Una Estrella Moribunda - Capítulo 31
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31: Una llama viviente 31: Una llama viviente Capitulo 3 “La paladina dorada” Punto de vista de Anastasia Por primera vez en mi vida estaba huyendo…
pero no de un monstruo ni de un enemigo, sino de ella.
Evangelina, quien me dio la oportunidad de escapar, A un que no quería hacerlo y por eso estuve a punto de regresar para sacarla de ahí, para ayudarla a detener a Calyndra.
Pero tenía demasiado miedo.
Miedo de sus ojos.
De su expresión.
De lo que sentí en mi alma cuando ella habló.
¿Cómo llegamos a esto?
¿Cómo una simple discusión terminó así?
Todo por ese idiota…
ese idiota cualquiera que se cree importante solo por tener suerte…
Me detuve en seco cuando llegué al centro de la ciudad.
Frente a una tienda de espejos.
Mi reflejo me golpeó con más fuerza que cualquier ataque mágico.
Mis ojos estaban demasiado abiertos.
Hiperventilaba sin darme cuenta.
Mi cabello estaba desordenado.
Parecía una indigente…
si no fuera por la armadura.
Traté de controlar mi respiración.
Extendí mi mano y devolví a Metaforma a su forma original antes de guardarlo.
Mi ropa estaba húmeda por el sudor.
Cuando el temblor de mis manos cedió un poco, me cayó encima la realidad de mi situación.
Probablemente ya estaba expulsada de ese estúpido equipo.
Después de cómo terminaron las cosas, ¿cómo podrían aceptarme de vuelta?
Y aun así…
aun así tenía que completar mi misión.
Una misión que no pedí.
Una misión que me fue impuesta por mi madre.
—Madre…
¿por qué?
—susurré.
Me dejé caer en los escalones de la tienda de espejos.
Incliné el rostro y lo sostuve entre mis manos, con los codos apoyados en las rodillas.
—Yo…
no debí haber aceptado esta misión…
Sentí el ardor en los ojos.
El temblor en el pecho.
Y estuve a nada…
a nada de romperme y llorar.
—¿Señorita Anastasia…?— Una voz conocida me sacó del trance.
Levanté la vista y la luz de un carruaje detenido frente a mí iluminó la figura del hombre que descendía.
—Marqués Cassian Delarion…
—susurré, apenas audible.
—Así es.
—respondió con una sonrisa suave, cálida, casi alegre de verme.
Algo en esa sonrisa me quebró por completo.
No pude evitarlo…
las lágrimas cayeron solas mientras me levantaba para abrazarlo, aferrándome a él como si fuera lo único estable en ese instante.
—No sé qué haya pasado, señorita Anastasia…
—murmuró— pero no tiene por qué preocuparse.
Ya está a salvo conmigo.
Su brazo me envolvió con total naturalidad, dando suaves palmadas en mi espalda.
Lloré contra su pecho sin poder contenerme.
Era como si mi cuerpo hubiera decidido rendirse.
—¿Qué le parece si sube al carruaje?
No conviene llamar la atención aquí.
— Asentí torpemente.
Él llevó una mano a mi rostro y limpió mis lágrimas con sus dedos.
Ese gesto…
tan delicado, tan considerado…
no tuve fuerzas para resistirme.
Me tomó de la mano y me guió hacia el interior del carruaje.
Subí sin cuestionarlo.
Lo único que quería era dejar de sentirme sola.
La conversación con el Marqués fue más reconfortante de lo que imaginaba.
Sus palabras se colaron en lo más profundo de mi corazón, y por primera vez en toda la noche sentí que alguien me comprendía.
No sé por qué, pero anhelaba seguir escuchándolo.
Cuando llegó la mañana, salí de la ciudad rumbo a Rocks junto a él, sin mirar atrás.
Fin del punto de vista de Anastasia Lentamente abrí los ojos.
Los primeros rayos del sol golpeaban mis párpados…
aunque no recordaba que la tierra fuera tan suave.
—Buenos días, Auren.
La voz suave llegó hasta mis oídos.
Cuando mis ojos terminaron de abrirse, distinguí dos siluetas femeninas que me sonreían.
