Una Nueva Vida En El Mundo Bestia - Capítulo 4
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4: Con quien no meterse 4: Con quien no meterse Serena observó cómo una mujer alta con orejas y cola de gato grises se acercaba a los hermanos.
Tenía unos afilados ojos dorados y, de no ser por la mueca de desdén en su rostro, Serena habría pensado que era bastante mona.
Aunque su higiene necesitaba mejorar un poco.
No es que Serena pudiera decir mucho, cubierta también de mugre y vistiendo una piel de animal apelmazada.
Sin embargo, cambiaría eso en cuanto terminara de lidiar con esos matones.
Detrás de la mujer bestia había un grupo de cuatro hombres bestia que la seguían.
Ellos también tenían rasgos felinos similares a los de la mujer, y Serena se fijó en sus rayas.
Tres con cuatro rayas y uno con cinco rayas.
Esto sería un problema.
Pero Serena no iba a echarse atrás.
Ahora que iba a defender a su hermano de los abusos, se mantendría firme hasta el final.
—Esa marca en su mejilla dice que alguien lo ha golpeado —murmuró Serena mientras miraba a la otra mujer con ojos fríos—.
¿Eres tú la responsable de haberle pegado a mi hermano?
—Mis cachorros solo estaban jugando con él —se burló la mujer—.
¿Qué es un pequeño juego brusco entre machos?
Quizá por eso murió tu familia.
Mimas a los machos, permitiendo que sean débiles.
Serena apretó los dientes ante las palabras de la mujer, pensando en lo crueles que eran.
Su familia no murió por ser débil, sino por culpa de esta tribu.
Los habían obligado a ayudar a rescatar a otras familias en lugar de a la suya.
La ira hirvió en su sangre cuando se dio cuenta de quién era esa mujer.
Según los recuerdos de la dueña original, esta mujer bestia se llamaba Sarah.
Era la hija del jefe de la tribu y la nieta de la Vieja Mary.
Una mocosa malcriada que se creía superior a todas las hembras de la tribu.
Le gustaba acosar a los demás y disfrutaba especialmente atormentando a los hermanos.
Sobre todo después de que Matthew, el compañero muerto de la dueña original, eligiera a Serena en lugar de a ella.
El orgullo de Sarah resultó herido y se desquitó con ellos dos.
Incluso llegó a pedir que vendieran a Serena cuando la tribu andaba desesperada por recursos.
Serena fue precavida al principio, pero ahora sabía que tenía que saldar viejas cuentas antes de irse de este lugar espantoso con Kiro.
De lo contrario, no podría vivir bien en este nuevo cuerpo.
—H-hermana… —Kiro se giró hacia ella y le agarró el brazo con fuerza—.
Dejémoslo estar.
Estoy bien…
Serena bajó la mirada hacia él y le dio una palmadita en la cabeza.
—No pasa nada, Kiro.
Dije que no dejaría que nadie te acosara y lo decía en serio.
Dime.
¿Fue solo un juego brusco?
—Yo… —Kiro bajó la vista, jugueteando con las manos con nerviosismo.
Miró de reojo a Sarah y a sus compañeros antes de volver a bajar la mirada al suelo—.
Me estaban pegando sin motivo alguno…
—¡Mira a este idiota!
—rio uno de los esposos bestia de Sarah—.
¡Lo mimas demasiado!
Y ¿qué más da si se hace daño?
Solo es un juego entre machos.
No te metas en asuntos de machos.
Serena enarcó una ceja ante sus palabras antes de sonreír con suficiencia.
—¿Ah, sí?
—Sí —declaró Sarah, cruzándose de brazos—.
Las hembras no deberíamos meternos en asuntos de machos.
—Supongo que tienes razón —reflexionó Serena, dando un paso hacia Sarah.
El grupo la observó con confusión mientras se acercaba a ellos, sin entender qué estaba haciendo.
Aprovechando la situación, Serena se movió antes de que nadie pudiera detenerla.
¡Zas!
Le dio un revés a Sarah en la cara, y una sensación de paz la invadió al hacerlo.
Luego, Serena se movió de nuevo, agarró a la otra mujer por el cuello y le colocó una uña afilada sobre la yugular.
—¡¿Cómo te atreves a pegarme?!
—gritó Sarah mientras los machos a su alrededor gruñían a modo de advertencia.
Estaban al límite, listos para atacar a Serena.
Por suerte, las leyes del mundo de las bestias les impedían hacer nada.
De lo contrario, su apuesta habría acabado en muerte.
