una venganza ineludible - Capítulo 11
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11: amenaza azul 11: amenaza azul La sala de guerra estaba silenciosa, apenas iluminada por las antorchas y la tenue luz lunar que se filtraba por las ventanas.
Los mapas del reino de Valdora estaban extendidos sobre la mesa, marcados con rutas, posiciones defensivas y símbolos mágicos.
Dorian, firme, con los ojos clavados en el mapa, habló con una voz segura pero cargada de tensión.
—Esta batalla marcará el curso de la historia.
No hay espacio para el error.
Si caemos, todos los reinos caerán con nosotros.
A su lado, Vesper afilaba su espada, sin dejar de observar las líneas defensivas trazadas con carbón.
Freya revolvía un pequeño frasco de esencias arcanas mientras Elira, con el arco en la espalda, parecía estar pendiente de cada palabra… pero también de cada mirada que Dorian lanzaba al fuego.
Lucius, el rey de Valdora y padre de Dorian, se mantenía en silencio, observando a su hijo con una mezcla de orgullo y preocupación.
El aire era denso, cada respiración se sentía como una cuenta regresiva.
—Ese hombre… —dijo Lucius, rompiendo el silencio—.
¿Cómo era exactamente?
Dorian se tomó un momento.
Aquel recuerdo estaba marcado a fuego en su mente.
—No vimos su rostro.
Llevaba una capucha oscura.
Pero sus ojos… eran de un azul sobrenatural, como si fuesen hechos de hielo y fuego.
Su espada brillaba, y cuando hablaba, era como si todo el mundo se silenciara a su alrededor.
El ambiente cambió.
Lucius, pálido, retrocedió un paso y se apoyó en la pared.
El anillo del tiempo que llevaba en su dedo centelleó de forma extraña, como si hubiese reconocido un antiguo llamado.
—No… —murmuró para sí—.
No puede ser él… Elira, notando la expresión del rey, dio un paso adelante.
—Majestad… entrégueme el anillo.
No puede tenerlo en esta batalla.
Ese poder… podría destruirlo a usted y a todos nosotros.
Lucius se volvió hacia ella, los ojos brillando de rabia contenida.
—¿Quitármelo?
¿Ahora?
¿Cuando se avecina una guerra?
Este anillo me fue entregado por el destino, y no lo soltaré sin antes usarlo.
¡Lucharé con él!
Dorian lo miró en silencio.
No dijo nada.
Sabía que discutir en ese momento solo fracturaría la ya frágil unión que los sostenía.
Al amanecer, el reino estaba en completo silencio.
Las defensas estaban activadas, las torres vigiladas, y los caballeros preparados.
Sin embargo… no había rastro del enemigo.
Las horas pasaban, y la tensión se convertía en escepticismo.
—No hay nadie… —dijo uno de los generales—.
Dorian, ¿estás seguro de lo que viste?
Algunos comenzaron a murmurar, dudando de la veracidad de la amenaza.
Se envió a consultar con el Oráculo de las Seis Llamas.
La respuesta llegó horas más tarde: El oráculo fue llevado al campamento bajo una capa de lino blanco.
Una mujer anciana, ciega de nacimiento, caminaba entre los soldados con la ayuda de dos sirvientes.
Su rostro era sereno, pero su presencia imponía respeto inmediato.
Cuando se detuvo en el centro del círculo que se había formado a su alrededor, el silencio se hizo absoluto.
Dorian dio un paso adelante.
—Dinos lo que ves, oráculo.
¿Habrá batalla?
La anciana tomó aire.
Luego alzó una mano y murmuró: —La muerte marchará esta noche con pasos silenciosos.
Y, desgraciadamente, muchos nombres…
no verán el amanecer.
Un murmullo de espanto recorrió el campamento.
—¿Quién morirá?
—preguntó Freya con urgencia.
—Eso no está escrito en ninguna estrella —respondió la anciana—.
Pero su pérdida resonará como un trueno en la historia del mundo.
La profecía estaba dicha.
No había marcha atrás.
La batalla sería esa noche… y muchos soldados importantes no saldría con vida.
La calma se volvió a teñir de urgencia.
Las murallas se reforzaron.
Todos entendieron: la batalla sería de noche.
La luna estaba en lo alto cuando los vigías dieron la señal.
Un mar de antorchas se aproximaba.
Lo que parecía una sombra lejana se transformó en una oleada de guerreros.
—¡No son solo quinientos!
—gritó Vesper, mirando con horror—.