Se acercaron a mí y ambas me besaron, una después de la otra.
—Calyndra…
Evangelina, buenos días —murmuré mientras me incorporaba con calma hasta quedar sentado.
Miré a mi alrededor; todos con quienes había celebrado seguían dormidos en el suelo…
menos uno.
—Buenos días, chico.
Vaya, despertarte bastante bien.
Bueno, yo no me levantaría tan pronto teniendo semejantes bellezas al lado —bromeó José con su típica voz enérgica, un poco ruidosa pero divertida.
—¿No se quieren quedar a desayunar?
Estos chicos no tardan en levantarse.
Miré a Calyndra y a Evangelina para saber su opinión.
Ellas asintieron, aunque noté algo extraño en ambas.
Hasta que recordé a quién faltaba.
Cuando iba a preguntar, Calyndra me detuvo con una mirada.
Entendí que era algo que debíamos hablar en privado.
—Ya…
está…
el desayuno…
—anunció Joshua mientras los demás comenzaban a levantarse poco a poco.— Hola chico, ¿nos vas a acompañar a desa…
—Es un placer.
Gracias por cuidar de Auren.
Somos sus futuras esposas.
Mi nombre es Calyndra y ella es Evangelina —dijo Calyndra con un tono dulce.
Sus palabras cayeron como un trueno.
Todos se quedaron congelados unos segundos antes de soltar un enorme “¿Ehhhh?”.
—Dios, estos idiotas…
—bufó José, calmando los ánimos.— Ya relájense.
Es obvio que ayer encontramos al chico tan desanimado porque estas bellezas estaban enojadas con él.
Vamos, cálmense.
Intentaron recomponerse.
Lo lograron…
o al menos, lo aparentaron.
—Bien, vamos a preparar el desayuno —anunció José.
—Deja que te ayude —me levanté para acercarme a él.
—Bien, las manos extra siempre son bienvenidas —respondió con alegría.
—Calyndra, ¿puedes sacar algo de carne, por favor?
Y algunas verduras y especias.
Ella levantó el dedo índice, contenta, y abrió su almacén dimensional.
Sacó un gran trozo de carne que ya había preparado, además de las verduras y especias.
—Oye, chico, no tienes por qué…
—Está bien, no te preocupes.
Supongamos que esto es un regalo por la cerveza de ayer.
Así que vamos a cocinar.
José no respondió de inmediato.
Solo asintió, satisfecho, y nos preparamos para el desayuno.
Punto de vista de Calyndra.
Suspiré al ver nuevamente a Auren comportarse como siempre.
Me sentí aliviada al saber que, al menos, no había hecho alguna tontería…
o alguna de esas cosas que solo podrían pasarle a él.
—Hola, señoritas.
La voz de un hombre me sacó de mis pensamientos.
Cuando enfoqué la mirada en quien me llamaba, me encontré con un hombre de aspecto rudo pero sonrisa amable.
—Es un gusto saludarlas.
Ahora entendemos por qué alguien estaría caminando solo a mitad de la noche.
Sus palabras me arrancaron una risa suave, aunque intenté ocultar mi incomodidad.
—Bueno, siéntase cómoda —continuó—.
Nuestro líder, aunque se vea tan feo, es un excelente cocinero.
Pude escuchar como aquel hombre que cocinaba con Auren se quejaba por lo que había dicho pero lo dijo de manera cómica que nos causo risa a todos.
—Gracias por cuidar de Auren —respondí con un tono honesto.
—No te preocupes por eso.
Mejor disfrutemos la comida.
No dijimos nada más: Auren había regresado con nuestros platos.
Esa mañana compartimos el desayuno con un grupo distinto, uno que se sentía sorprendentemente cálido y cómodo.
Aunque…
quizás me excedí con lo que le dije a Anastasia.
Luego de desayunar con aquel grupo, regresamos a nuestro campamento.
Había dejado una barrera para evitar que alguien entrara a robar…
pero Auren la atravesó como si nada.
Cuando la rompió, solo se detuvo un segundo, confundido, como si no entendiera qué acababa de pasar.
—Calyndra.
—¿Sí?
—¿Dónde está Anastasia?
