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Una Estrella Moribunda - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 La Maestra y el Discípulo
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9: La Maestra y el Discípulo 9: La Maestra y el Discípulo Cinco años habían pasado desde que comenzó mi entrenamiento.

Los primeros días fueron un auténtico infierno: cada amanecer era una promesa de dolor, y cada atardecer, un triunfo por seguir de pie.

Mi maestra me llevaba al límite una y otra vez, exigiendo hasta la última gota de fuerza que podía ofrecer.

Había jornadas en las que sentía que mis músculos se desgarraban, que mis huesos amenazaban con quebrarse y que mis pulmones iban a estallar.

Sin embargo, siempre se detenía en el instante preciso, justo antes de que el daño pudiera dejar una marca irreversible.

Era implacable…

pero también sabía cuándo preservar la herramienta que estaba forjando.

Estuve solo con mi maestra durante todo ese tiempo, pues un día Calyndra me informó que entraría en un trance para fortalecerse, una especie de evolución.

Aquello no fue nada suave.

Mientras ella se aislaba en su proceso, mi maestra aprovechaba para llevarme más allá de mis límites…

no solo físicos, sino también emocionales y hormonales.

Sus encantos femeninos eran parte de sus lecciones; me desafiaba con miradas, gestos y cercanía calculada, siempre rozando los límites de mi mente y mis sentidos.

Aun así, nunca ocurrió nada inapropiado.

Al parecer, mi maestra carece de libido y usaba esas técnicas solo como método de entrenamiento, para asegurarse de que no me debilitara frente a mujeres que pudieran aprovechar cualquier debilidad.

Cada encuentro era una prueba de resistencia, autocontrol y concentración, forjando mi temple tanto como mi fuerza.

Y desde mi punto de vista…

el entrenamiento tuvo éxito.

Ahora siento que tengo más control, más resistencia frente a los encantos femeninos.

Espero que Calyndra no se enoje conmigo cuando intente ser encantadora conmigo y yo no reaccione como siempre.

Otro día había comenzado, y antes de que mi maestra llegara a despertarme, yo ya estaba listo.

Mi cuerpo había pasado por los ejercicios de calentamiento básicos, los mismos que realizaba cada mañana para prepararme para lo que vendría.

Cuando estaba a punto de abrir la puerta para salir, escuché un ligero crujido detrás de mí y me detuve: ella se me había adelantado.

Ahí estaba, justo al otro lado de la puerta.

Antes, mi mirada debía subir para verla; ahora, por la diferencia de altura y su presencia imponente, era yo quien tenía que bajar los ojos.

Una sensación curiosa me recorrió el pecho, una mezcla de respeto y alerta que no había experimentado antes.

—Auren…

vaya, tan puntual como siempre —dijo Tayana, entrando en mi habitación con su tono característico, ligero y juguetón.

Su mirada se deslizó con precisión, evaluando cada reacción mía antes de que su mano se levantara y tocara ligeramente mi pecho.

Bajó despacio hasta rozar mi abdomen y luego se separó, como si midiera mi reacción a cada gesto.

Se acomodó en la cama, cruzando las piernas con elegancia, y se recostó levemente hacia atrás, manteniendo la postura relajada pero con una intención clara: observar y probarme.

No había amenaza, ni contacto inapropiado, solo un test silencioso.

Cada movimiento suyo, cada cambio en su expresión, parecía diseñado para medir mi autocontrol como siempre.

Mis ojos la seguían, atentos a cada detalle, mientras ella evaluaba si mi mente y mi cuerpo podían mantenerse firmes ante su provocación.

Era un juego silencioso, y yo era el campo de pruebas.

—Buenos días, maestra —suspiré suavemente, pero esta vez algo había cambiado.

No iba a reaccionar como siempre.

Si bien sabía que ella no tenía libido, eso no significaba que no pudiera intentar jugar su juego…

y yo estaba listo para enfrentarlo.

—Maestra, ¿sabe que no puede entrar a la habitación de un hombre así como así y luego coquetear como si lo invitara a su cama sin esperar que este reaccione, verdad?

—dije, con un tono firme y calmado.

Mi mirada era distinta.

Había pasado años observándola, aprendiendo de cada gesto, cada inclinación de cabeza, cada mirada calculada que usaba para probarme.

Esta vez no solo la imitaba: la intensifiqué.

Mi expresión transmitía confianza, autocontrol y un entendimiento silencioso de su juego combinado con una pequeña sonrisa.

