas a ser el alma de la fiesta.
Me rodearon con los brazos, sin darme oportunidad de escaparme.
Y aunque lo intenté… no pude. Algo en mi interior se aflojó.
Esa noche hubo risas, gritos, historias viejas y cerveza de sobra.
Acabé empapado en alcohol.
No regresé con las demás.
mi corazón se sintió un poco más ligero.
Punto de vista de Calyndra
Cuando Auren se alejó para buscar un momento de soledad, pude entenderlo. A pesar de toda su fortaleza y disciplina, sigue sintiendo. Sigue siendo un humano joven cargando más peso del que cualquiera debería soportar, en parte es por mi culpa por comentarle eso por eso me siento todavía mas triste, suspire por un momento. Cuando mis ojos dejaron de verlo, giré para encarar a Anastasia, que seguía paralizada por sus propias palabras.
—¿¡Pero qué demonios te pasa, Anastasia!? —me acerqué sin dudar y la abofeteé, rompiendo su estupidez momentánea.
Ella llevó una mano a su mejilla, sorprendida y temblorosa.
—Auren está intentando hacer lo mejor por tu país, a pesar que hay intensiones también algo diferentes, ¿Quién mas pudo haber aceptado la misión?, en una misión donde hay muchísima mas probabilidad de no regresar con vida. Él no tenía por qué ayudarte… ni por qué aceptar estar que estuvieras con nosotros.
—Calyndra… —murmuró Evangelina, dolida también por lo que Anastasia había dicho—. Por favor, entiendo cómo te sientes, yo también, pero ahora mismo incluso si…
—No, Evangelina —la interrumpí—. No puedes seguir protegiendo siempre a esta niña que no entiende que no todos tenemos que cargar con sus problemas ni con su maldita inseguridad.
—Basta… —habló por fin Anastasia, con la voz rota—. Desde el principio sabía que esta era una estúpida idea. Los odio… a todos ustedes. Ojalá…
Iba a atacarla. Mi magia eléctrica ya formaba un rayo en mi mano cuando Evangelina la congeló de inmediato.
—¿Qué significa esto, Evangelina? —gruñí, conteniendo la furia.
—Corre, Anastasia —dijo ella sin apartar la vista de mí.
La muy idiota salió corriendo de inmediato, con su arma en mano y su aura activa. La perdí de vista cuando saltó los muros.
El hielo comenzó a derretirse mientras yo luchaba por recuperar el control.
—Evangelina… voy a tener que darte una lección por haber hecho eso —advertí.
—Entiendo que estés enojada. Yo también lo estoy —respondió ella, respirando hondo—. Pero matarla no ayudará a nadie. Y Auren tampoco quiere eso.
—¿Tú crees saber cómo se siente Auren? —le dije con un filo de ira.
—Sí —respondió con firmeza—. Porque yo seré su segunda esposa. Así que por favor… cálmate.
Por un momento respiré hondo. Tenía razón. Además, habíamos llamado demasiado la atención. Los aventureros alrededor ya estaban alertas, preparados en caso de que esto se descontrolara.
Me obligué a bajar la magia.
—Está bien, ganaste esta vez. Pero…
Como pequeña venganza, le lancé una descarga eléctrica suave, lo justo para que cayera al suelo retorciéndose unos segundos. Cuando se incorporó, aún temblando, me miró con resignación.
—Tu amiga se fue —dije—. ¿Qué vas a hacer ahora?
—Esperar a mañana… y recuperarme de tu golpe —respondió, adolorida.
Me di la vuelta y levanté una pequeña tienda de campaña hecha de tierra con mi magia. Luego tomé a Evangelina haciendo la levitar en el aire dando le la espalda siempre y la llevé adentro. Puede que esté enojada, pero no la dejaría asi.
Las dos pasamos la noche dentro de la tienda de campaña, mientras Anastasia huía quién sabe hacia dónde… consumida por un miedo.
La mañana llegó más rápido de lo que esperaba. No pude dormir realmente. Pensé que Auren regresaría durante la noche y que, al amanecer, iríamos juntas a buscar a Anastasia… pero ni ella ni él aparecieron.
Cuando me incorporé un poco, Evangelina seguía despierta, con el rostro cansado y el cuerpo todavía adolorido.
—¿No pudiste dormir? —pregunté con la voz áspera.
—No… no pude —respondió con un suspiro.
—Vamos a buscar a Auren.
Ella asintió con un quejido leve y, como pudo, se levantó. Chasqueé los dedos y la carpa se deshizo en un instante. Empezamos a preguntar por él a varios aventureros, y las respuestas no tardaron en llegar.
—Nosotras preocupándonos por Auren y el idiota tuvo una fiesta y se puso borracho… —murmuré, sin poder evitar reír por lo absurdo del asunto.
—Mira… ahí está —Evangelina señaló débilmente.
Frente a nosotras había un grupo de borrachos tirados por el suelo, roncando en desorden. Y entre ellos, Auren: boca abierta, el cabello hecho un desastre y llorando suavemente mientras dormía.
Ambas soltamos una risa incrédula y nos acercamos con cuidado, esquivando cuerpos tirados como si estuviéramos en un campo de batalla… solo que este olía a cerveza barata.
Nos pusimos de cuclillas frente a él, observándolo dormir de forma tan descuidada que hasta daba ternura.
—¿Hola…? —murmuré, aunque sabía que no iba a despertarse.
Mientras lo contemplábamos, una voz detrás de nosotras llamó la atención.
—Parece que son las compañeras de este chico… aunque no pensé que tuviera dos. O… tampoco lo miran como simples compañeras. ¿Quiénes son ustedes?
Me incorporé un poco y respondí sin rodeos:
—Somos sus futuras esposas. Venimos por él porque no llegó a dormir.
El aventurero parpadeó, sorprendido y divertido al mismo tiempo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com