El silencio cayó sobre nosotras por un momento.
Busqué una respuesta, pero fue Evangelina quien habló primero.
—Hubo un conflicto, Auren…
—Recuperación media —murmuró él extendiendo la mano.
Un brillo curativo envolvió a Evangelina, quien respiró con alivio.
—Discutimos un poco y…
ella se fue —continuó Evangelina—.
Lo mejor será buscarla en el Gremio de Aventureros.
Es lo más probable.
Auren dirigió su mirada hacia mí, seria.
—Calyndra…
¿qué le dijiste?
Sentí su incomodidad incluso antes de responder.
Me rasqué la mejilla, desviando la vista.
—Le dije que no puede tratarte así…
y que sus inseguridades no son nuestro problema.
—Hice una pausa larga.— Y traté de mat…
herirla.
Sí.
Herirla.
Auren soltó un suspiro pesado, pero no de enojo…
más bien de preocupación.
—Entiendo que estuvieras molesta —dijo finalmente—.
Yo también estaría molesto.
Pero no podemos hacerle eso a otras personas…
sobre todo lo que pensabas hacer.
—Lo sé —respondí, sintiendo el peso en mi pecho—, pero me molesté tanto…
La mano de Auren se posó en mi hombro.
Mi mirada seguía clavada en el suelo, pero su voz me obligó a levantarla un poco.
—Gracias por ser honesta.
Ahora vamos a buscarla antes de que pase algo malo.
Partimos hacia el gremio de aventureros.
Al entrar por la puerta todo se veía distinto: las recepcionistas iban y venían con prisa, cargando papeles, dando indicaciones, casi sin detenerse.
Nos acercamos al mostrador.
—Disculpen —hablé con un tono suave.
La misma recepcionista que nos atendió ayer levantó la mirada y se acercó.
—¿Sucede algo?
—preguntó.
—Sí, buscamos a nuestra compañera.
¿No la ha visto?
Ella se quedó pensando unos segundos, como intentando hilar recuerdos.
—Sí.
Salió con el Marqués Cassian Delarion desde primera hora de la mañana.
Aceptó acompañarlo como escolta.
El silencio se hizo entre nosotros.
No nos gustaba la idea…
nada.
—Disculpe, ¿por qué está tan movido el gremio?
—preguntó Evangelina, preocupada.
—Detectaron a un Orco Rey.
Estamos generando solicitudes de emergencia para todos los aventureros.
—Un Orco Rey…
—murmuró Evangelina, frunciendo el ceño mientras se frotaba la barbilla—.
Eso es malo.
Siempre tiene muchos súbditos.
Es peligroso dejarlo libre.
—Exacto.
Es de máxima urgencia, así que todos se están preparando para partir.
Incluye a su grupo —añadió la recepcionista.
Nuestra mirada se volcó hacia Auren.
Él apenas parecía escuchar; su atención estaba fija en lo de Anastasia.
—Auren…
—intenté llamarlo.
—Partiremos a buscarla.
Evangelina y yo asentimos de inmediato.
—No, no pueden —intervino la recepcionista rápidamente—.
En este momento deben unirse a la misión.
Si se niegan, pueden ser— Auren levantó la mano.
Su mirada se volvió seria, afilada, casi cortante.
La recepcionista se congeló.
—¿Dónde están los orcos?
—preguntó, y el gremio entero pareció detenerse unos segundos.
—En…
en la carretera hacia Rocks —respondió ella, temblando.
—Partamos.
Sin decir más, seguimos a Auren, estábamos por dejar el gremio, dejando atrás el murmullo inquieto y el caos del lugar.
El aire afuera era más frío de lo que recordaba…
o quizás era la preocupación por Anastasia lo que me helaba el pecho.
Fuimos tras ella.
Punto de vista de Anastasia —¿Sucede algo, princesa Anastasia?
—preguntó el Marqués con voz suave.
Yo seguía mirando por la ventana del carruaje, viendo el paisaje deslizarse como si fuera ajeno a mí.
Sus palabras me sacaron de mis pensamientos y giré apenas el rostro hacia él.
—Lo siento…
no quise interrumpirla —continuó, levantando ligeramente las manos, como si buscara calmarme—.