Y esta vez, algo había cambiado en el ambiente.

Pude ver cómo mi maestra, tan segura y controladora siempre, se sonrojaba ligeramente y desviaba la mirada, un gesto que pocas veces había mostrado.

Por primera vez, sentí que había ganado este pequeño enfrentamiento, que había igualado la balanza y tomado el control del juego que ella intentaba imponerme durante años.

—Bien hecho —suspiró, llevándose las manos al rostro mientras inhalaba profundamente, tratando de calmarse.

—Pero desde ahora debes tener cuidado con esas miradas.

Cualquier chica podría caer rendida a tus pies, ahora probablemente no solo los monstros sean tus únicas preocupación —dijo con una pequeña risa energética, mientras se levantaba de la cama y comenzaba a caminar hacia la puerta, evitando mirarme directamente.

—Sígueme, Auren.

Hoy es un día especial.

No vamos a entrenar.

La seguí hasta el comedor, curioso por el cambio de rutina.

Sobre la mesa, perfectamente centrado, descansaba una especie de pastel.

La luz que entraba por la ventana lo iluminaba como si fuera un pequeño tesoro.

Me quedé quieto unos segundos, sorprendido.

¿De dónde había sacado ese pastel?

—Auren.

La voz de mi maestra me arrancó de mis pensamientos.

Parpadeé un par de veces, volviendo en mí, y sin decir palabra tomé asiento frente a ella.

—¿Por qué decidiste entrenarme?

La pregunta salió de mis labios de forma tan natural que no tuve que pensarlo.

Era como si algo dentro de mí me empujara a conocer esa respuesta.

—Calyndra me comentó que, debido a la naturaleza de mi elemento —la Luz—, no puedo ser entrenado de la manera normal, como lo sería, por ejemplo, alguien que posee el elemento de Aire.

Mi maestra me observó en silencio.

En su rostro se dibujó una sonrisa tranquila, acompañada de esa expresión amable que siempre lograba calmarme incluso en los peores momentos.

—Es cierto —dijo finalmente—.

El elemento de Luz es raro, y no se puede practicar de la misma manera que cualquier otro tipo de magia.

Y, de hecho…

yo no puedo enseñarte a controlar ese poder.

Sus palabras me dejaron desconcertado.

¿Qué quería decir con eso?

Ella notó la confusión reflejada en mi cara.

—Auren —continuó—No se como se manifiesta tu magia de luz por completo…

pero se que esta potencia tu propio cuerpo.

Incrementa tu fuerza, tu regeneración, tu velocidad y tus reflejos.

Básicamente, eres como un humano…

pero mejorado.

Incluso antes de que comenzaras a entrenar ya eras más fuerte que un humano promedio pero ahora despues de estos años ya superas a la mayoría de las personas.

Mi maestra colocó tres platos sobre la mesa.

Iba a preguntar por qué eran tres, pero antes de que pudiera abrir la boca, me cortó con su voz.

—Auren, cuando te conocí te dije que no alcanzarías tu máximo potencial si no te ayudaba.

Pero…

—su mirada se endureció—, no era del todo cierto.

En realidad…

ibas a morir antes de llegar a ese potencial.

El aire se volvió denso.

Sentí un peso frío recorrerme la espalda, como si las paredes se cerraran poco a poco sobre mí.

—¿Morir…?

—pregunté, aunque mi voz sonó más débil de lo que quería.

—Verás…

—se acomodó en su asiento, entrelazando las manos sobre la mesa—, además de la magia elemental, existe algo que llamamos Aura.

El Aura es cuando la magia se concentra y fortalece el cuerpo: músculos, reflejos, resistencia.

Es común en guerreros, artistas marciales y en quienes cumplen el papel de tanque.

Hizo una breve pausando pensando en que mas decirme.

—También existe otro tipo: la magia de potenciación y sanación, propia de sacerdotisas o magos blancos.

Ella apoyó ambas manos sobre la mesa para impulsarse al levantarse.

Con movimientos tranquilos, partió el pastel y colocó una rebanada en cada plato.

—Auren —comenzó—, Calyndra me dijo que ya te había hablado sobre la cantidad de maná y la calidad de su conductividad.

Además de eso, también es importante la capacidad de regeneración de maná.

En ese instante, la puerta se abrió.

Me giré instintivamente hacia el sonido y mis ojos se abrieron de par en par.

Allí, en el umbral, estaba Calyndra.

