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Una Obsesión Ilícita - Capítulo 75

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75: Capítulo 75 75: Capítulo 75 Me quedé dormida en el coche de vuelta y abrí los ojos cuando Killian me levantaba con delicadeza en brazos en el aparcamiento subterráneo.

—Puedo…

—Pero ahora me dolía al hablar.

Cuando el subidón de adrenalina desapareció, sentí todo el cuerpo entumecido, salvo por la herida, que me dolía tanto que no podía mover el brazo.

—Shhhh —me detuvo, y no protesté mientras caminaba y me llevaba al ascensor.

Una vez de vuelta en el apartamento, me dejó en el sofá y volvió a desaparecer de mi vista.

Al momento siguiente, regresó con un frasco de pastillas en la mano y un vaso de agua.

Me recliné en el sofá, incapaz de sentarme derecha, mientras él me ponía la pastilla en la boca y me acercaba el vaso de agua a los labios.

La tragué.

Apreté los párpados con fuerza por un momento.

—Te ayudará con el dolor —dijo, acariciándome el pelo con suavidad.

Me incliné hacia su caricia y sentí la suavidad de sus labios en la comisura de los míos, y luego me besó en la frente.

Abrí los ojos de par en par para mirarle a la cara mientras se apoyaba a los pies del sofá, frente a mí.

Sus facciones eran suaves, la oscura sombra de sus ojos se había atenuado y ahora aquellas gemas de ónix estaban inundadas de preocupación.

—Lo siento —dijo.

—¿Por qué te disculpas?

—pregunté, tocándole la cara—.

Si tu ex no sabe apuñalar, ¿cómo es que es tu ex?

—bromeé.

—No es una ex —dijo con la mandíbula apretada y me levantó bruscamente.

—¡Eh!

Ten cuidado, que soy frágil —me quejé y me reí, pero luego me encogí de dolor porque me dolía al reír.

—Ya lo veo —dijo con una expresión impasible.

—Vale, vale…, tu rollo de una noche por accidente —me corregí y le rodeé el cuello con los brazos para verle mejor la cara.

La medicina debía de estar haciendo efecto; sentí que el dolor se atenuaba un poco—.

Pero tengo curiosidad: ¿qué se considera una ex si ella no lo es?

—Nadie —dijo él.

Me llevó al dormitorio y, de ahí, directo al baño.

—¿En serio?

¿Alguna relación seria habrás tenido?

—pregunté mientras me ayudaba a sentarme en la encimera.

Me miró a los ojos y apoyó las manos a ambos lados de la encimera, acorralándome.

El corazón me dio un vuelco.

Gracias a Dios que no llevaba el reloj inteligente; habría sido bochornoso.

—Solo me he enamorado una vez, y está sentada justo delante de mí.

Se me secó la boca y se me olvidó respirar por un segundo.

Él había vivido más que yo; obviamente, tenía que haber habido alguien, ¿no?

—Tenía que haber alguien que te interesara —dije, bajando la voz mientras él se inclinaba más, hasta que su nariz quedó a un suspiro de la mía y mi vista no podía ver nada más que sus ojos.

No solo tenía mi alma enganchada, sino que mis pensamientos no podían divagar sin su permiso.

—No.

Solo tú —susurró y me besó la mejilla acalorada—.

Es la segunda vez hoy…, sabes lo preciosa que te ves.

—Sus labios vagaron, rozándome suavemente, robándome la capacidad de respirar despacio—.

Qué irresistible —susurró con una voz grave y profunda, y mi corazón retumbó en mi pecho—.

Pero tienes que descansar.

Se apartó rápidamente y yo me recompuse.

—Voy a traerte ropa limpia.

Solté el aire que estaba conteniendo cuando salió del baño.

Me toqué las mejillas, deseando que el rubor desapareciera.

Cada vez me volvía más y más ridícula.

Cerré los ojos, encogiéndome por dentro de la vergüenza.

¿Cuándo me había convertido en alguien que se sonrojaba tan fácilmente?

Killian fue muy cuidadoso al ayudarme a ponerme el pijama.

Evitó el contacto piel con piel hasta que estuve completamente vestida.

Pero eso me volvía loca…, y sus ojos se oscurecían por momentos.

Cuando estuve vestida del todo, por fin se inclinó y me besó.

Suspiré aliviada cuando sus brazos me rodearon la cintura, atrayéndome más cerca, pegada a él.