Sólo la vi tan distante que pensé que algo le preocupaba.
—No, no es nada.
Sólo estaba…
observando el mundo pasar.
Y…
tampoco le agradecí como debería.
De verdad, gracias por recogerme.
Se lo agradezco de corazón —incliné la cabeza en una leve reverencia.
—¡Por favor, no haga eso!
—dijo casi sobresaltado—.
Es natural para un súbdito apoyar a quien podría ser…
nuestra futura gobernante.
—Aun así —tragué saliva— usted me vio en un estado lamentable.
No puedo quedarme sin darle las gracias.
Si hay algo que necesite, no dude en pedir mi ayuda.
El Marqués dejó escapar una breve risa, cálida…
aunque algo en ella me tensó.
—Bueno…
si hubiera algo que deseara, quizá sería simplemente conocernos más.
Usted es una joven muy hermosa, y…
hasta donde sé, no está comprometida.
Además, tampoco soy tan viejo.
Sus palabras me golpearon de una forma que no esperaba.
Algo se agitó en mi pecho, una mezcla de incomodidad, sorpresa y un calor extraño que me hizo sudar las manos.
—Marqués…
¿usted me ve como una mujer?
—pregunté con la voz apenas firme.
—Oh, por supuesto que sí —respondió sin dudar—.
¿Cómo no habría de verlo?
Y además…
una muy hermosa.
Sentí el rostro encenderse.
Aparté la mirada, jugueteando con un mechón de mi cabello para ocultar mi nerviosismo.
—Bueno…
—murmuré— tendré algo de tiempo libre después de esta misión.
Tal vez podríamos…
tener fiestas de té, o…
no sé…
esas cosas.
—Estaría encantado, señorita Anastasia —dijo él, con una sonrisa que no supe cómo interpretar—.
Realmente encantado.
No puedo esperar.
Nos quedamos en silencio mientras avanzábamos por el camino.
El día transcurría con una calma inquietante…
pero algo dentro de mí comenzó a susurrar que no todo estaba bien.
El interior del bosque era antinatural: no se escuchaban animales, ni pájaros, ni el crujir de hojas.
Solo silencio.
—Marqués…
algo no está bien —hablé con un tono levemente preocupado, observando por la ventana, intentando captar cualquier movimiento entre los árboles.
—¿A qué te refieres?
—respondió con un matiz de preocupación al notar mi expresión.
Entonces mis ojos captaron a una pequeña ardilla saliendo del bosque.
Me relajé un poco; quizás solo estaba imaginando cosas.
Suspire aliviada.
—No, solo es un ma— Mis palabras se interrumpieron cuando el carruaje se detuvo de golpe.
Antes de que pudiéramos preguntar qué ocurría, la voz del conductor llegó hasta nosotros desde el frente.
—Mi señor, hay orcos bloqueando el camino.
Nos encargaremos de ellos.
Uno de los guardias se acercó montado a caballo.
Pronto vi al resto de la escolta avanzar a pie, espadas desenvainadas, apuntando al pequeño grupo de orcos que se había formado más adelante.
Intenté salir del carruaje para ayudar…
pero algo me detuvo.
No fue el Marqués, ni la escolta.
Fue algo dentro de mí que simplemente…
se negó.
—Señorita Anastasia, por favor deje que mis hombres se encarguen —dijo el Marqués con un tono sereno y seguro—.
Aunque no lo parezca, son bastante fuertes.
Espere aquí.
Retrocedí un poco, apretando mis manos con nerviosismo.
—Señorita…
Tomó mis manos entre las suyas, rodeándolas con firmeza, como si intentara transmitirme calma a través del calor de su piel.
—Por favor.
Si algo ocurre, lucharé para protegerla.
No tiene por qué sentirse así…
yo la cuidaré.
Bajé la mirada, sintiendo un nudo extraño en el pecho.
Antes de que pudiera responder, levantó suavemente mi barbilla.
Sus ojos parecían brillar.
Por un instante, me sentí a salvo.
Como si nada pudiera alcanzarme.
Una sonrisa escapó de mis labios sin darme cuenta.
