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una venganza ineludible - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 dentro de Valdora
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12: dentro de Valdora 12: dentro de Valdora Las murallas de Valdora temblaban.

La tensión era tan espesa que podía cortarse con una espada.

La niebla matinal se disipaba lentamente cuando, desde el horizonte, comenzaron a asomarse miles de figuras encapuchadas, armadas, envueltas en un aura oscura.

El ejército de Aetheron había llegado.

El cuerno de guerra resonó en lo alto de la torre sur.

El ejército de Valdora, preparado durante dos días sin descanso, se movilizó de inmediato.

En lo alto de las torres, las arqueras lideradas por Elira tensaban sus arcos.

Freya y su círculo mágico se colocaron en formación, en el corazón del reino, fortaleciendo el escudo protector con cánticos antiguos.

Vesper, con su armadura dorada, se ubicó con la caballería en la primera línea.

Dorian, con mirada decidida, observaba desde las almenas.

Los primeros soldados de Aetheron comenzaron la carga, atravesando los campos con furia.

Eran cientos, tal vez miles, blandiendo espadas oscuras y gritando proclamas de guerra.

Pero apenas se acercaron al alcance de las torres, el cielo se cubrió de silbidos: las flechas de Elira y sus arqueras volaron como sombras mortales.

Doce, veinte, cuarenta enemigos cayeron en los primeros segundos.

Las mujeres no fallaban.

Habían entrenado para esto, y el miedo no tenía lugar en sus almas.

Pero el avance no se detuvo.

Los soldados de Aetheron comenzaron a usar varitas explosivas para abrir brechas en las puertas.

El escudo cedió tras el poderoso hechizo del hombre misterioso y, con eso, la masacre empezó.

Valdora ardía.

Las tropas enemigas rompieron la primera línea y se esparcieron por las calles.

Casas fueron incendiadas, ciudadanos capturados.

Elira, desde las alturas, reorganizó a sus arqueras para atacar desde techos y balcones.

En los callejones, los soldados de Vesper defendían con espadas empapadas en sangre.

Los magos enemigos llegaron pronto, cruzando los portales con fuego negro en sus manos.

Freya alzó su báculo.

“¡Ahora!”, gritó.

Su escuadrón de magos y brujas respondió con rayos, viento y magia curativa.

El choque entre ambos bandos era una danza de luces y sombras, con cada lado tratando de superar al otro con antiguos conjuros.

La plaza central se convirtió en una zona de energía pura, donde el bien y el mal se enfrentaban sin tregua.

Mientras tanto, desde el flanco sur, príncipes y caballeros reales de Aetheron lograron ingresar.

Vestían armaduras encantadas, relucientes bajo el sol de la mañana.

Avanzaban con paso seguro, creyendo que tomarían el control.

Pero Vesper, montado en su corcel negro, encabezó la carga defensiva.

Junto a él, Dorian, espada en mano, lideraba a los jóvenes valientes que no temían morir.

—¡Por Valdora!

—gritó Vesper, embistiendo con fuerza.

El encuentro fue brutal.

Las espadas chocaban como truenos, la sangre salpicaba las piedras.

Dorian luchaba con precisión, cortando con rapidez y bloqueando con maestría.

Era evidente que no era un niño más: era el heredero de una promesa olvidada.

Y mientras todo esto sucedía, el hombre misterioso cabalgaba lentamente por el campo de batalla.

Su caballo, negro como la noche, tenía ojos azules brillantes, casi sobrenaturales.

Ningún enemigo se atrevía a interponerse en su camino.

Algunos soldados caían al suelo sin que él levantara la mano.

Era como si su mera presencia quebrara la voluntad de los guerreros.

Avanzó hacia una pequeña torre al norte del castillo: el laboratorio de pociones de Valdora.

Allí, Lucius se encontraba solo, revisando con nerviosismo los frascos y pergaminos.

El caballo se detuvo.

El hombre misterioso bajó lentamente, su capa ondeando.

Abrió la puerta sin esfuerzo.