Mi lengua invadió su boca, pero él se adueñó del momento con la misma rapidez.

Tuve cuidado de no mover la mano…

hasta que perdí el control e intenté agarrarle del hombro.

—Ah —me estremecí al mover la mano, y Killian nos separó.

—Estoy intentando controlarme —dijo, colocándome la mano en una posición en la que no se moviera mucho.

—Lo sé —hice un puchero.

—No estás ayudando —dijo en un tono medio de regañina.

—Lo sé —sonreí.

Entrecerró los ojos.

—Te estás volviendo más traviesa cada día.

—¿Quién?

¿Yo?

—me señalé inocentemente—.

En absoluto…

Me interrumpió cuando sus labios cubrieron los míos de nuevo en un beso que me dejó sin aliento y volvió a levantarme.

No me soltó hasta que estuvimos junto a la cama y entonces apartó sus labios.

Jadeé para llenar mis pulmones de aire.

La cabeza me daba vueltas.

Me tumbó en la cama y me tapó rápidamente.

Cuando se apartaba, lo agarré por el cuello de la camisa.

—¡No te vayas!

—tiré de él.

—Voy a cambiarme, mi amor.

—Oh —me aclaré la garganta, desenroscando lentamente los dedos del cuello de su camisa, y aparté la vista, dándome cuenta de lo necesitada que había sonado.

¿Qué me está pasando?

Se enderezó, sacó el teléfono del bolsillo y lo dejó en la mesita de noche.

Se quitó el abrigo, y yo admiré cómo se giraba con la misma elegancia.

Desabrochándose la camisa granate y sacándosela de los pantalones mientras caminaba hacia el armario.

El movimiento de sus músculos ondulando bajo la tela era un espectáculo magnífico.

Cuanto más lo conocía, más letal se volvía…

y más hermosos me parecían estos momentos de elegancia.

Quizá de verdad había perdido todo el sentido de la realidad.

El timbre del teléfono me sacó de mi trance y vi una foto iluminarse en su pantalla de bloqueo.

Lo cogí: la foto era una estética en blanco y negro, tomada en la playa.

Era yo con mi vestido de verano en los Hamptons, el día después de conocernos.

El viento me había echado el pelo hacia atrás y yo sonreía.

No sabía que era capaz de parecer tan despreocupada.

Una suave y cálida sensación inundó mi corazón.

Killian volvió, vestido con un pantalón de chándal gris y una camiseta.

Volví a dejar el teléfono en su sitio y me acosté.

Primero me sonrió y yo señalé el teléfono.

Él bajó la vista hacia la pantalla.

—La cojo.

Dame un minuto.

—Cogió el teléfono y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

¿Qué estará tramando para tener que salir de la habitación?

Con cuidado, me acomodé el brazo y aparté la manta.

Fui de puntillas hasta la puerta y pegué la oreja a ella.

—Denle la ayuda suficiente para que siga viva hasta entonces.

Cuando llegue allí, ya no es nuestro problema —oí decir a Killian con una voz desprovista de toda emoción.

Definitivamente, se trata de Natasha Sarvok.

¿Qué está planeando?

¿Y a qué se refería con que haría algo que nos facilitaría la vida?

Cualquier cosa que involucre a la Mafia Rusa no parece una buena idea.

Pero ¿qué harán si descubren que le ha pasado algo a Natasha?

Aunque ella perdió el favor después de que su padre muriera y sus primos se hicieran con el imperio en Rusia.

Aunque es una princesa, se podría decir que es más bien una princesa exiliada.

¿Cómo se enteró de mi existencia de la nada?

Los pasos de Killian me sacaron de mis pensamientos y retrocedí de un salto rápidamente.

Antes de que pudiera meterme de nuevo en la cama, él ya había abierto la puerta y su mirada se posó en mí.

—Escuchando a escondidas, ¿eh?

—preguntó con una ceja levantada.

—¿Qué estás planeando?

—pregunté con cara seria, ignorando su acusación.

—Ya te lo dije: algo que nos facilitará la vida.

—Ya tenemos a la mafia China tras nosotros.

Involucrar también a los Rusos…

—dejé que mi pregunta obvia flotara en el aire.

—Bueno, por eso no la maté.

Más bien, la voy a enviar a uno de los puertos controlados por los Mengs.

Si muere en su territorio…

Lo miré con expresión de sorpresa.

Si la Princesa de la Mafia Rusa muere en territorio de los Mengs, esto será considerado un acto de guerra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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