¡Es el ejército de Aetheron completo!
Miles de soldados, con armaduras negras, marchaban con precisión cruel.
En el centro, montado sobre su caballo negro de ojos azules, el hombre misterioso.
—¡Magos, mantengan el escudo!
—ordenó Freya, elevando su varita.
Los brujos y magas, alineados sobre la muralla, comenzaron a recitar los antiguos cánticos protectores.
El escudo mágico, una cúpula translúcida de tonos dorados y verdes, se elevó envolviendo Valdora.
Los magos oscuros de Aetheron fueron los primeros en atacar.
Lanzaron hechizos de ruptura, de disolución, de implosión mágica.
Pero el escudo no cedía.
Los rayos mágicos estallaban contra la barrera con luz y furia, pero sin efecto.
—¡No pueden con esto!
—gritó una bruja valdoriana desde lo alto de una torre—.
¡Nuestro escudo es más antiguo que sus hechizos!
Las primeras sombras de la noche aún no habían cubierto del todo el cielo cuando los magos oscuros de Aetheron comenzaron a congregarse al frente del ejército invasor.
Vestidos con túnicas negras y símbolos prohibidos bordados en plata, levantaron sus báculos al unísono, formando un semicírculo frente al resplandeciente escudo mágico que protegía a Valdora.
Este escudo, tejido por las brujas y magos del reino bajo la dirección de Freya, brillaba con un tono dorado intermitente, como si respirara con la fuerza de cada conjuro lanzado en su creación.
Los conjuradores enemigos empezaron a murmurar en una lengua antigua y gutural.
Las palabras parecían vibrar en el aire, y la tierra misma se estremecía bajo sus pies.
De sus varas surgieron haces de energía roja, púrpura y azul que se estrellaban contra la barrera mágica con un estruendo seco, pero el escudo no se quebró.
Los hechizos se deformaban en el aire, estallando contra el campo protector como olas contra una roca eterna.
Uno de los magos, el más viejo, gritó: —¡Usen la Maldición del Núcleo!
¡Ahora!
Cambiaron de conjuro, esta vez alzando ambas manos al cielo mientras el aire se llenaba de partículas negras y crepitantes.
Una esfera oscura se formó en el centro de su círculo y fue lanzada con violencia hacia el escudo.
Al impacto, una onda expansiva recorrió la barrera… pero solo la hizo brillar aún más intensamente, rechazando la energía maldita como si hubiera cobrado conciencia.
Desde lo alto de una torre, Freya observó con los ojos entrecerrados.
—No entienden con qué están tratando —murmuró para sí—.
Este escudo no lo hicimos solos… está alimentado por la esperanza de todo un pueblo.
Los magos enemigos retrocedieron unos pasos, jadeando y desconcertados.
La barrera seguía allí, intacta, imperturbable.
El fracaso era evidente.
Solo uno no parecía sorprendido: el hombre misterioso.
Desde la retaguardia, aún montado sobre su caballo de ojos azules, observaba en silencio.
Sus dedos comenzaban a cerrar lentamente alrededor de su varita.
Pero entonces, el hombre misterioso descendió de su caballo.
Sacó una varita negra, más delgada y afilada que las demás.
Caminó hacia el escudo.
Todos guardaron silencio.
Alzó la varita al cielo y la apuntó hacia el escudo mientras susurraba palabras en un idioma olvidado.
Un aura negra y roja emergió de la varita y giró sobre sí misma con furia.
—¡Eso no es magia común!
—dijo Freya.
La varita disparó un rayo concentrado como una lanza de energía oscura.
El cielo se iluminó de rojo sangre.
El escudo vibró.
—¡Manténganlo!
—ordenó Freya, sudando mientras canalizaba toda su energía.
El ataque tenía nombre, y no era uno que se escuchara desde los tiempos de los Titanes: “In’Kelar” El rayo se mantuvo durante veinte segundos, atravesando capas mágicas, quemando inscripciones, disolviendo barreras.
—¡No lo logrará!
—gritó uno de los arcanos, hasta que, finalmente, el escudo tembló… y se quebró con un estruendo sordo, como un cristal eterno que se rompía por primera vez.
La batalla había comenzado.
Dorian alzó su espada.
Vesper, montado sobre un corcel negro, dio la señal.
Las arqueras, bajo las órdenes de Elira, soltaron la primera oleada de flechas encantadas.
El enemigo no dudó.
La oscuridad había llegado a Valdora más furiosa que nunca Y nadie saldría de allí sin dejar algo atrás
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