Aun así, tenía que ser precavida.
Al fin y al cabo, eran animales acorralados.
A su alrededor, los hombres bestia que pasaban por allí se detuvieron a observar cómo se desarrollaba la escena.
Algunos se quedaron paralizados por la conmoción, otros estaban ansiosos por ver en qué acabaría todo.
Los susurros entre los demás hombres bestia no tardaron en llegar a oídos de Serena.
—¿Están peleando?
—Serena debe de haberse vuelto loca después de perder a su compañero.
¿De verdad le hará daño a Sarah?
—Aunque sea una hembra, no puede hacer eso.
—Qué cruel.
Mientras los hombres bestia a su alrededor hablaban, Serena vio que uno se iba corriendo, claramente para avisar al jefe de la tribu de lo que estaba pasando.
Entonces se le ocurrió una idea, al darse cuenta de que podía matar dos pájaros de un tiro.
—Te sugiero que cuides tu tono conmigo —murmuró Serena con una sonrisa afilada, volviendo su atención a una gimoteante Sarah—.
De lo contrario, mi dedo podría resbalar accidentalmente y cortar el hilo de tu vida.
—Cómo te atreves a amenazar a nuestra hembra… —empezó a decir uno de los esposos bestia, acercándose.
Pero se detuvo cuando Serena le clavó la uña en el cuello a Sarah, haciendo que la piel se rasgara.
Sarah palideció y gritó: —¡Callaos!
¡Sois todos unos inútiles!
¡Zas!
Usando la mano que tenía libre, Serena le dio otro revés en la otra mejilla a Sarah, sintiéndose un poco satisfecha con la acción.
Sarah lloró, con las lágrimas corriendo por su hinchado y enrojecido rostro.
—Ahora vamos a resolver este asunto entre hembras, ¿de acuerdo?
No hace falta que los machos interfieran —dijo Serena.
Luego miró a los esposos bestia y añadió: —No os metáis en asuntos de hembras.
Esto es solo entre vuestra compañera y yo.
El de las cinco rayas apretó los dientes y escupió: —¿¡Qué quieres!?
—¿No te he dicho que esto es un asunto de hembras?
—masculló Serena, apretando más el cuello de Sarah hasta hacerla jadear en busca de aire—.
Decís que las hembras no deben meterse en asuntos de machos, pero creéis que los machos sí deben meterse en asuntos de hembras.
¿Qué lógica es esa?
—¡Argh!
—se ahogó Sarah, palideciendo mientras arañaba débilmente la mano de Serena—.
¡P-para!
—Serena, tú… —empezó a decir el macho de las cinco rayas cuando apareció el jefe de la tribu.
El hombre de mediana edad exclamó: —¡Serena, ¿acaso quieres que te expulsen de esta tribu?!
¡¿Cómo te atreves a ponerle un dedo encima a otra hembra?!
—Solo es un juego brusco —dijo Serena, encogiéndose de hombros—.
Nadie se queja cuando Sarah golpea a las otras hembras y a los cachorros, así que, ¿por qué armas un escándalo ahora?
¿Por qué no puedo pegarle a Sarah un par de veces?
Ella me ha pegado muchas veces antes.
Además, esto es un asunto entre hembras.
¿Por qué te metes tú, que eres un macho?
—¡Tsk!
—chasqueó la lengua el jefe de la tribu, que no esperaba que Serena se hubiera vuelto tan ocurrente de repente—.
Tú…
La dueña original era una pelele entre las hembras y se aprovechaban de ella con facilidad.
Permitía que los abusos continuaran porque no quería causar problemas.
Pero ahora las cosas eran diferentes.
Finalmente, el jefe de la tribu masculló: —¡Suéltala ahora mismo!
¡O te expulsarán de aquí!
Esto no es un simple juego brusco entre hembras.
No puedes desobedecerme a mí, el jefe de la tribu, a menos que quieras que te expulsen.
Le dedicó una mueca de desdén mientras gritaba esas palabras, pensando que serían suficientes para asustar a Serena.
Lo que no se imaginaba era que había caído de lleno en la trampa de Serena.
—Bien, pues expúlsanos a mi hermano y a mí —declaró Serena, mirando de reojo a unos hombres bestia tigre que se dirigían a la escena—.
Ya no tenemos lazos con esta tribu, somos hombres bestia errantes.
—¿Hermana?
—Kiro tiró de la falda de piel de animal de ella, preocupado—.
No podemos dejar la tribu…
Serena le sonrió.
—Claro que podemos.
Esta tribu no es digna de nosotros.
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