Una noche con un misterioso multimillonario (La venganza de la heredera) - Capítulo 86
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Capítulo 86: Siempre disponible
Tengo los ojos vendados y las manos atadas a la cama. Siento sus manos moverse por mi cuerpo, mi espalda se arquea mientras el placer aumenta. Siento sus manos en mi sexo, gimo el nombre de mi jefe en voz alta mientras su dedo me penetra y mis ojos se abren de golpe.
Me giré horrorizada, pero Calen no estaba en la cama y respiré aliviada. Me pregunté cómo le explicaría la razón por la que estaba gimiendo y teniendo un sueño erótico con mi jefe.
Me levanté, fui al espejo y me quedé mirando mi reflejo. No recuerdo la última vez que sentí de verdad el tacto de un hombre sobre mí; la frustración burbujeaba en mi interior.
Suspiré y me miré. Estaba mojada y goteando. Si tan solo Calen pudiera ponerme sobre esa mesa y tomarme aquí mismo, ahora. Suspiré con frustración mientras gemía.
Por supuesto que se negaría. Mis pensamientos se arremolinaban mientras pensaba en cómo sacar el tema con Calen. Nuestra boda se acerca rápidamente y nuestra vida sexual pende de un hilo. Joder, si es que se puede decir que tenemos vida sexual.
Un suspiro se escapó de mi boca mientras me pasaba la mano por el pelo. Fui deprisa al baño para ducharme y prepararme. De hecho, me voy a un viaje de negocios de tres días con mi jefe.
Mientras me preparaba y bajaba corriendo las escaleras con mi maleta, vi a Calen en la cocina preparando el desayuno.
—Buenos días, cariño —lo saludé y él asintió.
—Buenos días a ti también, ven a comer, he hecho tortitas —dijo mientras me servía unas cuantas y dejaba un café caliente y humeante delante de mí. Cogí una tortita y empecé a comer deprisa. Bebí unos sorbos de mi café y lo dejé.
—Cariño, cuando vuelva me gustaría que habláramos de lo nuestro.
Me miró con recelo. —¿De qué, de lo nuestro?
—No empecemos ahora —dije sonriendo—. Creo que hay cosas que deberíamos intentar para mejorar nuestra relación, pero hablemos de ello cuando vuelva, ¿vale? Reservaré algo para nosotros. Prométeme que me escucharás.
—De acuerdo, lo prometo —dijo—. Ven aquí. —Abrió los brazos, fui hacia él, me abrazó y me besó el pelo—. Vete ya o perderás el vuelo. Ten cuidado y asegúrate de divertirte.
Sonreí y le di un beso rápido en los labios antes de despedirme con la mano. Cogí la media tortita que quedaba en el plato, me la metí en la boca y él solo se rio entre dientes y volvió a beber su té y a mirar el móvil.
Pronto salí, me subí a un taxi y me dirigí al aeropuerto.
—Por favor, ¿puede darse prisa? Llego tarde —le dije al conductor mientras miraba mi reloj.
—Pues ya puede ir bajándose si no me va a dejar conducir en paz —dijo el conductor irritado.
—Oh, Dios mío, pisa el puto acelerador de una vez, ¿quieres? —le grité frustrada.
—Si hubiera salido a tiempo, probablemente no tendría tanta prisa. En resumen, no la llevo más, bájese y págueme mi dinero —dijo mientras pisaba el freno con fuerza, deteniendo el coche en seco. Me sacudí hacia delante.
—¿Qué? Tiene que ser una broma. ¿Cómo voy a conseguir un taxi desde aquí? —pregunté, con la sorpresa evidente en mi rostro—. No me bajo. Tiene que llevarme al aeropuerto —le dije enfadada.
—No es mi problema, señorita. Yo tengo todo el día, pero usted… no estoy seguro de que pueda permitirse el lujo de perder el tiempo —dijo él.
—Dios mío —dije mientras me llevaba las manos a la cabeza, con la mirada saltando del conductor al exterior y a todas partes al mismo tiempo. Mi frustración estaba a punto de estallar.
—Por favor, le prometo que no volveré a criticar su forma de conducir, solo lléveme al aeropuerto, por favor —le supliqué en voz baja. Él suspiró, arrancó el coche y empezó a conducir. Respiré aliviada. El sonido de mi teléfono ahogó pronto mi alivio al ver quién me llamaba.
—Mierda… mierda, mierda. —Contesté la llamada.
