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una venganza ineludible - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 el enmascarado
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13: el enmascarado 13: el enmascarado El hombre misterioso sostuvo el anillo por unos segundos más, sintiendo cómo el poder ancestral recorría sus venas como una marea ardiente y absoluta.

Sus ojos azules, ya de por sí gélidos, brillaron con una intensidad espectral.

Lo colocó en su dedo lentamente, como si al hacerlo reanudara un ciclo detenido durante siglos.

Sin decir una palabra, salió del laboratorio de pociones.

El fuego aún consumía parte del cielo de Valdora y el aire estaba cargado de ceniza, sangre y magia fracturada.

Los soldados defensores, confundidos, no sabían si perseguirlo o escapar.

Dos de ellos, aún leales hasta el último aliento, se lanzaron contra él con espadas brillando al rojo vivo.

Con un simple movimiento de su espada, negra como el vacío y tan afilada que cortaba incluso la luz, el hombre misterioso ejecutó un doble corte en el aire.

Ambos soldados se detuvieron en seco.

Por un instante pareció que nada había ocurrido… hasta que sus cuerpos cayeron, partidos sin esfuerzo, como muñecos de trapo, al suelo de piedra.

—¡Ahí!

—gritó Vesper, desde la cima de una escalinata de mármol.

Con su armadura marcada por la batalla y la espada de Thalor en mano, descendió con furia contenida y el alma encendida.

Cada paso resonaba como un tambor de guerra.

Sabía que no enfrentaba a un simple hechicero.

Lo había visto.

Había presenciado el miedo en los ojos de Lucius.

Este hombre era una amenaza como ninguna otra.

El hombre misterioso ni siquiera alzó la mirada.

Vesper se abalanzó contra él con la velocidad y precisión de un maestro espadachín.

Sus golpes eran tan veloces como un relámpago, buscando puntos débiles, flancos abiertos, cualquier grieta en su defensa.

Pero el hombre misterioso no esquivaba con desesperación.

Cada uno de sus movimientos era elegante, calculado, como una danza macabra.

Con su espada, detenía cada ataque de Vesper sin esfuerzo, girando su cuerpo con una fluidez antinatural, como si el tiempo se ralentizara para él.

—¿Quién eres?

—bramó Vesper, jadeando—.

¿Por qué traes la oscuridad contigo?

—Soy lo que tu rey olvidó.

Soy la consecuencia de su ambición —respondió el hombre, apenas moviendo los labios.

Una llamarada surgió del anillo del tiempo.

Vesper se cubrió el rostro, dando un paso atrás, pero no tuvo tiempo de reaccionar cuando una onda de energía lo arrojó varios metros contra un muro.

—¡Vesper!

—gritó Dorian, que había visto toda la escena desde el centro del campo de batalla.

Corrió hasta él, y sin dudar, se puso de pie entre su amigo herido y el hombre misterioso.

Su espada ya estaba en sus manos.

Aunque el miedo palpitaba en su pecho, no se permitió dudar.

—No dejaré que destruyas lo que queda de mi hogar —le dijo.

—No vine a destruir —respondió el hombre misterioso mientras giraba su espada con calma—.

Vine a recuperar.

Dorian atacó con fuerza.

Sus movimientos eran rápidos y sus reflejos afinados por semanas de entrenamiento y batalla.

Pronto, Vesper se reincorporó, tambaleante, pero decidido a luchar a su lado.

La batalla fue épica: llamas, ráfagas de viento, hechizos protectores y cortes brillantes iluminaban la noche.

Pero todo era inútil.

El hombre misterioso resistía cada golpe con serenidad impenetrable.

Su cuerpo se movía como si ya hubiera vivido esta batalla mil veces.

Vesper lo golpeó en el pecho con toda su fuerza y Dorian lo siguió con una estocada directa al corazón… pero la espada rebotó como si hubiera chocado contra una muralla invisible.

Entonces, el contraataque comenzó.

En menos de cinco segundos, el hombre misterioso desarmó a Dorian con un giro de su varita y derribó a Vesper con un tajo limpio en la pierna, sin dejar herida mortal, pero sí devastadora.

Los dos cayeron de rodillas, exhaustos, vencidos, con la humillación de saber que lo habían dado todo… y no habían logrado ni un rasguño.

El silencio se apoderó del campo de batalla.

Los soldados de Valdora, al ver a sus líderes caídos, sintieron cómo el valor se les escurría entre los dedos como arena húmeda.

El escudo mágico ya no protegía al reino.

El cielo se cubrió por completo de humo.

Los estandartes de Aetheron ondeaban victoriosos.

Valdora, el último bastión de esperanza del oeste, cayó.

Y cayó no con un rugido…

sino con un susurro de desesperanza.

El reino estaba ahora bajo dominio extranjero.

La oscuridad no solo había vencido.

Se había asentado.

La noche pasó y es así como el amanecer apareció La plaza central ardía con los ecos del día anterior: gritos, fuego, ruinas y muerte.

Las familias fueron obligadas a salir de sus hogares.

El pueblo entero se reunió en la explanada donde alguna vez se celebraron coronaciones, festivales y tratados de paz.

Hoy, era otra cosa.

Desde lo alto de la plataforma de piedra, el hombre misterioso observaba en silencio.

Vestía de negro.

Su capa ondeaba como la sombra de una sentencia.

A sus pies, los generales de Aetheron aguardaban con la cabeza gacha.

La multitud temblaba.

Con solo alzar una mano, el silencio fue total.

Entonces habló.

Su voz era baja, firme.

Sin adornos.

Pero cada palabra pesaba como una piedra.

—Valdora… ha caído.

Nadie respiró.

—Soy el rey.

Desde hoy.

Un murmullo se atrevió a nacer, pero se extinguió al instante.

Su mirada bastó.

—Quien me siga, vivirá.

—Quien se oponga… desaparecerá.

Guardó silencio.

No necesitaba explicar nada más.

Lentamente, se quitó la capucha.

Después, con una calma aterradora, retiró la máscara blanca que cubría su rostro.

Era un hombre.

Un rostro humano.

Serio, de mirada antigua y sin perdón.

No era un demonio.

Era uno de ellos… pero con algo roto por dentro.

El pueblo, desconcertado, no supo si arrodillarse o correr.

Uno de sus tenientes, Thirak el Férreo, cayó de rodillas y dijo: —El ejército está a sus órdenes… mi rey.

El hombre misterioso no respondió.

Solo asintió.

Luego señaló la torre sur.

Desde ella descendieron soldados que arrastraban cuerpos.

Eran Vesper, Freya, Elira y Dorian.

Sucios, heridos, vivos.

La gente se estremeció.

Creían que estaban muertos.

Pero ahí estaban, derrotados… no vencidos.

El hombre caminó hacia ellos.

Se detuvo frente a Dorian.

Lo observó.

Y dijo, sin levantar la voz: —Peleaste bien.

Dorian, tambaleando, respondió: —Puedes tener el trono… pero no el alma del reino.

El hombre lo miró por unos segundos.

Luego se volvió al pueblo: —No morirán hoy.

Se giró, subió a la plataforma de nuevo y extendió una mano.

De inmediato, reemplazaron los estandartes.

El símbolo de Valdora fue derribado.

En su lugar, una luna quebrada rodeada por un anillo de fuego azul intenso ondeó al viento.

Él alzó la mirada al cielo y pronunció las únicas palabras del día: —En todo… triunfaremos Y el silencio que siguió, fue más fuerte que cualquier grito de guerra

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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