—Se va a tener que hacer responsable de tratar a una dama de esa forma —dije con una risa suave, cubriéndome la boca como una damisela siendo cortejada.
El tiempo pasó rápido.
Sin notarlo, me había acercado más de la cuenta al Marqués; casi descansaba sobre su pecho cuando la voz de uno de los escoltas nos interrumpió.
—Mi señor, los orcos han sido subyugados.
Eran cinco, un grupo pequeño.
Tuvimos algunas heridas leves, nada grave.
Podemos continuar.
—Avancemos entonces.
Nuestro objetivo es llegar a la ciudad lo antes posible.
El escolta asintió.
Me aparté de inmediato, acomodándome en mi asiento, lo que provocó una risa discreta entre ambos.
Mi rostro ardía de vergüenza.
Continuamos el viaje sin más incidentes durante algunos días.
Avanzábamos a un ritmo más lento que cuando viajaba con Auren, aunque no me incomodaba…
aun así, algo no terminaba de cuadrar.
Con Auren rara vez nos deteníamos; hacía algo con los caballos que parecía evitar que se agotaran.
En cambio, con los del Marqués parábamos con frecuencia.
Los animales lucían exhaustos.
—Tomaremos un pequeño descanso, señorita Anastasia —me dijo, interrumpiendo mis pensamientos.
Asentí y nos detuvimos a un lado del camino.
Al bajar del carruaje, estiré el cuerpo; me sentía entumecida.
—¿Le gustaría algo de comer?
Tenemos carne seca y algunas provisiones para el camino.
—Claro, estaría encantada.
Muchas gracias.
—Lamento no poder ofrecerle algo mejor —añadió con una ligera expresión de pena—.
En viajes largos necesitamos alimentos que duren, incluso en bolsas dimensionales.
Por un momento quedé pensativa…
hasta que recordé que viajar así era lo habitual.
Todo esto era normal.
Solo que estar con Auren y los demás…
bueno, no hacía falta decir que ellos eran muy anormales.
Mientras comía un poco de carne, pude notar cómo los hombres del Marqués vigilaban los alrededores.
Cada cierto tiempo se movían, intercambiaban miradas, confirmaban que todo estuviera en orden.
Demasiado atentos.
Demasiado cuidadosos.
—¿Sucede algo, señorita Anastasia?
—habló el Marqués, interrumpiendo mi observación.
—No, no es nada —respondí, levantándome tras terminar de comer—.
Solo pensé en cosas sin importancia…
lo normal, después de todo.
—Entonces es momento de seguir.
Nuestros caballos ya han recuperado la energía suficiente —dijo con tranquilidad.
Cuando estábamos a punto de retomar el camino, uno de los guardias gritó: —¡ORCO!
Los hombres del Marqués se pusieron en posición de inmediato.
Un grupo de orcos nos observaba desde adelante.
Pero…
esto no era normal.
Hace algunos días nos habíamos encontrado con otros.
Y ahora esto.
Por un momento sentí que nos estaban siguiendo.
Los orcos son criaturas torpes por naturaleza.
Pero si, por algún motivo, desarrollaban inteligencia…
Mis pensamientos fueron interrumpidos por unos pasos pesados que hicieron temblar el suelo.
Detrás del grupo apareció una figura mucho más grande.
Un orco imponente, rodeado de un aura densa, que al vernos sonrió con evidente deleite.
Y cuando sus ojos se posaron en mí, sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.
No existen orcos femeninos.
Usan a las hembras de otras razas para reproducirse.
Supe de inmediato qué quería.
—¡Es un general orco!
—gritó el capitán de la escolta—.
¡Necesitamos atacar en conjunto!
Los orcos no son buenos peleando en equipo, así que pod— No terminó la frase.
El general lanzó su hacha de guerra.
El capitán apenas logró apartarse por instinto, pero el arma lo alcanzó, haciéndolo caer al suelo gravemente herido.
—Maldita sea…
—gruñó—.
Marqués, esto es peligroso.
Estos orcos son más inteligentes de lo normal.
Tenemos que huir…
o pelear.
Como si entendieran nuestras palabras, los orcos se lanzaron al ataque.
Estábamos en desventaja.
