una venganza ineludible - Capítulo 10
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10: el murmullo antes de la tormenta 10: el murmullo antes de la tormenta Bajo un cielo opacado por la bruma de la tensión y el miedo, Valdora despertaba con un solo propósito: prepararse para una guerra que marcaría el destino del continente.
Tras asumir el mando del ejército, Dorian, aún con el temblor del reciente asedio a Aetheron palpitando en su memoria, ordenó la movilización de todos los sectores de defensa del reino.
Cada torre, cada muralla, cada rincón del bastión respiraba el silencio solemne de la inminencia.
“Freya,” ordenó Dorian con voz firme y los ojos inflamados de una determinación nunca antes vista en él, “liderarás a los magos y brujas.
Necesito que protejan Valdora con un escudo mágico capaz de resistir una tormenta de demonios.
Que cada piedra del reino sepa que la magia la defiende.” Freya asintió sin titubeos, sus ojos encendidos por el deber.
En cuestión de horas, convocó a los hechiceros del norte, a los brujos del este y a las magas del bosque susurrante.
Valdora no había reunido tantos canalizadores de energía arcana desde la Guerra de las Dos Lunas.
Se congregaron en el Templo del Cristal de Luna, el centro neurálgico de la magia en el reino, y comenzaron el conjuro del “Velum Eternae”, una barrera protectora construida con runas antiguas, escudos etéricos y mantras pronunciados en lenguas ya olvidadas por los humanos.
Día y noche, Freya y su círculo trazaban símbolos en el aire, cavaban hilos de energía en la tierra, y entrelazaban hechizos que envolvían las murallas como una capa de estrellas invisibles.
El esfuerzo drenaba hasta la última gota de su energía vital, pero ninguno se quejaba.
Cada gota de sudor era una promesa de resistencia.
Mientras tanto, Vesper, con su habitual frialdad táctica, asumió el mando de los caballeros, soldados y príncipes combatientes.
Desde la Plaza del León Dorado, comenzó a dividir a las tropas.
Los más experimentados —hombres y mujeres que habían cruzado espadas en cien batallas— fueron asignados a la Primera Guardia, posicionada en los cuatro accesos principales de Valdora.
Los príncipes guerreros, muchos de los cuales aún llevaban en sus ojos la arrogancia de la sangre real, fueron puestos al frente de los escuadrones de maniobra: grupos versátiles que responderían rápidamente a cualquier brecha en el escudo mágico.
“No habrá jerarquías aquí más que la del coraje,” anunció Vesper frente a todos.
“Príncipes o no, si no luchan, caen.
Y si caen, Valdora cae con ustedes.” En los campos de entrenamiento se oían los gritos de mando, el chocar de espadas contra escudos, y las pisadas de miles de botas en perfecta sincronía.
Se crearon barricadas internas, trampas ocultas y túneles de escape codificados que sólo los líderes conocían.
Los herreros trabajaban sin descanso, templando acero, reforzando lanzas y forjando nuevos yelmos con símbolos arcanos grabados en la frente, para proteger la mente de maldiciones.
Elira, silenciosa pero letal, guió a las arqueras a través de las copas de los árboles, los muros y las torres.
Sus órdenes eran simples: ver sin ser vistas, disparar sin errar.
Durante dos días, el cielo de Valdora se llenó de siluetas rápidas, sombras que se desplazaban de torre en torre, preparando las posiciones.
Cada arquera tenía su punto asignado, su blanco esperado y un frasco de veneno en caso de enfrentarse a enemigos resistentes a la muerte simple.
Las flechas eran embebidas en fuego líquido, agua bendita, esencia de luz y savia de árboles ancestrales.
Elira ordenó que las primeras líneas de arqueras fueran reemplazadas cada seis horas, para mantener la precisión sin fatiga.
Algunas disparaban mientras colgaban de cuerdas como sombras al amanecer; otras, camufladas con hojas y piel de bestias, se deslizaban por las almenas con la precisión de un reloj.
A cada una le entregó un anillo de protección en caso de magia oscura.
Durante esos dos días, Dorian no descansó.
Supervisaba cada sector con pasos rápidos y ojos atentos.
Sus conversaciones con Freya eran casi telepáticas; con Vesper, estratégicas; con Elira, breves y certeras.
Convocó a los ancianos sabios, a los cartógrafos, a los alquimistas y a los sanadores.
Preparó las Salas del Silencio, espacios ocultos bajo el castillo donde se atendrían a los heridos sin interrupción mágica.
El suministro de pociones fue triplicado; se enterraron reservas de alimentos y agua en los jardines del palacio.
En lo alto de la Torre de Aethros, el punto más alto del reino, se instaló un puesto de observación continuo, dirigido por un mago de visión lejana y dos vigías experimentados.
Cada diez minutos, reportaban lo que veían en el horizonte.
La atmósfera era densa, no por el calor o el humo, sino por la certeza de que el enemigo se acercaba.
En el centro de Valdora, el escudo de energía mágica, poco a poco, se volvía visible al ojo entrenado: una cúpula transparente que vibraba con energía plateada, tan hermosa como peligrosa.
Era el símbolo de que todo estaba listo… o lo más listo que podría estar un reino ante un poder desconocido.
Freya, agotada, se permitió mirar por un momento al cielo estrellado.
Vesper repasaba una y otra vez las posiciones defensivas en su mapa mental.
Elira, en lo alto de una torre, afinaba su arco sin perder de vista el horizonte.
Dorian, de pie sobre las escaleras del Bastión del Dragón, observaba a su pueblo como un rey que aún no era, pero que la guerra estaba empujando a convertirse.
Y así, Valdora, ciudad de reyes, de traiciones, de fuego y honor, se preparaba para el día más oscuro de su historia.
Cada martillazo, cada conjuro, cada respiración contenida era una oración muda a los dioses…
o a la esperanza.
Porque en dos días, la sombra del hombre misterioso volvería a caer sobre ellos, y nadie sabía si el escudo resistiría.
Pero si Valdora iba a caer, no lo haría de rodillas.
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