—Lo siento, Señor, llegaré pronto —intenté disculparme, pero me colgaron. Me quedé sentada, mordiéndome las uñas y moviendo las piernas nerviosamente mientras el conductor me llevaba al aeropuerto. En cuanto llegamos, me bajé y le pagué, no sin antes lanzarle unos cuantos insultos en mi mente.
—¡Disculpe, apártese de mi camino! —le grité a la persona que me bloqueaba el paso mientras corría hacia la terminal privada.
—Por fin se une a nosotros, señorita Caldwell.
Me faltaba el aliento cuando me detuve frente a mi jefe, el Sr. Lorenzo Cross, también conocido como el diablo de Silverton. Mis ojos se clavaron en aquellos ojos violetas que siempre parecían absorberme la vida, su rostro estoico, su mandíbula cincelada y esos hombros anchos que hacían girar cabezas por donde pasaba.
—Lo siento muchísimo, Señor, el tráfico era horrible, por eso he llegado tarde. No volverá a ocurrir —supliqué. Mi voz sonó más como un gemido en mis propios oídos y me estremecí, tragándome la excitación que amenazaba con surgir solo por mirar a mi jefe.
Me miró, con su rostro estoico indescifrable durante un momento, antes de asentir y entrar en el avión. Respiré aliviada y caminé en silencio detrás de él. Entré y encontré un sitio para sentarme lejos de él.
Pero una sola mirada suya bastó para que me sentara justo enfrente de él, con las gafas puestas, fingiendo estar ocupada.
—¿No va a darme los documentos que necesitamos para este viaje para que pueda firmarlos?
—Oh, oh, lo siento, Señor. —Cerré los ojos avergonzada. Me preguntaba qué me pasaba esta mañana.
Rebusqué torpemente mientras abría la pequeña bolsa del portátil que llevaba, saqué todos los archivos y mi portátil y le entregué algunos mientras yo tecleaba en el mío.
Pronto estuve muy ocupada y la incomodidad de la mañana se disipó con el trabajo.
—Señor, señora, el avión aterrizará pronto, por favor, abróchense los cinturones de seguridad —nos dijo la azafata y tuve que guardar la mayoría de los archivos que no habíamos tocado en mi bolso y abrocharme el cinturón.
Durante las últimas cuatro horas de vuelo, habíamos trabajado en ese papeleo, firmando, revisando y rellenando, pero aun así quedaban algunos. Suspiré suavemente mientras relajaba la espalda en el asiento.
Cuando aterrizamos, fuimos juntos en coche al hotel donde nos alojaríamos y fui a la recepción a por las llaves de nuestras habitaciones, ya que yo había hecho la reserva.
Abrí la habitación del Sr. Cross, me aseguré de que todo estuviera en orden y me di la vuelta para irme después de entregarle la llave.
—Cuando termines de instalarte, puedes volver para que revisemos los documentos restantes en mi habitación —dijo él.
—Sí, Señor —le respondí. Él asintió mientras entraba en su habitación sin decir nada más y yo solté el suspiro de alivio que había estado conteniendo desde que subí al avión.
Capítulo dos.
Llegué a mi habitación y me dejé caer en la cama. ¡Qué día! Cogí el teléfono para llamar a mi prometido. Sonó durante mucho tiempo, pero no contestó. Dejé el teléfono; quizá estaba ocupado. Decidí darme una ducha.
Me quité la ropa y entré desnuda en el baño. Abrí el agua. Tan pronto como el agua tibia me tocó, el cansancio del día pareció desvanecerse. Mi mente repasó todo lo que había sucedido y pronto se detuvo en mi jefe. Empecé a imaginarlo: sus labios, su mandíbula, esa cara, esos hombros anchos… Me pregunté cómo se sentirían sus dedos si los metiera dentro de mí. Me di la vuelta y apoyé la espalda en las paredes del baño, mientras el agua caía sobre mí.
Pronto mis gemidos llenaron todo el baño mientras empezaba a tocarme. Mis dedos entraban y salían de mí mientras fantaseaba que era él quien me tocaba. Gemí su nombre en voz alta mientras me masturbaba con los dedos, justo cuando me corrí.
«Mierda, mierda, mierda. Otra vez no», me dije mientras dejaba que el agua lavara el pecado que acababa de cometer. «Tienes que parar esto, Lily, antes de que se te vaya de las manos».
Me lavé y fui a la habitación a secarme. Me recogí el pelo en una coleta, me puse un cárdigan negro y unos pantalones, y me puse las gafas. Preparé todos los archivos que necesitaríamos y me dirigí a la habitación de mi jefe. Llamé a la puerta y esperé un momento, hasta que se abrió.
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