Quise sacar a Metaforma, pero se sentía más pesada de lo usual, como si mi propio cuerpo se negara a responder.
—Señorita Anastasia, debemos escapar —dijo el Marqués—.
Mis hombres nos darán tiempo.
Vámonos.
Sus guardias intentaban contener a los orcos, pero el general se quedó atrás, observándonos.
Observándome.
Chasqué la lengua.
Me estaba subestimando.
El Marqués tomó mi mano y me sacó de ese trance.
Al mirarlo, entendí que tal vez tenía razón.
Pero cuando estábamos a punto de huir, el general orco rió con fuerza, burlón.
La rabia me quemó por dentro.
Corrimos hacia el carruaje, pero los pasos pesados nos siguieron.
De pronto, el cuerpo de uno de los escoltas fue arrojado contra nosotros, impactando violentamente contra los caballos y dejándolos heridos.
Mis ojos se fijaron en él.
Su rostro estaba inmóvil, cubierto de sangre.
Probablemente intentó interponerse.
Probablemente murió por ello.
—Marqués, retroceda —dije con firmeza, aunque el corazón me pesaba—.
Voy a luchar.
Saqué a Metaforma.
A pesar de su peso, la fusioné con mi cuerpo.
La armadura que se formó era frágil, delgada, casi insegura.
Mi martillo se sentía distinto…
pesado, torpe, como si ya no me perteneciera.
Un general orco no debería ser un problema para mí.
Yo había alcanzado el rango S.
—Anastasia…
—habló el Marqués.
No le presté atención.
Me lancé contra el orco.
Su hacha chocó contra mi martillo y entramos en una lucha de fuerza: el filo de su arma contra el peso de la mía.
Estábamos igualados, pero las peleas contra bestias con experiencia nunca son limpias.
El general usó su pierna derecha para patearme.
Por poco lo logra.
Mi instinto gritó que, en mi estado actual, recibir un golpe directo sería catastrófico.
Él lo supo.
Rió.
Me provocó con la mano, llamándome.
Eso me sacó de mis cabales.
Volví a lanzarme contra él, levantando el martillo por encima de mi cabeza para aplastarlo…
y él simplemente se movió a un lado.
En ese instante pudo matarme.
No lo hizo.
Se burla se intensifico cuando se rio con mucha mas fuerza.
Sus ojos brillaban, su sonrisa era amplia, cruel.
En cámara lenta vi su mano acercarse a mí.
Sentí terror.
Sabía que si esa mano me tocaba, mi destino estaría sellado.
Pero mi cuerpo no reaccionaba.
¿Por qué?
¿Por qué no podía moverme?
Cerré los ojos.
Entonces alguien me empujó.
Al abrirlos, vi al Marqués interponerse entre nosotros, espada en mano, desafiando al general orco.
Quise levantarme.
Golpeé mis piernas.
Las maldije.
No respondieron.
Vi al Marqués salir despedido y estrellarse contra el carruaje.
Había sido derrotado.
—Anas…
Anastasia…
—habló, escupiendo sangre—.
Huye…
sálvate…
Intentó levantarse, apoyándose en su espada clavada en el suelo, de rodillas.
El general orco se acercó lentamente.
Me estaba torturando.
—No…
no…
no lo hagas…
por favor…
—mi voz se quebró mientras las lágrimas caían.
El orco sonrió con más malicia.
Detrás de él aparecieron los otros orcos, arrastrando los cuerpos sin vida de los escoltas y arrojándolos al suelo, riendo se.
—Anas…
El general lo levantó por la cabeza.
Iba a cortarle el cuello.
Golpeé mis piernas con desesperación.
Me grité a mí misma que me levantara.
Todo ocurrió en cámara lenta.
El filo del hacha descendiendo— —¡METAMORFA!
—grité.
El mundo respondió.
Mi martillo impactó contra el general orco, lanzándolo lejos del Marqués, y regresó a mi mano.
Esta vez lo controlaba.
Metaforma reaccionaba a mi voluntad.
La armadura se volvió más ligera…
pero sólida.
Poderosa.
Como una muralla.
—Anastasia…
—murmuró el Marqués, sangrando.