Lucius levantó la vista, sobresaltado.

—El destino nos hizo encontrar nuevamente, Lucius —dijo el hombre, con una voz que era a la vez serena y aterradora.

—¿Quién…

quién eres y qué quieres?

—preguntó Lucius retrocediendo, con la mano sobre su anillo.

—Tu decisión fue fatal —respondió el visitante, dando un paso más.

—Sigo sin entender de qué hablas —dijo Lucius, aunque su voz temblaba.

—El anillo me pertenece.

No vine por venganza…

pero me vengaré si es necesario.

Lucius rio con nerviosismo.

—¿El anillo?

Jaja…

este anillo no es tuyo.

El hombre dio un paso más.

Justo en ese momento, la puerta se abrió violentamente.

Dorian apareció, con su túnica manchada de sangre.

—¿Qué está pasando aquí?

—preguntó, espada en mano.

Sin responder, el hombre misterioso giró y, con un simple movimiento de su varita, lanzó una poderosa ráfaga de aire.

Dorian fue arrojado contra la pared, aturdido pero vivo.

Lucius aprovechó el momento y escapó por la puerta trasera, corriendo desesperadamente hacia la zona donde la magia blanca combatía con la oscura, esperando encontrar protección.

El hombre misterioso observó el anillo ausente con frialdad.

—Tarde o temprano, me lo devolverás…

—susurró, antes de desaparecer en las sombras Entre el caos y los estallidos de magia, Lucius corría por los pasadizos ocultos de Valdora, aquellos que solo los reyes conocían.

El fuego consumía partes del reino, y los gritos de soldados, mujeres y hechiceros resonaban como un lamento eterno.

El ex general sabía que estaba perdiendo no solo la batalla, sino también el control de su destino.

Apretaba con fuerza el anillo del tiempo, como si pudiera protegerlo solo con su voluntad.

Pero no estaba solo.

Desde las sombras, una figura encapuchada lo seguía con pasos silenciosos, sorteando los enfrentamientos mágicos y las ruinas derrumbadas.

Lucius llegó a uno de los portales mágicos que conectaban el castillo con los bosques exteriores.

Extendió su mano hacia la piedra rúnica que activaría la salida cuando un viento helado le cortó la respiración.

—Te lo advertí —dijo una voz detrás de él.

Lucius giró con lentitud.

Era uno de los tenientes del hombre misterioso, un espectro con capa negra y ojos rojos como brasas, Kael’thar.

Sin permitirle reaccionar, el espectro le lanzó un encantamiento de inmovilización.

Lucius cayó de rodillas, jadeando.

—El anillo —ordenó la figura, extendiendo su mano.

Con un último intento de resistencia, Lucius negó con la cabeza.

Pero el anillo, como si respondiera a su verdadero dueño, se desprendió solo, flotando en el aire hasta caer en las manos del espectro.

—Gracias por conservarlo —le pegó una patada en el pecho tirandolo al portal antes de desaparecer entre las sombras.

Lucius, derrotado, escapó…

pero había perdido lo más valioso En el centro de la devastación, sobre los escombros del Salón de los Reyes, el hombre misterioso aguardaba, aún montado en su imponente caballo negro de ojos azules.

Las llamas iluminaban su silueta como si el propio infierno lo reverenciara.

De entre las sombras emergió su teniente, un ser de apariencia espectral llamado Kael’thar, cuya lealtad era tan antigua como el anillo mismo.

—Mi señor —dijo Kael’thar con una voz grave y distorsionada—.

El anillo ya no le pertenece al usurpador.

Con solemnidad, extendió su mano y colocó el anillo del tiempo en la palma del hombre misterioso.

Este lo sostuvo entre sus dedos, observándolo con una mezcla de nostalgia y poder.

—Ha regresado a mí… —susurró—.

El equilibrio se ha roto, y yo restauraré lo que fue robado.

En ese momento, los cielos se oscurecieron aún más.

El poder del anillo despertó, y un nuevo destino comenzaba a escribirse en las ruinas de Valdora

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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