Su figura había cambiado: ahora su estatura era casi igual a la de un humano adulto.

Conservaba sus rasgos inconfundibles.

—Hola, Auren —saludó Calyndra con una sonrisa tan dulce que, por un instante, el tiempo pareció detenerse—.

Veo que te has vuelto más fuerte.

Me levanté de inmediato, impulsado por una mezcla de alivio y alegría, y la abracé sin pensarlo.

Ella no se negó; al contrario, sus brazos me envolvieron con la misma calidez que recordaba.

—Vamos…

¿de verdad me extrañaste tanto?

—bromeó, aunque su voz tenía un matiz tierno.

Sentí cómo apoyaba su cabeza sobre mi hombro.

El contacto, simple pero real, me devolvió recuerdos de todo lo que habíamos vivido antes de su evolución…

y me hizo darme cuenta de cuánto había cambiado, y de cuánto la había extrañado.

—Ejem…

—Tayana interrumpió con una tos forzada—.

Sé que llevan cinco años sin hablar, pero creo que podemos dejar las muestras de afecto para después.

Por ahora, ¿qué tal si comemos el pastel?

Calyndra y yo nos separamos de inmediato, compartiendo una risa forzada antes de tomar asiento.

—Como te estaba diciendo, Auren…

—retomó Tayana mientras movía sus utensilios—.

Antes, podía herirte sin problema alguno y tus cicatrices sanaban rápido.

Pero, a medida que enfrentes monstruos más fuertes, las heridas serán más graves…

y la curación que tienes no será suficiente.

Suspiró con un gesto serio.

—Y eso es solo una parte.

La otra…

es que estabas empezando a estancar tus habilidades.

¿A qué me refiero?

A que, conforme tu fuerza aumenta, algunas de tus técnicas se quedan atrás.

No todas, claro…

pero poco a poco esa diferencia crece, y llegará un punto en el que tu propio mana se quedará atrapado en tu cuerpo.

Si no lo liberas a tiempo…

—hizo una pausa, clavándome la mirada— bueno…

mejor no averiguarlo.

Pese al momento serio, no pude evitar notar que Tayana disfrutaba demasiado de su pastel.

—Esto es realmente bueno —comentó con la boca parcialmente llena.

—Entonces…

¿todo este entrenamiento fue para mejorar mis habilidades?

¿Eso significa que ahora puedo curarme incluso si recibo un golpe letal?

—Auren…

así mueren los idiotas —me apuntó con el tenedor, frunciendo el ceño—.

Escucha: aunque tengas habilidades de curación excelentes, lo peor que puedes hacer es confiar ciegamente en ellas.

Si puedes evitar el golpe, hazlo.

No te arriesgues innecesariamente.

Calyndra asintió, sonriendo de oreja a oreja mientras movía con alegría sus orejas puntiagudas y seguía comiendo pastel.

—Bien, vamos a repasar —continuó Tayana—.

Los magos manejan el mana.

Los guerreros —y aquí incluyo a todos los que usan armas— usan el Aura.

Y los sacerdotes y magos blancos recurren a plegarias.

Pude ver cómo sus ojos se afilaban, llenándose de una seriedad cortante, mientras seguía apuntándome con su tenedor.

—Tú eres…

una especie de monstruo.

Me quedé sin comprender sus palabras.

Incluso Calyndra, que estaba a punto de llevarse un trozo de pastel a la boca, se detuvo, sorprendida.

—Eres capaz de usarlo todo: mana, aura y plegarias.

Eso no debería ser posible.

—Su tono se volvió más grave—.

Incluso encontrar a alguien que domine dos de las tres ya es considerado una leyenda.

Y aun así, esas personas nunca alcanzan su máximo potencial, porque es como dice el refrán: “Aprendiz de todo, maestro de nada”.

—Te enseñé a usar el aura porque me especializo en ello.

Debido a que no sé cómo se maneja tu elemento, no pude enseñarte a usar el mana…

pero, de alguna manera, tu elemento influye mucho en tu aura, como si ambos se fusionaran.

Ahora…

—Tayana hizo una breve pausa.

En ese momento, sacó lo que parecía un libro antiguo.

Lo abrió con cuidado hasta una página específica y, con la punta de su dedo, señaló un párrafo.

—Léelo…

y no me digas que no sabes leer.

Yo misma te enseñé todos estos años: lectura, matemáticas…

lo básico para la vida cotidiana —dijo Tayana, con esa mezcla de seriedad y tono burlón que solo ella sabía manejar.