—No se preocupe, señor Marqués.
Lancé mi martillo hacia el grupo de orcos.
Cuando impactó frente a ellos, lanzas de tierra emergieron del suelo, atravesando sus cuerpos y matándolos al instante.
Estire mi mano en ese momento y mi arma regreso a mi.
—Yo me encargo.
Mi voz salió firme mientras miraba al frente.
El General Orco no dudó en lanzarse contra mí nuevamente.
Con su hacha en alto, nuestras armas chocaron otra vez…
pero esta vez fue diferente.
Mi fuerza lo superó por completo.
El impacto salió a mi favor.
El hacha salió despedida de su mano, estrellándose contra el suelo y arrasando varios árboles antes de hacerse añicos al golpear la tierra.
Por primera vez lo vi molesto.
Rugió y comenzó a golpearme con sus puños.
Cada impacto era brutal, pero no sentía dolor.
Ni siquiera sentía que pudiera alcanzarme.
Se detuvo cuando su puño volvió a golpear mi rostro.
Estaba exhausto.
—¿Eso es todo?
—pregunté.
Golpeé su brazo con mi martillo.
El impacto destrozó el hueso, doblándolo de forma antinatural.
El orco retrocedió aterrado hasta caer al suelo.
—Dime, sucia bestia…
¿eso es todo?
Me acerqué lentamente.
No hizo nada.
Solo se asustó más…
hasta el punto de orinarse.
Me pareció patético.
Golpeé su rostro con el martillo, desde la quijada hacia arriba, arrancándole la cabeza de un solo impacto.
Así terminó la pelea.
—Mar…
Caí de rodillas.
Mi cuerpo estaba agotado.
Metaforma se deshizo hasta convertirse en una esfera.
Esta fusión había sido distinta…
más profunda…
algo para lo que no estaba preparada.
Había consumido toda mi energía.
—Anastasia…
bien hecho —habló el Marqués con una sonrisa—.
Estoy muy orgulloso de tu fuerza.
Sin duda…
serás una reina formidable.
Con las pocas fuerzas que me quedaban, me arrastré hasta él.
Me apoyé sobre su pecho y rodeé su cuerpo con los brazos.
Saqué dos pociones de recuperación.
Eran de alta calidad, comparables con una plegaria de grado medio.
Se las ofrecí, pero no pudo beber.
Había perdido demasiada sangre.
No podía desperdiciar otra.
Tomé la poción con mi boca, la retuve y luego acerqué mis labios a los suyos.
No me separé hasta que la bebió por completo.
—Señorita Ana…
Lo silencié colocando mi mano sobre sus labios.
—Esta vez…
Él entendió.
La poción comenzó a hacer efecto.
Su respiración se estabilizó, su cuerpo empezó a recuperarse poco a poco.
El momento de paz no duró mucho.
Nuestra pelea, los rugidos del General Orco…
habían llamado la atención de algo más.
Algo mucho peor.
Las pisadas eran distintas.
El suelo temblaba con más violencia que antes.
Los árboles caían como si fueran ramas secas.
Cuando finalmente emergió del bosque, lo vimos con claridad.
Un Rey Orco.
Más grande.
Más fuerte.
Más inteligente.
Y, sobre todo, con un poder que oprimía el aire a su alrededor.
Al ver el cuerpo decapitado de su general, rugió con una furia descomunal.
El grito fue tan potente que tuvimos que cubrirnos los oídos, cerrando los ojos para evitar que nos destrozara los tímpanos.
Cuando el rugido cesó, ya estaba moviéndose.
A diferencia de su general, portaba una enorme cuchilla dentada, cubierta de sangre seca.
La alzó por encima de su cabeza mientras avanzaba hacia nosotros.
Intenté llamar nuevamente a Metaforma.
Solo brilló un instante…
y se apagó.
Esta vez…
era el final.
El Marqués lo supo al mismo tiempo que yo.
Me abrazó con fuerza, como si intentara protegerme con su propio cuerpo.
No huimos.
No gritamos.
Aceptamos nuestro destino.
Y mientras cerraba los ojos, pensé que, al menos…
Moriría junto a alguien que, por primera vez, me había visto como una mujer.
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