Mis ojos se fijaron en la línea marcada.

Tomé aire y comencé a leer en voz alta: —”Concédeme tu luz en la penumbra, tu fuerza en mi flaqueza.

Escucha la súplica de tu siervo y, en tu misericordia, haz que mis manos sean firmes y mi espíritu inquebrantable…

Fuerza aumentada, débil” Al pronunciar las últimas palabras, un ligero resplandor amarillo recorrió mi cuerpo, como un pulso cálido que estallaba desde mi pecho hacia cada extremidad.

Sentí mis músculos tensarse y mi respiración hacerse más profunda…

era como si algo dentro de mí despertara.

Tanaya cerró el primer libro y tomó otro de carátula verde.

Lo abrió con cuidado y señaló un párrafo.

Mis ojos se fijaron en la línea marcada.

Tomé aire y comencé a leer en voz alta, dejando que cada palabra resonara en la sala: —”Que la luz de tus ojos sea el juicio que purifique las impurezas que me atormentan; que de tu cáliz beba el elixir sagrado, y que así se aparte de mí todo mal que corrompa mi carne y mi espíritu…

Antídoto.” Un aura verde se extendió lentamente por todo mi cuerpo, como un velo etéreo que me cubría de pies a cabeza.

Sentí un cosquilleo extraño bajo la piel, una calidez que se disipó tan rápido como llegó.

No hubo más efecto; era lógico, pues no estaba envenenado.

Extendí mi mano hacia mi maestra y pronuncié con firmeza: —Fuerza débil.

El aura amarilla recorrió su cuerpo igual que lo había hecho conmigo, envolviéndola en un resplandor breve y cálido.

—Antídoto.

Esta vez apunté a Calyndra; de inmediato, un aura verde la rodeó como un manto vivo que se deshizo en su piel.

Ambas se levantaron de la mesa de un salto, con los ojos muy abiertos.

La sorpresa era tan clara en sus rostros que casi pude sentirla en el aire.

—Auren…

¿qué demonios acabas de mostrar?

—exclamó Tayana, su voz cargada de incredulidad.

—Bueno…

yo solo lo intenté y…

salió —respondí sin saber qué más decir.

Tayana se llevó la mano al rostro y se lo frotó con desesperación, como si buscara despertar de una pesadilla.

—Auren, ¿entiendes lo que acabas de hacer?

Las plegarias, a diferencia de mi magia, siempre requieren encantamientos.

Se supone que imploras a los dioses para que te presten su poder.

Lo que acabas de lograr…

es algo que jamás se ha visto.

Ni siquiera en mis recuerdos más antiguos había oído hablar de alguien capaz de saltarse las plegarias.

A un que no tengo todos mis recuerdos es seguro que recordaría alguien capaz de hacerlo.

—¿Entonces?

Tayana suspiró y terminó soltándolo de golpe: —Auren, eres capaz de usar los tres tipos de energía: maná, aura y plegarias.

Aunque el maná aún no lo has desarrollado, sigue fluyendo en tu cuerpo.

Las plegarias las lanzas sin encantamientos, tu fuerza supera a la mayoría y, además…

eres guapo.

Me quedé en silencio, parpadeando, sin saber si debía reír o preocuparme.

Ambas, al mismo tiempo, asintieron con la cabeza, ojos cerrados, como si hubieran firmado un veredicto imposible de negar.

—Cuando salgas al mundo real tendrás que contenerte.

Llamar la atención no es tan bueno como crees: la gente te buscará, querrá usarte, descubrir tus debilidades…

y tratará de controlarte.

Tayana se recargó en la silla, inclinándola hacia atrás sobre sus patas traseras, mientras cruzaba brazos y piernas.

Parecía debatirse entre lo que debía decirme y lo que prefería callar.

—Para serte sincera, me gustaría que te quedaras en este bosque.

Pero ese no es tu destino.

Aquí sería como encerrarte en una jaula, aunque fuera enorme, no es lo correcto.

Afuera está tu camino: conocer el mundo, llenarte de experiencias…

llorar, reír, sufrir, enamorarte.

Su mirada se perdió en la ventana, y por un instante noté en su rostro una sombra de tristeza.

—El deber de un maestro es esperar a que su alumno lo supere.

Mañana recibirás tu última lección.

No será la más dura, pero sí la más necesaria.

Giró el rostro hacia mí.

Sus ojos serios me atravesaron como una promesa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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